Historia

El historial médico del paciente Galdós: de la diabetes a la ceguera

Debo mis aproximaciones a la persona de Galdós al doctor Marañón, que le había conocido casi familiarmente siendo niño, en los veraneos en Santander

Foto: Fotografía de Galdós fallecido, de Victorio Macho
Fotografía de Galdós fallecido, de Victorio Macho
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Doña María Pérez Galdós, viuda de Verde, hija de Lorenza Cobián y de Benito Pérez Galdós, me recibió en su casa de Madrid, calle del Conde de Aranda,8. El piso, de primera época del barrio de Salamanca, era espacioso y de noble edificación. Doña María me recibió en un despacho decorado con muebles de familia burguesa y un buró vertical con bandejas que contenían obras manuscritas de su padre don Benito Pérez Galdós.

No sabría precisar los títulos de aquellas cuartillas atadas con balduque, en cuyos márgenes don Benito había dibujado cabecitas, peces y caracolas, con un virtuosismo de trazo propio de un gran dibujante, cuando el escritor aguardaba con la pluma y el ánimo suspensos, en invocación del adjetivo exacto, que Josep Plá aprovechaba para liar un cigarrillo.

Debo mis aproximaciones a la persona de Galdós al doctor Marañón, que le había conocido casi familiarmente siendo niño, en los veraneos en Santander por haber sido su padre el abogado de don Benito. En la biblioteca de la casa de Madrid conservaba don Gregorio una tablilla al óleo que representa la bahía de Santander y un dibujo del Pilar de Zaragoza, ambas obras de Galdós dedicadas “A don Manuel Marañón, su agradecido cliente…”.

Benito Pérez Galdós, nieto del escritor, solía comentar la ceguera de don Benito ocurrida “como consecuencia de dos operaciones de cataratas”. Lo cual me pareció inverosímil

En la librería Pérez Galdós de la calle Fuencarral, Benito Pérez Galdós, nieto del escritor, solía comentar la ceguera de don Benito ocurrida “como consecuencia de dos operaciones de cataratas”. Lo cual me pareció inverosímil, aún en tiempos de Galdós, cuando el postoperatorio aún resultando engorroso de una operación de cataratas no se moría nadie.

Diabetes y patologías oculares

Galdós era diabético—lo cual suponía un factor negativo--.Además, su organismo estaba afectado de una patología de gran complejidad que afectaba a los ojos de modo inexorable. Galdós ya trataba de ocultar su situación de la incipiente ceguera a los cuarenta años. Cuando Clarín le solicitó datos para una semblanza resolvió el trance con una evasiva: “Como usted ve, nada de esto merece que se le cuente al público; se lo digo por carecer de otras noticias de más valor, o porque las de verdadero interés son de un carácter privado y reservado, al menos por ahora y en algún tiempo” Es probable que en su respuesta incluía el problema de la ceguera y las incidencias de su vida amatoria que discurrían por el arroyo.

Autores diversos como Rafael de Mesa, Berkowitz y otros muchos, se han referido a la ceguera de Galdós con diversas versiones, pero hasta el monumental e imprescindible libro de Pedro Ortiz Armengol, 'Vida de Galdós', en 1995, no disponemos de un comentario más preciso de este hecho.

Hacia sus sesenta años, Galdós comenzó a tener dificultades con la vista difíciles de conllevar que ocultó a su familia para seguir trabajando afanosamente, hasta que el “ojo clínico” del doctor Marañón, que seguía visitándole como entrañable amigo, alertó a su sobrino Hurtado de Mendoza de tan delicada circunstancia. El doctor Tolosa Latour, médico de cabecera, aconsejó la operación inmediata de las cataratas. Don Benito aún trató de prorrogar una situación que resultó insostenible en 1911. Don Manuel Márquez, catedrático de Oftalmología de la Universidad de Madrid, efectuó la operación en el domicilio, calle de Alberto Aguilera, del ilustre paciente. Refiere Ortíz Armengol que “el operador encontró al hacer la incisión, que el globo del ojo era muy grande, así como el cristalino, lo que no hizo posible la extracción completa, sino por partes”, quedando la catarata en posición que impedía ser extirpada en su totalidad.

Aunque el ojo izquierdo de Galdós estaba más en peligro de infección que de ceguera, continuó fumando tabaco fuerte, de hoja y se quitaba el vendaje

Se dijo entonces que el caso ocurre una vez entre mil. Aunque la oftalmología de la primera década del siglo XX tenía ciertas limitaciones, el doctor Márquez era un notable clínico, lo cual no siempre está implícito ser un gran cirujano. Parece que esa habilidad para el arte quirúrgico le asistía en mayor medida a su mujer, Trinidad Arroyo, notable oftalmóloga. Y aunque el ojo izquierdo de Galdós estaba más en peligro de infección que de ceguera, Galdós continuó fumando tabaco fuerte, de hoja y se quitaba el vendaje. Su situación generaba nuevos problemas: no soportaba la oscuridad, ni el aislamiento que le imponía su comunicación directa con sus amoríos mediante cartas, teniendo que supeditarse a la mediación de su criado Victoriano y del inefable Paco, que le servía de amanuense para continuar la obra en marcha.

Monumento en El Retiro

El dolor de sombríos pensamientos sería mitigado por la generosa intervención de Serafín Álvarez Quintero y el periodista Emiliano Ramírez Ángel, como promotores de un monumento a Galdós por suscripción popular, realizado por el escultor vanguardista Victorio Macho. Para su ejecución alquilaría este un estudio en el Paseo de Extremadura donde “el abuelo”, así llamado por el escultor, acudía a posar en su cochecito de caballos, llevado por el criado Paco. La última salida de don Benito fue para asistir a la inauguración de su estatua sedente en el parque del Retiro, en enero de 1919, donde recibió el gran homenaje de escritores y artistas, así como del pueblo de Madrid.

Galdós, sentado, en la inauguración de su estatua en El Retiro
Galdós, sentado, en la inauguración de su estatua en El Retiro


1920 se presentó aciago para el glorioso escritor, por la amenaza de la uremia y la presentación de una crisis cardiaca. Velaban al enfermo durante varias noches, su sobrino Hurtado de Mendoza y Rafaelita González, hija del torero Machaquito, ahijada de Galdós. Producida su muerte, llegaron de inmediato su hija doña María con su marido don Juan Verde, Victoriano Moreno, Mesa y pocos más. El doctor Marañón embalsamó a Galdós, ayudado por su ayudante Bonilla haciendo llamar a Victorio Macho para que hiciera la mascarilla, que no llega a hacer por respeto al maestro, aunque dibujó una cabeza del finado que al verlo Marañón comentó: ”Es un perfil asombroso. Todavía parece que don Benito tiene la oreja caliente.”

Lo recordaba Victorio Macho, emocionado, en su estudio de Toledo, mientras el doctor Marañón posaba para una estatuilla sedente.

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