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Maoísta, guerrillero y converso: la vida de Sergio Cabrera es una novela
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CRÓNICA CULTURETA

Maoísta, guerrillero y converso: la vida de Sergio Cabrera es una novela

Juan Gabriel Vásquez reconstruye la increíble biografía del cineasta colombiano en una crónica, 'Volver la vista atrás', que enseña a perdonar a nuestros padres

Foto: Sergio Cabrera, segundo por la derecha, en una lectura del Libro Rojo de Mao en una comuna china. (Archivo familiar)
Sergio Cabrera, segundo por la derecha, en una lectura del Libro Rojo de Mao en una comuna china. (Archivo familiar)

“Pues según nuestra visión de las cosas, una novela debería ser la biografía de un hombre o un caso, y toda biografía de un hombre o un caso debería ser una novela”. Tiene sentido mencionar el aforismo de Ford Max Ford que Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) ubica en la introducción de 'Volver la vista atrás'. Porque la última novela del escritor colombiano —Alfaguara— consiste en la biografía novelesca de Sergio Cabrera, cineasta y compatriota entre cuyos avatares existenciales impresionan la adolescencia en la China de Mao, la militancia en la guerrilla colombiana y el trance de la conversión, no necesariamente al capitalismo ni al imperio estadounidense, pero sí derivada del desengaño que supuso la utopía comunista y de los efectos traumáticos que adquirió (y aún adquiere) en América Latina.

No todas las biografías, en realidad, merecen una novela. La vida y la obra de Sergio Cabrera —'La estrategia del caracol', 'Golpe de estadio', 'Todos se van'— resulta tan inverosímil que solo puede convertirla en real la pátina de ficción y de pulso literario que le conceden la fluidez narrativa de Vásquez. Y no porque sea una fantasía el momento en que el padre de Cabrera, Fausto, protagonista ubicuo de 'Volver la vista atrás', decide que a Sergio y su hermana les conviene distanciarse del hogar familiar, instalarse en un hotel de Beijing y exponerse al dogmatismo de la Revolución Cultural.

placeholder 'Volver la vista atrás'. (Alfaguara)
'Volver la vista atrás'. (Alfaguara)

Lo hacen con todas las comodidades de las élites comunistas, pero también expuestos a un adoctrinamiento y un dogmatismo que precipita otras decisiones extremas. Porque Sergio Cabrera (Medellín, 1950), además de hablar mandarín mejor que castellano, se alistó en las huestes estudiantiles de la Guardia Roja china y se avino a integrarse después en la guerrilla colombiana del Ejército de Liberación Popular. Era la manera de prolongar la experiencia iniciática del maoísmo. Y de merecerse el entusiasmo del patriarca Fausto, al menos hasta que Sergio Cabrera se cayó del caballo. El miedo a morir en la selva, el hambre y la crónica negra del comunismo alcanzaron a rectificar el pasado y el futuro del cineasta colombiano. Ni siquiera la adaptación al cargo de diputado en la plataforma Colombia Siempre le permitió reciclarse en una democracia orgánica. Le amenazaron de muerte los narcos, de tal manera que su señoría decidió abdicar al tiempo que le desengañaba la ferocidad totalitaria del castrismo y que abjuraba del fanatismo con que lo había intoxicado la pedagogía de su propio padre.

Bajo el terror de Mao

No asistió Sergio Cabrera al funeral de Fausto (2016). Y no porque quisiera ajustar las cuentas con la progenitura. El relato de Vásquez impresiona por la sensibilidad y comprensión del cineasta hacia su padre. No le reprocha siquiera las decisiones de encomendar su educación a las élites maoístas de Beijing. Lo hizo desde el convencimiento. Pensaba Fausto que el Estado educaba mejor a un hijo de cuanto podían hacerlo unos padres. Que el hotel la Amistad de Beijing, hervidero del comunismo internacional bajo el terror de Mao, era la mejor universidad posible. Y que los vínculos sentimentales debían subordinarse a la construcción de un ciudadano activista, militante, “comprometido”. Es la perspectiva desde la que puede explicarse la 'alteralidad' de Sergio Cabrera. No ya capaz de perdonar al padre, sino de comprenderlo. Y de entender que nuestras vidas comienzan antes de haber nacido, como suscribe un hermoso pasaje de la novela de Vásquez.

Foto: Hoy si eres un poco 'in' tienes que haber leído a Mao, o al menos fingirlo. (CC)

¿Tenía Fausto otra elección habiendo sido él mismo un niño de la Guerra Civil española, de haber asistido a los bombardeos de Barcelona y de haber conocido el exilio, la muerte y la opresión fascista desde tan pequeño? Fausto se murió convencido de haber emprendido la causa justa. No le disuadieron los evidencias históricas —de Stalin a Pol Pot— ni las atrocidades del comunismo. Mucho menos lo hizo el ejemplo descarriado de Sergio. Les unía la sangre, los afectos itinerantes y el ateísmo, aunque las discrepancias respecto al “gran desengaño” nunca condujeron a una ruptura edípica.

Siete años ha necesitado Vásquez para redactar o concebir esta biografía novelada

Siete años ha necesitado Vásquez para redactar o concebir esta biografía novelada. Bien podría haberla escrito el propio Cabrera —cualidades literarias no le faltan ni mirada retrospectiva (dirigió tres temporadas de 'Cuéntame')—, pero la perspectiva de un testigo, de un 'amanuense', libera al cineasta del ejercicio agotador que supondría evocar todos los fantasmas y convertir “la vista atrás” en un obstáculo insobornable para mirar hacia adelante.

De hecho, la novela de Vásquez, sin pretensiones finalistas ni moralistas, concede al lector un margen de identificación. Nuestras vidas parecen anodinas y vulgares respecto a la ejecutoria de los Cabrera, ciertamente, pero las reflexiones nucleares del libro aluden, en realidad, a las relaciones de los hijos y de los padres (y viceversa), a las inercias que atenúan las responsabilidades, y a la fragilidad que desmienten la viabilidad y el ejercicio del propio destino. Sergio Cabrera también es hijo y es padre.

“Pues según nuestra visión de las cosas, una novela debería ser la biografía de un hombre o un caso, y toda biografía de un hombre o un caso debería ser una novela”. Tiene sentido mencionar el aforismo de Ford Max Ford que Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) ubica en la introducción de 'Volver la vista atrás'. Porque la última novela del escritor colombiano —Alfaguara— consiste en la biografía novelesca de Sergio Cabrera, cineasta y compatriota entre cuyos avatares existenciales impresionan la adolescencia en la China de Mao, la militancia en la guerrilla colombiana y el trance de la conversión, no necesariamente al capitalismo ni al imperio estadounidense, pero sí derivada del desengaño que supuso la utopía comunista y de los efectos traumáticos que adquirió (y aún adquiere) en América Latina.

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