El mito de Xi: la vida de mil espejos del hombre más poderoso del mundo
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PERFIL DEL PRESIDENTE DE CHINA

El mito de Xi: la vida de mil espejos del hombre más poderoso del mundo

El Confidencial ha entrevistado a más de una docena de biógrafos, economistas, políticos y periodistas que han estudiado la vida y obra de Xi Jinping para comprender paso a paso cómo se ha forjado su mito

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Montaje: Irene de Pablo.

Les vamos a presentar al hombre más poderoso del mundo. Dentro vídeo institucional:

Faltan pocos minutos para las cuatro de la tarde y una nutrida comitiva de coches oficiales aparca frente a la modesta hacienda cafetalera de Tulio Zamora y Ruth Calvo en Santo Domingo de Heredia, una localidad aledaña a la capital costarricense. La familia ha preparado café caturra, empanada de chiverre, picadillo de arracache y bizcochos para sus distinguidos invitados, el presidente Xi Jinping y su esposa Peng Liyuan.

Es junio de 2013 y hace apenas tres meses que Xi ha sido nombrado presidente de la República Popular China. Llega a casa de los Zamora vestido con pantalones negros y una sencilla camisa blanca, sin chaqueta ni corbata. En su fugaz visita, la sonriente pareja estrechará manos, abrazará niños y compartirá un dulce. Todo perfectamente coreografiado y registrado para su posterior edición.

“Yo también soy del pueblo llano. Fui agricultor siete años, luego me convertí en alcalde de un pueblo, de un distrito, de una ciudad y gobernador de una provincia –explica el líder asiático sentado a la mesa con sus anfitriones a través de un intérprete–. Pero tengo un vínculo natural con la gente común”.

Xi Jinping en su visita a Costa Rica en 2013

De la larga lista de anécdotas, datos o imágenes que podrían servir para introducir la figura de Xi, la insólita merienda costarricense es la que mejor resume la idea central de este perfil. Una escena que refleja la vida de mil espejos del líder chino, cuya biografía ha quedado fundida y confundida con la propaganda comunista con un único objetivo: crear un mito a la altura de la ambición de un hombre cuyas decisiones –y no exageramos aquí– marcarán al mundo por generaciones.

Porque, ¿qué sabemos en realidad de Xi Jinping? Si le interesa la vida de los políticos internacionales, no tendrá problemas en conocer los detalles más oscuros, polémicos o sensibles del pasado de Vladímir Putin, Angela Merkel o Donald Trump, sujetos al escrutinio de un sinfín de libros, biografías y documentales. Pero el líder chino ha permanecido ajeno a este fenómeno editorial que produce la fascinación del poder. Las únicas semblanzas que tenemos son las que nos llegan enmascaradas en el brochazo gordo de la propaganda o distorsionadas por la crítica furibunda.

“Una razón por la que no hay una buena biografía de Xi Jinping es por el gigantesco coste personal”, explicó una vez Mike Forsythe, uno de los corresponsales del 'New York Times' en China. “El Partido Comunista Chino guarda con mucho celo la historia oficial. Y el intento de hacer una investigación dentro del país sobre su juventud o su década en Fujian es peligroso para ti, para cualquiera con el que trabajes y para cualquiera con el que hables”.

Cómo se construye un mito, paso a paso

Cualquier perfil será, entonces, un retrato forzosamente incompleto de la vida de Xi. Todos repetimos las mismas citas de las mismas entrevistas, recopilamos las mismas anécdotas y los mismos testimonios filtrados que, como migas de pan, ha dejado la censura para asegurarse una versión monolítica y sin fisuras. Sus refinados gustos literarios de lector empedernido, su afición a ‘blockbusters’ de Hollywood como 'El Padrino', su ecléctica filosofía de budismo tibetano y ocultismo chino. Todo, fuegos de artificio que no nos sirven para escrutar a un hombre que tiene autoridad absoluta sobre políticos, militares, empresarios, periodistas y jueces de la mayor potencia demográfica del planeta.

Irónicamente, puede que la mejor pista que tengamos para entender hacia dónde se dirige Xi sea la que nos presenta el propio relato oficial. Porque, en esa obstinada deconstrucción de la realidad, el Partido Comunista Chino (PCCh) ha dejado entrever sus obsesiones, sus debilidades y sus grandilocuentes planes de futuro. De forma instintiva, están siguiendo el arquetipo conocido como ‘el viaje del héroe’, analizado por Joseph Campbell en su clásico ‘El héroe de las mil caras’ publicado en 1949. Un arco narrativo en el que el personaje irá completando sucesivas etapas para transformarse, progresivamente, en un ‘mito’.

Foto: Caricatura de Donald Trump en un restaurante en Guangzhou, China. (Reuters)

En el caso de Xi, la leyenda traza el camino de un príncipe caído en desgracia que, desde una remota aldea, irá ascendiendo en la sociedad hasta convertirse, medio siglo después, en 'el elegido' que vencerá a su archienemigo para cumplir, por fin, la gran profecía geopolítica: el renacer de China y el ocaso de Occidente. Esta sublimación desde la pobreza, la humillación y la servidumbre a la riqueza, la gloria y el poder calza a la perfección con la mística y evolución del pueblo chino en los últimos 70 años. Una forma nada sutil de dejarnos claro que Xi es China. O “los brazos, las piernas y el corazón de toda la nación”, como le gusta decir con su habitual pompa al aparato.

“Xi Jinping, nos cuenta la propaganda, es un hombre que, al contrario que la élite china, ha experimentado la crudeza de la vida en su máxima expresión”, explica Kerry Brown, sinólogo y autor de ‘El CEO de China: El auge de Xi Jinping’, en una entrevista con El Confidencial. “Y ese sufrimiento compartido con el pueblo es esencial para tener la legitimidad de emprender el 'gran rejuvenecimiento' de China: liderar un país que sufrió injusticias por parte de Occidente durante décadas y ahora quiere convertirse en una superpotencia a la que nadie le haga ‘bullying’”.

