LA CRISIS DEL CUARTO DE VIDA

"Tengo ansiedad desde los siete años": la epidemia silenciosa de la juventud española

La precariedad, las redes sociales o el fracaso de las expectativas vitales son algunos de los motivos que está haciendo de la juventud actual la que más sufre esta enfermedad mental

Foto: Marta, Carmen y Lidia (izq. a der.) sufren ansiedad desde hace años. (M. Z.)
Marta, Carmen y Lidia (izq. a der.) sufren ansiedad desde hace años. (M. Z.)

"Mi última crisis de ansiedad fue hace unos días. Simplemente estaba saliendo de hacer la compra cerca de mi casa, y me paralicé, no podía andar. Me faltaba el aire... Tuve que sentarme en un banco cercano y escribir para que vinieran a buscarme. Otras veces no puedo ni salir de casa, no tengo fuerzas, o me da un ataque y estoy tres horas hecha un ovillo, hasta que se me pasa".

Carmen Cuenca tiene 28 años y sufre ansiedad desde hace cuatro, a raíz de un trabajo precario. En el caso de Marta, de 24, comenzó a los 18 con la muerte de un familiar cercano que generó su primera crisis, mientras que Lidia no encuentra ningún momento de su vida donde no experimentase esa sensación: “Siempre he tenido ansiedad, la recuerdo desde que tengo unos 7 años”.

Las tres son reflejo de una generación, la 'millennial', caracterizada por un incremento de la ansiedad como problema mental que supera al de cualquier otra sociedad previa. Según la Organización Mundial de la Salud, entre 1990 y 2013 las personas con ansiedad o depresión aumentaron cerca de un 50% en todo el mundo, hasta alcanzar los 615 millones de personas. Un 10% de la población. Entre los jóvenes de menos de 30, según un estudio reciente, el 86% reconocen sentir presión en el trabajo, las relaciones o la economía, más que sus antecesores. Sin embargo, se enfrentan a diario al estigma del desconocimiento de su enfermedad y a que nadie se tome en serio sus síntomas.

La ansiedad es la gran brecha generacional de nuestro tiempo por la diferencia de expectativas entre los jóvenes y las anteriores generaciones

Es lo que se ha denominado “la crisis del cuarto de vida” y hunde sus raíces en cuestiones como la frustración ante la falta de oportunidades de trabajo, el perfeccionismo, la competitividad, o la construcción de la imagen en un mundo dominado por las redes sociales. Sus primeros síntomas pueden empezar a manifestarse mucho antes. “En la mayoría de los casos, la ansiedad comienza en la juventud, y puede deberse a distintas causas”, explica Antonio Cano-Vindel, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS). “Por un lado, estamos asistiendo a un aumento del estrés en general de la sociedad debido a la crisis que hemos pasado, que afecta especialmente a los jóvenes porque muchos ven que después de formarse durante tantos años no hay empleo o es precario, y esto genera mucha frustración, pero también competitividad y perfeccionismo, que aumenta el estrés”.

Ponerse siempre en lo peor

Carmen Cuenca estudió Publicidad e hizo un máster para especializarse. Al tiempo, encontró un trabajo en Madrid como becaria que le exigía responsabilidades de directora creativa. “Trabajaba unas 14 horas diarias, dándolo todo para que me contrataran. No tenía otra opción, era eso o el paro y no me lo podía permitir porque no soy de aquí. Además, renunciar significaba fracasar. Pero llegó un momento que tenía tanta ansiedad que no podía ni salir de casa, no podía ni respirar”. Fue al médico, quien le recetó medicación y dos semanas de baja. “Al final me despidieron, creían que me lo inventaba, y entré en un bucle del que no sé salir”. Ahora sigue en el paro y toma dos pastillas al día: un ansiolítico por la mañana y un antidepresivo por las noches para dormir -ha llegado a estar cuatro meses sin pegar ojo más que dos horas diarias-. Además, siempre lleva Valium encima por si la ansiedad le ataca en el momento más inesperado y mientras charlamos, toma un té sin teina para no alimentar sus nervios.

