una comedia de la guerra fría

Un comunista en Nueva York: el loco viaje del camarada Kruschev a los Estados Unidos

Nadie quería la primera visita de un mandatario de la URSS a EEUU y el resultado fue demencialmente divertido; un libro excepcional del periodista Peter Carlson relata aquella locura

Foto: Nikita Kruschev y Richard Nixon
Nikita Kruschev y Richard Nixon

Empecemos por lo importante: este libro que cuenta la primera visita de un dirigente soviético a Estados Unidos en 1959, en plena Guerra Fría, es una juerga absoluta. Lo escribió hace una década Peter Carlson, una de las más destacadas -e histriónicas- firmas del Washington Post pero no había sido traducido y publicado en español hasta ahora. 'Kruschev se cabrea. El esperpéntico viaje del líder soviético a los EEUU' (Antonio Machado Libros) narra las dos semanas de locura en las que el líder soviético que había amenazado con destruir Norteamérica se enfadó, se río, alternó con Marilyn Monroe o Frank Sinatra, mantuvo una bronca épica con el vicepresidente Richard Nixon y devoró comida rápida como si no hubiera un mañana. Digamos, para resumir, que el gordinflón de 'Niki', como le llamaba la prensa estadounidense, la lió parda.

'Kruschev se cabrea'. (Antonio Machado)
'Kruschev se cabrea'. (Antonio Machado)

Kruschev se divirtió de lo lindo pero también se enfureció cada día. Como en el célebre debate de la cocina cuando, ante el despliegue abrumador de electrodomésticos yanquis, le dijo a gritos a Nixon: "¿Y no tienen ustedes una máquina que además les ponga la comida en la boca, la mastique y se las meta en el estómago?" Tiempo después, el que se convertiría en el trigésimo séptimo presidente de EEUU -y el primero en dimitir de su cargo por el escándalo del Watergate- admitiría: "Me molió a palos de los pies hasta las cejas. Él siempre estuvo a la ofensiva y yo a la defensiva". Nixon se la devolvió poco después -aunque más bien de cara a la galería- al apuntar con su dedo amenazadoramente al pecho de Kruschev justo delante de un fotógrafo preparado.

En aquellas dos semanas el dictador del imperio del mal se paseó encantado por el mundo libre ante la fascinación de los americanos. Le tiró los trastos a Marilyn Monroe y a Shirley MacLaine, se puso morado a perritos, tocó entre carcajadas las tripas de los gordos que se encontraba y se pilló un rebote monumental porque no le dejaron visitar Disneylandia (en serio). Cuando un reportero le reprochó presidir un país de esclavos, agarró a una rubicunda azafata rusa de su séquito y exclamó: "¡Le parece esta señorita una esclava!"

El banquete con las estrellas

La Guerra Fría vivía un momento crucial. Tras la muerte de Stalin, el nuevo líder soviético había denunciado las purgas de su antecesor y se abría por primera vez la posibilidad dudosa de un deshielo. Por otra parte, Kruschev acababa de aplastar la revolución húngara dejando 20.000 cadáveres en las calles y amenazaba con extirpar "el tumor maligno" de Berlín Occidental. En realidad, nadie quería aquel viaje pero un errático intercambio de cartas con el presidente 'Ike' Eisenhower, que se les acabó yendo de las manos a ambos, la puso en bandeja. Sería, como aventuró el americano, "una experiencia de lo más desagradable". El 15 de septiembre de 1959, Kruschev aterrizaba en la guarida del enemigo capitalista.

De pie y tan calvo como un huevo, Kruschev no levantaba del suelo mucho más de metro y medio, pero sin duda su peso andaba por los noventa kilos

Carlson lo describe así: "De pie y tan calvo como un huevo, Kruschev no levantaba del suelo mucho más de metro y medio, pero sin duda su peso andaba por los noventa kilos. Tenía cara redonda, ojos azules y brillantes, una verruga en un moflete, un hueco entre sus paletillas dentales y un enorme barrigón que le hacía parecer a ese ladrón que acaba de robar una sandía y tiene que salir por piernas con el cuerpo del delito debajo de de la camiseta". Washington, Nueva York, Los Ángeles, San Francisco, las granjas de Iowa o Camp David fueron las etapas de aquel desopilante viaje y el prémier soviético se llevó con él a su mujer Nina, a hijo Sergei y a sus hijas Yulia y Rada.

Kruschev parecía feliz alternando con Shirley MacLaine tras verla bailar el cancán, pero luego habló de aquello como un espectáculo degradante: 'La cara de un hombre siempre es más hermosa que su culo'.
Kruschev parecía feliz alternando con Shirley MacLaine tras verla bailar el cancán, pero luego habló de aquello como un espectáculo degradante: 'La cara de un hombre siempre es más hermosa que su culo'.

La verdad es que Kruschev no era un tipo muy diplomático. Retador, socarrón, incapaz de no exteriorizar su malestar durante los discursos de sus anfitriones con desagradables aspavientos, sus grandes risotadas le caracterizaban tanto como sus descomunales enfados. El mejor momento del viaje tuvo lugar en el Café París, en pleno Hollywood, rodeado de las superestrellas de la meca del cine: Shirley MacLaine, Tony Curtis, Janet Leigh, Elizabeth Taylor, Judy Garland, Gary Cooper, Kim Novak, Kirk Douglas, Charlton Heston... Y una Marilyn Monroe descocadísima y entusiasmada por conocer al soviético. No duró el encantamiento. Si bien al principio la actriz aseguró que Kruschev la había mirado "como un hombre mira a una mujer", al volver a casa se sinceró con su asistenta personal: "Es gordo y feo, tiene verrugas en la cara y además en vez de hablar, ladra. Dime a quién le gustaría ser comunista con un presidente como ese..."

En fin, aquella estrafalaria visita fue tan divertida que, al día siguiente de que el enemigo comunista -que podía desatar la destrucción mutua asegurada en cualquier momento-, despegara rumbo a Moscú, un columnista estadounidense se lamentaba: "Sin Kruschev la vida en América será tan triste como un granero sin trigo, la televisión sin boxeo o una trompeta sin Louis Armstrong".

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