Entonces, ¿qué hace el futuro hombre más poderoso del mundo tomando un cafecito en el porche de la casa del señor Tulio a 15.000 kilómetros de su país? Es su primera gira internacional en el cargo –cuyo destino final es estrechar la mano de Barack Obama en la Casa Blanca– y Xi Jinping está aprovechando para mandar un mensaje. Varios, en realidad. El primero, a su público en casa. Uno que no para de repetir a cada oportunidad y que viene a decir: yo vengo de abajo, soy uno de vosotros y os entiendo. El segundo, a quien quiera estar escuchando: el mito de Xi será global.

El Confidencial ha entrevistado a una docena de biógrafos, economistas, políticos y periodistas que han estudiado la vida y obra de Xi Jinping para comprender cómo, paso a paso, se ha forjado el mito de Xi, al que un exministro español que tuvo trato con él define como “una caja negra indescifrable”. Entender en qué punto de la fábula está el protagonista nos permitirá vislumbrar los capítulos finales de esta historia.

Paso 1. Comienza la aventura: de príncipe a porquero

Xi Jinping se educó entre algodones. Tercero de cuatro hermanos, nació en 1953 en una familia de la élite. Su padre, Xi Zhongxun –héroe de la Revolución del 49– era ministro de Propaganda de Mao Zedong y poco después sirvió como vice primer ministro. Estos cargos permitían que el niño Xi perteneciera al selecto club de “los pequeños príncipes” que correteaban por los pasillos de Zhongnanhai, la Casa Blanca china, y estudiaban en el ‘1 de Agosto’, el exclusivo colegio reservado para la dirigencia comunista. Ellos estaban destinados a ser los futuros líderes del Partido y la nación. Pero las cosas comenzaron a torcerse para los Xi.

El ‘viaje del héroe’ o 'the quest' comienza cuando la vida apacible y familiar del protagonista se ve subvertida por un evento inesperado que lo forzará a emprender una búsqueda épica, en la que sufrirá la soledad, enfrentará infinitas dificultades y estará a punto de morir varias veces.

placeholder Xi Jinping de niño (izquierda) junto a su hermano y su padre.
Xi Jinping de niño (izquierda) junto a su hermano y su padre.

A principios de los sesenta, la familia de Xi cayó en desgracia por desavenencias políticas. Su padre fue desterrado a trabajar a una fábrica y su madre, enviada a trabajos forzados en una granja. Las cosas empeoraron el 26 de diciembre de 1966, cuando Mao Zedong celebró su 73 cumpleaños con una consigna: “¡Por el nacimiento de una guerra civil por todo el país!”. Era el comienzo oficial de la desastrosa Revolución Cultural, que dejó al país con millones de muertos, decenas de millones de desplazados y una economía arrasada.

El propio dictador había firmado una directiva que instigaba a atacar a los representantes de la burguesía, entre los que se encontraba su familia. Nacer 'rojo' dejó de ser el pasaporte hacia la buena vida. Con apenas 13 años, la vida de Xi corría peligro en Pekín, donde la situación se había vuelto insostenible. Declarado enemigo del pueblo de la noche a la mañana, tuvo que aprender la única habilidad que no le habían enseñado en su escuela de lujo: sobrevivir.

“Para entender quién es Xi Jinping hay que comprender esta increíble fuerza de alguien que conoció lo mejor y después cayó a los infiernos”, explica François Bougon, corresponsal durante años en China y autor del libro ‘Dentro de la mente de Xi Jinping’ a El Confidencial. “Aquella generación de jóvenes que fue obligada a huir hacia el campo aprendió a vivir como lobos solitarios. Y Xi Jinping es como un lobo: tiene fe ciega en el comunismo, pero sabe que cualquier persona le puede traicionar y que, de un día para otro, lo puedes perder todo”.

"Tiene fe ciega en el comunismo, pero sabe que cualquier persona le puede traicionar y que, de un día para otro, lo puedes perder todo"

En las pocas entrevistas que ha dado a lo largo de los años, el líder chino recuerda una época de caos, terror y mucha incertidumbre. Un colapso 'distópico' que le marcó de por vida. Sin clases a las que asistir, se dedicaba a robar libros de las bibliotecas o a recoger los que tiraban otros a la basura por miedo a que los acusaran de “enemigos del pueblo”. Hasta en cuatro ocasiones le detuvieron los Guardias Rojos y le amenazaron con matarle. Una vez, recordaba el propio Xi en el año 2000, le preguntaron si creía que sus crímenes eran graves.

“¿Tan graves como para merecer que me disparéis?”, cuenta que les respondió él. “Ellos me dijeron que iba a ser fusilado 100 veces, y yo pensé: ¿Cuál es la diferencia entre que te fusilen una y 100 veces? Es lo mismo. Los Guardias Rojos querían meterme miedo diciéndome que ahora iba a sentir lo que era una dictadura democrática del pueblo y que solo me quedaban cinco minutos de vida. Pero al final me dijeron que me pusiera a leer frases de Mao todas las noches”.

Paso 2. Los cuchillos se afilan en piedra

En 1969, con apenas 15 años, Xi Jinping fue enviado con otros 15 adolescentes a Liangjiahe, un pueblo remoto a las afueras de Yan’an —conocida como la “tierra santa de la Revolución China"—, en la provincia agrícola de Shaanxi. Era parte del masivo plan de Mao para endurecer y 'reeducar' a los acomodados jóvenes urbanos. Cuando se subió al tren, contó más adelante, todos sus compañeros lloraban menos él, que sonreía. Sabía que irse de la capital significaba seguir con vida.

Allí, entre colinas alfombradas de bosques y escarpados picos amarillos, Xi vivió siete años, tres de ellos en una cueva. Sus inicios fueron duros. Él mismo reconoció que era tan incompetente que otros trabajadores le pusieron un seis sobre 10, “ni siquiera igual de alto que las mujeres”. “La intensidad del trabajo me estremeció”. Para escaquearse empezó a fumar, porque “nadie molesta a un hombre fumando”. Después de tres meses, intentó escapar a Pekín, pero fue arrestado y trasladado de nuevo al pueblo, según relató en un ensayo de 1998 titulado 'Hijo de la Tierra Amarilla'. Entonces, llegó la epifanía.

