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Andalucía, radiografía en blanco y negro de un atraso histórico
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ELECCIONES EN ANDALUCÍA

Andalucía, radiografía en blanco y negro de un atraso histórico

Pocas regiones como Andalucía están tan atrapadas por su pasado. Y no solo en el terreno cultural. Llegó tarde a la revolución industrial y ese ha sido un lastre económico crónico

Foto: El astillero de Navantia en San Fernando, Cádiz. (EFE/Navantia Cádiz)
El astillero de Navantia en San Fernando, Cádiz. (EFE/Navantia Cádiz)
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"Andalucía era lo que sigue siendo", sostenía en 1981 el profesor Antonio Domínguez Ortiz, "un gigante cultural y un enano económico". Domínguez Ortiz, maestro de varias generaciones de historiadores, se refería a la Andalucía de 1800, que, en su opinión, presentaba un balance positivo en el área cultural. En los tres siglos anteriores, sostenía el erudito sevillano, se habían construido monumentos grandiosos y se habían escrito obras inmortales, pero a partir de comienzos del siglo XIX, con datos aportados por Jordi Nadal, el historiador económico que mejor ha estudiado el proceso de industrialización de España, el "fallo esencial" de Andalucía había sido su fracaso industrial. "No es de extrañar", remataba Domínguez Ortiz en unos de los primeros números de la 'Revista de Estudios Regionales', "que los remedios aparezcan difíciles porque el mal viene de muy atrás, sus raíces son muy hondas".

Han pasado poco más de 40 años de aquella reflexión del catedrático sevillano, pero no está nada claro que la posición relativa de Andalucía respecto del resto de España haya cambiado de forma relevante. En los últimos 20 años su PIB per cápita ha oscilado entre un mínimo del 73,6% en relación a la media nacional (en 2016) y un máximo del 77,6% en 2005, lo que indica que su convergencia ha sido modesta. O, incluso, negativa en algunos años.

Se acercó durante los años del 'boom' del ladrillo al comienzo del siglo y hoy se mueve en los mismos niveles que en su media histórica (74,9%). Ni para delante ni para detrás. Lo que ha cambiado, en realidad, ha sido la propia España, y con ella Andalucía, que en las últimas cuatro décadas ha dado un gran salto adelante impensable a la salida de la dictadura, como el resto del país. "A España no la va a conocer ni la madre que la parió", que proclamó a los cuatro vientos otro sevillano, Alfonso Guerra.

Algunos datos extraídos de distintas publicaciones oficiales sobre la región confirman las tesis de Domínguez Ortiz. Andalucía, la mayor comunidad por población, concentra el 17,9% del total nacional, pero su peso respecto del PIB de España representa tan solo el 13,4%. Esta diferencia es la que explica que la región tuviera el segundo menor PIB per cápita del país en 2020 (17.747 euros), solo por delante de Canarias (17.448 euros).

Una economía muy vulnerable

Ese año, sin embargo, fue extraordinario a causa de la pandemia, que castigó especialmente a las regiones con más peso del turismo y más vulnerables a las restricciones de la movilidad, aunque si se analiza el estado de la cuestión un año antes, que fue un periodo considerado 'normal', el resultado no varía: Andalucía solo supera a Extremadura y Melilla, alcanzando únicamente el 73,9% del PIB per cápita de España. En euros corrientes, con inflación, eso significa 19.530 euros por cabeza, lo que supone, y habida cuenta del avance del PIB el año pasado, que en 2021 se habrán rozado los 20.000 euros per cápita, todavía casi 25 puntos menos que la media de España en términos porcentuales. Sí, como decía Domínguez Ortiz, es un problema histórico.

Hablar de Andalucía sin matices, sin embargo, no refleja la realidad de una comunidad diversa (ocho provincias y 87.599 kilómetros cuadrados) con grandes divergencias intrarregionales. Mientras que en Almería (la provincia más rica) el PIB per cápita se sitúa en el 80,2% de España, en Jaén (la más pobre) apenas se alcanza el 68,1%. O lo que es lo mismo, hay una distancia de algo más de 12 puntos, lo que refleja problemas desde el lado de la cohesión territorial.