A Carmen Cuenca (28 años) la despidieron durante una baja por su ansiedad (M.Z.)
A Carmen Cuenca (28 años) la despidieron durante una baja por su ansiedad (M.Z.)

Las personas que padecen un alto grado de ansiedad recrean en su cabeza el peor de los escenarios posibles ante cualquier situación, lo que genera una respuesta en su organismo a nivel cognitivo, fisiológico y motor. “Por un lado, están los pensamientos negativos que les vienen; por otro, la somatización en el cuerpo de esos pensamientos como contracturas de espalda, dolores de cabeza, estómago o incluso taquicardias; y por último a nivel motor, los movimientos repetitivos, los tics, evitaciones...”, explica la psicóloga especialista en ansiedad y estrés del centro Área Humana, Cristina Mae Wood.

"Hasta los 18 años es menos frecuente, pero a medida que aumenta el estrés con la universidad, las responsabilidades... aumenta la prevalencia"

Aunque muchas personas pueden llegar a padecer ansiedad, existe un 20% al que le afecta de forma notable en su vida. Esa incapacidad de seguir con sus rutinas es la que genera los cuadros depresivos. Las mujeres tienen hasta tres veces más tendencia a sufrirla que los hombres, que suelen canalizar la frustración con adicciones o violencia. Según la psicóloga Wood, hay un componente genético que genera cierta predisposición aunque el entorno también influye. “Depende de variables de la personalidad, como el perfeccionismo o la autoexigencia, que potencian muchas veces los propios padres. Tengo un paciente, por ejemplo, que con 12 años tiene ataques de pánico y crisis de ansiedad por la presión que le ponen sus padres para que gane campeonatos de judo. Esto es cada vez más habitual: padres que quieren sobresalir a través de los hijos: que sea el más listo, el número uno... Sus propias frustraciones las proyectan en ellos porque quieren que sean lo que no fueron y los niños crecen interiorizando esa competitividad”.

En España, dos de cada diez jóvenes de entre 15 y 29 años cree tener síntomas depresivos: un 24% en el caso de las chicas y 16% en el género masculino. De ellos, aproximadamente un 2% de los jóvenes llega al punto de tener ataques de pánico repetitivos que, según la psicóloga Cristina Mae Wood, puede degenerar en otro tipo de trastornos, como la fobia social, agorafobia o trastorno de ansiedad generalizada, “sobre todo si no se detecta a tiempo”. “Hasta los 18 años es menos frecuente, pero a medida que aumenta el estrés con la universidad, el trabajo, las responsabilidades... aumenta la prevalencia”, añade.

Marta Navarrete ha desarrollado fobia social y agorafobia después de un episodio traumático por la pérdida de una persona cercana. “En ese momento todo me daba ansiedad, hasta poner una lavadora: todo a lo que me tenía que enfrentar cotidianamente era un problema para mí. Cosas que siempre me habían gustado, como ir a fiestas, conciertos o pasear por el centro de Madrid, tuve que dejar de hacerlas”. Su relación con los demás va por etapas; la ansiedad se ha convertido en dueña de su capacidad para relacionarse. “No te deja ser tú misma. Cuando tengo poca soy una persona sociable pero otras veces soy incapaz y claro, la gente ve cambios bruscos en mi personalidad, y no lo entiende”.

Marta Navarrete (24) ya no va a conciertos o manifestaciones. (M.Z.)
Marta Navarrete (24) ya no va a conciertos o manifestaciones. (M.Z.)

Con el tiempo ha aprendido a bloquear los pensamientos que le generan estrés. “Sé que el transporte público me da ansiedad, así que intento no pensarlo, distraerme, leer... pero a veces el cuerpo es como si fuese a su bola y me dice 'no guapa' y vienen los desmayos”. Su último ataque fue hace menos de una semana. “Llevaba un mes sin poder llorar y fue un cúmulo de cosas: que mi psicóloga está de baja, el trabajo, la academia… y mi gato se puso enfermo y simplemente me dio. No podía respirar, empecé a llorar y lo pasé fatal”.