"Los cuchillos se afilan en la piedra. La gente se modela a través de las dificultades"

Siguiendo el formato hagiográfico del mito, nos encontramos aquí con la habitual reticencia al cambio del personaje y cómo la figura de un mentor le da la inspiración necesaria para aceptar su destino. El maestro, convenientemente para la leyenda de Xi, será el propio pueblo chino. La gente humilde del campo. “Yan’an es el punto de inicio de mi vida”, dijo en 2007 recordando sus años rurales. “La mayoría de las ideas fundamentales y las cualidades que tengo hoy fueron adquiridas en Yan’an”.

Testimonios de personas del lugar recogidos en algunas crónicas describen a un niño de ciudad perdido, que llegó al pueblo con una pesada maleta llena de libros y que no se entendía con los locales por el acento. En Liangjiahe, Xi Jinping se convirtió en jornalero, acarreando estiércol y reparando caminos rurales. Dormía en una cama de ladrillos cubierta de una fina colcha, comía y cenaba gachas y su inodoro era un balde. Pasó de ser un delicado y tímido adolescente a un joven estajanovista, cavando zanjas a destajo por la mañana con los pantalones atados con una cuerda y por las noches leyendo obras marxistas a la luz del quinqué.

“Mientras él leía, yo liaba cigarrillos. Leía la Selección de Obras de Mao Zedong, citas famosas de Mao y el periódico. No había nada más”, recordaría Lü Housheng, uno de los compañeros de Xi en la cueva, a la BBC en una entrevista en 2015, en la que describe a Xi como un joven sin sentido del humor, que no jugaba a las cartas ni quería buscar novia ni salir de fiesta.

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Foto de carné de Xi Jinping en 1979, con 25 años. (Xinhua Press)

“Los cuchillos se afilan en la piedra. La gente se modela a través de las dificultades”, dijo en su entrevista más extensa que dio en 2000 sobre cómo esos años forjaron su carácter y cimentaron su pragmatismo. “Ahora, cada vez que me enfrento a un problema, tan solo pienso cómo de difíciles eran las cosas antes y que nada podría ser tan complicado ahora”.

En poco tiempo, Xi Jinping se convirtió en un pequeño ídolo local. Si había una pelea, un conflicto o un problema, la comunidad le pedía consejo. “Ven en dos días”, les decía Xi. Y cuando volvían, el problema estaba solucionado, relataba Lu Nengzhong, el patriarca de una casa-cueva donde Xi vivió tres años, al ‘New York Times’. También cuenta que hizo experimentos con estiércol de cerdo para lograr biogás y que muchas casas lo empezaron a usar para cocinar. Cuando acabó su etapa en el pueblo y se disponía a marchar, todos quisieron invitarlo a su casa para la última cena.

“Aquellos años que van desde la Revolución Cultural hasta el final de su etapa en Shaanxi fueron un entrenamiento muy duro en una sociedad dividida entre las buenas y malas clases”, detalla Kerry Brown. “Fue una época muy turbulenta y Xi Jinping sobrevivió”.

"Cuando llegué a los 15 años, estaba ansioso y confundido. Cuando partí a los 22, tenía firmes objetivos en mi vida y estaba lleno de confianza", resumió Xi años más tarde, una línea que sería luego replicada hasta la saciedad por la propaganda china. Las bases del mito ya estaban construidas. Ahora el héroe está listo para cruzar el primer umbral. Queda un arduo camino para volver a la cima del poder de la que fue arrojado. ¿El siguiente paso? Entrar al Partido Comunista. No iba a ser tarea fácil.

Paso 3. En la barriga de la ballena: el partido y la causa

Algunos dicen que Xi Jinping fue rechazado por el Partido siete veces. Otros, nueve. Cualquiera de las cifras sirve para hacerse una idea de la obstinación de este hombre corpulento y 1,75 metros de altura por volver al sitio del que había sido expulsado. Porque, pese a todo, Xi Jinping seguía creyendo en el Partido. En 1974, tras varios rodeos, fue finalmente admitido. En términos narrativos, entramos en la fase conocida como ‘la barriga de la ballena’ que marca el punto de no retorno para el personaje.

“Tenemos la idea de que, al haber sufrido tanto con Mao, la familia de Xi Jinping debería odiar al Partido”, afirma Bougon. “Es todo lo contrario, ¡eran comunistas al 100%! Estoy convencido de que Xi Jinping tiene ideas mesiánicas sobre el Partido Comunista”. De hecho, el padre de Xi, que gracias al ascenso de Deng Xiaoping a la presidencia en 1978 había sido perdonado tras 16 años de desprecio, lo primero que hizo fue escribir un artículo en un diario local para dejar claro que él “ama al partido”.

Algunos de sus compañeros en la reeducación rural se sintieron traicionados por su retorno al sistema que les arruinó la juventud. “Xi decidió sobrevivir convirtiéndose en más rojo que los rojos”, dijo en 2009 un profesor, antiguo amigo y vecino de Xi, a diplomáticos estadounidenses, según un cable diplomático publicado por WikiLeaks. El retrato que hace del joven Xi es el de un pragmático radical movido por una mezcla de “una ambición excepcional”, una ideología flexible y un permanente sentimiento de autopreservación. Un hombre que “difícilmente será corrompido por el dinero, pero sí por el poder”.

Xi es un pragmático movido por una mezcla de "una ambición excepcional", una ideología flexible y un sentimiento de autopreservación

A su vuelta a la capital, Xi Jinping estudia ingeniería química en la prestigiosa Universidad de Tsinghua en Pekín y se saca un doctorado en marxismo. Cuando termina, en 1979, comienza a trabajar como secretario de Geng Biao, ministro de Defensa e íntimo amigo de su padre. Después de los años turbulentos y oscuros, a Xi le sonríe la vida. Contrae matrimonio con Ke Xiaoming, hija del embajador chino en Reino Unido, de la que se divorcia poco después. Además, se ha ganado el derecho a llevar uniforme militar –que vestirá a diario durante años– que le permite hacer importantes conexiones.

