HISTORIAS DE LA CORONA DE CASTILLA

Catalina de Lancaster, una reina castellana de armas tomar

Una mujer que no pisaba, sino que levitaba, una diosa terrenal que decidió padecer un tránsito existencial para darnos algo de aliento a los mortales

Foto: Sepulcro de la reina Catalina de Lancaster en la capilla de los Reyes Nuevos de la catedral de Toledo. (Wikipedia)
Sepulcro de la reina Catalina de Lancaster en la capilla de los Reyes Nuevos de la catedral de Toledo. (Wikipedia)

'Di, ¿por qué acequia escondida, agua, vienes hasta mí, manantial de nueva vida de donde nunca bebí?¡

–A la memoria de Antonio Machado.

Una de las ventajas de ser mujer es poder cruzar las piernas sin aplastarse el cerebro. Esta frase hay quien se la adjudica a Claudia Cardinale, la belleza más arrogante, impactante y mortífera (era una tía de infarto) que recuerdo, con un halo de divinidad y azote visual para los sentidos que a los chavales de la época nos dejaba en trance, levemente bizcos y algo turulatos. Yo, que con quince añitos andaba un poco “mareao” con los asuntos propios de la edad y con las colisiones teológicas que nos metían a capón en el endocráneo, por lo que dejé de ser ateo como por arte de magia y sin necesidad de que me arrearan collejas con la Biblia, el catecismo y otros pérfidos sucedáneos, comprendí ipso facto con cierta desviación herética que Dios era mujer y los hombres, unos malandrines perenganas en busca de la identidad perdida tras el esperpéntico asunto de la expulsión del paraíso.

Y luego, claro, así de soslayo, se presentó un tal Milan Kundera a rematar de cabeza y a pegarnos un viaje navajero con su voz atronadora a la vera del pabellón auditivo con aquella reflexión que decía en 'La insoportable levedad del ser' que “amarrar el amor al sexo ha sido una de las ocurrencias más extravagantes del creador” o de sus exégetas vaticanos y especímenes similares; que para interpretar a estos intérpretes hay que tomar sobredosis de biodraminas, so pena de acabar con el cuello como un amortiguador de camión.

Su genealogía es pródiga en esa sangre que se ha dado en llamar "azul", a diferencia del resto de los mortales que la tienen mate

Dicho esto, pienso que los españoles estaríamos en la misma categoría que los lacónicos y los estoicos, especies ambas que merecen que se les vinculen filosóficamente, lo cual, desde mi punto de vista, es un deber histórico moral ineludible, porque anda que somos masoquistas pues nos va la fusta del no querer saber - la peor de las ignorancias- un rato.

Y ocurrió que la bella Catalina, una diosa “comme il faut”, se apuntó a lo del sexo como mal menor en una salida política pactada para evitar una movida mayor y se lo montó con su imberbe primito. Y esto viene a colación porque el inmenso galimatías dinástico que se formó allá por los albores del siglo XV da para varios capítulos del género rosa, del negro y también del marrón; y digo del marrón, porque fue el que le cayó a la bellísima, inteligente y nacarada Catalina de Lancaster, una mujer que no pisaba, sino que levitaba, otra diosa terrenal que había decidido padecer este tránsito existencial para darnos algo de aliento a los mortales y recuperarnos del susto de vivir.

Un retablo de Catalina de Lancaster. (lasoga.com)
Un retablo de Catalina de Lancaster. (lasoga.com)

Su genealogía es pródiga en esa sangre que se ha dado en llamar “azul”, una especie de salvoconducto protector para no hollar el mundo de los mortales y que suele conferir ciertas licencias que acaban convirtiéndose casi siempre en derechos, que al común de los terrícolas nos deja boquiabiertos por la discriminación que supone el tener la sangre rojo mate. Por el lado paterno a esta criatura celeste le tocó ser la nieta favorita del rey Eduardo III de Inglaterra y por la parte materna, fue asimismo nieta del malogrado rey Pedro I de Castilla, que palmó arteramente en Montiel.

Para más abundamiento en el algoritmo regio, sería hermana del rey Enrique IV de Inglaterra y de paso, abuela de una de las figuras clave de la historia de España, Isabel la Católica. Vamos, que la criatura rebosaba realeza a raudales, era bella hasta la saciedad, de inteligencia inmediata y arrolladora y más blanca que una colada hecha a 60º con Perlan.

Pero el caso es que las cosas estaban algo revueltas y no pintaban demasiado bien, pues Castilla se había convertido en un cenagal en lo tocante a legados hereditarios y hacía falta mucha imaginación para que las aguas volvieran a su cauce. El contencioso entre el mal llamado Pedro el Cruel y su hermanastro Enrique II de la dinastía Trastámara había llegado hasta el punto de que el segundo lo mataría a traición de mala manera, ensuciando posteriormente con una historia paralela realizada por cronistas muy poco imparciales a base de “fake news” el buen nombre de este, manipulando la verdad, pues se sabe a ciencia cierta que era un rey muy querido por el pueblo, defensor de los débiles y azote de los nobles; en definitiva, un buen hombre y un buen monarca.

Cuando la cosa no parecía tener solución, se urdió el Tratado de Bayona en el que Catalina se casaría con su primo Enrique de Trastámara

Catalina sería educada con esmero en su propia casa de Hartford -a tiro de piedra del estuario del Mersey y cerca de Northwich-, con unos conocimientos humanistas que para sí quisieran muchos de los embrutecidos caballeros de la corte. Como heredera que era de la Corona de Castilla por inextricables y complejos cruces sanguíneos (el recuerdo del asesinado Pedro I “el Cruel” gravitaba por ahí todavía) presentó credenciales en la política castellana cuando su padre Juan de Gante reclamó sus derechos al trono, para lo cual organizaría una expedición con la ayuda de Ricardo II de Inglaterra, a la sazón rey de su ínsula, el cual desembarcó en La Coruña hacia 1386 con cara de Drácula y con ganas de hacerse con el cetro por las buenas o por las malas.

