La sonrisa negra de Mao: una pesadilla con millones de muertos que fascinó a Occidente
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La sonrisa negra de Mao: una pesadilla con millones de muertos que fascinó a Occidente

Julia Lovell desgrana en el excelente 'Maoísmo, una historia global' la personalidad de Mao y las dos décadas que abocaron a una de las mayores barbaridades de la historia

placeholder Foto: Escarnio popular en China en los sesenta como parte de la Revolución Cultural.
Escarnio popular en China en los sesenta como parte de la Revolución Cultural.

"Mao se dedicó a crispar a Kruschev. Primero, alojó al ruso en una casa de invitados de los suburbios infestada de mosquitos y sin aire acondicionado. Luego obligó a Kruschev a reunirse con él junto a la piscina en Zhongnanhai; de hecho, Mao era un consumado nadador. Kruschev llegó a la cita con flotadores inflables en los brazos. Después de los preliminares, Mao se quitó el albornoz y propuso que la conversación —sobre la situación política vigente— prosiguiera en el agua. Y a ella se arrojó Mao; Kruschev —con un bañador de raso, un pañuelo anudado al cuello y la ayuda de los flotadores inflables— luchaba por seguirle el ritmo, mientras un intérprete se mantenía con delicadeza entre los dos líderes de las mayores potencias comunistas del mundo. Mao se regocijó haciendo preguntas complejas, en respuesta a las cuales Kruschev solo podía balbucir, tragando grandes cantidades de agua. 'Fue una imagen inolvidable', según un testigo soviético".

Así describe la historiadora Julia Lovell en el excelente 'Maoísmo, una historia global' recientemente editado por Debate la personalidad de Mao y las disputas con los soviéticos en los finales de los cincuenta y sesenta, que culminaron además con el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural: dos décadas que abocaron a una de las mayores barbaridades sociales y políticas de la historia.

placeholder 'Maoísmo. Una historia global'. (Debate)
'Maoísmo. Una historia global'. (Debate)

El culto a la personalidad de Mao Zedong, el líder de la China comunista alcanzó cotas delirantes en el bloque anticapitalista y en una época en la que la propia URSS había denunciado la figura de Stalin, las purgas de los años 30 y todo lo que fuera la brutalidad soviética. En China acabó con un ejército de estudiantes de colegio y universitarios, la Guardia Roja purgando a cualquier crítico en una 'reeducación rural': una pesadilla con millones de muertos y atrocidades.

El Gran Salto al abismo

Se cumplen ahora 60 años de ese giro de la República China Popular que incluyó al Gran Salto Adelante sobre la producción industrial a finales de los cincuenta, la ruptura de China con su aliado soviético, el acercamiento con EEUU —que protagonizaron precisamente Kissinger y Nixon— y la Revolución Cultural: una pesadilla distópica sin precedentes. Todo salió mal. Además, todo lo que supuso la Revolución Cultural fascinó en Occidente por la proyección internacionalista que tuvo desde sus comienzos y eso a pesar de que los extranjeros aduladores de Mao en la propia China fueron también perseguidos. Sin embargo, la izquierda occidental llegó a sentirse cautivada por el exotismo de una revolución que en realidad no obedecía más que a la gran purga de Mao para mantenerse en el poder en un momento de zozobra.

En España, por ejemplo, se extendió también el culto al maoísmo desde la Revolución Cultural entre los comunistas durante los setenta. El periodista Federico Jiménez Losantos llegó a ser uno de sus acólitos, desde la militancia del PSUC, como tantos otros, antes de darse cuenta, tras un viaje a Pekín, de lo que significaba realmente. Pasó de llevar la estética del mono gris al estilo Mao de la Revolución Cultural a denostar esas granjas de reeducación política que conoció en su viaje. El delirio de Mao caló en una España en ebullición ante la inminente muerte del dictador Franco y la proliferación de partidos y escisiones comunistas que con el antifranquismo por bandera se dejaron arrastrar por un autoritarismo más brutal y también más estético y exótico tal y como se concebía fuera de China.

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Jóvenes chinos de la Guardia Roja.

El historiador y ensayista belga Simon Leys —seudónimo de Pierre Ryckmans— fue uno de los pocos en percibir desde dentro de China lo que ocurría y plasmarlo en 'Los trajes nuevos del presidente Mao'. Lo que estaba pasando es que la reinvención del maoísmo arrasó con todo dentro y fuera de China mientras la Guardia Roja, que surgió de sus entrañas, actuó con la brutalidad de un ejército de autómatas de esas distopías que alcanzaron su cenit precisamente en la segunda mitad del siglo XX. No dejaban de ser escolares y universitarios alienados que invitaban a la reeducación rural: lo mismo que harían, con su ejemplo, unos años después los Jemeres rojos de Pol Pot en Camboya, que por alguna razón ha cuajado más en la psique colectiva que su origen chino.

Mao lanzó expresamente la Revolución Cultural para erradicar la influencia soviética en China

La Revolución Cultural se había catapultó cuando el partido comunista chino intentó una apertura del régimen, tal y como explicó el que fuera secretario del Departamento de Estado de EEUU, Henry Kissinger —'China' (Debate)—, pero acabó como una purga brutal liderada por Mao al verse amenazado: se convirtió en uno de los mayores terrores practicados nunca en ningún país.

Ruptura soviética

Para Lovell, comenzó como un intento de Mao por evitar que ocurriese lo mismo que había pasado en la URSS: "Mao lanzó expresamente la Revolución Cultural para erradicar la influencia soviética en China, un temor empleado para justificar la violencia contra cualquier sospechoso de tener relaciones extranjeras (soviéticas u occidentales) y militarizar a la sociedad china". Es imposible entenderlo sin la ruptura con la URSS.

