'Wonder Woman 1984': hipócrita, infantil y más básica que unas bragas de Primark
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'Wonder Woman 1984': hipócrita, infantil y más básica que unas bragas de Primark

La secuela de las aventuras de la 'mujer maravilla' viaja hasta 1984 para adentrarse en los problemas del mundo actual... con tal cinismo que resulta hiriente

placeholder Foto: Gal Gadot vuelve a ser Wonder Woman en la secuela. (Warner)
Gal Gadot vuelve a ser Wonder Woman en la secuela. (Warner)

En los minutos finales de 'Wonder Woman 84', Gal Gadot rompe la cuarta pared y se dirige a los espectadores. Con voz trémula, lanza una proclama anticapitalista —antiturbocapitalista— que sería gratamente aplaudida si no nos encontrásemos frente a una ultraproducción multimillonaria —alrededor de 245 millones de euros, sin contar con la promoción— que forma parte del universo palomitero del turboconsumismo. Un cine de masas, la máxima expresión de la cultura del entretenimiento, de la hegemonía cultural estadounidense, una película 'revientataquillas'. Sin descalificar ese tipo de producciones, sí es necesario apuntar a sus contradicciones. ¿No resulta ligeramente hipócrita pedir sacrificios al espectador cuando quienes producen, escriben, actúan, dirigen y venden la película forman parte de un 'star system' que vive por encima de las posibilidades del resto de los mortales?

Tráiler de 'Wonder Woman 84'

Después de un año sin taquillazos —aunque Warner ya había probado suerte con 'Tenet'—, 'Wonder Woman 84' se postula como el primer gran estreno familiar postpandémico. Una vacuna para una taquilla mundial doliente. Si ya la primera entrega de 'Wonder Woman', que se publicitó como un alegato feminista —escrito, dirigido y protagonizado por mujeres—, pecaba de las mismas limitaciones 'formulaicas' del promedio de las películas de superhéroes producidas en cadena, su secuela cae en más lugares comunes, más momentos prefabricados y predecibles. Tantos que ni siquiera la calidez y la buena predisposición de Gal Gadot consigue salvarla del fiasco.

placeholder Kristen Wiig y Gal Gadot se conocen en 'Wonder Woman 84'. (Warner)
Kristen Wiig y Gal Gadot se conocen en 'Wonder Woman 84'. (Warner)

El mensaje político explícito es tan básico, hipócrita e infantil que es difícil tomárselo en serio. En los últimos tiempos, el cine de superhéroes siente la necesidad de justificarse a sí mismo, como si las películas de entretenimiento no pudieran ser, simplemente, entretenidas. El complejo del que no adolecían títulos de aventuras como 'Los Goonies' —más allá de la crítica a los desahucios—, o el cine de acción de los ochenta, hoy la industria intenta parchearlo con proclamas inocuas, obvias o, directamente, cínicas. Los creadores tienen miedo de que sus obras sean percibidas como esparcimiento vacío, pero tampoco tienen el margen para tratar cuestiones polémicas o socialmente disruptivas. Por eso, películas como 'Wonder Woman' se resguardan en lo templado, el ni frío ni calor, el no-queremos-ofender-ni-dejar-de-vender-entradas.

Entre escenarios generados por ordenador y acrobacias, 'Wonder Woman 84' comienza con una declaración de intenciones: el éxito no importa si no se llega a él sin trampas, con la verdad por delante. Nadie puede estar en contra de tal afirmación. Nadie —salvo los 'yuppies' y sus actuales herederos de emprendimiento 'instagramero'— apoyaría aquello de "la codicia es buena" de Gordon Gekko en el contexto actual. Por eso, el mensaje resulta un batiburrillo de buenas intenciones inane. El maniqueísmo de los personajes y sus fórmulas de redención (o no) resultan tan inverosímiles, las situaciones tan forzadas y predecibles, que desmerece el cine de entretenimiento bien hecho, porque que un filme tenga vocación divertida no lo hace estúpido. Y 'Wonder Woman 84' lo es.

placeholder Pedro Pascal es el villano avaricioso de 'Wonder Woman 84'. (Warner)
Pedro Pascal es el villano avaricioso de 'Wonder Woman 84'. (Warner)

Cualquier filme de fantasía requiere del espectador la suspensión de la incredulidad: personas que vuelan, monstruos que hablan, puertas que llevan directamente a la cabeza de John Malkovich. Pero siempre, los actos de los personajes deben guardar una coherencia interna. Y en 'Wonder Woman 84' la mano ilógica de los guionistas —entre los que se encuentra la directora, Patty Jenkins— resulta aplastante. Si usted condujo un barco una vez hace 50 años o si con la mente consiguió mover un lapicero, ¿apostaría a que si ahora lo intenta, lo conseguirá? Pues eso una y otra vez.

Estamos en 1984, en mitad del gobierno Reagan y, para Wonder Woman y Jenkins, al comienzo de la era del individualismo atroz, la amoralidad y la pérdida de valores. La ciudadanía se ha vuelto egoísta e interesada y no duda en fastidiar al de al lado por conseguir algo, o simplemente por diversión. Comienza también la era de la imagen como cualidad suprema, de la apariencia, de los trampantojos, cuando uno no vale lo que es, sino lo que los demás creen que es. Y, como Jenkins no quiere que olvidemos en qué tiempo transcurre la acción, no hay un respiro sin bromas sobre la moda de la época o las grandes invenciones, como las escaleras mecánicas.

Éste es el caldo de cultivo perfecto para el villano Maxwell Lord (Pedro Pascal), un hombre de negocios obsesionado con ser el mejor, porque cualquier cosa que no sea lo mejor lleva la etiqueta de "looser", de perdedor. Han pasado décadas desde que dejamos a Diana Prince (Gal Gadot) llorando la desaparición de su único amor, Steve Trevor (Chris Pine), y ahora trabaja como arqueóloga en el Museo Smithsonian, adonde llega una nueva compañera Barbara Minerva (Kristen Wiig), una geóloga torpe y con pocas habilidades sociales.

placeholder Gal Gadot despliega las mejores galas de Wonder Woman. (Warner)
Gal Gadot despliega las mejores galas de Wonder Woman. (Warner)

Enseguida comienzan una relación de amistad —de tipo adolescente— basada en la admiración de Barbara por Diana y su armario (un gran aplauso para Lindy Hemming, la diseñadora de vestuario). Cuando el FBI hace llegar al Smithsonian una serie de antigüedades robadas para que Barbara las catalogue, por allí aparece también Maxwell Lord, que ve en una de las piezas, un amuleto con poderes mágicos, la única forma de escapar a sus problemas económicos. De aquí en adelante: persecuciones internacionales, peleas, bombas y magia y unos personajes que intentan llevar a la reflexión sobre nuestro mundo actual, en el que el acto de colmar constantemente los deseos individuales lleva como contrapartida el deterioro de las condiciones de vida de los demás, el resquebrajamiento del tejido social y, en el peor de los casos, el fin de las civilizaciones. Ahí es nada.

El conflicto moral de los personajes, que es el de seguir alimentando sus deseos más íntimos a costa de la vida del vecino, se traslada al espectador-ciudadano, que debe tomar conciencia de que, para seguir avanzando, el mundo exige sacrificios y que el egocentrismo solo puede llevar a la autodestrucción. La película pide que cada uno de nosotros renunciemos a ese deseo consumista, a esa necesidad de acaparar bienes o de sentirnos mejores, que renunciemos a esa colección de bragas del Primark o a esa PlayStation 5, eso sí, sin renunciar ella a la millonaria recaudación de taquilla para la que fue concebida.

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