Varios caminos se abren ante él para engranarse en la élite del Partido que, ahora sí, le recibe con los brazos abiertos. En Pekín o Shanghái puede medrar en los pasillos de poder, abrirse oportunidades de negocio y codearse con la flor y nata de la alta sociedad china. Pero el joven Xi piensa a largo plazo y desprecia los atajos. Irse a las provincias “era el único camino hacia el poder central”; si se hubiera quedado en Pekín habría generado resentimiento y muchos enemigos, le confesaría a su antiguo amigo profesor. Así que, con 29 años, pide que lo manden a Zhengding, un condado de la provincia agrícola de Hebei, donde llega en 1982 como modesto secretario adjunto del Partido.

placeholder Xi Jinping con ciudadanos locales de Zhengding, Hebei, en 1983. (Xinhua Press)
Xi Jinping con ciudadanos locales de Zhengding, Hebei, en 1983. (Xinhua Press)

“No es un idealista, sino que hace las cosas de acuerdo al plan, paso por paso. Yo soy más idealista”, declaró Ke, la exesposa de Xi, en una entrevista con el diario China Digital Times en 2015. “Al fin y al cabo, a las mujeres nos gustan los hombres que entienden el romanticismo. Pero Xi, no. A menudo sentí que era demasiado inflexible. Y eso tiene mucho que ver con cómo crecimos y con nuestra educación”.

Durante esta etapa, Xi experimentó con las economías de mercado, permitiendo a los agricultores a utilizar más tierra para ganado en vez de cultivar los granos que exigía el mercado mientras mantenía una imagen de humildad y trabajo, siempre con los pantalones verde olivo. En 1985, salió por primera vez de China en un viaje de dos semanas a Iowa como parte de una delegación agrícola. Allí pasó dos días en la casa de Eleanor y Thomas Dvorchak, que recuerdan a un hombre “humilde”, que dormía en la habitación de sus hijos entre juguetes de Star Trek, visitando granjas locales y asistiendo interesado a un partido de béisbol.

placeholder Xi Jinping en su viaje a Estados Unidos en 1985. (Xinhua Press)
Xi Jinping en su viaje a Estados Unidos en 1985. (Xinhua Press)

Tres años después, en 1987, dejó Hebei para comenzar una etapa clave como miembro del partido y vicealcalde de la ciudad portuaria de Xiamen, en la provincia industrial de Fujian, frente a cuyas costas está Taiwán. Allí, a los 33 años, conocería a su actual esposa, la famosa soprano Peng Liyuan, de 24, con quien se casó poco después y tendría una hija (Xi Mingze, quien llegaría a estudiar en Harvard con un seudónimo). Xi aseguró posteriormente en una entrevista que decidió pedirle matrimonio 40 minutos después de conocerla.

Xi continúa con su ascenso por las carreteras secundarias del aparato comunista. Ahora que se entrevista con políticos e inversores extranjeros, cuelga el atuendo castrense y occidentaliza su guardarropa. Es una década de trabajo silencioso y escalada administrativa de la que emerge fortalecido en 1995, nombrado secretario provincial del Partido. Pero antes, dos episodios históricos clave transformarán para siempre la visión que tiene Xi del Partido, del comunismo y de la propia China.

Paso 4. La tentación de la libertad: comunismo milenario

En la primavera de 1989, miles de estudiantes se manifestaron en la plaza de Tiananmen, en Pekín. Protestaban porque el pueblo apenas sobrevivía en la miseria mientras la élite comunista crecía rica y corrupta. El Partido respondió sacando los tanques a la calle y cientos de personas murieron por la represión de los militares. Xi Jinping y su padre vieron en las protestas la semilla de la destrucción que presenciaron durante la Revolución Cultural, una época de “superstición y estupidez”. Décadas más tarde, cuando le preguntaron si temía que pudiera volver a suceder algo parecido, él asintió: “Sin estabilidad ni unidad, todo es posible”.

Meses después, ese mismo 1989, comenzaría el llamado Otoño de las Naciones. Una oleada de revoluciones en el espacio soviético que no se detendría hasta el colapso de la URSS en diciembre de 1991. Casi de un día para otro, la superpotencia que plantó cara a Estados Unidos durante décadas y ofreció un camino distinto al de las democracias liberales capitalistas desapareció.

Ambos capítulos operaron una transformación fundamental en el pensamiento de Xi Jinping. Es imposible saber las ideas en crudo del futuro líder chino sobre estos capítulos. No existe ninguna indiscreción a algún amigo íntimo ni ningún ataque de sinceridad epistolar. Pero la propaganda reinterpretó estos fenómenos históricos para convertirlos en los típicos desafíos y dilemas que darán al ‘héroe’ las herramientas para consumar más tarde su destino.

placeholder Protestas en Tiananmen en 1989. (Reuters)
Protestas en Tiananmen en 1989. (Reuters)

Para Xi, Tiananmen evidenció que en China ya no se puede “hacer la revolución” por lo que el Partido Comunista debía buscar otra legitimidad previa a la Revolución del 49. El Partido debía regresar a las raíces nacionalistas y rescatar esa China milenaria imperial. Mientras Mao quería acabar con el confucionismo, Xi citaría habitualmente al filósofo para recalcar la importancia de la obediencia y el orden, promoviendo la idea de que el Partido es el guardián de una civilización de 5.000 años de antigüedad. Esto, por supuesto, sin renunciar al propio Mao.

"Ideológicamente, el presidente Xi siempre ha tenido tres creencias", explica Shi Yinhong, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Renmin y asesor del Consejo de Estado chino. "La primera, es la creencia de la grandeza china, reforzada por la doctrina de Confucio del rol civilizatorio de la nación china sobre el resto del mundo y por el nacionalismo moderno chino para ajustar el desequilibrio y las injusticias en el planeta. La segunda, una idea de un Partido Comunista firme y disciplinado comandado por un único líder para conducir al país. Y la tercera, la firme convicción de que el Estado debe penetrar en la vida de todos los chinos. Y Xi Jinping considera estos dos últimos puntos como precondiciones de la consecución del primero".

