agotados de esperar el fin (II)

Sodoma y Gomorra en el Tajo: el terremoto que destruyó Lisboa y golpeó a la Ilustración

Como este verano es un momento de pandemia e incertidumbre, en esta serie recuperaremos algunos de aquellos momentos en los que el mundo parecía a punto de acabarse

Foto: Ilustración del terremoto de Lisboa de 1755
Ilustración del terremoto de Lisboa de 1755

No es la primera vez que una pandemia, una catástrofe natural o una sucesión de acontecimientos azarosos producen la sensación generalizada de que el mundo va a terminar o, en cualquier caso, va a transformarse radicalmente. Antes, a estos sucesos se les buscaba una explicación religiosa —la ira de Dios, habitualmente, que castigaba nuestros pecados—; ahora, más bien, se acude a la ciencia para obtener una explicación, pero la superstición sigue propagando sus mensajes confusos e histéricos. En todo caso, el mundo no se ha acabado nunca, y por lo general solo ha cambiado de manera gradual. Como este verano es un momento de pandemia e incertidumbre, en esta serie recuperaremos algunos de sus precedentes. Como el del terremoto de Lisboa de 1755.

El sábado 1 de noviembre de 1755, festividad de Todos los Santos, amaneció soleado en Lisboa. Era un día cálido para ese momento del año. Alrededor de las 9:35 de la mañana, los lisboetas empezaron a notar un traqueteo suave, como si por las calles pasaran carros pesados, que duró alrededor de un minuto y medio. Luego, un minuto más tarde, se produjo una sacudida violenta que ya provocó el pánico en toda la ciudad y duró unos dos minutos y medio. Finalmente, tras otra pausa de un minuto, se produjo la tercera sacudida, la más larga y violenta de todas. En menos de diez minutos, la mayoría de las iglesias se desmoronaron sobre las cabezas de los fieles que acudían a misa, el 80 por ciento de las casas quedaron destruidas. Había incendios por todas partes. Alrededor de las 10:00 se inició un maremoto que arrasó el puerto, donde mucha gente se había refugiado huyendo de los cascotes. A las 11:00 empezaron las réplicas. Lisboa había quedado arrasada. Era una destrucción bíblica, como la de Sodoma y Gomorra. Y, como esta, podía parecer un castigo de Dios.

Lisboa vista desde el este durante el terremoto. Fuegos exagerados y efectos de daños (grabado en cobre, Países Bajos, 1756).
Lisboa vista desde el este durante el terremoto. Fuegos exagerados y efectos de daños (grabado en cobre, Países Bajos, 1756).

El terremoto procedía del océano Atlántico y se sintió físicamente en buena parte de Europa y en el norte de África. En España, lo hizo sobre todo en Cádiz. En total, se cree que murieron alrededor de 50.000 personas. Pero en Portugal la destrucción de la capital, y de parte del Algarve, también tuvo unos efectos políticos y económicos devastadores. Lisboa todavía era el centro de un imperio que abarcaba buena parte de América del Sur y algunas zonas de África y Asia, pero el terremoto aceleró su declive. Se calcula que este destruyó un 40 por ciento de la economía portuguesa.

El rey José I, que estaba fuera de la ciudad en el momento del desastre, desarrolló una claustrofobia súbita y sería incapaz de vivir bajo un techo sólido durante el resto de su vida; por miedo a nuevos desmoronamientos, hizo construir en las afueras de la ciudad un complejo de pabellones y tiendas donde se instalaría la corte hasta la muerte del rey. Su primer ministro, Sebastião de Melo, marqués de Pombal, también sobrevivió al seísmo y su hábil gestión de la catástrofe —“¿Qué hacemos ahora?”, se cuenta que dijo enseguida. “Enterramos a los muertos y curamos a los vivos”— le permitió no solo reconstruir la ciudad con rapidez, sino orillar a los viejos aristócratas que se habían opuesto a sus reformas inspiradas por el racionalismo y la Ilustración.

¿Todo está bien?

Pero la catástrofe de Lisboa también supuso un golpe para esa Ilustración, que era un movimiento intelectual esencialmente optimista. La revolución científica de Newton, junto con las ideas liberales y laicas, auguraban un futuro brillante, de control sobre la naturaleza y emancipación del ser humano. El terremoto de Lisboa se convirtió enseguida en un recordatorio de que eso era, por lo menos, dudoso. Immanuel Kant escribió varios textos sobre el tema. Jean-Jacques Rousseau afirmó que aquello era un ejemplo del carácter perverso de las ciudades y de la superioridad de la vida en el campo. Pero el ilustrado al que más afectó el terremoto fue Voltaire, que ya era viejo y estaba cada vez más desengañado de su propio optimismo.

Poco después de la tragedia se puso a escribir el célebre 'Poema sobre el desastre de Lisboa'. “Filósofos errados que gritáis: ‘¡Todo está bien!’: acudid, contemplad estas ruinas horribles, estos restos, estos despojos y cenizas desdichadas, estas mujeres, estos niños unos sobre otros amontonados, bajo estos mármoles rotos estos miembros dispersos; ¡cien mil desventurados que la tierra devora!” (la traducción es de Mauro Armiño y pertenece a su edición de los textos de Voltaire para la colección Penguin Classics).

Voltaire supo convertir esta desesperación en uno de los cuentos más brillantes, irónicos y lúcidos de la literatura: 'Cándido, o el Optimismo'

Sin embargo, la ira de Voltaire no solo se dirigió al optimismo de los ilustrados, sino también a la placidez de los creyentes que creían que Dios había creado el mejor de los mundos posibles, y que encontraban explicaciones aparentemente convincentes a la pregunta de por qué, si Dios era bueno, permitía expresiones del mal tan crueles. “¿Diréis, contemplando este montón de víctimas: ‘Dios se ha vengado, su muerte precio es de sus crímenes’? ¿Qué crimen, qué falta cometieron estos niños, aplastados y sangrantes sobre el seno materno?” Después, Voltaire supo convertir esta desesperación en uno de los cuentos más brillantes, irónicos y lúcidos de la literatura: “Cándido, o el Optimismo”, en el que un joven imbuido del optimismo de la época, debido a la ciencia y el providencialismo teológico, choca una y otra vez con una realidad mucho más áspera de la que le habían contado.

Mientras Voltaire escribía 'Cándido', Jacques-Philippe Le Bas, un grabador francés con cierto olfato para los gustos populares, publicó una colección de planchas titulada “Las más bellas ruinas de Lisboa causadas por el terremoto y por el fuego del 1 de noviembre de 1755”. Eran escenas en las que los cadáveres estaban ausentes y se resaltaba la belleza serena y hasta elegante de los restos de los edificios que habían quedado en pie, que hoy pueden verse digitalmente en el archivo de la Biblioteca Nacional de Brasil.

La colección de planchas tuvo un éxito enorme y contribuyó a convertir el terremoto de Lisboa en una de las noticias más comentadas en la Europa de la época. Hoy pueden parecer un poco morbosas y moralmente discutibles. Pero anunciaban el gusto romántico, que encontró en la ruina, lo decadente y lo moribundo algo inequívocamente atractivo. Más allá de la exasperación de Voltaire ante la injusticia cósmica y la ceguera del optimismo, Le Bas y sus numerosos clientes parecían creer que hasta el fin del mundo era bello en cierto sentido. Sobre todo porque, después, el mundo continuaba.

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