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Viaje al centro de la ansiedad laboral: "El ideal del emprendimiento es una carrera de ratas"
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entrevista a Eloy Fernández Porta

Viaje al centro de la ansiedad laboral: "El ideal del emprendimiento es una carrera de ratas"

Eloy Fernández Porta publica 'Los brotes negros', un retrato de los síntomas de un trastorno de ansiedad prolongado, detonado por el exceso de trabajo. "Lo que siempre se ha llamado estrés, en muchos casos es ansiedad o angustia"

Foto: 'El grito', de Edvard Munch.
'El grito', de Edvard Munch.
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Volvía de hacer la compra. Yogures, ensalada, vino barato. Y mientras caminaba con las bolsas por el centro de Barcelona, rumbo a su casa, la ira le asaltó de pronto. Su cabeza se convirtió en un termitero y, para acallarlo, se golpeaba el cráneo con una mano. Daba gritos cortos para aliviar la presión de lo que empezó a ser habitual aquel año. Sabía reconocerlo: era el principio de uno de esos 'brotes negros'. Aparecían en casa, en una plaza, al salir del supermercado. De pronto, la garganta de Eloy Fernández Porta (Barcelona, 1974) se convertía en la de otro, en la de un ser que no podía más que gritar. "Sin saber lo que hago, me dirijo hacia el centro, lejos de los árboles, como si me hiciera falta espacio para que la ira que me embarga pueda terminar de desencadenarse. Y entonces empiezo a gritar de verdad. Primero son gritos extraídos de la pura garganta, mientras me encorvo, con las piernas abiertas, y me agarro fuerte la cabeza con las manos, respiro hondo y del fondo del esternón sale un bramido largo, una 'a' creciente y desesperada, noto la garganta quemada por el esfuerzo y no puedo seguir de pie: me arrodillo, la frente al suelo, los codos en el cemento, el culo en pompa, doy un grito corto y luego otros dos, aúllo".

Estos gritos, incluso en plena calle, eran la forma en que se manifestaba su trastorno de ansiedad prolongado. Ante los brotes, solo quedaba pedir a la cabeza "que pare, por favor". Ideaciones suicidas, ira y vaivenes en la medicación son algunas de las pinceladas de 'Los brotes negros. En los picos de ansiedad' (Anagrama, 2022). Se trata de un texto autobiográfico que este ensayista comenzó a escribir como parte de la terapia para tratar la dolencia. Una ruptura sentimental y el exceso de trabajo agravaron el cuadro hasta los brotes que se describen en este retrato psicológico. "Zumo de cerebro" es lo que venden los trabajadores del sector cultural, y Fernández Porta exprimió su cabeza hasta la última gota. Este impacto en la salud mental es lo que se relata aquí, sin eufemismos.

placeholder Cubierta de 'Los brotes negros'. (Anagrama)
Cubierta de 'Los brotes negros'. (Anagrama)

PREGUNTA. ¿En qué circunstancias escribió este libro?

RESPUESTA. Los primeros esbozos surgieron en el contexto de una terapia psicológica. Al principio, los escribí para mí, como parte del proceso de recuperación. Luego fueron creciendo y llegó un momento en el que quería describir situaciones, movimientos, secuencias, efectos de la ansiedad en sus manifestaciones más fuertes. Ahí se fueron combinando memorias, partes de crítica cultural, ensayo...

Yo tenía antecedentes de depresión y seguía un tratamiento para la ansiedad, pero creía tenerlo controlado hasta el verano de 2018. Los síntomas se agudizaron. Por distintas circunstancias, entre ellas el exceso de trabajo, los síntomas se dispararon. Empecé a ir al psiquiatra, tomé más medicación y aun así vi que no remitían. Pasé unas vacaciones que solo me redujeron al mínimo posible la ansiedad y, aun así, me encontraba mal. Empecé a darme cuenta de que tenía un cuadro clínico agravado.