Esta diferencia es importante porque muestra que hablar o escribir de Andalucía en su conjunto no sirve de mucho si no se entra en el detalle. Almería, por ejemplo, tenía una tasa de desempleo en el primer trimestre equivalente al 15,9% de su población activa, mientras que en Cádiz alcanzaba el 26,3%, la más elevada de España (prácticamente el doble de la media nacional).

Eso es así, básicamente, por su distinta especialidad productiva. Andalucía destaca por un mayor peso relativo en comparación con la media española en agricultura (6,6% de su PIB, más del doble que la media nacional) y en servicios públicos (21,8% vs. 18%), mientras que el peso de la industria manufacturera (7,7%) es significativamente inferior a la media (12,3%). El peso del PIB turístico en la región se estima en un 12,4%, por encima del conjunto nacional.

El profesor Manuel Hidalgo, antiguo secretario general de Economía de la Junta de Andalucía, coincide en las tesis de Domínguez Ortiz. Lo mismo que hubo un tiempo en el que se hablaba del 'atraso histórico' de España, hoy la región está lastrada por décadas y décadas de postergamiento que apenas se han corregido. Ahora bien, recalca, no hay que caer en tópicos.

Hoy existe una Andalucía moderna y competitiva que tiene su cara visible en algunos parques tecnológicos, como los de la Cartuja (Sevilla) o Málaga, o en complejos industriales alrededor de las refinerías del Campo de Gibraltar (Cádiz) y Huelva, donde desde los años 60 y 70, en pleno desarrollismo franquista, se levantó uno de los polos químicos más importantes de España. Tan contaminante era el de la capital onubense, que hoy sería imposible de establecer. Sin olvidar la explosión de áreas de desarrollo urbano como la ciudad de Málaga, convertida en un nuevo imán de atracción de servicios turísticos y no turísticos, pero que, al mismo tiempo, genera disfunciones vinculadas al proceso de gentrificación de su centro histórico, como han detectado algunos especialistas.

Foto: Vista del vertedero de residuos tóxicos de Nerva. (EFE/Julio Muñoz)

"El problema", sostiene Hidalgo, "es que Andalucía, al contrario que el País Vasco, no ha sabido o no ha podido construir una masa crítica suficiente en torno a un determinado modelo productivo", lo que hace que el tejido empresarial se encuentre muy disperso en una comunidad territorialmente tan vasta, con una gran fortaleza de la industria agroalimentaria: frutos rojos en Huelva, agricultura bajo plástico en Almería u olivar —que representa casi la tercera parte de la producción agrícola andaluza— en amplias zonas de la región. Además de la pesca, cuyo valor añadido, sin embargo, es bajo. Las exportaciones de Andalucía, de hecho, se anclan en alimentación, bebidas y tabaco (34,8% del total), productos energéticos (18,2%) y bienes de equipo (17,2%).

La paradoja

Aunque su peso en términos de población es el 17,9%, sus exportaciones representan el 12,5% del conjunto de España, lo que supone la mitad que Cataluña, que, con diferencia, es la comunidad más volcada al sector exterior. Esto es así porque Andalucía sufre, como el resto del país, de un problema perfectamente identificado hace muchos años: el escaso tamaño de sus empresas, lo que las hace menos competitivas. El 54% de sus sociedades no tiene ningún asalariado, son unipersonales, mientras que apenas 78 entidades cuentan con más de 500 empleados pese a tratarse de la región con más habitantes. No es de extrañar, a la vista del reducido peso del tejido empresarial, que el gasto en I+D+i en Andalucía, según el Consejo Económico y Social autonómico, suponga apenas el 10% del total nacional, muy por debajo de su peso demográfico o económico.

La arquitectura institucional y regulatoria de Andalucía, como sucede en otras zonas del país, no es ajena a un atraso histórico que persiste tras 40 años de las primeras elecciones andaluzas. Demasiada burocracia, demasiada regulación e incluso demasiada política falsamente medioambientalista, que en muchas ocasiones hace más daño al territorio del que se dice proteger, como dicen las fuentes consultadas. Mientras que, al mismo tiempo, se toman decisiones difíciles de justificar —aquí está la paradoja— como extender los regadíos en Doñana, el parque nacional que estuvo a punto de sucumbir atravesado por una carretera, y que hoy es la joya de la corona. Tuvo que ser Felipe de Edimburgo y la organización WWF la que salvó a Doñana de la piqueta.

