el azote de la aristocracia criolla

José Tomás Boves: el comandante asturiano y su 'legión infernal'

Venerado por sus tropas por su ingenio y valentía se convirtió en un verdadero caudillo y tuvo un papel fundamental en la guerra de la Independencia de Venezuela

Foto: Jose Tomás Boves.
Jose Tomás Boves.

"Pues ante Dios, más que el problema de la libertad, hay el problema del mal. Se conoce la alternativa; o bien no somos libres y Dios todopoderoso es responsable del mal, o bien somos libres y responsables, pero Dios no es todopoderoso."

–'El mito de Sísifo', Albert Camus


Muchas veces las personas utilizan la palabra “normal” como si de un certificado de calidad se tratara para igualarnos ante la aceptación del grupo en base a premisas comunalmente aceptables; grupo que nos acredita como pares homologados en un formato a su juicio razonable y que nos dispensa como si de un blindaje se tratara, un salvoconducto fiable para circular por la realidad común; y que fuera del grupo, nos convertiría en sujetos con ideas ya sea diferentes, ya sea inaceptables, ya sea censurables, o alineadas con formas de represión que otros sujetos o grupos con ideas contrarias y la fuerza suficiente convertirían en formas de pensamiento a reprimir.

La guerra es el escenario en el que se dan estas controversias en sus formas más agudas y que es el foro o altavoz ideal para manejar la demonización y el maniqueísmo más arcaico del otro o de los otros o del nuestro reflejado en los demás. Ello justifica las mayores atrocidades en mor de una razón última de más calado que es la razón de la fuerza, que por lo general es la del que tiene el arsenal con los mejores juguetes.

El concepto de maldad lo arbitra y aplica el vencedor casi siempre, retorciendo la ética y la historia como relato y legado para futuras generaciones, convirtiendo lo abyecto y el adulterio de la realidad en mito y a los engañados e ignorantes, en sus adoradores. La historia es como una tortuga gigantesca y longeva, que a veces se queda anquilosada en algún meandro del gran río que es la vida y se encasquilla en unos bucles alimentados de mentiras que por repetidas a discreción se convierten en verdades perversas y, a veces, incluso en inmortales mitos de impecable mensaje estético. Podemos citar a Goebbels o a la actual granizada de “fake news” tan de moda.

Los españoles o nos pasamos de frenada o nos golpeamos la caja torácica hasta quedarnos de pronóstico reservado

Es obvio que el que queda excluido de estos parámetros de impostada caballerosidad y altos valores prefabricados para el gusto de los paladares menos exigentes no cumple con ciertos criterios de calidad y, en consecuencia no es apto y queda descalificado para los restos. Lo que nos lleva a la conclusión de que el pensamiento propio, cuando alcanza cierto nivel cualitativo o de buen refino en la reflexión, nos da a entender que lo normal nunca es lo mismo para un espectador pasivo desde un ángulo de visión limitado que aquel otro que lo hace con un gran angular presidido por la curiosidad.

Una patata para el kilo

¿Y a cuento de qué viene esta "chapa"? En mi modesta opinión, a nosotros, los españoles, nos falta una patata para el kilo, mientras otros dicen de sí mismos que son abstemios entre trago y trago. Es lo que tiene este país, o nos pasamos de frenada o nos golpeamos la caja torácica hasta quedarnos de pronóstico reservado. No he visto una cosa igual en mi vida. Un pueblo con una historia tan brillante como la nuestra, en ocasiones, para recitar las vocales necesitamos la preceptiva colleja del maestro, un cuarto de hora para localizarlas en el alfabeto y de acompañamiento, nos rascamos el cogote para darle un poco de aliento a la enumeración no vaya a ser que salga malparida y encima, nos quedemos sin resuello.

Hay una imagen de Afrodita en un ánfora minoica con preciosas cenefas en su parte inferior amenazando a su hijo Eros con una sandalia, lo que demuestra que la “chancla” era un instrumento pedagógico de primer orden que aunque tenga su origen en la antigua Grecia ha debido de tener su época de oro en España, pues nuestras madres –hablo por experiencia propia–, la han usado profusamente como herramienta de disuasión ante la consigna impenitente de rebeldía congénita de los infantes patrios por aquello de ser portadores del gen de la desobediencia debida, algo ya observable desde el momento en que los churumbeles toman los pasillos de las casa a toda pastilla y derrapando con los típicos taca-tacas. Lo de viva la anarquía y una tía cada día, es más español que el gazpacho.

No hemos dejado de ser macacos –que me perdonen los ofendidos–, que para disimularlo nos entrenamos en el arte de mirar por encima del hombro al resto de las especies eludiendo así nuestro humilde y digno origen simiesco. Cuántos prejuicios se quedarían en pelotas, curas en el ostracismo y sin audiencia, mitologías devaluadas y dioses en paro, si usáramos la sesera para algo más productivo que tocarnos los cojoncillos, deporte nacional por antonomasia.

