Historia

La tradición familiar de la casa Borbón: exilios, renuncias y abdicaciones

A Isabel II la echaron del trono y recaló en París, su nieto, Alfonso XIII, se tuvo que marchar y se instaló en Roma. Su hijo, don Juan, también vivió en el exilio. Ahora es Juan Carlos I

Foto: Isabel II, Alfonso XIII y Juan Carlos I.
Isabel II, Alfonso XIII y Juan Carlos I.

Cuando un joven Alfonso XIII de 17 años fue coronado como rey de España, su abuela, que había reinado como Isabel II, no pudo acudir al acto. Se encontraba en el exilio de París. Nadie la echó de menos. Setenta años después, en la proclamación como rey de Juan Carlos I, nieto de Alfonso XIII, el que no estuvo presente fue su padre, Don Juan de Borbón, que también se encontraba en el exilio, en este caso en Portugal.

Fue aún más irregular, porque Don Juan no había abdicado en su hijo ni renunciado a sus derechos sobre la corona, lo haría tres años más tarde. Tampoco le importó a nadie el detalle dinástico: con Don Juan o sin él, el elegido era Juan Carlos, así lo había decidido el dictador Francisco Franco saltándose la línea sucesoria. Lo legitimó el pueblo español con el referéndum en 1978 de la actual constitución.

El mayor periodo de estabilidad monárquica lo ha representado Juan Carlos I, pero ha salido por la puerta de atrás, siguiendo la tradición familiar

A Isabel II la habían echado del trono en 1868, recaló en París acogida por Napoleón III, quien se proclamó sucesor en Francia del mismo Napoleón Bonaparte que le había robado la corona al padre y abuelo de Isabel II: Fernando VII y Carlos IV. Alfonso XIII, nieto de Isabel. tuvo que exiliarse en 1931 y tras París acabó en Roma. Su hijo y designado sucesor en la línea dinástica por el propio Alfonso XIII, Don Juan de Borbón, perdió la corona estando también en el exilio tras la Guerra Civil. Fijó su residencia en Estoril, Portugal. El único que murió en España siendo rey fue Alfonso XII, hijo de Isabel II y con un reinado breve e inusualmente estable de 11 años: falleció a los 26 por una tuberculosis y no conoció ni siquiera a su hijo Alfonso, que también sería rey. Vivió toda su infancia fuera del país.

Repúblicas, dictaduras y reyes

La realidad es que el mayor periodo de estabilidad monárquica de los dos últimos siglos en España lo ha representado precisamente Juan Carlos I, pero al final ha salido por la puerta de atrás siguiendo el ejemplo de la mayoría de sus parientes, una tradición familiar. No parece que haya tregua con una familia y una institución que ya desde el esperpento patético de las abdicaciones de Bayona de Carlos IV y Fernando VII en favor de Napoléon, ha sido convulsa. Carlos y Fernando también vivieron el exilio. Solo Alfonso XII se libró del amargo destino de la renuncia. Tuvo uno peor: la enfermedad y la muerte.

Alfonso XII y María Cristina.
Alfonso XII y María Cristina.

En España en los dos últimos siglos ha habido dos repúblicas, dos dictaduras y dos restauraciones monárquicas. Todas muy distintas pero con un elemento en común: la casa real se vio envuelta en todas ellas de una forma u otra. Abolido el Antiguo Régimen con la muerte de Fernando VII, que juró la constitución de las Cortes de Cádiz de 1812 y luego la traicionó, el modelo de monarquía parlamentaria generó tensiones políticas suficientes para dar al traste al menos dos veces más el intento. Isabel II, después de vencer en las dos guerras carlistas, perdió en cambio el favor de una gran parte del ejército y de los partidos.

