análisis de la época del 'gran terror'

Este libro ha multiplicado por nueve su precio. Y no me extraña

'La lógica del terror', de Arch Getty y Oleg Naumov ya sólo puede encontrarse a a 269,57 € cuando antes costaba 29,50. Su elevado precio revela su valor (y lo mal que está la industria editorial)

Foto: La etapa más salvaje de la URSS es relatada en el libro de Getty y Naumov. (iStock)
La etapa más salvaje de la URSS es relatada en el libro de Getty y Naumov. (iStock)

La industria editorial está sometida a una velocidad excesiva. Libros editados hace pocos meses desaparecen de las librerías, lo cual equivale a decir que dejan de ser visibles. Es cierto que se puede acudir a la compra por internet, pero eso sólo es posible si ya se sabe lo que se está buscando; lo que desaparece es la posibilidad de encontrarte con el libro por azar, y eso, en un contexto de sobreproducción, es muy importante. Pero peor lo tienen los libros que agotaron su tirada y no han vuelto a ser reeditados, ni siquiera en ebook. Uno de los más llamativos es 'La lógica del terror,' de Arch Getty y Oleg Naumov, editado por Crítica en España en 2001, cuyo precio era de 29,50 y ahora se encuentra en su edición española por 269,57 euros: los ejemplares aún disponibles en el mercado han multiplicado su precio por nueve. Y no es extraño, porque el libro merece la pena.

'La lógica del terror. Stalin y la autodestrucción de los bolcheviques' se beneficia del acceso a los fondos del archivo del Partido Comunista de la Unión Soviética, que hasta entonces habían permanecido secretos, y muestra una detallada y espeluznante descripción de los años más duros del gobierno de Stalin. Sus tesis, sin embargo, como detallan los autores en la introducción, no son las usuales: el Estado soviético no era una máquina eficiente, monopolítica y omnipotente, ni tampoco la historia de ese periodo se corresponde del todo con la personalidad y los deseos del dictador.

Frente a sus colegas, Stalin se mostraba como un hombre tranquilo, bienintencionado, capaz de soluciones moderadas, de compromiso

La lectura habitual de los totalitarismos es la de una personalidad completamente trastornada que gracias al poder de la ideología, la propaganda y la seducción somete a unas masas que se identifican con las ideas que el régimen propaga, en primera instancia, y que luego, cuando ya es demasiado tarde, acaban sometidas al yugo de un terror del que no pueden escapar. Lo que Getty y Naumov proponen va más allá, por suerte. Los mecanismos del poder, y también los de poder extremo, poseen sus propias lógicas, que no pueden resolverse banalmente como si no fueran más que los efectos sociales de personalidades psicopáticas y masas dóciles. Hannah Arendt o la Escuela de Frankfurt estudiaron con acierto y precisión las condiciones de ascenso y permanencia del totalitarismo nazi, pero el régimen soviético ha sido mucho menos analizado desde esa perspectiva.

El jefe de la sala de máquinas

Hay que entender que Stalin no ascendió al poder como consecuencia de un carisma enorme, sino de todo lo contrario: su papel era el de jefe de la sala de máquinas. Resultaba un líder atractivo porque “a diferencia de otros altos cargos, no era un intelectual ni un teórico. Hablaba una lengua sencilla y sin afectación, que calaba hondo en el seno de un partido  progresivamente compuesto de obreros y campesinos. Su estilo contrastaba radicalmente con el de sus camaradas del Politburó, cuyas complicadas teorías y ademanes pomposos les granjeaban pocas amistades entre la mayor parte de sus bases plebeyas. Poseía también la misteriosa capacidad de idear lo que parecían soluciones moderadas a problemas complejos. Frente a sus colegas, que esgrimían con estridencia la perspectiva de crisis fatales, Stalin se mostraba como un hombre tranquilo, bienintencionado, capaz de soluciones moderadas, de compromiso” (pág..33).

El libro de Getty y Naumov.
El libro de Getty y Naumov.

En las organizaciones, es normal que estas personas que parecen poco peligrosas para el poder, que buscan el consenso, y que no se apoyan en extremos ideológicos sino que saben ser flexibles y pragmáticas, suelen tener muchas papeletas para ascender en la escala. Según ambos historiadores, Stalin llegó a lo más alto no por ser un furibundo ideológo, sino por todo lo contrario, por sus habilidades para contentar a unos sin molestar a los otros: era el menos peligroso ideológicamente y el más capaz en los asuntos cotidianos.