Utopía

Alguna vez me he preguntado por esa Utopía de un país unido con un claro propósito común y una voluntad férrea para conseguirlo; pues sí, eso ocurrió en la época de las Austrias cuando éramos una monarquía federal y nos poníamos el mundo por montera. Pero ha llovido mucho y aquello es solo un recuerdo que como la energía térmica acaba disipándose en la nada.

José Tomás Boves desarrolló sus habilidades en la agitada Venezuela. Realista de oficio, su máxima era primero España, luego, él mismo

Pero no hay verdad más perdurable que aquella que logra desgarrar nuestra anestesiada conciencia, en detrimento de la más cómoda, esa que anhela halagarnos para seguir instalados en nuestra placentaria zona de confort. Lo de engañar a los chinos ha tenido un efecto boomerang; ahora, nos engañamos como chinos y pasamos por ser uno de los pueblos más felices del mundo. Vamos, que la autosugestión funciona que da gusto.

José Tomás Boves puede ejemplificar lo antedicho. Fue un comandante español que desarrolló sus habilidades en la agitada Venezuela cuando se iniciaba el siglo XIX. Realista “de oficio”, estaba más en la línea republicana propuesta por los invasores franceses en la península o lo que es lo mismo, un discreto afrancesado en tierras americanas; pero entendía que la prioridad era salvar la presencia de España en aquellas latitudes y por ello y dejando de lado sus principios políticos, antepondría su responsabilidad como uniformado ante su ideario; o sea, primero, España, y luego uno mismo. Algo parecido a lo que dijo el llorado John Fitzgerald Kennedy antes de que le dieran el pasaporte a la eternidad.

Este comandante podría obedecer a los criterios anteriormente descritos y era en sí mismo un verso suelto en aquel guirigay bélico en el que los realistas se batían en una desproporción desoladora ya no solo contra un enemigo local apoyado y financiado por Inglaterra a través de mercenarios, sino que entre sus propias formaciones, los criollos aventajaban en una proporción de cuatro a uno a los soldados peninsulares.

Mientras en la península se libraba la independencia de la nación a vida o muerte, al otro lado del océano no llegaban los recursos necesarios para enfrentar aquel alzamiento fomentado por las clases acomodadas locales debidamente engrasadas en su reivindicación de independencia de la metrópoli por grandes cantidades de dinero inglés que fluía como el maná, pues los anglos siempre tuvieron un enorme interés en fracturar el continente americano por la zona de la actual Panamá, en aquel momento parte de la Gran Colombia bolivariana o del Virreinato de Nueva Granada. Entonces, el comandante Boves cogió su fusil.

Al otro lado del océano no llegaban los recursos necesarios para enfrentar aquel alzamiento

Boves era un excelente oficial que mimaba al máximo a los suyos, su tropa le veneraba por sus probadas capacidades tácticas y su abrumador ingenio. Era como un dios mitológico que hacia milagros con los pequeños mimbres de que disponía y multiplicaba la munición, los fusiles, entrenaba de una forma muy particular a sus soldados criollos –en este caso los famosos llaneros venezolanos– una horda en el mejor sentido de la palabra-, a los que se habían unido cerca de 3.000 esclavos sublevados.

En medio de esta ingente masa de bravos combatientes, los oficiales peninsulares y criollos no sumaban más de cuarenta efectivos en el mando. Cabe deducir que el prestigio de Boves era ilimitado entre los suyos y la fe en el caudillo español casi mesiánica. Entrenó a su infantería con las clásicas formaciones en orden cerrado configuradas por dos o tres escalones de fusileros que descargaban su mensaje letal por turnos ya fuera rodilla en tierra, cuerpo a tierra o de pie una vez recargada el arma, inevitablemente aquella locura acababa casi siempre en el clásico cuerpo a cuerpo.

Boves era un excelente oficial. Su tropa le veneraba por sus capacidades tácticas y su ingenio

Asimismo Boves usaba puntualmente la formación cerrada o en cuadro, como medida defensiva frente a las cargas de caballería del adversario. Independientemente de los usos convencionales de las tácticas habituales, la formación en orden abierto era una opción de combate de las unidades de élite ya fueran estas de tiradores, francotiradores apostados en la foresta o cazadores de oficio que se desplegaban en un área determinada para tirar a discreción en terrenos boscosos o agrestes, medio este en el que los llaneros de Boves se movían como pez en el agua. La caballería tenía un escaso protagonismo y la misión fundamental era la del choque o persecución, y puntualmente, misiones de exploración.

Boves armó una herramienta de combate altamente motivada y con un nivel de entrenamiento y fidelidad pocas veces visto en la historia militar. Si un soldado iba en angarillas, su uniforme le abrigaba. Si faltaba comida, se pagaba a los campesinos y no se les expropiaba. Si alguien caía enfermo se le ponían unas monedas en el bolsillo para tirar un rato. Así funcionaba este uniformado.

