La conspiración de Juan Gabriel Vásquez
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PUBLICA 'LA FORMA DE LAS RUINAS'

La conspiración de Juan Gabriel Vásquez

Uribe, Gaitán, Kennedy..., los fantasmas de un pasado de violencia acosan a un escéptico novelista colombiano enfrentado a los teóricos de la conspiración en la nueva novela del premio Alfaguara

Foto: Juan Gabriel Vásquez
Juan Gabriel Vásquez

Incontables hilos surcan la realidad conectándolo todo, dando esquinazo al azar, refutando el caos; nada es lo que parece y lo que no aparece lo es todo. Tal es el evangelio del teórico de la conspiración, figura terca y omnipresente de nuestra actualidad que atraviesa 'La forma de las ruinas' (Alfaguara, 2016), la última novela de uno de los grandes escritores colombianos actuales, Juan Gabriel Vásquez, nacido en Bogotá en 1973 y ganador de numerosos premios, el Alfaguara de 2011 entre ellos por 'El ruido de las cosas al caer'.

¿Y de qué conspiración hablamos? La de la violencia y los crímenes del pasado que cada generación de colombianos hereda funestamente de la anterior desde hace décadas. "De hecho, creo que lo que en realidad he escrito es un libro de padres e hijos".

Asesinados en conspiraciones

placeholder 'La forma de las ruinas', de Juan Gabriel Vásquez
'La forma de las ruinas', de Juan Gabriel Vásquez

Corría el año 2005 cuando un conocido le puso a Vázquez en las manos los huesos agujereados de dos leyendas colombianas: la parte superior del cráneo de Rafael Uribe Uribe, senador liberal asesinado a hachazos en 1914, y la vértebra de Jorge Eliécer Gaitán, político también progresista que pudo ser presidente del país de no haber sido abatido a balazos en Bogotá el 9 de abril de 1948. "Fue un momento tan intenso para alguien que es sensible a los fantasmas de la historia que supe entonces que tenía una novela. A partir de entonces mi búsqueda formal consistió en tratar de descubrir qué tipo de máquina narrativa me iba a permitir contar sus dos historias.¿Qué tenían en común estos dos hombres? Aparte de ser dos políticos de tendencias progresistas asesinados en medio de conspiraciones".

¿Qué tenían en común estos dos hombres? Aparte de ser dos políticos de tendencias progresistas asesinados en medio de conspiraciones"

Pero el engranaje no terminaba de engrasarse y Vásquez acabó por abandonar el primer borrador después de 150 páginas. Hasta que, de pronto, comprendió que bastaba con perderle el miedo a la mezcla de géneros y con atreverse a hablar con su propia voz para que todo funcionara.

La primera y la última vez

"Sí, es la primera vez que hablo con mi propia voz, que escribo desde mi propia biografía por verdadera necesidad. Y seguramente será la última. Pero es que se trataba del mejor método para contar esta historia en concreto". Así, la entrada de Vásquez en el cada vez más popular club de la autoficción será fugaz y puramente técnica. "Soy consciente de que la llamada autoficción está de moda pero mi única obligación como escritor era descubrir cuál era el mejor método para contar esta historia en particular. Y éste era el que me permitía no malversar el material. La potencia de los hechos reales era tan fuerte que inventarme una máscara para contarlos no tenía sentido".

Sé que la autoficción está de moda pero mi obligación como escritor era descubrir cuál era el mejor método para contar esta historia sin malversar el material

Juan Gabriel Vásquez se muestra en la novela tal y como era en 2005, un joven novelista obsesionado por el pasado y padre en ciernes de gemelas que disfrutaba de sus vacaciones en Bogotá -por entonces vivía en Barcelona-, cuando el embarazo de su mujer se complica. Es en aquellos días de angustia en los que vivía pendiente del móvil cuando llegan a él las reliquias de Jorge Eliécer Gaitán, aquel excepcional orador llamado a presidir la nación que fue asesinado en 1948 en una acechanza que permanece en el misterio. Su muerte inauguró un perioodo inacababable de violencia política que dura casi hasta la actualidad. Y el misterio es un imán de conspiranoicos como el que encarna en el libro Carlos Carballo.