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Mao Tse Tung.

Las humillaciones y desplantes con los soviéticos habían comenzado de hecho a finales de los cincuenta en un tono y con unas formas que solo podían augurar lo peor. Poco antes de que Kruschev tuviera que tragar agua en la piscina de Mao en una de las imágenes más patéticas e icónicas de la Guerra Fría, Mao había sido alojado en cambio en la mejor suite del Palacio de Invierno, en lo que fueron los aposentos de Catalina 'la Grande'. Mao se burló de sus socios, no entró ni a las magníficas estancias del baño y se llevó un orinal en cambio —Julia Lovell—.

En una reunión del bloque comunista, Mao asumió la catástrofe nuclear y los millones de muertos

Lo más increíble sin embargo es que en las reuniones con el resto de países de la esfera soviética y en alusión a la Guerra Fría con EEUU, fue que Mao anunció ante el resto de delegaciones que se quedaron atónitas ante la afirmación de que la guerra nuclear era inevitable y que había que asumir el coste humano de millones de muertos. Los representantes de las delegaciones de Checoslovaquia e Italia respondieron que eso significaría el aniquilamiento de su población, a lo que Mao respondió que no era necesario que sobrevivieran: "¿Quién ha dicho que el mundo necesite que existan italianos?".

La gran hambruna

El argumento del líder chino era tan sencillo como atroz: había tantos chinos que ellos sí lo soportarían para comenzar con un nuevo mundo chino y comunista. Un aspecto de la Guerra Fría que quedó también un tanto olvidado en los años posteriores: es posible que tenga que ver que China no se deshizo a finales del siglo como sí ocurrió con la URSS y que actualmente sea una potencia mundial después de ser el epicentro nada menos que de la pandemia de la que empezamos a salir ahora.

Sin embargo, lo que ocurrió entonces, en la segunda mitad del XX, fue distinto y no significó precisamente la muerte de millones de italianos o checoslovacos: una década después de los planes grandilocuentes sobre la producción industrial y su adelanto a Gran Bretaña y Francia, su puesta en marcha produjo que fueran veinte millones de chinos los que perecieran en la hambruna que siguió después.

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Escarnios y persecuciones de la Guardia Roja.

La cuestión es que tras los planes de economía se libraba la guerra interna por el liderazgo de Mao, lo que provocó el terror y con él que los delegados de las provincias, de las fábricas y del partido mintieran repetidamente sobre los objetivos alcanzados por el temor a una represión. Es decir, todos los datos que poseía Mao eran en esencia falsos, inflados, lo que produjo el efecto contrario: ni supremacía mundial, ni excelencia industrial, sino una hambruna que se llevó por delante a millones de chinos.

Reeducación rural

Fue el preludio, ya que lo peor es que al Salto Adelante le siguieron los efectos de una política claramente paranoica. Lo que constituyó, según Lovell, la contradicción clave de la Revolución Cultural: un conjunto de hechos con aspiraciones de solidaridad y liberación globales que generaron una brutal xenofobia y autoritarismo. Entre 1966 y 1969, en el nombre de la revolución permanente contra la burguesía y el influjo imperialista, los Guardias Rojos de Mao —escolares y estudiantes universitarios— declararon la guerra a todo lo que pudiera etiquetarse como 'viejo' u 'occidental'.

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Jóvenes chinos, durante la Revolución Cultural.

Al menos tres millones de personas habían sido purgadas de la burocracia partidista; muchos más habían sido perseguidos, algunos de ellos (se calcula que medio millón de personas) hasta la muerte. Había que sumarlos a los 20 millones de la hambruna. Los colegios y las universidades se cerraron y cuatro millones de estudiantes se enviaron a la reeducación rural. La obsesión de la Revolución Cultural con el 'igualitarismo purista' persistió en la vida pública, aunque de manera menos intensa, hasta la muerte de Mao en 1976.

Se acabaron las clases y los jóvenes recorrieron el país reeducando a los disientes en el campo

Con la devastadora acción de la política económica y la ruptura soviética y ante las críticas internas Mao decidió pulverizar el Estado chino y el Partido Comunista: el ataque final contra lo que él mismo consideró los obstinados restos de la cultura tradicional. En un momento de emergencia nacional tras los desastres de la política china, ideó una nueva generación según Kissinger ideológicamente pura, capaz de salvaguardar la causa revolucionaria contra los enemigos internos y externos que acabó casi en una guerra civil.

Destrucción de China

"En todo el país se disolvieron gobiernos locales en confrontaciones violentas con las 'masas'. Se purgó a destacados miembros del Partido Comunista y a dirigentes del Ejército Popular de Liberación (...) El sistema educativo chino quedo paralizado, se suspendieron indefinidamente las clases y la joven generación se dedicó a recorrer el país siguiendo la exhortación de Mao de 'aprender la revolución haciendo la revolución" —Henry Kissinger, 'China' (Debate)—.

La Guardia Roja, en su afán demencial de la revolución por la revolución de Mao, destruyó también patrimonio histórico de la China imperial y cualquier atisbo de 'cultura' por si el nombre confunde. La Ciudad Prohibida de Pekín se salvó de milagro. Las consecuencias fueron catastróficas para el país y, tras la muerte de Mao, el principal dirigente del país, Deng Xiaoping, afirmaba que había estado a punto de destruir al Partido Comunista como institución. Es decir, al final ocurrió algo parecido a lo que había supuesto en la URSS Stalin y la denuncia de Kruschev.

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