P. ¿En qué circunstancias se decidió a publicar los textos?

R. Al principio no pensé en publicarlos. Aunque sí recuerdo un momento del proceso de escritura, cuando llevaba unas 40 páginas, en el que empezaba a esbozar un perfil de una persona bajo la influencia, con momentos bastante jodidos, y me parecía importante contarlo. Además, por aquella época me invitaron a un congreso sobre filosofía y salud mental. Tenía pensado preparar una ponencia más técnica, pero al final decidí leer algunas de las partes más sintomáticas de mis textos. Varias personas lo escucharon y me animaron a publicarlo. Aquello, junto con la confianza de las editoras, me animó a publicarlo.

Para serte sincero, te diré que el libro lo escribí por razones egoístas. En parte, porque creía que podía ayudarme a salir del pozo. Por los comentarios que he recibido, me he dado cuenta de que es un texto que genera una empatía distinta a la de otras cosas más técnicas que había escrito antes. Me sentía en territorio desconocido al escribirlo. Normalmente, estudio el género en el que me muevo, reúno una bibliografía que me sirva para ello. Para mí, el proceso de escritura de este libro, que no es ni completamente autobiográfico ni completamente académico, era un misterio.

placeholder El ensayista Eloy Fernández Porta. (EFE)
El ensayista Eloy Fernández Porta. (EFE)

P. ¿Cómo afectó el exceso de trabajo a la ansiedad?

R. Nos afecta a todos los trabajadores, a los asalariados y a los autónomos. Objetivamente, en mi sector el trabajo se ha precarizado mucho en los últimos años. Las tareas son cada vez más exigentes, requieren más gestiones y excelencia, el coste de la vida ha subido mucho, pero las retribuciones son menores. Hagas lo que hagas, no basta y no consigues llegar. Es una realidad de la que ya era consciente, pero llegó un punto en el que llegué a ser hiperconsciente de esto. Se convirtió en una obsesión que a su vez me impedía cumplir con lo que se me pedía.

Como trabajador del sector cultural y ensayista, se me pedía que venda 'zumo de cerebro', pero sentía que mi cabeza ya estaba exprimida hasta la última gota. Yo seguía intentando exprimirla. Aquello era constante y muy angustioso. No veía perspectivas de mejora por ningún lado. Esto afecta a la mayor parte de la gente que conozco, y a quienes tenemos problemas de salud mental o somos neurodivergentes, esto lleva a cuadros clínicos graves.

En los ochenta, se empezó a generalizar el uso de la palabra 'estrés'. Se usaba en el ámbito del 'trading' y los brókeres, pero se extendió a todo el mundo. Se usaba no para describir un problema, sino como uno de los síntomas o consecuencias de la productividad, de ser un buen trabajador. Creo que lo que siempre se ha llamado estrés en muchos casos es más bien ansiedad o angustia. El exceso de trabajo puede conducir al consumo de drogas, pero no recreativas, sino para sobrellevar la tensión. Y, después, tomar medicación para dormir.

"Creo que lo que siempre se ha llamado estrés en muchos casos es más bien ansiedad o angustia"

P. Menciona en el libro un ejemplo reciente y mediático sobre las consecuencias psicológicas del exceso de trabajo: el de la gimnasta Simone Biles, cuando decidió retirarse de los Juegos Olímpicos porque "la salud mental es lo primero". Sostiene que existe una especie de doble rasero. Quienes declaran que no pueden más, ¿a algunos se les percibe como valientes y otros como débiles?

R. Creo que este doble rasero existe. Por ejemplo, en ámbitos creativos, se da por sentado que los artistas tienen lo suyo. Incluso, que el estrés, la ansiedad o la inestabilidad son componentes de su trabajo. Así que las dolencias mentales también se romantizan un poco. En otros ámbitos, esto resulta más disimulado. Existen muchos personajes públicos a los que las cosas les van bien y dicen que el secreto está en trabajar una hora más que los demás, en hacer horas extra, en la autoexigencia. Todo eso es una apología de la adicción al trabajo y da una visión muy poco realista psicológicamente sobre los efectos de la hiperproductividad en la salud mental. Este es un proceso que recorre todo el extremo político, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha.