Imponer cosmos en el caos

La autoficción entronca así con las teorías de la conspiración y el lector no puede dejar de preguntarse qué es verdad y qué es mentira. O mejor, ¿es el artífice de obras como ésta el inventor de una verdad que se obstina en no ser documentada?

"Creo que, a un cierto nivel, las sociedades contamos historias para paliar la sensación de que no nos han contado la Historia. Las novelas son un mecanismo que hemos inventado los seres humanos para luchar contra la incertidumbre de la historia oficial, siempre a medias. Contamos novelas para explicar esos lugares oscuros que la historia es incapaz de iluminar. Pero no se trata de un remedio apresurado sino de algo que nos distingue como especie. Un novelista es alguien empeñado en poner un poco de cosmos en el caos".

-¿La realidad es caótica?

-La realidad es caótica, azarosa, la historia es mucho más fruto de azares y de pasiones que de manos negras y conjuras organizadas. Pero también creo que las teorías de la conspiración responden a un afán muy humano de orden, cosa que no es muy distinta de la labor del novelista. Esa tensión está en mi novela, la tensión entre mi personaje, que es un escéptico -y un novelista- y el de Carlos Carballo, que tiene una visión del mundo conspiranoide. Y eso creo que genera una poética de la ficción que reflexiona sobre el hecho mismo de la escritura dentro de la escritura. Vila Matas dice que toda literatura es metaficcional aunque no lo quiera.

La historia es más fruto de azares que de manos negras. Pero las teorías de la conspiración se deben a un afán humano de orden, como el del novelista

Los asesinatos de Uribe y, sobre todo, de Gaitán abrieron en Colombia la espita de una violencia que ya no abandonará el país hasta tiempos recientes. Primero la guerra cirvil larvada entre liberales y conservadores, después la guerrilla y, finalmente, el narco. Y recuerda Vásquez en su novela cómo la violencia política generalizada generaba una violencia personal, íntima, que atenazaba a todos los colombianos, permanentemente airados...

"Aquello nos marcó como generación, especialmente a los que llegamos a la adolescencia en la época del narcoterrorismo de Pablo Escobar, que ya traté en 'El ruido de las cosas al caer'. Recuerdo con mucha claridad la sensación de vivir al borde de la violencia rodeados de bombas, tiroteos, asesinatos, de mamarla de manera tan natural durante todo el día que acababas reproduciéndola. Te sentías todo el tiempo a punto de romperte la cara con quien fuera. Todos nos arrepentimos de algún estallido de aquella época. A mí dos veces me pusieron una pistola en la cara por discusiones banales, lo que no recomiendo a nadie… Me impresiona mucho cuando vengo a España la capacidad que la gente tiene en altercado para situar sus caras a un palmo y gritarse barbaridades sin llegar a las manos. Qué maravilla. En mi adolescencia era al revés, primero te dabas de puñetazos y luego hablabas".

Peligros de la memoria

-Y en el gran momento que vive hoy Colombia a punto de dejar atrás el conflicto, no pesa el pasado? ¿No acechan en la memoria rencores y venganzas?

-Es un gran debate, sí. David Rieff ha escrito mucho contra la memoria, contra su contenido dañino y negativo como, por ejemplo, en la guerra de los Balcanes, resultado, entre otros de no haber sabido olvidar, de empeñarse en recordar. Yo me lo pregunto todos los días pero creo que, en el caso colombiano, buena parte de la longevidad de la violencia se debe a no haber podido cerrar puertas. Y las puertas se cierran cuando encuentras la verdad y aprendes a lidiar con ella. En el caso de Gaitán eso no ha sucedido, todavía no sabemos quién lo mató. Esa herida sigue abierta y como esa herida produjo la violencia que siguió que a su vez desencadenó la violencia de las FARC…

-¿Cerrar así el ciclo de la transmisión hereditaria de la violencia?

-Eso es lo que yo espero que ocurra con un acuerdo de paz.

-¿Y cómo va?

-Soy optimista. Se han logrado cosas que no se habían logrado nunca antes. Creo sin embargo que hay que escuchar con mucha atención a quienes se oponen y y valorar sus razones. Pero se trata de una oportunidad histórica que tenemos que aprovechar.

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