Su talante y talento en combate

Su temeridad y crueldad eran inauditas y con esas credenciales consiguió que el ejército de Bolívar deshiciera lo andado. La sucesión de batallas perdidas por los ejércitos del caudillo alzado contra España en uno de los momentos más débiles para nuestra nación llegó a hacerse insoportable. El de Boves era un ejército fantasma donde el camuflaje del soldado y los convoyes de abastecimiento pasaban desapercibidos para los exploradores adversarios. Golpeaban y desaparecían para volver a golpear. Eran el karma, la Némesis de los sublevados.

Este movimiento inspirado por Boves nacería en el departamento de Guarico, en la ciudad de Calabozo, y en puridad, era más una guerrilla que otra cosa más seria. José Tomás Boves y Francisco Tomás Morales, su segundo y fiel amigo, se apoderaron de la cuenca del Orinoco en un abrir y cerrar de ojos empujando y despachando sin miramientos durante más de 1.000 kilómetros –que se dice pronto– a Simón Bolívar y sus huestes. Acabaría con la Segunda República antes de la llegada de la expedición peninsular de Morillo.

Tras la muerte de su mujer e hijos sufrió un cambio radical y se volvió insólitamente cruel. Arrasó ciudades hasta los cimientos

Pero Boves sufriría un cambio radical tras las muertes de su mujer e hijos a manos de una turba enardecida que los lincharía de mala manera por un supuesto rumor por el que se le asociaba con el adversario, algo totalmente infundado. La mutación devino en una insólita crueldad exacerbada por un cambio de personalidad eyectado hacia el abismo.

Arrasaría hasta los cimientos ciudades de entidad como Valencia, Petare, Cumaná, Barcelona, etc. Sus hombres estaban endemoniados no solo por una idea motriz que solo servía de excusa para crear situaciones espantosas, pues pasaron a la historia como la "legión Infernal"; mas cuando llegó a Caracas detuvo la más que previsible degollina y saqueo. Quizás, le entró el Síndrome de Aníbal cuando a las puertas de una Roma indefensa, decidió tomar las de Villadiego. Boves, como Bolívar, siempre tuvo claro el propósito final de fundar su propia república en Venezuela. Cuando ya era consciente de la aproximación de la expedición pacificadora, elaboró un plan de ataque según fueran desembarcando las tropas realistas de refuerzo; algo de lo que dan fe las crónicas del Presbítero Llamozas.

Pero todo toca a su fin

Los gallos alborotados anunciaban la llegada del fatídico día. A la distancia, se veían los estandartes de la Legión Infernal moviéndose con la brisa fresca de las primeras luces del alba zarandeando el bajo monte y de las plantas, el rocío matutino. Cerca de cuatro mil patriotas venezolanos aguardaban con temor reverencial la carga al primer toque de corneta. Al otro lado, otros siete mil al mando de Boves y el canario Morales amenazaban con aplastar a aquellos desgraciados que objetivamente luchaban no por un ideal patriótico sino para ser esclavos como siempre del amo cambiante y de la precariedad y la miseria, pues si algo tienen de cierto las promesas de los políticos es que no tienen memoria ni las primeras ni los segundos.

Murió un cinco de diciembre. Un capitán sublevado de los bolivarianos le atravesó el pecho en un combate desigual

En medio de aquel desigual combate, un capitán sublevado de entre los bolivarianos le atravesaría el pecho en medio de una melé de carne humana envuelta en alaridos de muerte. Los desamparados de los llanos y toda una legión de pobres de solemnidad se quedaron huérfanos en un abrir y cerrar de ojos. Boves, un asturiano pelirrojo de porte colosal, piloto de altura licenciado en la escuela de Gijón, soldado donde los haya, fenecía en un gran charco de sangre en medio de un gigantesco tumulto, mirando un nítido cielo azul en el que acabaría diluyéndose su controvertida memoria y legendarios hechos de armas.

Era un cinco de diciembre en Urica donde expiró este discutido militar al que se le atribuyen atrocidades sin cuento a la par que cualidades excepcionales como estratega. Ambos, Bolívar, y él, se enzarzaron en un círculo infernal en la famosa espiral de la llamada “guerra a muerte”. Lo consiguieron sobradamente, la contabilidad de los cronistas más recatados eleva a cerca de 250.000 los fallecidos en aquel despropósito (hambre y epidemias incluidas) allende el Atlántico.

¿Para qué?

Sabe Dios si es que sabe algo.

Epicuro en uno de sus innumerables ataques de lucidez decía que:

¿Si Dios está dispuesto a prevenir la maldad (la locura de la guerra) pero no puede? Entonces no es omnipotente. ¿No está dispuesto a prevenir la maldad, aunque podría hacerlo? Entonces es perverso. ¿Está dispuesto a prevenirla y además puede hacerlo? Si es así, ¿por qué hay maldad en el mundo? ¿No será que no está dispuesto a prevenirla ni tampoco puede hacerlo?

Este ciclo de vida y muerte, de creación y destrucción, me da la impresión de que se le ha escapado de las manos al altísimo –y lejanísimo– probable autor de este desaguisado. Millones de años después, nada nuevos bajo el sol. Venezuela sigue igual.

Alma, Corazón, Vida

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