Del Báltico al mar Negro: una española en la URSS a punto de desmoronarse
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Del Báltico al mar Negro: una española en la URSS a punto de desmoronarse

La oftalmóloga Sara Gutiérrez vivió la caída de la Unión Soviética mientras estudiaba en Ucrania. En el verano de 1991 emprendió un viaje por el país que cuenta ahora en un libro

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Detalle del libro

En septiembre de 1991, las repúblicas bálticas de Lituania, Estonia y Letonia anunciaron su independencia del régimen de Moscú. Fue el primer toquecito a la pieza de dominó que acabó derramando sobre la alfombra al resto de piezas que componían el gigante del este. El 8 de diciembre, Mijail Gorbachov, el último jefe de Estado y el más odiado en su propia época, anunciaba el fin de la URSS. Lo que parecía casi imposible había sucedido y una española, la por entonces estudiante de Oftalmología Sara Gutierrez, estaba allí para verlo de primera mano. Ahora, treinta años después, publica un libro en el que, precisamente, rememora el viaje que hizo en tren desde Járkov, la ciudad ucraniana en la que estudiaba, hacia San Petersburgo, todas las capitales bálticas, Odessa y Kiev en junio de 1991, justo antes de que todo ocurriera. El título: ‘El último verano de la URSS’. Edita El Reino de Cordelia y está estupendamente ilustrado por el mítico Pedro Arjona, uno de los grandes clásicos de la era de la Transición.

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'El último verano de la URSS'

La ovetense Sara Gutiérrez, hoy una reputada oftalmóloga, además de traductora del ruso y cofundadora de la agencia de comunicación Divertinajes, cuenta a El Confidencial que se plantó en la URSS por primera vez el 7 de noviembre de 1989, el día de la Revolución y solo dos antes de que cayera el Muro de Berlín. Lo hizo “porque la medicina soviética tenía muy buena fama y algunas especialidades tenían un particular predicamento. Una de ellas era Oftalmología, que era lo que yo quería hacer. Quería destacar un poco dentro de la especialidad y buscando a donde ir una de las opciones fue la URSS. Solicité la beca, me la dieron y no lo dudé ni un momento”. Después, tras localizar la ciudad de Járkov en una mapa y no encontrar a quien le habían dicho que la iba a recibir en el aeropuerto, se dio cuenta de que los equipos “no eran tan maravillosos como yo me imaginaba. Eran normales”.

También vio que era un país que ya se encontraba en descomposición. Como relata en el libro, muchas veces en los supermercados no se encontraba nada. Había cartillas de racionamiento para el jabón, para el tabaco, para el azúcar. “Era una miseria. Todo era trapicheo… La gente hablaba de conseguir, no de comprar. La situación era de bastante penuria. Y las colas enormes para todo. Porque igual en la tienda no había nada, pero llegaba un camión y vendía por detrás. Había una corrupción brutal a cualquier nivel”, comenta Gutiérrez.

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Vendedoras


En ese ambiente pre caída, el estado de ánimo de la población tampoco era el más exultante. Lo que había, dice la oftalmóloga, era mucho resentimiento hacia Gorbachov, lo cual a ella -como pasaba en Occidente, que le idolatraba- le sorprendía. Había odio hacia la perestroika y la glasnot, las políticas de transparencia porque dejaban ver cómo era occidente “y se daban cuenta de que ellos, que habían hecho tantos sacrificios, vivían peor que las clases medias de occidente”, sostiene Gutiérrez que recuerda encontrarse con personas que se mostraban convencidos de estar construyendo el paraíso, el hombre nuevo, y que aunque vivían con penurias, aquello era necesario. “A mí ese resentimiento me parecía asombroso porque pensaba, cuanto antes te abran los ojos antes puedes reaccionar, pero no era así, la gente sentía odio hacia Gorbachov porque pensaban que estaba cediendo a Occidente”, afirma.

Pese a todo esto, lo que no se vislumbraba era el fin de la Unión Soviética. Ni ella ni el resto de ciudadanos. Era probable, cuenta, que las repúblicas bálticas se desgajaran, ya que había habido fuertes movimientos en las calles desde 1989, también en Ucrania había habido alguna manifestación, pero era algo que prácticamente ni se pensaba. “Parecía la caída del imperio romano, pero yo pensaba que quizá podría haber un giro a endurecer el régimen. A Gorbachov se lo cargarían e iban a ir hacia atrás”, sostiene Gutiérrez. Y en esas circunstancias fue cuando emprendió el viaje que la llevaría durante una semana por San Petersburgo, Tallin, Riga, Vilna, Kiev, Odessa y de vuelta a Járkov en Ucrania. Acompañada por Yulduz, una amiga uzbeka que estaba deseando ver el mar, durmiendo en trenes nocturnos y sin dar conocimiento a las autoridades de que andaba por allí. Por supuesto, sin Internet ni móviles. Hoy puede parecer un viaje normal, pero aquello fue en junio de 1991, poco antes de que un régimen estuviera a punto de explotar.

placeholder Barricadas en Riga dibujadas por Pedro Arjona
Barricadas en Riga dibujadas por Pedro Arjona

“La verdad es que cuando lo hice no pensé nada. Pensé: tengo dos meses de vacaciones y voy a aprovechar una semana en hacer un viaje por aquí para ver algo”, recuerda. Quizá una de las mejores formas de emprender un viaje.