Cito un escrito del Che Guevara en el ensayo 'Qué debe ser un joven comunista'. Ese texto es muchas cosas, pero entre ellas es el testimonio de un adicto al trabajo que trata de convencer a los demás: si te mentalizas, el trabajo no te cansa. Es otra modalidad de irrealismo psicológico.

Foto: Simone Biles siguió este jueves desde la grada la final del concurso completo. (Reuters)

P. Ese elogio del emprendimiento, el riesgo o la resiliencia, a veces, parece relegar la estabilidad y el bienestar en el trabajo a un segundo plano. ¿Eso es parte de lo que padeció?

R. Estoy muy en contra de ese tipo de moral espartana de aguantar hasta romperse. Hay personas que sí pueden, superhombres con supercuerpos. Pero la mayor parte de la gente, en esas condiciones, va a terminar reventando. Y antes de hacerlo, su comportamiento dañará a su pareja, a sus amigos y a todas las parejas de su entorno. La responsabilidad con la propia salud mental no es solo individual, sino que afecta a todos los demás. En Estados Unidos, el agotamiento está derivando en el abandono masivo del trabajo. Esto todavía no ha llegado a España por ahora, pero es probable que se acabe produciendo.

Antes de esta disyuntiva que planteas, a la altura del año 2008 o 2009, hubo un tiempo en el que los colaboradores de los medios podían cobrar 450 euros por un artículo de una página. Sin ser periodista profesional ni un colaborador habitual. Tampoco eran los mundos de yupi, había muchas injusticias y problemas. Pero, en ese momento, podías pasar por encima de esa disyuntiva. Apalancarte o acomodarte si quieres, buscar otras cosas y verlas venir... Era posible. Pero este ideal del emprendimiento que mencionas es un ideal competitivo, una carrera de ratas. Habrá unos pocos ganadores y una mayoría de perdedores. La diferencia entre unos y otros va a ser enorme. En el mundo cultural, el comportamiento del consumidor determina a quiénes les va bien y a quiénes no. A los primeros les suele ir muy bien, pero los segundos cada vez son más y se ven relegados al ostracismo. No basta echarle la culpa al capitalismo ni a la sociedad del mercado. Somos cada una de nosotras con las decisiones que tomamos cada día como productores y consumidores culturales. Decidimos que un autor nos deja de interesar y lo dejamos de seguir. Por tanto, pasa al olvido totalmente.

placeholder Un fotograma de 'Scanners', de David Cronenberg, que el ensayista cita como 'pornografía de los ansiosos' a lo largo del texto.
Un fotograma de 'Scanners', de David Cronenberg, que el ensayista cita como 'pornografía de los ansiosos' a lo largo del texto.

P. Describe una imagen en el libro. Tras uno de los brotes de ansiedad, se sentó en el patio de un centro de arte donde había trabajado en ocasiones anteriores. El guarda le echó confundiéndolo con un sintecho. "De donde había entrado como comisario, salí como heroinómano". Quien hace 'crack', ¿se convierte en un residuo de la industria?

R. Desde luego, yo lo he vivido así. Independientemente del punto en el que me encuentro ahora, que no es tan malo como los que describo en el libro. Me he sentido como un residuo del sector cultural. Como alguien que ya había hecho todas las tareas que podía hacer, que su tarea se había estancado. Por lo que he visto a mi alrededor, eso es frecuente. Todos, en algún momento de sus carreras, están acabados. O se sienten acabados. Se encuentran con que los elementos curriculares que pueda acreditar, de pronto, no cuentan. Las propuestas que recibe no son mejores que las que recibía 15 años antes.