Cuando la cosa parecía no tener solución, para que no llegara la sangre al río y acabar de paso con el conflicto por la vía rápida, se urdió el Tratado de Bayona, en el que Catalina de Lancaster contraería nupcias un día de otoño del año de 1388 con su primo Enrique de Trastámara (mientras la Iglesia de Roma se hacia la manicura por aquello de las inconveniencias de la consanguinidad) desapareciendo así las tensiones previas como por arte de magia sin obviar el trabajo de tramoya de la diplomacia de ambos bandos que tenían mucho que perder; uno recién salido de una guerra civil y exhausto, el otro con un pequeño ejército de mercenarios en un país desconocido.

Este enlace acabaría con el conflicto dinástico entre los descendientes de Pedro I y Enrique II de Castilla, consolidando a la Casa de Trastámara y la paz entre Inglaterra y la Corona de Castilla, pues mientras los castellanos (que no eran unos angelitos precisamente) se habían dedicado a incendiar las ciudades costeras del sur de Inglaterra y a arramplar con todo lo que pillaban mediante saqueo (incendio del puerto de Londres, Gravesend, Plymouth, Brie, Southampton, etc.) los ingleses, que no eran mancos, para hacerles la puñeta, se dedicaban a capturar las naves castellanas en direcciona a Flandes y la liga Hanseática Báltica cuando pasaban por el Canal de la Mancha.

Mientras vivió su marido Enrique III de Castilla, elemento regio que cortaba el bacalao –y algunas cabezas– con solvencia indiscutible, ella no tuvo que arremangarse para entrar en harina pues su cónyuge era un tío resuelto al que nadie osaba toserle, pero a la muerte de este, comienza a ejercer como reina regente con firmeza pasmosa. Para ello, tuvo que arrear algunos mandobles y repartir unas cuantas de esas obleas dominicales en las que los creyentes le sacan la lengua al cura –algo muy feo y de pocos modales–, contra la nobleza rebelde, pues los infantes de Aragón, progenie de Fernando I, estaban en plan montaraz.

Catalina ejerció la regencia de una forma muy hábil y sagaz tras la muerte del rey Enrique III de Castilla

De paso y para hacer horas extras, le tocó afrontar los problemas derivados de la persecución de los judíos que estaba ya en fase de anteproyecto, y tuvo que hacerse la mala ante algunos cortesanos que la miraban de reojo por sus orígenes transpirenaicos o porque estaba viuda y más rica que una ensaimada de Mallorca, y todo esto, para poder proteger a su hijo y rey Juan II, que por minoridad no tenía edad para gobernar pero que ya apuntaba maneras a la hora de levantarles las faldas a sus institutrices.

Al morir prematuramente Enrique III de Castilla en medio de un duro invierno en el año 1406 con tan solo 27 años de edad probablemente a causa de una sobredosis de sexo con su monumental esposa y tras la consiguiente pulmonía, Catalina ejerció la regencia de una forma muy hábil y sagaz tomando las riendas como si lo llevara haciendo toda la vida. Buscando los puntos de conjunción y sinergias, evitando enfrentamientos, haciendo concesiones razonables y alimentando a la vez a la Corona en potencia y capacidad decisoria, de manera que durante su regencia fortaleció el reino de manera más que notable. Su cuñado, Fernando de Antequera –más tarde rey de Aragón–, le ayudaría en este menester con compromiso y entrega.

Su muerte llegaría a la temprana edad de los 45 años debido a la "perlesía", una debilidad muscular progresiva y paralizante

Uno de los puntos en los que la reina puso mayor énfasis fue en el de la política exterior enviando emisarios altamente cualificados y manteniendo líneas abiertas para el comercio en previsión de posibles contenciosos con Portugal e Inglaterra que facilitarían una regencia de tránsito pacífico hasta que su hijo fuera mayor de edad. Pero todo llega y el protagonismo es gloria efímera y transitoria.

Hacia 1412, Fernando de Trastámara se convierte en Fernando I de Aragón, acuerdo este concertado con antelación por los magnates locales en el famoso Compromiso de Caspe. Castilla, en agradecimiento por el apoyo recibido por Aragón durante los años de regencia de esta gran reina consorte (media 185 cm la rubicunda “criatura”) financiaría literalmente el ascenso hasta la corona de su benefactor en las horas críticas del reino mesetario.

Leonor López de Córdoba, una mujer de rancio abolengo, brillante en su forma de pensar y de modos más que elegantes, sería la consejera íntima de la reina Catalina de Lancaster en su paréntesis de regencia. Leonor, una noble cordobesa hija del ajusticiado Martín López de Córdoba, un referente de la Orden de Alcántara, se había opuesto al rey Enrique II de Castilla al haberle pedido este la entrega para su posterior ejecución de los hijos huérfanos de Pedro I de Castilla, algo a lo que no accedería y por lo que pagaría caro con su propia vida.

Finada en la ciudad de Valladolid a los dos días de junio del 1418, a la temprana edad de 45 años, esta generosa y virtuosa reina fallecería de "perlesía" (una debilidad muscular progresiva y paralizante) según los cronistas de la época. En un nicho de corte plateresco con una inclinación de 15º a petición propia y la cabeza alzada sobre los pies (la reina tenía un molesto reflujo gástrico y pensaba que en el más allá también le iba a incordiar) en la catedral de Toledo, yace una de las reinas más grandes –y no por su estatura–, de la protoespaña de entonces.

Alma, Corazón, Vida

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