La ansiedad se sufre y manifiesta de manera diferente en cada caso. Lidia Hurtado, al contrario que las anteriores, no tiene fobias, pero padece de trastorno de ansiedad generalizada y sus síntomas han variado con el tiempo. “Llevo con ataques más de 10 años pero por ejemplo lo de quedarte sin aire, que es lo más habitual, no me había pasado hasta el año pasado. He tenido rachas de dolores de cabeza, de tripa, taquicardias…. De todo”. Muchas veces ni siquiera sufren detonantes concretos que desaten la ansiedad, si no que se presentan cuando menos se lo esperan: “Me ha pasado de estar en mi casa viendo la tele en el sofá y que me dé un ataque de ansiedad”.

Mi padre me dice que no entiende cómo puedo estar así con la vida tan guay que tengo

Carmen ha aprendido a explicarle a su entorno lo que sufre con una metáfora muy sencilla. “Lo que yo siento es como si te fueras a tirar de un trampolín. La gente normal puede sentir nervios, miedo o excitación durante unos segundos, y luego salta. Pero yo soy incapaz; me quedo ahí arriba siempre con esa sensación”. Entre sus amigos la ansiedad es un tema recurrente, pero no ha tenido la misma comprensión con su familia. “Nunca lo han entendido. Cuando les cuento que no puedo ir a trabajar me dicen que a nadie le gusta su trabajo. La gente suele pensar que eres una persona débil o que no te esfuerzas por estar bien. ¡Yo quiero estar bien, pero no puedo!”, explica impotente. “Sé que por su cuenta se han ido informando y ya lo entienden más, pero de puertas para fuera nunca lo contarían. Mis padres nunca reconocerían que su hija tiene ansiedad, porque sigue habiendo un estigma, en una sociedad donde lo que prima es el 'si quieres, puedes', el emprendimiento...”. Marta se encuentra con la misma situación con su padre: “Me dice que no entiende cómo puedo estar así con la vida tan guay que tengo, que a él nunca le ha pasado”.

Redes sociales e imagen personal

En los últimos meses personajes públicos como el youtuber el Rubius, Lena Dunham (de la serie 'Girls') o el cantante de Operación Triunfo Alfred han reconocido tener problemas de ansiedad. El dj Avicii se suicidó por la depresión consecuencia del mismo problema, que le había retirado de los escenarios unos meses antes. Casos que, reconocen los expertos, ayudan a visibilizar un tema que siguen tratándose como un tabú, o incluso “una elección”, en lugar de abordarse como enfermedad mental.

La preocupación por la imagen y el uso de las redes sociales, donde la versión que se proyecta de cada individuo está disociada a la vida real, es otro de los factores clave para entender por qué la ansiedad se está convirtiendo en la gran enfermedad del siglo XXI, superando a la depresión. “La gente se compara a nivel físico, económico, de pareja, el ocio… Y pensar que no llegas a la altura, que no vas a conseguir tener éxito genera ansiedad”, explica Mae Wood. “Hay estudios que revelan una correlación directa entre el tiempo que se dedica a las redes sociales y la depresión. Y eso es por la comparación constante”. Se estima que el 70% de los jóvenes de 15 años se estresa si no tiene internet.

Lidia sufre de ansiedad desde que tenía 7 años. (M.Z.)
Lidia sufre de ansiedad desde que tenía 7 años. (M.Z.)

“Somos capaces de ver una realidad mucho más grande que otras generaciones porque tenemos mucha más información, y eso nos crea ansiedad porque también nos han educado de una manera en la que no nos han enseñado nada de eso.”, reconoce Marta, que es jefa de redacción de una publicación feminista. “Las generaciones anteriores igual nacieron en la posguerra o en la pobreza, y crecían viendo eso. Pero nosotros hemos crecido en Disney, viendo todo lo bonito en la televisión, sin que nos falte de nada… Y de repente nos damos cuenta de que la vida no es jauja, que es muy dura y nos cuesta asumirlo”.