Las bálticas eran otra cosa

Sí se percató enseguida de que las repúblicas bálticas no eran tan parecidas a Moscú ni a Járkov. Desde la arquitectura, que no tenía nada que ver con los grandes bloques a la manera soviética, al trato con la gente. “Pese a todos los años que habían pasado, mantenían su identidad. El trato me recordaba al de España. También en los comercios. En Járkov había intentado comprar seis platos hondos y seis llanos y no me los quisieron vender porque no entendían para qué los necesitaba yo sola. Al final solo me vendieron tres. En estas ciudades, sin embargo, entré en una librería y compré unos libros ilustrados. Y me los envolvieron. Puede parecer una tontería, pero me pareció un detalle de elegancia”, comenta Gutiérrez.

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Sara Gutiérrez en Kiev durante el viaje

Aquel periplo, que les acabó llevando al Mar Negro y a las famosas escaleras de Odessa en las que se rodó 'El acorazado Potemkim', también le sirvió para conocer a su compañera y las ansias de libertad, también como mujer, que destilaba. “La relación con mi compañera me hizo tragarme la soberbia occidental y darme cuenta de que los prejuicios, mucho más que protegerte, lo que hacen es hacerte perder muchas cosas buenas”, manifiesta. En el libro, en realidad, esta compañera es un personaje literario que se nutre de distintas personas que conoció en Rusia, pero no está deshilvanado, y además, es capaz de desprender esa ternura de la persona que ve o hace algo con entusiasmo por primera vez. En su caso era disfrutar de libertad. “Es que era algo que ella nunca se había planteado que pudiera tener. Para ella las cosas que condicionaban su libertad las veía como normal, no se planteaba que tuviera derecho para pensar más a lo grande. Fue una de las cosas que más me hizo pensar y trabajar el viaje con ella porque piensas que la vida es como tú la ves, pero hay muchas vidas”, indica la oftalmóloga.

placeholder Su compañera la primera vez que vio el mar
Su compañera la primera vez que vio el mar

Un país desaparecido

Sara Gutiérrez regresó de aquel viaje y estuvo en Rusia hasta 1996. En 1991 temió por la vida de Gorbachov cuando le secuestraron, pero no se marchó a España. Se trasladó de Járkov a Moscú “porque el ambiente estaba enrarecido y en Moscú había un aeropuerto internacional por si tenía que volver”. Lo que vio a partir del nacimiento de la Comunidad de Estados Independientes, con Boris Yeltsin, fue el despegue de la oligarquía y del nuevo riquismo, que eran los mismos que habían estado en altos cargos durante la URSS. “Había ansia por la acumulación salvaje de capital. Todo el mundo buscaba hacer negocio y sacar dólares de donde fuera, comprar, vender, todo era negocio y acumular. Empezó a haber de todo, pero carísimo”, señala. Todo ello le llevó a hacer las maletas tras la primera legislatura de Yeltsin. “Aquello ya no tenía un gran interés para mí”, recalca.

placeholder En el viaje de Kiev a Odessa
En el viaje de Kiev a Odessa

Después ha regresado como turista. En 2007 y en 2018. Para encontrarse con un país completamente distinto al que ella conoció en los albores de la transición. Un país que, como ella dice, “ha llenado sus calles, antes sin coches, de hammers y coches de lujo. Se ha pasado de no encontrar nada para tomar algo a estar todo lleno de bares, restaurantes, franquicias, centros comerciales. Es un cambio radical de sociedad. Moscú es una ciudad extraordinaria, completamente occidentalizada”. Pero claro, como también añade, “Rusia es muy grande y, como turista, se ven cosas en apariencia…”. Además, también está la gente. “De las personas a las que yo conocí, hubo quien supo subirse a esa nueva vida y hay gente que se quedó atrás viviendo en la nostalgia absoluta y en la miseria. Porque se quedaron fuera de ese tren”, sostiene. Pero cuidado, no es tanto nostalgia de la URSS, “sino que lo que tienen ahora no es mejor que lo que tenían. No es una vida más cómoda. Ahí hay una parte grande dolor, de tiempo perdido, de vida perdida, de sus padres, de ellos mismos en la infancia, juventud… y que tampoco supieron aprovechar este tramo. Hay vidas bastante frustradas ahí”, rememora. Es el derrumbe personal tras la caída de un país que hace treinta años dejó de existir.

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