SEGÚN EL HISTORIADOR JAMES HARRIS

Todo lo que pensábamos sobre Stalin y su Gran Purga puede estar equivocado

Durante décadas, políticos e historiadores han resaltado el carácter personalista y psicopático del dictador. Sin embargo, un nuevo libro desvela otra parte de la historia

Foto: Acabó con cientos de miles de personas. Pero ¿con qué objetivo?
Acabó con cientos de miles de personas. Pero ¿con qué objetivo?

Uno de los episodios más devastadores del siglo XX tuvo lugar entre 1936 y 1938, cuando el régimen soviético ejecutó a 750.000 ciudadanos y condenó a más de un millón a trabajos forzados en un gulag sin ninguna clase de garantía legal. Es quizá la campaña de represión más sangrienta de la historia y, como ocurre con gran parte de la historia soviética, la opacidad del régimen impide conocer con seguridad los entresijos de esta Gran Purga.

Durante muchos años, concretamente desde que Robert Conquest publicó 'El gran terror: las purgas de Stalin de los años 30' en 1967, ha prevalecido la teoría de que el objetivo primordial de la limpieza a fondo realizada sobre la disidencia era la iniciativa individualista de Stalin, que pretendía hacerse y consolidarse en el poder como fuese. Por lo tanto, se trataba de la culminación del proceso de levantamiento de una dictadura personalista que había comenzado quizá una década antes, después de la muerte de Vladimir Lenin. Para el autor, sin embargo, este abuso de poder era una consecuencia natural del sistema implantado por Lenin, solo que imbuido por los sanguinarios rasgos de Stalin.

En el otoño de 1936, el régimen estalinista pensaba que la invasión era inminente

Un nuevo libro de James Harris, uno de los mayores expertos en Historia soviética, desmiente, o al menos matiza esta hipótesis, restando importancia al papel de Stalin y otorgando una mayor responsabilidad al resto de la organización soviética. Se trata de 'The Great Fear' (OUP Oxford), un título que obviamente alude al de Conquest. Es el resultado de una profunda revisión de los materiales de archivo publicados en 1991 y 2000 (año en el que salió a la luz el archivo del propio Stalin), que concluye que la Gran Purga fue una desmesurada reacción al miedo que los soviéticos sentían en 1936. Como explica el propio autor en la introducción del libro, “en el otoño de 1936, el régimen estalinista pensaba que la invasión era inminente”.

Protegiéndose del enemigo

Según la tesis de Harris, la purga no tenía como objetivo principal allanar el camino de Stalin, sino el intento de un Estado que aún se sentía muy débil de detener cualquier hipotética revolución interna o invasión externa. En cierta forma, sugiere, estas amenazas eran un resultado de las altas metas planteadas por el propio Stalin. Como explica el autor en un artículo publicado en 'The Conversation', el georgiano “había demandado el cumplimiento del 100% de unos objetivos de producción que no podían ser alcanzados, y él y sus colegas en el Kremlin malinterpretaron las discrepancias como un ejemplo de conducta contrarrevolucionaria”. Una de las razones que explican por qué tantos campesinos o trabajadores fueron deportados durante esos años.

La situación en la URSS a mediados de los años 30 era complicada. A pesar de haber vencido en la Guerra Civil, los bolcheviques eran conscientes de que les resultaría muy complicado controlar un país dividido, por lo que desarrollaron potentes sistemas de espionaje y control que en muchos casos no funcionaban. Y no lo hacían porque seguramente sobrevaloraban las amenazas a las que debían enfrentarse, tanto externas (alianzas extranjeras que invadirían el territorio ruso) como internas (sabotajes, deslealtades). Como señala el libro, “el liderazgo soviético recibió un caudal continuo de preocupantes informes de alianzas internacionales de poderes capitalistas que pensaban invadir la URSS: ingenieros burgueses, otros especialistas, académicos, campesinos ricos, grupos étnicos y nacionalistas, oficiales del ejército y antiguos opositores que pensaban liquidar el poder soviético desde dentro”. Muchos de los grupos que serían rápidamente purgados.

¿Qué papel jugó Stalin? Es la pregunta del millón, y Harris lo tiene claro: “Las 'amenazas' no fueron simplemente inventadas para servir fines políticos cínicos”, escribe. “No pueden ser explicadas como simplemente el producto de alguna psicopatología”. Tanto Stalin como todo el partido creían firmemente –y, según el autor, con razón, pero tan solo en parte– en una quinta columna que debía ser eliminada si el régimen quería sobrevivir. Sin embargo, las duras purgas provocaron que, una vez que el país entró en guerra de verdad en 1941, se encontrase mucho más debilitado y dividido de lo que habrían deseado.

Stalin estaba comprometido con construir el socialismo, no con crear una dictadura personal para su propio beneficio

“Tanto en público como en privado, Stalin estaba comprometido con construir el socialismo, no con crear una dictadura personal para su propio beneficio”, señala el autor. No es que Harris intente justificar a Stalin, como él mismo aclara: “Las revelaciones de archivo, todo sea dicho, no han asegurado que Stalin fuese realmente un buen tipo. Más bien al contrario. Pero han dejado grandes lagunas en la historia tradicional”. En otras palabras, las teorías tradicionales han reforzado la visión personalista, por la cual la historia de la URSS en los años 30 es producto de las decisiones de Stalin, obviando que la realidad es mucho más compleja.

Una sanguinaria limpieza

Harris considera que la confusión comenzó en 1953, con la llegada al poder de Nikita Kruschev, que fue el primero en señalar a Stalin. Un gesto que tenía dos objetivos: limitar el poder de la por aquel entonces aún más poderosa policía política y señalar a la élite política soviética que había participado activamente en la limpieza que no se tomarían represalias. El propio Kruschev señaló que la Gran Purga había sido una “aberración” que nada tenía que ver con los principios leninistas, lo que salvaba espiritualmente el proyecto y depositaba la culpa sobre los hombros del muerto.

Busto de Stalin. (Efe)
Busto de Stalin. (Efe)

La Gran Purga se inició en 1936, a través de tres juicios en Moscú donde fueron juzgados varios miembros del Partido Comunista, acusados de conspirar con el eje capitalista. En el primero se acusó a 16 personas, que terminaron siendo sentenciadas a muerte y ejecutadas; en el segundo, que tuvo lugar en enero de 1937, se juzgó a otros 17, de los cuales 13 fueron sentenciados a muerte y el resto enviados al gulag, donde también fallecieron. En el de marzo de 1938 fueron juzgadas otras 21 personas, entre las que se encontraba Genrij Yagoda, paradójicamente el encargado de realizar las primeras detenciones al comienzo de la Gran Purga. Todas las confesiones que obtuvieron las autoridades soviéticas fueron obtenidas tras torturar a los acusados.

A esta purga inicial siguieron otras tantas en el ejército –que se iniciaron con la acusación de una conspiración entre el mariscal Mijaíl Tujachevsky y el OKW de la Wermacht–, en el Politburó –donde fueron eliminados casi todos los bolcheviques que en su día apoyaron a Lenin– y el Komintern, la Internacional Comunista, que se llevó por delante al húngaro Béla Kun, el yugoslavo Milan Gorkic y el alemán Heinz Neumann. Como ocurre a menudo con la historia soviética, no termina de quedar claro el número exacto de muertos, pero sea tirando por lo bajo (la cifra oficial de 681.692 caídos) o por lo alto (más de dos millones de personas), se trata de una de las grandes y más despiadadas depuraciones del siglo XX.

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