DEBATE SOBRE LOS CORONABONOS

Ni Alemania tiene razón ni España e Italia pueden ir siempre de pedigüeños

El Consejo Europeo se ha dado dos semanas para estudiar los 'coronabonos'. Alemania debe ceder, pero los países del sur deben replantearse sus políticas fiscales

Foto: Pedro Sánchez y Angela Merkel hablan durante un encuentro en Bruselas. (Reuters)
Pedro Sánchez y Angela Merkel hablan durante un encuentro en Bruselas. (Reuters)
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En febrero de 2019, dos economistas, Alessandro Gasparotti y Matthias Kullas, publicaron un controvertido artículo en CEP (Center for European Policy), uno de los grandes 'think tanks' alemanes, en el que llegaban a la conclusión de que Alemania y Holanda habían sido los grandes beneficiados de la introducción del euro en sus 20 años de existencia.

El impacto global positivo en la economía alemana, en concreto, habría sido equivalente a 1,89 billones de euros (23.116 euros per cápita); mientras que, en el caso de Holanda, el beneficio sería equivalente a 346.000 millones de euros (21.003 euros por cabeza). Por el contrario, según el instituto con base en Friburgo, Italia habría sido el gran perdedor: 4,3 billones de euros y 73.605 euros por cabeza. Seguida de Francia y Portugal. En el caso español, las pérdidas habrían sido de 224.000 millones de euros, o 5.031 euros per cápita.

El estudio fue cuestionado por algunos ilustres economistas, que entendían que no valoraba suficientemente los beneficios derivados de la estabilidad monetaria que proporciona la moneda única pero, sobre todo, se argumentaba, además de cuestiones metodológicas al no tener en cuenta causas exógenas, que el resultado era una invitación a que algunos países abandonaran el euro.

El instituto se defendió argumentando que no se invitaba a nadie a salir de la moneda única, sino, por el contrario, a poner en marcha reformas económicas necesarias para poder beneficiarse de la zona euro, un club muy exigente formado por economías muy distintas. Es decir, una defensa que estaba en línea con una célebre metáfora que utilizó el premio nobel Franco Modigiliani durante una visita a España: el euro es un paraguas de hierro que protege de la lluvia, pero pesa mucho y hunde en el barro a los países que no tienen fuerza para sujetarlo.

El peso del paraguas, efectivamente, es tan fuerte que cada vez que se produce un choque telúrico, y la crisis del coronavirus lo es, Europa tiende a saltar por los aires, al menos formalmente. Y, de hecho, suele partirse en dos: los países del norte, los que Esteban Hernández denomina la liga hanseática, una alianza comercial que funcionó durante siglos en la Europa septentrional, y los del sur, siempre reclamando dinero y solidaridad. Sucedió en la Gran Recesión hace una docena de años y vuelve a ocurrir ahora, y, como siempre, el escenario de la batalla es el Consejo Europeo, donde los jefes de Estado y de Gobierno suelen dejar claro quién manda en Europa.

Invitado de piedra

Ni manda la Comisión ni, por supuesto, el Parlamento, invitado de piedra en esta tragedia. De forma intuitiva, lo más fácil es ponerse del lado del débil, que en este caso son los países del sur, quienes acumulan mayores desequilibrios fiscales y, por lo tanto, son más vulnerables a los ataques de los mercados, que, como se sabe, cuando huelen sangre atacan sin piedad a la víctima, como se vio la semana pasada ante el titubeo inicial del BCE. Solo cuando Lagarde puso sobre la mesa 750.000 millones de euros, los mercados de renta fija, entre cuyas preocupaciones principales no están las condiciones de vida de los ciudadanos, se calmaron.

Christine Lagarde, presidenta del BCE. (Reuters)
Christine Lagarde, presidenta del BCE. (Reuters)

Esa forma de ver la realidad es, sin duda, la más fácil —más allá de la vena patriótica de cada uno— pero oculta un entorno mucho más complejo que tiene que ver con el cumplimiento de las reglas fiscales y con el propio diseño del euro, que opera en realidades profundamente asimétricas.

Convergencia fiscal

Se podría pensar, por ejemplo, que el euro ayudaría a la convergencia fiscal, al fin y al cabo, las reglas son idénticas, pero no sucede precisamente eso. Si en el año 2000, al comienzo de la moneda única, la brecha entre los países europeos que registraban el menor y el mayor gasto público como porcentaje de PIB era de 20,8 puntos, en la actualidad asciende a 30,6 puntos (Irlanda, con el 25,4%, y Francia, con el 56%). Por lo tanto, hay más divergencias en las políticas fiscales nacionales con el mismo reglamento de juego.