“El Partido Comunista Chino de Xi es esa mezcla de comunismo, nacionalismo, nostalgia de un pasado dorado y el ansia de regresar a ese pasado”, explica Bougon. Es lo que más tarde acabaría llamándose “socialismo con características chinas para una nueva era”. En ese sentido, afirma el analista francés, Xi siempre fue el “mejor líder” para hacerlo realidad.

"Xi piensa que las manifestaciones deben ser prevenidas con propaganda"

Por su parte, la implosión del campo soviético obsesionó a la generación de Xi y marcó profundamente su visión de Occidente. Aunque el hundimiento tuvo muchas causas –a falta de crecimiento económico, la corrupción, la caída del precio del petróleo o la carrera armamentística– Xi Jinping agregó otro factor, explica Richard McGregor en el libro ‘Xi Jinping: The Backlash’: la infiltración de valores occidentales subversivos y el tóxico papel del aperturista Gorvachov.

Se entiende mejor con las palabras del propio Xi. “El Partido Comunista Soviético, proporcionalmente, tenía más miembros que el chino, pero nadie fue lo suficientemente hombre como para alzarse y resistir”, reflexionaría años más tarde en un discurso interno para cuadros del Partido. “Rechazar la historia de la Unión Soviética y del Partido Comunista soviético, rechazar Lenin y Stalin, y rechazar todo esto es abrazar el nihilismo histórico. Confunde nuestras ideas y debilita las organizaciones del Partido a todos los niveles”.

Para evitarlo, comprendió que era fundamental que los intereses del Partido Comunista y del Ejército de Liberación Popular estuvieran alineados. Xi Jinping pensaba que las manifestaciones estudiantiles eran amenazas peligrosas y caóticas que debían ser prevenidas con propaganda y solucionadas con violencia. Según explica Joseph Torigian, profesor en la American University y autor de varios estudios sobre la evolución de China desde Mao hasta Xi Jinping, el líder chino considera que los escépticos deben alinearse con el Partido y reconocer que solo el PCCh y el comunismo pueden salvar China.

Paso 5. Un camino de pruebas: el silencioso ascenso de Xi

Según vamos avanzando en la historia de Xi Jinping, crecen las lagunas biográficas. Apenas hay información de sus años como engranaje en la gran maquinaria del partido. Xi no tuvo grandes escándalos, ni reveses. No hizo declaraciones altisonantes ni tomó decisiones arriesgadas. Con el cambio de siglo, el político chino sigue una carrera anodina proyectando la imagen de abnegado funcionario que esquiva los asuntos políticos más espinosos y se centra solo en una cosa: la economía.

El comunismo chino ya había superado con Deng Xiaoping la gran contradicción de combinar el socialismo autoritario político con el liberalismo económico en pleno despeque de la globalización. A mediados de los años 80, durante una comida en el Cosmos Club en Washington, el politólogo Tom Robinson le preguntó a Chen Yuan, posterior director del Banco Chino de Desarrollo, cómo manejaba las aparentes contradicciones entre las reformas económicas capitalistas que estaba emprendiendo su Gobierno y la ideología marxista del Partido Comunista. Después de varias preguntas, Chen, molesto por la insistencia de su interlocutor, dejó el tenedor y su cuchillo sobre la mesa. “Escuche, señor Robinson” –dijo– “somos el Partido Comunista y nosotros definiremos lo que es el comunismo”.

placeholder Shanghái, una de las ciudades más modernas y con más rascacielos del mundo. (iStock)
Shanghái, una de las ciudades más modernas y con más rascacielos del mundo. (iStock)

En 2002, Xi asumió el cargo de la pujante provincia de Zhejiang, en la costa oriental del país. El gigante asiático acaba de ingresar en la Organización Mundial del Comercio (OMC), lo que abría toda una nueva dimensión de retos y oportunidades. Con tanta visibilidad política, cualquier paso en falso podía acabar con tu carrera. Así que el verdadero desafío para Xi, como años antes, era sobrevivir. Y para ello debía evitar caer en el fuego cruzado de las volubles guerras internas del Partido.

En esos años, un periodista local le preguntó cómo puntuaría su gestión: “¿Te darías un 100 o un 90?”. “Ninguna de las dos”, respondió Xi, relata Evan Osnos en su perfil 'Nacido Rojo' publicado en el The New Yorker. “Un número tan alto como 100 parecería presumir de forma gratuita y un número tan bajo como 90 reflejaría baja autoestima”.

Xi llevó a cabo varias políticas para promover el sector privado y contribuir al pantagruélico crecimiento chino, pero ninguna demasiado controvertida. “Mi estrategia es calentar el cazo con un fuego pequeño, pero continuo, echando agua fría para evitar que hierva”, aseguró en una ocasión. Pese a los avances, sabía que seguía siendo un terreno ideológico pantanoso. Algo que aprendió cuando su padre pasó al ostracismo definitivo en 1987 por defender las reformas económicas como única forma de sacar al pueblo chino de la pobreza.

"Cómo llegó Xi Jinping a la cima de la jerarquía del Partido sigue siendo un gran misterio"

Desde entonces, Xi se justificaba ante los intelectuales comunistas más ortodoxos que renegaba del imparable auge del capitalismo en la sociedad china con metáforas. La empresa privada era “una flor exótica en el jardín del socialismo con características chinas”. Una flor que permitió levantar gigantescos rascacielos por todo el país, construir miles de kilómetros de trenes de alta velocidad, disparar sus exportaciones y agigantar su economía para consolidar a China como la fábrica del mundo. En los 40 años desde que Den Xiaoping arrancó el proceso de Reforma y Apertura, el Producto Interno Bruto (PIB) chino se disparó un 8.000% pasando de 150.000 millones de dólares en 1978 a 12.240.000 millones en 2018, según la ONU. “Ellos piensan que el capitalismo no es un fin en sí mismo, sino un medio para crear un país más poderoso”, explica Brown. “Creen en el mercado para fortalecerse a ellos mismos”.