Damos por sentado que una carrera supone una progresión, en la cual alguien va a subiendo, asentándose o adquiriendo más reconocimiento. Pero esto no es lo que vemos. No es lo que he vivido. Hay algunos momentos en los que se alinean los astros y tu trabajo cuenta. Pero al poco tiempo puedes estar acabado. Eso no se explica porque tu último libro sea peor que el anterior o porque hayas seguido una línea creativa equivocada. Sencillamente, ocurre. Es una condición estructural de la organización del trabajo. Quizá es algo que debería enseñarse en las escuelas: "Que sepas que va a haber varios momentos en tu existencia en los que vas a estar acabado. No serás nadie. Lo que has hecho no va a contar para nadie. Te tienes que preparar psicológicamente". Yo no estaba preparado para aquello, y sigo sin estarlo. Escribir este libro me ayudó a hacerme a la idea.

P. ¿La industria posee y desposee trabajadores de manera cada vez más frenética?

R. Por seguir con el ejemplo de la industria cultural, en la música esto está claro. En la historia del rock, los músicos mueren de éxito cada vez más temprano. Llegar a la cima a los veintipocos, estar liquidado a los veintiséis y renacer unos cuantos años más tarde. Y la mayor parte de los que se dedican a la música nunca vivirán de ello.

Aquí entra una cuestión de género interesante. El ideal de una vida creativa o de éxito intelectual siempre ha incluido un fuerte delirio masculino. Un delirio de importancia, de reconocimiento, de copar bustos y homenajes. Digo masculino porque, en la mayor parte de la historia, a las mujeres se las ha relegado y tratado como si ese destino no les perteneciera. Esto ha cambiado en los últimos tiempos. Para una niña ahora mismo, el horizonte de posibilidades es muchísimo más amplio que el de su madre, y no digamos el de su abuela. Lo que me preocupa es si esa niña va a poder vivir ese horizonte sin los delirios de importancia tradicionalmente masculinos. Y sin esa dinámica entre el éxito y el fracaso que solo beneficia a una minoría. Eso va a generar mucho sufrimiento psicológico y frustración.

"Existe una apología de la adicción al trabajo y da una visión muy poco realista psicológicamente sobre los efectos de la hiperproductividad"

P. ¿Cómo nos podemos preparar para el fracaso, socialmente?

R. Sería útil que las biografías de personas públicas, estudiadas y difundidas en colegios y universidades, hicieran hincapié en este asunto. Si han pasado momentos negros, caídas, frustraciones... A veces nos encontramos con historias de éxito en vertical, grandes relatos de recuperación y remontada. Muchas hagiografías, de las que se concluye que la remontada siempre es posible. Que hay una segunda oportunidad. Es una versión laica de la redención bíblica. La realidad, tal y como yo la he vivido, es bastante más cruda.

En las carreras creativas, sea cual sea el campo, es importante hacer énfasis en que esa vida va a incluir fases de olvido, falta de repercusión. Sería idealista decir que da igual lo que piensen los demás, que el reconocimiento no es tan importante, que un libro se venda más o menos. Pero la realidad es que el reconocimiento es fundamental a nivel psicológico y laboral.

P. El grito es una de las formas en las que se manifestaban sus brotes de ansiedad. Cito: "Alguien grita a través de mí; cuando no soy capaz de retenerlo, cuando soy griterío, soy todo el mundo excepto yo mismo, soy la caja de resonancia de una patología comunal". ¿El mundo es cada vez más ansioso?

R. Lo que trataba de describir es una situación de extrañamiento muy fuerte. Esos momentos que algunas veces ocurrían en mi piso, pero también en espacios públicos. Sentía desesperación, pero también cierta incapacidad para creer lo que estaba ocurriendo. Como si hubiera una voz que se expresara a través de mí, como si yo estuviera haciendo 'playback'. Me pregunto quién es esa persona que grita, de quién son esos episodios de llanto prolongado. No me reconocía en eso, a pesar de que por un tiempo se convirtieron en algo habitual. Esas expresiones de desesperación eran compartidas, que mi cuerpo había encontrado el modo de expresar un sentimiento que otras personas con más autocontrol no expresaban. O que podían descargarlo con otra cosa... Con el deporte, por ejemplo. Quizá fueran más inteligentes emocionalmente que yo, no lo sé.

