'El escuadrón suicida': villanos justicieros y experimentos macabros no son suficientes
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'El escuadrón suicida': villanos justicieros y experimentos macabros no son suficientes

La nueva versión con brazos extraíbles, cabezas que explotan y estrellas de mar extraterrestres mejora a su predecesora, pero se mantiene extensa y aburrida

Foto: 'El escuadrón suicida'. (Warner Bros)
'El escuadrón suicida'. (Warner Bros)

‘Escuadrón suicida’ (2016) recaudó casi 750 millones de dólares en taquilla aunque, casi seguro, la mayoría de quienes pagaron por verla habrían exigido gustosos un reembolso; la campaña promocional que los atrajo al cine les prometió una musculosa sátira de las historias de superhéroes, y en lugar de eso se encontraron frente a una película demasiado estúpida para funcionar como deconstrucción del género pero demasiado siesa y deprimente como para proporcionar unas risas. Por eso, decir que ‘El escuadrón suicida’ es una versión notablemente mejorada de su predecesora ni siquiera se aproxima a describir lo lejos que ambas ficciones están la una de la otra en términos cualitativos.

La nueva película se sitúa en una tierra de nadie entre el ‘remake’ y la secuela. En ningún momento hace referencia a la original y tiene un aspecto visual y sonoro totalmente distinto, aunque algunos personajes aparecen en las dos, como Harley Quinn (Margot Robbie) y Amanda Waller (Viola Davis) y, esencialmente, la premisa es la misma: Waller es una oscura burócrata que dirige a un grupo de convictos con superpoderes para que lleven a cabo misiones secretas para el gobierno estadounidense a cambio de reducciones de condena. Al principio de la película, los mercenarios son obligados a lanzarse en paracaídas sobre una dictatorial isla de América del Sur y liberar una prisión en la que se están llevando a cabo misteriosos experimentos. Poco imaginan que allí los espera una estrella de mar gigante capaz de expender millones de crías y dominar así el planeta.

Tráiler de 'El escuadrón suicida'

Tal y como esa premisa hasta cierto punto permite adivinar, ‘El escuadrón suicida’ ofrece una combinación de humor cabestro y ultraviolencia parecida al que el director James Gunn manejó durante sus años en nómina de la productora de serie Z Troma Entertainment a principios de los noventa. Incluye imágenes de brazos extraíbles y cabezas que explotan o son seccionadas o se llenan de protuberancias multicolor, primeros planos de órganos internos del cuerpo humano y escenas que transcurren en el interior de un globo ocular gigante; y, entretanto, exhibe una disposición definitivamente festiva —aunque a menudo algo forzada en su jovialidad— a herir sensibilidades.

La película se muestra en todo momento consciente de su propia estupidez

Buena parte de los gags no acaban de funcionar, pero la película logra compensar esa mediocre estadística mostrándose en todo momento consciente de su propia estupidez. Y al mismo tiempo, como ya logró en las dos películas de ‘Guardianes de la Galaxia’ que ha dirigido hasta la fecha —también aventuras sobre una colección de descastados que se enfrentan a un enemigo monstruoso—, Gunn adereza la acción y la idiotez con grandes dosis de calidez y de empatía inconfundible hacia sus personajes.

placeholder Fotograma de 'El escuadron suicida' con  Idris Elba, John Cena, Margot Robbie, Joel Kinnaman y Peter Capaldi. (Warner Bros)
Fotograma de 'El escuadron suicida' con Idris Elba, John Cena, Margot Robbie, Joel Kinnaman y Peter Capaldi. (Warner Bros)

El líder del grupo es Bloodsport (Idris Elba), que puede convertir cualquier cosa en un arma mortal y que en conjunto funciona como una variación del asesino cínico, pero con un corazón al que Will Smith encarnó en la primera película. A su lado, entre otros, están Polka-Dot Man (David Dastmalchian), que ataca a sus enemigos con pequeñas fichas de plástico y ve el rostro de su madre por todas partes; King Shark, un gran tiburón blanco que viste bermudas y tiene la voz de Sylvester Stallone; y Ratcatcher II (Daniela Melchior), que tiene la facultad de controlar el comportamiento de todas las ratas del mundo comanda un ejército de alimañas con una varita brillante. Y luego está el Pacificador (John Cena), que en un momento de la película declara: "Valoro la paz con todo mi corazón, y mataré a tantos hombres, mujeres y niños como haga falta para conseguirla"; el personaje funciona a modo de crítica tanto al tipo de patriotismo que encarna el Capitán América como a Estados Unidos en su conjunto, un país con un largo historial de intervencionismo violento en otras naciones, y representa un intento algo absurdo de insuflar trascendencia a una película coprotagonizada por una estrella de mar intergaláctica realmente grande.

placeholder Harley Quinn (Margot Robbie), en 'El escuadrón suicida'. (Warner Bros)
Harley Quinn (Margot Robbie), en 'El escuadrón suicida'. (Warner Bros)

En general, el primer tercio de ‘El escuadrón suicida’ es impecable, en buena medida gracias a la habilidad que Gunn exhibe a la hora de manejar un número extraordinario de personajes mientras encadena saltos atrás y adelante en el tiempo y nos ametralla con golpes cómicos. Es una lástima que después de eso la película se convierta en una aventura de superhéroes más convencional. La historia empieza a flaquear y se hace larga y repetitiva, el ritmo se ve perjudicado por la introducción de demasiados elementos narrativos y, llegado el momento, la película abandona por completo la actitud eficazmente subversiva de la que había hecho gala durante buena parte de su metraje para culminar con el mismo tipo de destrucción urbana a gran escala que a estas alturas parece haberse convertido en clímax preceptivo para toda película sobre justicieros.

No necesita más que ser comparada con su predecesora para parecer una obra maestra

Nada de eso, sin embargo, logra restar méritos a lo conseguido por aquí Gunn: tomó una de las peores películas de su género y, tras introducirle una serie de cambios clave —un plantel de personajes mejorado, un artículo definido en el título, más niveles de ultraviolencia, una estrella de mar extraterrestre—, ha obtenido como resultado otra muy distinta que de ningún modo es una obra maestra, pero que, decimos, no necesita más que ser comparada con su predecesora para parecer una.

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