Tampoco ayuda, a la luz de los datos de PISA, la fortaleza del sistema educativo. Andalucía siempre aparece en los últimos lugares en matemáticas, ciencias y comprensión lectora, lo que refleja un problema de fondo que está enquistado, pese a que en los últimos años el esfuerzo presupuestario por mejorar la educación ha sido importante. Como afirma Hidalgo, el déficit formativo es, en última instancia, lo que ha impedido históricamente crear un nuevo ecosistema más favorable para atraer la inversión exterior. Sin conocimiento no hay industria 4.0. Ni siquiera la agricultura del futuro. Solo servicios de bajo valor añadido muy vulnerables a un cambio en el ciclo económico. Sucedió en 2008 (excesiva exposición a la construcción y al inmobiliario) y en 2020 (actividades turísticas y hostelería).

Estancamiento secular

Lo cierto es que Andalucía, en 2021, apenas atrajo el 3,4% de la inversión extranjera, muy por debajo de su peso económico y poblacional, aunque en realidad este es un problema que afecta a todas las regiones, toda vez que Madrid —entre otras razones por la capitalidad y por el llamado efecto sede— se lleva cada año cerca del 75% del dinero que viene de fuera. Otro 10% se lo lleva Cataluña y el resto se lo reparten las otras comunidades autónomas.

Al mismo tiempo, y esta es la verdadera cara B de la economía de la región, se han cronificado enormes zonas de pobreza en barriadas de las grandes ciudades. Muchos andaluces, de hecho, han caído en la llamada trampa de la pobreza, que históricamente ha anidado en los países y territorios que no pudieron disfrutar de los beneficios vinculados a una revolución industrial y que arrastran un estancamiento secular.

Si en los años 70 y 80, cuando España comenzó su gran salto adelante para converger con Europa, los habitantes de muchas de esas barriadas vivieron una lucha casi titánica por salir del subdesarrollo, hoy esa realidad ha cambiado y la huida de la pobreza se ha estancado. El progreso se ha detenido. No es fácil adivinar las causas: políticas, culturales, sociales…

Una cifra lo dice todo. O casi todo. De las 15 ciudades de España con menor renta, 12 son andaluzas, según datos de los Indicadores Urbanos de 2019, elaborados por el Instituto Nacional de Estadística. El PIB por habitante de Níjar (Almería) se sitúa en 7.097 euros, la cuarta parte de Pozuelo de Alarcón (Madrid), la ciudad más rica de España. Pero es que si se desciende al detalle, según esa misma fuente, 11 de los 15 barrios más pobres del país están en Andalucía (seis de ellos en Sevilla). La barriada más pobre está en el Polígono Sur, apenas 5.666 euros per cápita.

No puede ser ninguna sorpresa, a la vista de estos datos, que Andalucía esté entre las regiones con mayor nivel de economía sumergida, entre el 21% y el 25% de su PIB, según Funcas, con unos índices de desigualdad "notablemente superiores" a los de España, como asegura el CES andaluz.

Ya lo advirtió el profesor Domínguez Ortiz en 1976, cuando recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de Granada: "Ya estamos dando los primeros pasos para la prosperidad, y eso pasa, ante todo, por la conciencia de una real decadencia, mucho tiempo escondida bajo falsos oropeles, o disimulada por el pudor de un pueblo prócer que soporta con dignidad sus miserias y sus pesares".

"Andalucía era lo que sigue siendo", sostenía en 1981 el profesor Antonio Domínguez Ortiz, "un gigante cultural y un enano económico". Domínguez Ortiz, maestro de varias generaciones de historiadores, se refería a la Andalucía de 1800, que, en su opinión, presentaba un balance positivo en el área cultural. En los tres siglos anteriores, sostenía el erudito sevillano, se habían construido monumentos grandiosos y se habían escrito obras inmortales, pero a partir de comienzos del siglo XIX, con datos aportados por Jordi Nadal, el historiador económico que mejor ha estudiado el proceso de industrialización de España, el "fallo esencial" de Andalucía había sido su fracaso industrial. "No es de extrañar", remataba Domínguez Ortiz en unos de los primeros números de la 'Revista de Estudios Regionales', "que los remedios aparezcan difíciles porque el mal viene de muy atrás, sus raíces son muy hondas".

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