En marzo de 2007, la carrera de Xi Jinping da un acelerón. Un caso de corrupción lo catapulta a la poderosa secretaría del Partido de Shanghái y, en octubre de ese mismo año, sella su ascenso a la cúspide en el 17º Congreso del Partido, donde es nombrado como uno de los nueve miembros del Politburó, ubicado por delante de Li Keqiang, actual primer ministro y eterno aspirante al trono. Su contribución a los exitosos Juegos Olímpicos de 2008 le dan un aura pública de eficacia. Y ya en 2010 es considerado 'el sucesor' oficial.

“Mantener un perfil bajo puede haber sido un activo. No haber expresado ‘opiniones fuertes’, irónicamente, pudo haber sido un punto a su favor. Que sepamos, hubo pocas cosas que él dijera o hiciera antes de ascender a lo más alto que provocara una gran controversia”, explica Jeff Waserstrom, experto en China y autor de la pieza ‘¿Por qué no hay biografías de Xi Jinping?’. “Pero cómo Xi Jinping llegó exactamente a la cima de la jerarquía del Partido sigue siendo uno de los grandes misterios que le rodean”.

Paso 6. Muerte y renacimiento: de Xi Jinping a 'Xi Dada'

Aquí llegamos al momento crucial en la biografía de Xi. Ese pasaje de 'muerte y renacimiento' al que obligan los cánones de la mitología para consagrar la metamorfosis definitiva. En noviembre de 2012, con su nombramiento como secretario general del Partido Comunista, desaparece el Xi Jinping discreto que rehuía el conflicto con sus pares y aflora en su lugar 'Xi Dada' (el gran tío Xi, como lo llaman los medios oficiales), una personalidad completamente inesperada cuya ambición irá creciendo según se afianza en el poder.

placeholder Xi Jinping junto a Hu Jintao (su predecesor) y Putin. (Reuters)
Xi Jinping junto a Hu Jintao (su predecesor) y Putin. (Reuters)

Esta es una época en la que el Partido ya no podía controlar todos los rincones de la sociedad china como en los 70. El país comienza a asumir una mayor permisividad editorial, un internet cada vez más libre y una sociedad cada vez más permeable a las tendencias y opiniones internacionales. Emergía la China más capitalista y muchos quisieron intuir una crisis en el modelo comunista.

Así que, en un primer momento, la aparición de un prácticamente desconocido Xi pilló fuera de juego a muchos sinólogos y observadores internacionales, que especulaban con el perfil del hombre que venía a reemplazar al gris y funcionarial Hu Jintao. Las hipótesis iban desde los que creían (o temían) que se trataba de una marioneta de la vieja guardia comunista para reprimir un aperturismo que se les estaba yendo de las manos a los que esperaban (o más bien, deseaban) que fuera un Mijaíl Gorvachov chino.

Pero Xi estaba decidido a ser Xi.

“Xi Jinping ve a Gorbachov como un fracaso”, afirma Kerry Brown. “La década de los noventa en Rusia fue una época terrible, por lo que Xi Jinping ve la caída de la Unión Soviética de una forma muy distinta a cómo la ve Europa o Estados Unidos. Por supuesto, no cree que esto fuera positivo para el mundo”. Cuando asumió el mando en Pekín, el líder obligó a todos los cuadros del partido a ver un documental de seis capítulos sobre por qué el Partido Comunista soviético había colapsado de esa manera tan espectacular y, en particular, el papel de las subversivas ideas occidentales para promover la llamada 'evolución pacífica' hacia la democracia.

Foto: Mijaíl Gorbachov. (EFE) Opinión

“Los comunistas chinos siempre han estado muy obsesionados con lo que ocurrió en la URSS y nunca aceptarán que pase lo mismo en China. Por eso mismo, nunca permitirán 'Glasnost' ni 'Perestroika', ni cualquier atisbo de democracia”, sostiene Bougon.

En innumerables ocasiones, Xi se ha descrito a sí mismo como el líder que viene a salvar a China de la corrupción, la ineficiencia, la contaminación, las protestas en Hong Kong, del terrorismo en Xinjiang, la injerencia extranjera, la crisis económica y la desunión de la nación. Con semejante tarea –justifica el discurso oficial– él y sus aliados tendrían que volver a retomar el timón de la sociedad a cualquier precio.

"Tiran a la basura el 'software' marxista, pero todavía usan el 'hardware' soviético. Le han dado un toque de McKinsey para asegurarse el éxito"

Las bases eran sólidas –describe Bo Zhiyue, nominado al Premio Tang, el ‘Nobel de la sinología’– pues el PCCh es “un partido leninista bien organizado bajo el principio del centralismo democrático. En cierto sentido, es como la Iglesia Católica, con comités a todos los niveles y ramas del partido en organizaciones y empresas. Con el principio de que debe liderar todos los ámbitos, el Partido Comunista con sus más 92 millones de miembros ha penetrado la vida cotidiana de los chinos de muchísimas formas”.

Pero para adaptarse al siglo XXI necesitaba una actualización. Para ello, Xi aceleró un proceso que ya llevaba varios en marcha para “tirar a la basura el 'software' marxista, pero todavía usar el 'hardware' soviético”, en palabras de Richard McGregor en ‘El Partido’, el libro de referencia para entender la organización comunista china. El sistema sigue siendo “podrido, costoso, corrupto y disfuncional” pero, al mismo tiempo, tan “flexible y proteico” como para absorber cualquier crisis. “La burocracia leninista sobrevive pero le ha dado un toque de McKinsey para asegurarse de que tiene éxito”, concluye McGregor.

Paso 7. Revelación: el arte de cazar tigres y moscas

Cinco meses después de llegar a la jefatura del Partido, Xi es confirmado presidente de la República Popular China el 14 de marzo de 2013. Ahora puede hacer realidad su revelación: el Sueño Chino. Una virtuosa combinación de prosperidad, unidad y fortaleza que dará lugar “al gran rejuvenecimiento de la nación” y un cambio de paradigma económico basado en la innovación. Una revitalización que pasaba, necesariamente, por limpiar la casa.