Stalin y el Politburó se unen para purgar a las bases y eliminar gente molesta, desde los burócratas arbitrarios hasta los trabajadores desobedientes

En la década de los 30, el poder de Stalin fue creciendo enormemente y para finales de ese periodo era prácticamente ya un autócrata. “Rusia siempre había sido un país gobernado por hombres, más que por leyes, pero cada vez fue mayor el número de personas que, para guiar su conducta o solucionar sus problemas, acabaron dependiendo de Stalin o los demás líderes. No obstante, ese proceso fue irregular y se caracterizó por continuos vaivenes. En ocasiones, Stalin ejerció de árbitro o contrapeso, conciliando distintos intereses y grupos y oponiéndolos entre sí. Hizo y deshizo alianzas con diferentes grupos y en distintos momentos, bien mediante declaraciones explícitas, bien autorizándolos implícitamente a emplear su nombre y autoridad. En otras ocasiones, reafirmó directamente su autoridad personal. Aunque a finales de la década era incuestionablemente el líder supremo, nunca fue omnipotente; siempre se movió dentro de los parámetros de otros grupos e intereses” (pág.28).

“Erradicad la deslealtad”

Esas relaciones entre las distintas facciones y coletivos siempre estuvieron presentes, incluso en la época del Gran Terror, y lo hicieron desde una perspectiva peculiar. Las purgas, advierten Getty y Naumov, comenzaron contra ellos mismos, particularmente contra los enemigos internos del régimen, los trostkistas o los saboteadores, que militaban en el partido. El PCUS daba una imagen unida ante el exterior (y el exterior eran tanto los extranjeros como los soviéticos que no pertenecían al partido) pero dentro del mismo había distintas facciones, e intereses diversos nada amistosos. Entre 1933 y 1935, Stalin, el Politburó y la Nomenklatura se unen para inspeccionar o purgar a las bases, y eliminar gente molesta, una definición amplísima en la que que cabían desde los burócratas arbitrarios hasta los trabajadores desobedientes, señalan los historiadores. Cuando la maquinaria del terror se desencadena en su máxime intensidad, no es otra cosa que la “determinación feroz de erradicar todos los focos de deslealtad, sea real o imaginaria”.

El líder que acaba siéndolo porque es el menos molesto para las facciones internas es algo muy habitual en muchas organizaciones y partidos

En otras palabras, había bastante poco de ideología en sus acciones, y no estaban batallando para implantar el Estado ideal, ese terreno limpio de impurezas que tanto se suele señalar como el motor de los totalitarismos. El Gran Terror tuvo que ver con que el régimen soviético vivía en la continua persecución de los enemigos, y los de dentro eran los peores. Eran mucho más paranoicos que idealistas. Su percepción del mundo tenía una peculiar lógica: cada vez que las cosas iban mal (una mala cosecha, un revés en un plan trazado, un error de cálculo que arruinaba un experimento) interpretaban que sólo podía haber ocurrido por la intención expresa de quienes lo estaban desarrollando. El azar no existía, ni la ineficiencia, ni la mala planificación, ni un incorrecto análisis técnico, ni unas órdenes superiores equivocadas: todo lo que salía mal era consecuencia de los enemigos del régimen, que en primer lugar eran internos, por lo que la acción imprescindible no era revisar ni los planes ni las decisiones ni su desarrollo, sino la eliminación de los responsables. Y a ello se dedicaron, y en masa. Quizá no eras un traidor, pero sí familia, o le habías dado cobijo, o no le habías delatado a tiempo.

¿Locura colectiva?

Pero no nos engañemos, estos elementos, mostrados aquí en una pavorosa crudeza, son típicos del poder. El líder que acaba siéndolo porque es el menos molesto para las facciones internas y porque colocarle al frente parece la mejor solución de compromiso es una de las constantes de muchas organizaciones (y partidos políticos); la lucha contra los enemigos internos es el día a día de muchos colectivos de toda índole, mucho más pendientes de expulsar a los que disienten o que simplemente piensan de otra manera que de potenciar los aspectos en que la organización puede mejorar. Desde luego, esos elementos, en la época del Gran Terror y de las grandes masacres, no son comparables, pero el mérito de Getty y Naumov es el de hacernos pensar, como Arendt, Horkheimer, Fromm, Adorno o Marcuse, que los totalitarismos no son un instante de locura colectiva alumbrado por un chamán enfermo, sino algo que nos toca bastante más de cerca.

Aunque sólo fuera por eso, 'La lógica del terror' merece mucho la pena. No estaría de más que la industria editorial reconsiderase la reedición o al menos su puesta a disposición digital, y de tantos otros que si se pierden, nos hacen perder herramientas de análisis críticos que, entre otras cosas, nos permitirían no caer en totalitarismos de cualquier índole. Por decirlo de una manera mucho más directa: la industria editorial está abandonando (y esto no es más que un pequeño ejemplo) todo aquello que le daba sentido, y que hacía que mereciera socialmente la pena. Y eso nos hace más pobres a todos (y a la industria, la primera).

Alma, Corazón, Vida

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