A la Gloriosa de 1868, que depuso a Isabel II le siguió el sexenio: otro rey, Amadeo I de Saboya, al que también echaron y una efímera I República

Los generales Serrano, Prim y el almirante Topete, urdieron su derrocamiento con el Pacto de Ostende. A La Gloriosa de 1868, que depuso a Isabel II le siguió un errático sexenio democrático: otro rey, esta vez extranjero, Amadeo I de Saboya, que también tendría que salir del país y una efímera Primera República que terminó cuando otro general, Martínez Campos, dio un golpe de estado para la restauración monárquica en la figura de Alfonso XII. La alternancia en el gobierno de Sagasta y Canovas del Castillo proporcionó cierta estabilidad al país, primero con él en el trono y después con la regencia de su mujer Maria Cristina. Alfonso XIII siguió el modelo impuesto por sus mayores, pero tenía además otras ideas.

El pecado del rey

La peor de ellas fue la de autorizar y sumarse al golpe de estado del general Miguel Primo de Rivera en 1923. Rompió la nueva deriva parlamentaria y acabaría de hecho haciendo y deshaciendo él mismo los gobiernos. Descabalgado el general Primo de Rivera en 1930, Alfonso XIII recurrió a otro general, Dámaso Berenguer, que había sido antes expulsado del ejército por su responsabilidad en los sucesos del Desastre de Annual. En medio de una crisis financiera mundial por el crack del 29, Ortega y Gasset denunció el "error Berenguer" por parte de Alfonso XIII. Se refería a las elecciones del monarca, al "borboneo" en el gobierno, que se deshacía con un déficit desbocado y una crisis monetaria. Al final, el descrédito de la institución hizo mella en el rey cuando en las elecciones municipales de 1931, a pesar de que en todo el país habían ganado las candidaturas monárquicas, en todas las grandes ciudades lo habían hecho las republicanas. El país estaba dividido. Alfonso se fue por su propia voluntad el mismo día siguiente:

"Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo (...) Soy el Rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil. No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuenta rigurosa"

Proclamación de la II República
Proclamación de la II República

Al final hubo Guerra Civil, durante la cual un jovencísimo don Juan de Borbón trató de sumarse al alzamiento y luchar en ese bando. Aunque aún no había sido designado sucesor por su padre, se llevó un rapapolvo del mismo Franco que rechazó su propuesta. Ya como aspirante a la corona, el círculo monárquico de los generales vencedores de Franco le exigieron que restaurara la monarquía primero, y ante su negativa, urdieron tímidos complots que murieron sin mayor relevancia. Franco recordó a don Juan su pasado con los nacionales en una carta: "Precisamente V.A. pareció comprender esta necesidad [los principios del Movimiento] cuando dejándose llevar de su hacer natural y siguiendo el impulso de la juventud española se presentó a combatir en nuestras filas a raíz de nuestro alzamiento, vistiendo camisa azul y tocándose con la boina roja" -J. Palacios, 'Las cartas de Franco' (La Esfera).

La solución Franco

En medio de la conspiración del exilio que se había concretado con el Manifiesto de Lausana, don Juan acabó cediendo ante Franco y se pactó, en la célebre reunión en el yate Azor, la educación en España de Juan Carlos. Durante años se insistió en que los reyes exiliados pasaron penurias económicas. Sobre Isabel II, el ministro de Hacienda dijo que se habían llevado hasta las joyas de la corona -que eran patrimonio nacional-. Alfonso XIII dejó España con un gran fortuna en diversos bancos de Suiza y París y vivió sin ninguna estrechez, su hijo don Juan, del que a menudo se decía que le invitaban sus amigos monárquicos, heredó a su vez una cierta fortuna de su padre. La imagen de una casa real pasando apuros económicos en un país extranjero es falsa. Juan Carlos I, tuvo ya que renunciar a la corona en favor de su hijo por los diversos escándalos de la Casa Real, especialmente su viaje a Botsuana y mas aún las sombras del caso Noos que le llevaron a abdicar. No ha sido suficiente, la presión mediática por las investigaciones judiciales sobre su patrimonio han sido la puntilla: al final ha tenido que salir del país, siguiendo la tradición.

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