'Tenet': la última de Christopher Nolan es impactante, fascinante e incomprensible
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'Tenet': la última de Christopher Nolan es impactante, fascinante e incomprensible

La última gigantomaquia enloquecida del icónico director ofrece un pretexto prometeico preñado de posibilidades —la inversión temporal— que planta también la semilla del desastre

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'Tenet'.

Año 1941. Johnny y Dick, dos jóvenes físicos de Princeton, se presentan en el número 112 de la calle Mercer, donde han concertado una cita con el gran hombre. Albert Einstein les recibe en jersey sin camisa y zapatos sin calcetines y los escucha con educación. La pareja expone nerviosa y apasionadamente su teoría particular, poco convencional y plagada de paradojas. ¿El resumen? Las partículas elementales deberían ejercer su influencia sobre otras partículas no solo hacia adelante en el tiempo sino también hacia atrás. A Einstein no le asustan las paradojas y ofrece su apoyo y comprensión a John Archibald ('Johnny') Wheeler y a Richard ('Dick') Feynman, que en los años posteriores se convertirían en dos de los más grandes físicos del siglo XX en los campos de la relatividad general y la mecánica cuántica. Wheeler llegaría a plantear en los setenta una serie de experimentos con fotones con el fin de probar lo que llamó la 'retrocausalidad', esto es, la modificación del pasado.

En la última gigantomaquia enloquecida de Christopher Nolan, la hipótesis de Wheeler —a quien se cita y que además da nombre a un personaje— ofrece el pretexto prometeico pero también planta la semilla del desastre. Cuando, de pronto, en el mundo empiezan a ocurrir fenómenos extraños que tienen que ver con la inversión temporal de ciertos objetos, se encomienda a los agentes encarnados por un irregular John David Washington y por un mucho más cautivador Robert Pattinson que descubran lo que está ocurriendo. En las playas del presente, han empezado a encallar los malogrados restos de una guerra futura que parece poner en peligro no ya la civilización, ni siquiera el universo, sino la realidad en su conjunto. El desarrollo de tan fascinante premisa se torna inmediatamente caótico y la entropía, muy presente en el filme, acaba por devorarlo.

Tráiler en castellano de 'Tenet'

Los personajes apenas funcionan, abrumados por el peso de una misión imposible que enfrenta el presente con el futuro por la supervivencia, y el despliegue de escenas de acción cada vez más increíbles, aparatosas e indudablemente hipnóticas toma el mando hasta el final de la película. Hay una chica, la impresionante y helada —en el peor sentido— Elizabeth Debicki, un supervillano, su marido Sator —un Kenneth Branagh con el histrionismo fuera de control—, y varios secundarios de gran impacto y mínima repercusión —como Michael Caine—, y hay, sobre todo, toneladas de efectos especiales. Si la ralentización del movimiento en 'Matrix' fue la gran e imitadísima vacilada de nuestra generación, las secuencias de idas y venidas temporales de 'Tenet', con sus balas que vuelven a las pistolas, sus coches que corren disparados hacia atrás y sus hermosas gaviotas que vuelan como los cangrejos, bien podrían serlo de las nuevas. No hace falta decir que ni aquellas ni estas son, en realidad, una novedad cinematográfica.

Boquiabiertos

Ojo, 'Tenet' te deja boquiabierto. Y no se trata solo de su carísima pirotecnia. Hay algo más en la película, aunque uno no acaba de saber muy bien qué demonios es. Pero ese es el 'sello Nolan', ¿no? La acumulación de misterios de proporciones desmesuradas que se desenrollan como cuadros de Escher desde una premisa científica tan sorprendente como hipotéticamente posible para acabar sepultados bajo un alud de grandilocuencia de autor. La banda sonora 'estalla tímpanos' de Ludwig Göransson sirve de complemento eficaz para aturullar a un espectador que tal vez no conviene que preste demasiada atención a lo que está ocurriendo. Si hay que empotrar un avión, se empotra, si hay que rodar bellísimos planos entre molinos de aire marítimos por puro atrezo epatante, adelante, y que no falte una auténtica detonación nuclear, aunque eso, en realidad, "no sea lo PEOR".

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'Tenet'.

Y sí, hay palíndromos a montones para alegrar a los culturetas aburridos, y vislumbres superpuestos de un plan superior. Pero lo que cuenta es el espectáculo, y este es sin duda unos de los mayores nunca vistos en un cine. De hecho, cuando acabas de verla, agotado y mientras recuperas la compostura, sientes la irresistible necesidad de querer tragarte por segunda vez sus más de dos horas y media. Pero ¿quién tiene tanto tiempo?

El cineasta más importante de nuestro tiempo se ha acercado más que nunca al agujero negro... para quedar atrapado en él

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Se ha escrito que 'Tenet' es una actualización de aquella primera maravilla salvaje de Nolan llamada 'Memento' por lo obvio del juego temporal, pero uno diría que se trata más bien de una fusión/confusión de la carga metafísica de la más lograda 'Origen' y de las brillantes elucubraciones científicas de 'Interestellar'. El cineasta más importante de nuestro tiempo se ha acercado más que nunca al horizonte de sucesos del agujero negro... y tal vez haya acabado atrapado por él. Nunca podrá regresar, pero usted sí y el viaje, bien aguzada la suspensión de la incredulidad, merece la pena.

Coda

En el otoño de 1942, un año después de que los jabatos Wheeller y Feymann le contaran sus locas teorías sobre la reversibilidad del tiempo, Einstein conoció a un nuevo compañero de paseo por el campus del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton y ambos se hicieron inseparables. Se trataba de otro emigrado alemán, "el mayor lógico desde Aristóteles". Casi jubilado, Einstein solía comentar que su trabajo ya no significaba demasiado para él y que mantenía la tradición de acudir diariamente a su despacho "solo para tener el privilegio de volver a casa caminando con Kurt Gödel". ¿De qué hablaban? Resulta que Gödel, el teórico de la incompletitud, había estado trabajando con su obsesión habitual sobre las ecuaciones de la relatividad general de Einstein y había llegado, según le contaba a su asombrado amigo, a nuevas soluciones cosmológicas en las que la estructura del espacio-tiempo se alabeaba hasta tal punto que una nave espacial que viajara a la suficiente velocidad podría penetrar en cualquier región del futuro, del presente... o del pasado. El viaje en el tiempo ya no era una quimera filosófica o un ardid de los escritores de ciencia ficción, sino una posibilidad científica.

Cuentan, aquellos que observaban pasear a los dos genios, que, a veces, paraban ante un paso de cebra y ambos se quedaban allí atrapados por la conversación sin atender a la sucesión de colores del semáforo. El tiempo se detenía sobre ellos.

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