Enarbolando la lucha contra la corrupción, Xi lanza una campaña para cazar “tigres y moscas” –referencia para identificar a dirigentes del Partido y funcionarios de base-. No había terminado 2014 y más de 100.000 miembros del PCC habían sido arrestados. Para 2016, la cifra de investigados superaba el millón. De un plumazo, el nuevo hombre fuerte de China pudo purgar la administración, alejar a sus rivales del poder y lanzar un mensaje a sus compatriotas, que llevaban décadas resintiéndose ante la creciente corrupción que minaba la omnipresente burocracia estatal.

Si queréis dinero, no os unáis al Partido”, fue el mensaje de Xi que acompañó a la caída de los primeros pesos pesados del sistema. Algunos ejemplos fueron el temido Zhou Yongkang, quien en 2015 se convirtió en el miembro más alto del Partido en ser juzgado –y condenado a cadena perpetua– por corrupción, o el carismático Bo Xilai, ambos acusados de conspirar para destruir la unidad del PCCh.

placeholder Xi Jinping dando el discurso de entrada a 2016.
Xi Jinping dando el discurso de entrada a 2016.

La efectividad de la campaña –pese al espeso barniz de la propaganda– ha sido cuestionada y los escándalos que involucran a funcionarios de todo rango han seguido sucediéndose. Sobornos, malversación y abusos de poder de toda calaña. Hasta la familia del propio Xi ha sido señalada por mover millonarias cantidades al extranjero, según investigaciones del 'New York Times'. Hace unos años, en una visita ese pueblo remoto donde se hizo un hombre, Xi llevó despertadores para todos los habitantes pero, según una investigación posterior de 'Los Ángeles Times', el secretario de partido acaparó varios para sus amigos y muchos en el pueblo se quedaron sin relojes.

“El movimiento contra la corrupción por parte de Xi Jinping puede verse como un atractivo populista, de ahí que se haya promovido tanto la imagen de que él es muy duro contra la corrupción”, recalca Wasserstram. “Muchos de los objetivos han sido rivales políticos por lo que hay un ajuste de cuentas detrás. Pero si le dices a la gente en China que detrás de esta campaña anticorrupción hay un intento de 'vendetta', te dirán: 'quizá, pero es bueno que algunos corruptos sean apartados del poder'”.

La mano dura no se reservó solo para los corruptos. Mientras Xi se presentaba ante la escena internacional en 2014 decidido a llevar al “socialismo con características chinas” a nuevas cotas globales con la llamada ‘Belt and Road’ Nueva Ruta de la Seda –un megaproyecto de inversión planetaria con presencia en más de 130 países que representan el 48% de la población mundial–, dentro de China cualquier cuestionamiento a su autoridad fue (y es) brutalmente reprimida. Desde Xinjiang hasta Hong Kong, desde Taiwán hasta las entrañas de internet, cualquier disenso que ponga en peligro la estabilidad del Partido –y, por tanto, la de Xi en el poder– sería rápidamente eliminada.

"Es un imaginario imperial. Cualquier crítica se ve como un ataque contra su dignidad"

El Partido erigió una maquinaria distópica de control digital para supervisar los movimientos, pensamientos y el comportamiento de la población. El presidente aplastó incluso los pequeños oasis de oposición –política y cultural– blindando a la sociedad china de cualquier roce con la cultura occidental. Instagram, Facebook, Google y grandes medios estadounidenses quedaron vetados. “Si no das un golpe en la mesa de vez en cuando, si no transmites el suficiente miedo, la gente no te tomará en serio”, dijo a un entrevistador chino en 2003 sobre su estilo de gestión.

Musulmanes, cristianos, abogados, blogueros y todo tipo de activistas han sido encarcelados por expresar sus convicciones. El celo de los censores ha llegado a extremos ridículos, como la cruzada que mantienen contra toda una serie de memes que se burlan del supuesto parecido entre el presidente chino y el popular dibujo animado ‘Winnie the Pooh’. Sienten que la ridiculización debilita al mito y eso puede ser peligroso.

“Ellos están obsesionados con la estabilidad. Cualquier intento que quiera hacerles daño, aunque sea una inofensiva biografía, lo ven como una amenaza y un posible ataque”, destaca Kerry Brown. “Es una especie de imaginario imperial. El poder de Xi Jinping y el propio Xi Jinping tiene que estar por encima y más allá de cualquier amenaza, porque cualquier crítica se ve como un ataque contra su dignidad”.

placeholder Meme de internet.
Meme de internet.

El Gobierno chino ya no teme al dedo acusador occidental. Sea por los campos de concentración de los uigures, por incumplir la promesa 'un país, dos sistemas' o por su creciente apetito sobre Taiwán, funcionarios y medios citan a Xi.

"Algunos extranjeros con los estómagos llenos y nada mejor que hacer se dedican a señalarnos con el dedo”, afirmó en un inusual ataque de sinceridad durante una rueda de prensa en México en 2009, criticando que Occidente aplicara su marco de pensamiento 'imperialista' a Pekín. “Primero, China no exporta revolución. Segundo, no exporta hambre y pobreza. Y tercero, no va liándola por ahí. ¿Qué más hay que decir?".

Paso 8. Apoteosis: el destino de Xi

A estas alturas, Xi Jinping se ha convertido en un agujero negro del que no sale información. Ya solo refleja propaganda. Un individuo que se ha hecho irremplazable tras ir asumiendo –o creando– una decena de títulos para sí, monopolizando desde los clásicos comités más influyentes del Partido –política exterior, Taiwán, economía– a los nuevos entes que supervisan internet, la reforma militar o la seguridad nacional. “El presidente de todo”, le apodaron en un informe.