Es más, países que históricamente han tenido menor capacidad de competir en mercados totalmente liberalizados están obligados, lógicamente, a hacerlo con otros que sí pueden ser competitivos gracias a la calidad de sus instituciones, a la propensión a la innovación empresarial o, incluso, a la cultura, lo que también explica el desequilibrio.

Se dirá que esto ocurre en EEUU, donde hay unos estados más competitivos y ricos, y otros menos pujantes y pobres. La diferencia estriba en que allí el Tesoro se financia para toda la nación y luego lo distribuye mediante los programas federales, al contrario que en Europa, donde cada país se busca la vida ante los mercados. Y si gasta mucho es zurrado de lo lindo.

Esta asimetría estructural debería ser razón suficiente para que Alemania y sus países satélite, el más aventajado es Holanda, hicieran posible algunas de las fórmulas que se han planteado en las últimas semanas, una emisión especial de 'coronabonos' mutualizada por el área euro, retomar la vieja idea de los eurobonos, lo que exigiría un Tesoro europeo, o una fórmula 'light' que es la utilización de los recursos propios del Mede (Mecanismo Europeo de Estabilidad), con una potencia de fuego de unos 410.000 millones de euros, para evitar que ningún país del sur se vea asediado por los mercados.

Condicionalidad suave

Obviamente, y para no ser estigmatizado, con una condicionalidad suave (obligatoria, según los estatutos del Mede) que solo se aplicaría a medio y largo plazo. En ningún caso a corto, ya que ello supondría un coste adicional.

Ahora bien, como dirían Tip y Coll, esto no es óbice ni cortapisa para no olvidar los problemas de fondo ni, por supuesto, el escaso rigor presupuestario de países que, como España, hicieron una reforma exprés de su Constitución para incluir el equilibrio fiscal, pero que, una década después, es papel mojado. El artículo 135 de la Constitución no hace falta que sea derogado, como reclaman algunos, porque simplemente no se cumple.

Tampoco hay que olvidar que al menos en media docena de ocasiones España ha incumplido lo comprometido con Europa en cuanto a reducción de la senda de déficit. Y solo basta recordar aquel espectáculo bochornoso como fue ver al exministro De Guindos, no tenía más remedio que hacerlo, casi mendigando al excomisario Moscovici para que España no fuera sancionada por el enésimo incumplimiento de lo pactado.

Frente a lo que muchos creen, hacer presupuestos rigurosos, no siempre es sinónimo de ajustes o de recortes, es, simplemente, establecer como objetivo estratégico un equilibrio de las cuentas públicas. Precisamente, para que cuando vienen mal dadas, como ahora, tener munición y dejar funcionar libremente los estabilizadores automáticos y otras políticas sociales.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, durante la celebración de un consejo el pasado mes de febrero. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, durante la celebración de un consejo el pasado mes de febrero. (EFE)

Al fin y al cabo, como todo el mundo lo sabe. Las crisis siempre golpean con mayor dureza a los más vulnerables y, solo por eso, y mientras existan los ciclos económicos y los choques imprevistos, habría que procurar estabilizar el presupuesto. Precisamente, para salvar a las capas sociales más precarias cuando vienen mal dadas.

Es decir, una política fiscal que cubra con los impuestos necesarios los gastos a los que se comprometen los políticos, muchos sin duda algo más que necesarios en un contexto de degradación de las condiciones laborales a consecuencia de este modelo de globalización sin contrapartidas.

Algo que exige no bajar impuestos cuando la economía crece por encima del 3%, como hizo Rajoy en su día para ganar elecciones, o prometer gasto público que no es financiable a corto plazo, lo que necesariamente lleva a generar cuantiosos déficits.

Este lunes saldrá el cierre de la contabilidad presupuestaria de 2019 y con toda seguridad España volverá a obtener medalla en las olimpiadas del déficit. Sin contar que el desequilibrio estructural, el que realmente es relevante porque no tiene en cuenta el ciclo, no ha mejorado en los últimos años pese a un quinquenio de bonanza económica.

No es mucho bagaje para presentarse con autoridad y con argumentos sólidos ante un Consejo Europeo exigiendo compartir el riesgo de la deuda soberana. Y mucho menos amenazando con las siete plagas a los países que se niegan a mutualizar los bonos del Gobierno. Al fin y al cabo, la memoria está ahí y no es buena cosa olvidarla. Suele pasa factura.

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