'Tres veranos': corrupción y lucha de clases en una casa estival de Brasil
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'Tres veranos': corrupción y lucha de clases en una casa estival de Brasil

En el Festival de Málaga de 2020, la Biznaga de plata a mejor actriz y el Premio del Jurado fueron a parar a 'Tres veranos', que también participó en el Festival de Toronto

Foto: Regina Casé en un momento de 'Tres veranos'. (Elamedia)
Regina Casé en un momento de 'Tres veranos'. (Elamedia)

En el Festival de Málaga de 2020, la Biznaga de plata a mejor actriz y el Premio del Jurado fueron a parar a 'Tres veranos', una comedia dramática brasileña que sostiene gran parte de su magia sobre los hombros de Regina Casé, una de las grandes actrices cariocas de hoy y una onda sísmica imparable frente a la cámara a las órdenes de la directora Sandra Cogut. Con cierto regusto a la 'Doña Clara' de Kleber Mendonça Filho —pero más roma y menos ambiciosa—, 'Tres veranos', que también pasó por Toronto, recurre a la iconografía de la mujer irreverente hecha a sí misma que sobrevive en una sociedad brasileña desigual en la que las estructuras sociales permanecen rígidas e inamovibles y los escándalos de corrupción explotan por doquier entre una clase privilegiada que se enriquece (más) al margen de la ley.

Tráiler de 'Tres veranos'

A través de los ojos de Madá (Casé), la gobernanta de la casa de verano de una familia adinerada, la directora reproduce la idiosincrasia política y social brasileña, que en los últimos años ha visto reforzadas las prebendas a las altas fortunas y cómo el propio presidente del país, Jair Bolsonaro, se encuentra en el centro de varias investigaciones por sospechas de corrupción, como también su predecesor, Michel Temer, la predecesora de este, Dilma Roussef, y el predecesor de esta, Luiz Inázio Lula da Silva, quien después de pasar casi 600 días en prisión vio cómo el Supremo anulaba todas las sentencias en su contra. En una secuencia de la película, montada en un barco, Madá señala todas las casas de la línea de orilla embargadas por la justicia y todos los propietarios que han dado con sus huesos en prisión. "Todos en la cárcel salvo los futbolistas", bromea.

placeholder Regina Casé, en un momento de 'Tres veranos'. (Elamedia)
Regina Casé, en un momento de 'Tres veranos'. (Elamedia)

A pesar del carisma de su protagonista, 'Tres veranos' no logra afinar su crítica y la narración se dispersa. Durante los tres periodos estivales en los que transcurre la película —recordemos que el verano en el hemisferio sur coincide con las navidades—, el retrato de la casa donde se localiza la acción y se va deteriorando como una metáfora del país: la mansión que antes albergaba fiestas multitudinarias ahora se ha convertido en una ruina decadente por la que los habitantes pululan en una especie de limbo, sin saber qué va a ser de su futuro ni de los sueldos que han quedado pendientes. Madá, sin embargo, lo encara todo con fuerza y una alegría torrencial.

La historia comienza en diciembre de 2015. La familia dueña de la casa donde trabaja Madá organiza una reunión para celebrar el aniversario del matrimonio. En la relación que existe entre la gobernanta y sus jefes se entrevén los prejuicios de clase y la incomunicación entre dos grupos sociales que no se perciben siquiera como de la misma especie. "Cuidado con ese jarrón que cuesta más de lo que vas a ganar en toda tu vida", le espetan a la gobernanta, como una muestra del desnivel económico aceptado entre la clase trabajadora y la pudiente. Durante la celebración, un número oculto llama una y otra vez a Edgar (Otávio Müller), cabeza de la familia, a quien al poco imputarán en un caso de corrupción que lo mandará a prisión. Con una mujer y un hijo que abandonan al patriarca para mudarse al extranjero, la casa se quedará vacía salvo por la presencia de los trabajadores y del padre de Otavio, Lira (Rogério Fróes), un profesor jubilado que se lamenta de "haber educado a mucha gente salvo a su propio hijo".

placeholder Los protagonistas de 'Tres veranos'. (Elamedia)
Los protagonistas de 'Tres veranos'. (Elamedia)

La película acaba centrándose en las aspiraciones de Madá de prosperar montando un negocio, su bonhomía perpetua y su relación de amistad con Lira y con sus compañeros de trabajo y pierde el retrato político del país y sus tensiones de clase, que se quedan a penas como ruido de fondo. Uno de los momentos más emocionantes del filme es cuando Madá —que siempre está de buen humor—, descubre que su carácter no es de una ligereza inconsciente, sino que es un armazón perfectamente construido para soportar el pasado.

La directora juega con sus personajes al cambio de rol y, a medida que el proceso judicial avanza, los trabajadores de la casa van llenando el vacío de todos aquellos que han dejado de lado a Edgar —si en el primer verano preparan la comida de los invitados, en el segundo son ellos los que se la comen debido a la cancelación de la fiesta—. La película apunta a la fortaleza de los vínculos y los afectos entre los trabajadores de la casa y critica el trato que se proporciona a la gente 'del servicio' o de las clases económicas más deprimidas. A la película le falta la personalidad que le sobra a su actriz protagonista y acaba siendo excesivamente templada, excesivamente grisácea, para funcionar finalmente más como un drama sobre la amistad que una radiografía del andamiaje social brasileño.

Foto: 'El escuadrón suicida'. (Warner Bros)
Foto: Imagen de 'Pequeños milagros en Peckham Street'.

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