Arte

Los Uffizi se rinden a Chiara Ferragni: ¿mató Instagram a la Cultura?

No es el único caso. También Christian Gálvez comisarió una exposición sobre Leonardo Da Vinci en la Biblioteca Nacional o Beyoncé y Jay-Z rodaron un videoclip en el Louvre

Foto: Chiara Ferragni delante de 'El nacimiento de Venus', de Boticelli
Chiara Ferragni delante de 'El nacimiento de Venus', de Boticelli

Supongo que aquellos que dicen que la cultura es un bien de primera necesidad están pensando en el perentorio (y cuando menos cuestionable) desamparo institucional que sufren diversos países, entre ellos España; o en la precariedad en la que vive constantemente el medio cultural, cuyos trabajadores, en algunos casos, rozan la muerte por asfixia; o en todas esas condiciones lamentables a las que ahora viene a sumarse el entrometimiento cada vez más frecuente de las redes sociales.

No es nuevo, pero el fenómeno está cogiendo cuerpo a lo largo y ancho del mundo de manera alarmante. La última noticia, de rugiente actualidad, nos llega desde Florencia. Hace unos días, la Galería de los Uffizi, el museo más importante de la ciudad y uno de los más visitados del mundo, decidió invitar a puerta cerrada, en compañía nada menos que de su director, Eike Schmidt, a la celebrity italiana Chiara Ferragni, que a pesar de estar considerada en el mundo como una empresaria de éxito y una estrella del marketing global, es a la historia del arte lo que Las Vegas al buen gusto, un auténtico accidente del que todos podríamos prescindir sin ver alteradas nuestras vidas.

El suyo es un negocio que genera cuantiosos dividendos, pues algunos rumores sostienen que cobra más de cincuenta mil euros por cada publicación que cuelga en sus redes sociales

Al parecer, el suyo es un negocio que genera cuantiosos dividendos, pues algunos rumores sostienen que cobra más de cincuenta mil euros por cada publicación que cuelga en sus redes sociales. La visita no se ciñó al itinerario artístico, sino que la bloguera no dejó escapar la oportunidad y se hizo una estupenda sesión de fotos para 'Vogue Hong-Kong'. A su vez, cómo no, el museo decidió aprovechar para tirar la casa por la ventana y la comparó —no cuesta nada, pensarían— con el paradigma estético de la belleza delante del 'Nacimiento de Venus' de Botticelli. Inmediatamente se formaron dos bloques diferenciados: los que se indignaron con una medida que juzgaron inadmisible y los que siguen considerando que enriquecer un museo a cualquier precio es algo razonable e incluso inteligente. Sin embargo, el debate que ha despertado en Italia va mucho más allá de una simple cara bonita con la que satisfacer la demanda de millones de seguidores en Instagram. "¿Es justo, sensato, inteligente que la Galería de los Uffizi ponga todo su arte y su historia al servicio de Chiara Ferragni?", se pregunta en 'Il Fatto Quotidiano' el historiador del arte Tomaso Montanari, que no duda en recordar que el código de Bienes Culturales (algo similar a nuestro Ministerio de Cultura) prescribe que las instituciones culturales no pueden estar destinadas al uso incompatible con su carácter histórico o artístico.

Christian Gálvez, comisario de la exposición 'Leonardo da Vinci: los rostros del genio'. (Mediaset)
Christian Gálvez, comisario de la exposición 'Leonardo da Vinci: los rostros del genio'. (Mediaset)


Lo más dramático, aunque con visos de tragedia, es que la utilización indiscriminadamente lucrativa del patrimonio cultural está ofreciendo un modelo de gestión sostenible que, no contentándose con prostituir la cultura en beneficio de las marcas o las celebrities, está calando en cientos de instituciones públicas de prestigio (un prestigio que algunos considerábamos ingenuamente innegociable) y cada vez con mayor frecuencia de un modo feroz. Las hemos conocido de todos los colores. La desafortunada injerencia de Christian Gálvez en la Biblioteca Nacional de España con una exposición sobre Leonardo da Vinci por la que todavía hoy seguimos esperando una explicación convincente; o la excéntrica y chabacana del cantante Justin Bieber cuando decidió alquilar el Vaticano por 20.000 euros para visitarlo enteramente vacío, en exclusiva para él, y que acabó jugando un rato con una pelota en el Belvedere vaticano, junto al nicho del Pignone; o aquella “espectacular” de Beyoncé y Jay-Z para rodar un videoclip en el Museo del Louvre, a los pies de la Victoria de Samotracia.