Retratos y bustos presiden oficinas oficiales, escuelas, cuarteles y hogares. Omnipresente en las calles y en internet, el presidente 'protagoniza' su propia serie de dibujos animados que anima a los párvulos a “ser como Xi”. Las medallas y suvenires con su efigie compiten con los de Mao en los puestos callejeros. Los medios oficiales cultivan una idílica imagen pública de presidente 24/7, frugal y disciplinado, que evita los banquetes y a veces usa la furgoneta en vez de la limusina. Unos hábitos que quiere imponer como la cultura corporativa del Partido y la nación. En el manual 'Las Ocho Reglas', Xi especificó áreas de mejora para los funcionarios, incluyendo la necesidad de acabar con “el desperdicio y las extravagancias”.

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Xi Jinping dando un discurso en 2017. (Reuters)

La estatura política de Xi va creciendo dentro y fuera de China. En octubre de 2017, el 19º Congreso Nacional del Partido Comunista incorpora a la Constitución una nueva doctrina política que pasará a estudiarse en universidades y escuelas: el 'Pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas para una Nueva Era'. Una distinción que lo pone ideológicamente al nivel de Mao y Deng Xiaoping.

Al año siguiente, con el férreo control ideológico y ejecutivo del Partido, la economía rebotando tras varios años de ralentización y sus rivales geopolíticos inmersos en crisis existenciales (el trumpismo en EEUU y el Brexit en la UE), el presidente chino se lanza a enmendar la Constitución para permitir su reelección indefinida, de 2.964 diputados, solo dos votaron en contra y tres, en blanco. No solo ha alcanzado en solitario la cúspide, sino que ha despejado el camino para asegurarse que le da tiempo a cumplir ‘su misión’.

"China no exporta revolución. No exporta hambre. Y no va liándola por ahí. ¿Qué más hay que decir?"

Pekín siente que ha salido reforzada de 2020. Pese a ser el país origen del coronavirus, consiguió controlar la epidemia rápidamente, con apenas 90.000 contagios y menos de 5.000 muertos, según cifras oficiales. Su economía no solo evitó la recesión, sino que el Gobierno aseguró haber logrado erradicar la pobreza extrema, un ambicioso objetivo que se había fijado antes de la crisis sanitaria. Y la salida de Donald Trump de la Casa Blanca no evitará el conflicto político, pero sí puede atenuar los efectos más sangrantes de la guerra comercial. El Producto Interno Bruto (PIB) chino podría superar al estadounidense en 2028, cinco años antes de lo previsto, según el Centro para la Investigación Económica y Empresarial (CEBR, por su sigla en inglés).

Los medios estatales chinos han aprovechado para endosar al máximo líder –“el hombre que se ha echado el país a las espaldas”– el éxito en conjurar el desastre. Gracias a su actuación decisiva, repiten periódicos, radios y televisiones estatales-, China evitó una crisis mayor. Nada se habla sobre cómo los cuadros locales ocultaron la crisis sanitaria por miedo a represalias de Pekín, ralentizando la respuesta global a la catástrofe que se venía encima.

El panorama está lejos de ser idílico. Primero, pese a que los chinos que han participado en estudios como el Proyecto Pew Global Attitudes han mostrado opiniones altamente favorables a su líder, en realidad es imposible auscultar la opinión pública china. Lo mismo pasa con las tendencias y ambiciones en el seno del Partido Comunista, una organización imposible de fiscalizar. La economía, aunque se está recuperando, se enfriará; la demografía empeora y la trampa de ingreso medio, una situación de estancamiento que ya han vivido otras grandes economías antes que Pekín, acecha peligrosamente. Mientras, la imagen de China ha salido perjudicada en algunos sectores de la opinión pública internacional.

placeholder Xi Jinping y Donald Trump en el G20 de Osaka, Japón, en 2019. (Reuters)
Xi Jinping y Donald Trump en el G20 de Osaka, Japón, en 2019. (Reuters)

“Si hay menos crecimiento económico, la gente tendrá que hacer más sacrificios y el Partido Comunista se tendrá que justificar. ¿Cómo? Agitando la bandera del nacionalismo”, destaca Kerry Brown. “Eso también será un problema dentro de China, porque el nacionalismo crea su propia bestia y se perpetúa”.

A esta historia solo le queda un capítulo y es de confrontación.

Epílogo

En la lógica mitológica de la propaganda, todos los caminos que ha recorrido el ‘héroe’ –privilegio, purga, rehabilitación y ascenso– lo han llevado inevitablemente hasta aquí: el momento exacto para que afronte su destino. Pero ¿cuál es exactamente su meta final? ¿Qué busca Xi? “Quiere ser el gran arquitecto de la China que aspira a ser la primera economía mundial”, destaca Bougon. “Una nación rica y próspera, respetada por la comunidad internacional y bajo el liderazgo del Partido Comunista”.

Hace unos días, el presidente chino explicaba que la pandemia debía dar paso a un nuevo orden mundial, en una clara alusión a Occidente en general y a Estados Unidos en particular. “China nunca buscará la hegemonía, la expansión o una esfera de influencia, no importa cuán fuertes nos volvamos”, dijo durante su intervención en el Boao Forum, el Davos asiático. Luego agregó: “No debemos permitir que las reglas de un país o unos pocos países sean impuestas a otros ni permitir el unilateralismo con el que ciertos países quieren imponer su ritmo al resto del mundo”.

La pandemia está acelerando las tendencias geopolíticas. De la peor crisis sanitaria en un siglo, emerge una China sin complejos comandada por un líder decidido a reclamar el liderazgo mundial. Su poderosa influencia económica, construida con discreción durante décadas, viene ahora acompañada con un tono mucho más duro en el discurso. La prudencia del “esconde tu fuerza, espera tu momento” que cultivó la política exterior china desde Deng Xiaoping ha dado paso a una agresiva diplomacia Wolf Warrior, reflejo de una aspiración a poner fin a la hegemonía política, económica y cultural que todavía ostenta Estados Unidos, con respaldo de sus aliados. Para muchos países de América Latina a Europa del Este, pasando por África y Asia, Xi se ha convertido en el heraldo del fin del mundo unipolar.

“En resumidas cuentas” –concluye Gil Bates, sinólogo australiano y profesor de estudios de seguridad indopacíficos en Macquarie University–“Xi Jinping quiere hacer a China grande otra vez”.

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