LA RECUPERACIÓN SE RETRASA

La legislatura económica se le pone fea a Sánchez: el lastre del covid-19 llegará a 2023

La recuperación será lenta. A finales de 2021, el PIB será todavía cinco puntos inferior al de antes de la pandemia. Calviño tendrá que decidir qué estrategia fiscal sigue

Foto: Pedro Sánchez y Nadia Calviño hablan en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Pedro Sánchez y Nadia Calviño hablan en el Congreso de los Diputados. (EFE)
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Fue Rajoy, al final de la anterior recesión y en un ataque de sinceridad, quien dijo que la crisis era ya historia pero que sus consecuencias no lo eran. El expresidente del Gobierno se refería a la distancia que había en aquel momento (año 2014) entre los datos observados y la percepción de la realidad que tenían los agentes sociales y económicos. Los indicadores macro reflejaban una recuperación robusta, mientras que, por el contrario, familias y empresas seguían instaladas en el pesimismo.

Es muy probable que esta incongruencia entre lo real y lo percibido vaya a marcar también la gestión de Sánchez. Los datos más recientes de coyuntura —Funcas o la AIReF— muestran que la segunda parte de la actual legislatura seguirá marcada por la crisis. Está cantado que la primera parte está perdida por el efecto de la pandemia, que es de naturaleza exógena, pero cada vez hay menos dudas de que la economía española, incluso en el mejor de los casos, es decir, que no haya un rebrote significativo, seguirá lastrada en 2022 y 2023.

Obviamente, con mucha menor intensidad que en el bienio anterior, pero el hecho de que todavía "a finales de 2021", como ha dicho la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, el PIB se vaya a encontrar cinco puntos por debajo de los niveles previos refleja hasta qué punto la salida de la crisis será lenta.

La economía, como se sabe, salvo 'shocks' como el actual, tiene mucha inercia, tanto cuando se encuentra en un ciclo expansivo como cuando se da la vuelta, y por eso los economistas, en este último caso, suelen advertir de algunos riesgos. En particular, de un fenómeno bien conocido por los físicos denominado histéresis, que es una propiedad de los metales que se suele definir como la tendencia de un material a conservar una de sus propiedades en ausencia del estímulo que la ha provocado.

El ejemplo más conocido tiene que ver con el hierro, capaz de mantener su magnetismo una vez que el campo magnético que ha suscitado esa propiedad ha sido retirado, por ejemplo, un imán. La histéresis, en economía, se suele aplicar al mercado de trabajo, y es una realidad cuando las circunstancias han cambiado pero el empleo se sigue comportando de forma muy negativa.

Un viejo problema

No se trata de un fenómeno nuevo. Esta realidad ha sucedido de forma frecuente en España desde los años ochenta. Aunque es verdad que la capacidad de reacción del empleo al contexto económico ha mejorado en los últimos años, lo cierto es su comportamiento sigue siendo inercial, lo que explica la persistencia de elevados niveles de desempleo en términos estructurales.

El Panel de Funcas, por ejemplo, estima que en 2021, y después de un crecimiento superior al 7,2% (caída del 10,8% este año), la tasa de paro apenas habrá pasado del 19,1% este año al 18%, lo que refleja las dificultades del mercado laboral para salir de su particular histéresis.

El hecho de que la tasa de paro se encuentre a niveles tan elevados significa que la actividad seguirá lastrada hasta el final de la legislatura

El hecho de que la tasa de paro se vaya a encontrar en niveles tan elevados —España, según la OCDE, ha vuelto a superar a Grecia en desempleo— significa que la actividad seguirá lastrada en la segunda parte de la legislatura, lo cual pone en mano de las reformas estructurales la salida de la crisis.

Es decir, no basta con fondos europeos en aras de estimular la actividad, sino que hay que resolver problemas que no se solucionan solo con dinero. Al fin y al cabo, está acreditado que la recuperación de la confianza tarda en llegar cuando las crisis son muy profundas y, al mismo tiempo, crece la incertidumbre entre los agentes económicos, que ni consumen ni invierten, lo que en última instancia alarga las recesiones. Y lo que es peor, destruye tejido productivo, que no se perdería si las crisis son cortas y se encauzan correctamente.

Desescalada presupuestaria

Por el momento, nadie, ni los más ortodoxos, habla de retirar los estímulos discrecionales aprobados en los últimos meses. Ni mucho menos los estabilizadores automáticos, que han servido para compensar la brutal caída de la demanda interna (salvo el consumo público), pero cada vez son más las voces que reclaman una estrategia fiscal capaz de identificar con precisión la desescalada presupuestaria. O lo que es lo mismo, un plan de consolidación fiscal a medio plazo. Ayer fue la AIReF quien se apuntó a esta tesis, pero antes lo habían hecho institutos de coyuntura como BBVA Research o Fedea.

Si Sánchez y su vicepresidenta Calviño reaccionan, es probable que en la segunda parte de la legislatura se aclare el horizonte; pero también es probable que todo siga igual.

Entonces, el presidente del Gobierno tendrá que presentarse a unas elecciones cuesta arriba en el terreno económico, pero ya no será culpa de la pandemia. Con una deuda pública situada entre el 118% del PIB (en el mejor de los escenarios) y en el 122% (en el peor), el margen de maniobra de la política fiscal será muy estrecho, lo que sugiere que tal vez hubiera sido mejor acelerar el endeudamiento cuando tanto la Comisión Europea como los mercados miraban hacia otro lado. Nadie espera que en 2021 o 2022 siga la barra libre de déficit.

Calviño, por lo tanto, tiene ahora que decidir el camino. Si hacer política de reformas para aumentar el potencial de crecimiento o, por el contrario, dejar que la histéresis y sus cicatrices se coman la recuperación.

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