No veremos a ningún colectivo firmar un manifiesto que denuncie esta realidad, ni tampoco a ningún responsable detener la caja registradora del vil metal. No veremos de nuevo, y qué lástima, una respuesta grandiosa como aquella que dio en 2017 Dimitris Pantermalis, entonces director del Museo de la Acrópolis de Atenas y hoy todavía presidente de dicha institución, a la firma de moda Gucci, rechazando (dicen los rumores) dos millones de euros por 900 segundos de fotografías con el Partenón de fondo. "El valor y el carácter de la Acrópolis es incompatible con un evento de este tipo", fueron sus palabras. Algunos considerarán que dejó escapar un buen dinero; otros pensamos que fue una lección de ejemplaridad al mundo.

Es un modelo de gestión sostenible que, no contentándose con prostituir la cultura en beneficio de las marcas o las celebrities, está calando en cientos de instituciones públicas de prestigio

Volviendo a Florencia, ellos conocen muy bien el problema porque han tenido que vivir con él con una nefasta familiaridad, especialmente en el Ponte Vecchio, donde se recuerdan algunos acontecimientos bochornosos: en 2007 el modista Roberto Cavalli organizó un desfile para presentar la nueva colección primavera-verano, y en 2014, Matteo Renzi, entonces alcalde de la ciudad, lo cerró durante tres horas para brindar un aperitivo exclusivo a los ejecutivos de Ferrari. La gente no dio crédito, evidentemente. Pero tampoco el caso de la Ferragni es nuevo. Aunque esto no saltó a la prensa, unas semanas antes de la influencer de Cremona, los Uffizi ya lo hicieron con otra instagramer de veintipocos años, una estudiante universitaria, a puerta cerrada, con el debido privilegio; y el Museo dell’Opera del Duomo, el organismo que gestiona la catedral de Santa Maria del Fiore y el Baptisterio de San Giovanni, probablemente la institución museística más prestigiosa de la ciudad, también hizo lo propio con otros dos jóvenes influencers cuyos perfiles de Instagram, idénticos, eran de una elocuencia devastadora: «travel, food, style». Me imagino que es en esto en lo que están pensando —cómo no haberlo sabido antes— los que siguen creyendo que la cultura es un medio de primera necesidad.

Nosotros hoy asistimos a algo muy parecido, aunque más peligroso, pues mientras en las redes sociales se impone la indignación y la impotencia al ver cómo un museo frivoliza con la obra de un icono universal como Sandro Botticelli equiparándolo a una simple influencer (o pone en venta el patrimonio, o alquila un espacio público o cierra palacios enteros para fines privados), no nos estamos dando cuenta de que el problema más importante no es el uso y abuso de una imagen —en este caso la del museo—, sino la impunidad de las instituciones para disponer de sus bienes a placer, sin miedo alguno a franquear la barrera ética de la decencia, los valores culturales o la herencia histórica.

Los museos deberían blindar su autonomía y no permitir que las redes sociales, bajo ningún concepto, condicionen o dictaminen su funcionamiento

Sin embargo, hay que recordar que un museo es, sobre todo, un medio para alcanzar un fin y no un fin en sí mismo. A las preguntas de qué hace, a qué o a quién sirve o cómo va a satisfacer sus propias necesidades, hay que añadirle la primera de todas ellas: cuál es su misión. Hoy, para responder a este interrogante, muchos de ellos se lavan las manos y, en un alarde aperturista de modernidad, lanzan la pregunta “democráticamente” a su público, cosa que está dejando a su paso un asombroso reguero de indecencia que ha empezado por algunas concesiones sorprendentes (el caso de Rosa Bonheur en el Museo del Prado como punta de lanza) y ha terminado, como en el caso Ferragni pero no sólo, vendiéndose al gusto, al capricho y a la apetencia de sus seguidores. Jamás deberían hacerlo. Pues si hoy deben dirigirse a un público más amplio (sobre todo a los jóvenes, ese jugosísimo nicho de mercado que se disputan todos los sectores de la industria y que, actualmente, es el blanco más certero del turbocapitalismo), los museos deberían blindar su autonomía y no permitir que las redes sociales, bajo ningún concepto, condicionen o dictaminen su funcionamiento, su misión o su propósito. El museo es quien debe conducir y educar al público. Pero eso, al parecer, también lo estamos olvidando.

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