"Mis padres nunca reconocerían que tengo ansiedad, porque sigue habiendo un estigma, en una sociedad donde prima el 'si quieres, puedes"

El psicólogo Cano-Vindel coincide con esta visión: “Los jóvenes de hoy en día ven que no cobran lo que cobraban sus padres a su edad, mientras que se ha generalizado el bienestar: las posibilidades de viajar, de tener otra serie de actividades de ocio, de tiempo libre. Hay más expectativas pero no más ingresos”, comenta Vindel. "Es verdad que los jóvenes de ahora viajan más y van a más restaurantes que sus padres y abuelos, pero lo viven peor, porque han crecido desmesuradamente las expectativas de lo que se puede hacer, pero no se puede hacer todo. Están en mejor situación pero les parece que no es así”, añade Mae Wood.

Sin psicólogos en la Seguridad Social

En España, el 57% de la población reconoce haber tenido ansiedad en los últimos años, pero la salud mental sigue siendo un privilegio reservado a quien pueda pagárselo. Marta, Lidia y Carmen han tenido que recurrir a consultas privadas para tener un seguimiento real de su situación. “Cuando fui al médico ya estaba fatal, quería morirme, y me daban cita para tres meses después”, denuncia Marta. A Carmen, una psicóloga de la Seguridad Social le dio un listado de asociaciones a las que podía acudir, ante la imposibilidad de atenderla con la frecuencia que ella necesitaba.

Según Cano-Vindel, en España hay cinco psicólogos por cada 100.000 habitantes, cuatro veces por debajo de la media europea, a pesar de que está demostrado que tratar los problemas mentales genera beneficios a largo plazo. La OMS estima que cada dólar invertido en tratamientos de depresión y ansiedad, repercute en cuatro dólares de beneficios por su trabajo. “En nuestra sociedad, cuando tenemos un problema físico o una diabetes... todo el mundo lo entiende y lo acepta fácilmente sin juzgar al otro, por ejemplo, a la hora de coger una baja. Pero si es por depresión, estrés o ansiedad, las empresas lo suelen mirar mal, lo asocian con estar loco o ser débil y no tiene nada que ver con eso: hay gente muy capaz pero que se exige muchísimo y eso les lleva a caer enfermos por no atender sus emociones y cuidar de su salud”, comenta Wood.

Al final consigues que no sea tan visible, que no te limite tanto la vida, pero sabes que va a estar ahí para siempre

Muchas personas con ansiedad acaban recurriendo a grupos como la Asociación Española de Ayuda Mutua Contra Trastornos de Ansiedad (AMTAES) ante el desconocimiento y soledad en su problema. “Nos encontramos con personas que sufren la ansiedad en solitario sin saber los que les pasa exactamente y sin encontrar una ayuda por parte de la Sanidad, por lo que tienden a aislarse del mundo que les rodea”, explica Enrique Vargas, presidente de AMTAES. “Muchos de nuestros socios no siguen un tratamiento psicológico especializado, sencillamente porque la sanidad pública no atiende estos problemas de forma específica, sino que los médicos de atención primaria suelen recetar medicamentos sin más, lo cual sólo reduce temporalmente los síntomas, pero no resuelve el problema. Y la cronificación de estos trastornos van conduciendo a problemas derivados como depresión o adicciones”.

Con el tiempo, Marta, Carmen y Lidia han ido aplicando estrategias o trucos para minimizar el impacto de la ansiedad en su vida diaria, más allá de la atención psicológica y la medicación. Marta por ejemplo, valora su nivel de ansiedad del 1 al 10 para decidir tomar una decisión u otra con los problemas que se le plantean y Lidia intenta quedarse sola cuando la ansiedad empieza a subirle por el estómago. Todas esperan mejorar en el futuro, pero han asumido que tendrán que vivir con ello. “Al final consigues que no sea tan visible, que no te limite tanto la vida, pero sabes que va a estar ahí para siempre”, comenta Marta.

Alma, Corazón, Vida

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