Foto: Fotografía de archivo del aeropuerto de Bilbao, lugar donde trabajaba la mujer a la que se ha reconocido como accidente de trabajo la ansiedad derivada de un conflicto laboral. (EFE/Miguel Toña)

¿Es más frecuente la ansiedad en el año 2022 que en el 2018, después de la pandemia? Creo que se han generalizado más algunos términos, prácticas médicas o discursos. De la misma manera que se han ido generalizando y visibilizando tratamientos médicos tanto terapéuticos como farmacológicos. ¿Quiere eso decir que hay más casos ahora que en el pasado? Aunque no tengo las cifras, no lo creo. Opino que con la ansiedad ocurre como con otras dolencias. Salvando las distancias, ocurre algo parecido con el cáncer. Se decía que nuestros abuelos y bisabuelos se morían "de viejos". Pero muchas veces eso significaba un cáncer no diagnosticado, no tratado ni identificado. No existían los medios ni los protocolos de ahora. El fenómeno al que asistimos es el de una visibilización de la neurodivergencia que aparece como un exorcismo. En el momento en el que se reconoce la importancia social y política de estos temas, se abre toda una nueva forma de expresividad. Han contribuido a ello libros como ' Fármarco', de Almudena Sánchez. Todo esto cuestiona de distintos modos la noción de salud mental y de normalidad que se había impuesto hasta hace poco. La estamos modificando entre todas las personas que hablamos de eso.

P. ¿Cómo está ahora?

R. Estoy mejor. El libro relata un periodo de un poco más de un año con momentos intensos de ansiedad, que luego remitieron. He omitido esa parte del libro porque quería plasmar una historia de un cuerpo arrebatado. Cuando, en plena calle, me arrebata un ataque. En cuanto a la recuperación, hay una parte que he vivido como resultado de la química. Como proceso de ensayo y error, probando pastillas. Al final, acabé encontrando una combinación que me permitía mantener a raya los episodios. También me mudé, cambié de escenario y eso ayuda. Vivía en lo que se convirtió en un barrio fantasma durante la pandemia, un lugar bastante inhóspito. Por último, también me di cuenta de que he cometido una injusticia bastante habitual en la literatura sobre la salud mental. Se suele dejar de lado a la red de apoyo, a las personas que te dan respaldo. En 'Esa visible oscuridad', William Styron no menciona a su mujer hasta el final. Parece que vive el descenso a la depresión completamente solo, aunque probablemente ella le ayudara a sobrellevar todo el proceso y quizá hasta le salvara la vida. Tengo que reconocer que también he caído en esa injusticia. Se me hacía difícil hablar de los momentos de calma y alegría con las personas que me apoyaron. Supongo que tiene que ver con el tono que encontré al escribir el libro.

Volvía de hacer la compra. Yogures, ensalada, vino barato. Y mientras caminaba con las bolsas por el centro de Barcelona, rumbo a su casa, la ira le asaltó de pronto. Su cabeza se convirtió en un termitero y, para acallarlo, se golpeaba el cráneo con una mano. Daba gritos cortos para aliviar la presión de lo que empezó a ser habitual aquel año. Sabía reconocerlo: era el principio de uno de esos 'brotes negros'. Aparecían en casa, en una plaza, al salir del supermercado. De pronto, la garganta de Eloy Fernández Porta (Barcelona, 1974) se convertía en la de otro, en la de un ser que no podía más que gritar. "Sin saber lo que hago, me dirijo hacia el centro, lejos de los árboles, como si me hiciera falta espacio para que la ira que me embarga pueda terminar de desencadenarse. Y entonces empiezo a gritar de verdad. Primero son gritos extraídos de la pura garganta, mientras me encorvo, con las piernas abiertas, y me agarro fuerte la cabeza con las manos, respiro hondo y del fondo del esternón sale un bramido largo, una 'a' creciente y desesperada, noto la garganta quemada por el esfuerzo y no puedo seguir de pie: me arrodillo, la frente al suelo, los codos en el cemento, el culo en pompa, doy un grito corto y luego otros dos, aúllo".

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