CONDENADOS POR LA HISTORIA

Los pueblos españoles malditos

La experiencia nos enseña que donde la cultura no clava sus raíces, algunos son capaces de fabular toda clase de cuentos que cargan sobre las espaldas de los estigmatizados

Foto: Foto: iStock.
Foto: iStock.

"Hay una línea muy fina que va de tu cielo abierto a la canción de mi vida".

- Del poeta Gonzalo Escarpa


"Debemos arrojar a los océanos del tiempo una botella de náufragos siderales para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aquí existió un mundo donde prevaleció el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad", decía en su simbólico imaginario lleno de metáforas como un inabarcable sembrado de trigo que se pierde en el horizonte antes de la recolección un tal Gabriel García Márquez.

Pero en aquellas tierras huérfanas de fantasía, donde la ignorancia discurre sin impedimentos y con renovada osadía por las mal bascularizadas mentes de los que han renunciado al pensamiento propio y se abandonan resignados e impotentes en brazos de los que nos piensan, la experiencia nos enseña que en los eriales donde la cultura no se aposenta ni irriga convenientemente, algunos mediocres avispados son capaces de fabular toda clase de cuentos para cargarlos sobre las espaldas de aquellos a los que se estigmatiza para desviar la atención sobre temas mayores. Es la macabra excelencia de la prestidigitación política.

Alejar la atención

Estas técnicas de desviación siempre han dado muy buen resultado a lo largo de la historia para crear minorías marginadas a las que se imputaba a la par la basura mental de sus acusadores para demonizarlos en beneficio de una división o enfrentamiento civil en el que el chivo expiatorio era como siempre el más débil e indefenso que para mayor regocijo de la comunidad –tan ignorante o más si cabe que sus propias víctimas– se convertían por arte de magia en poderosos castigadores y justicieros impenitentes amparados en la impunidad que a lo largo de la historia vía refrendo legal o por ausencia de leyes han causado desde terribles genocidios a holocaustos difíciles de narrar. Pues no hay que olvidar que la impunidad nace del silencio cómplice de aquellos que por cobardía han permitido atrocidades sin cuento contra gentes que solo intentaban vivir su diferencia frente a mayorías con culturas "normalizadas", cuando no directamente alienadas.

Los Pasiegos eran gentes recias y acostumbradas a una supervivencia extrema con una economía basada en la ganadería trashumante

España es un palmario ejemplo de como las minusvalías culturales, la ignorancia inducida, la indiferencia o dejadez ante la autoeducación, y más recientemente, la actuación de algunos contados medios serviles que mantienen vestigios de conductas implícitamente racistas, frentistas o segregadoras, aceptadas como norma de juego fuera del área del respeto y los mínimos de ética necesaria para marginar a ciertas capas de la población, han permitido durísimas represiones sobre comunidades que diferían del "pensamiento" imperante.

Arthur Schopenhauer decía que "lo que más odia el rebaño es aquel que piensa de modo distinto, no es tanto la opinión en sí, como la osadía de querer pensar por sí mismo, algo que ellos no saben hacer".

Condenados por la historia

Desde hace siglos, en el norte del país, en Asturias concretamente, hay constancia de la existencia de un pueblo marginado por la hipocresía de una sociedad agraria –la residente en los valles–, que creó una serie de leyendas negras en derredor de los habitantes de unas implacables e inhabitables montañas en las que estos desahuciados del destino vivían básicamente de su cabaña de vacas y ovejas. Leyendas e infundios se propalaron a lomos de la infamia extendiendo sobre ellos un mito de malignidad asentado sólidamente hasta principios del siglo XX en los que quizás las ideas socialistas arraigadas en esta tierra de valientes se encargarían de suavizar el “karma” de estos condenados por la historia.

Los Vaqueiros de Alzada han sido desde tiempos inmemoriales un conjuntado y hermético grupo étnico y cultural enraizado en Asturias en el que la ganadería ocupaba un modelo de explotación peculiar basado en la trashumancia estacional. Los desplazamientos del valle a la montaña en verano y viceversa en otoño, creaban conflictos regularmente en las zonas de colisión con los sedentarios agricultores.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Otro factor que determinaba su inaccesibilidad era una endogamia visceral y reactiva que rechazaba la integración de terceros ajenos a su etnia, básicamente porque ellos entendían que sus agresores no podían formar parte de su etnicidad. Su cultura y folklore eran de orígenes ancestrales, llegando prácticamente inalterados hasta nuestros días.

Pese a la discriminación padecida tanto por la iglesia que los condenaba a asistir tras un postigo las ceremonias rituales a la par que cínicamente aceptaba sus dádivas para la compra de indulgencias, nunca les fue permitido ser cobijados en ataúdes para su último viaje e innumerables veces se les condenó a ser enterrados en sudarios a “tierra tocante”. Tampoco su relación conflictiva por el uso de las cañadas auguraba mejor suerte con los Xaldos, la población residente en las zonas agrícolas del occidente Asturiano. Este grupo centenario secularmente ha sobrevivido intacto y cohesionado hasta nuestros días dejando su rastro en apellidos tan característicos como los Parrondo, Feito, Freije, Cano y otros tantos.

España es un ejemplo de cómo las minusvalías culturales permitieron represiones sobre las gentes que diferían del pensamiento imperante

Tanto Baroja como Jovellanos tienen una amplia bibliografía sobre los Agotes, Chuetas, Pasiegos y Maragatos, por no hablar de los quinquis y gitanos, que recuerdan la obscenidad de un clasismo feroz emanado de mentes densamente hormigonadas donde una evolución humanista o la compasión poco o nada ocupaban.

Por derivadas, estos dos grandes antropólogos y otros como Arizmendi y Losada nos llevan hasta el norte de Navarra, el Bearne y País vasco francés o la baja Aquitania, donde los Agotes tenían sus acotados espacios (verdaderos guetos) en donde esta controvertida comunidad ha sido discriminada desde el siglo XII en un continuum de humillaciones sin cuento.

Según fuentes, al parecer, eran gentes de ascendencia goda que tras la invasión musulmana y la reacción de Carlomagno y sus estados tapón o marcas para acolchar su reino de las razzias de los del turbante quedaron aisladas al sur de los Pirineos sin contactos con el resto de terrícolas. Su denostado apelativo podría proceder del Bearnés "cas-gots", equivalente a perros godos como un insulto a su derrota ante los mahometanos o por contracción "cagots" y de ahí "got", raíz bearnesa de godo.

¿Cómo y de dónde eran?

Pio Baroja relata que eran gentes de cara ancha y esqueleto fuerte con pómulos salientes y pronunciados, ojos azules o verdes claros de rasgos orientalizados, tez blanca pálida y pelo castaño o rubio sin ningún parecido al vasco tradicional en lo que a genotipo se refiere. Es un auténtico enigma solapado en otro enigma, la procedencia del pueblo vasco. Pero está bastante claro que es muy probable que su ascendencia sea germánica. ¿Cómo quedaron aislados en su mayoría en el Baztán y el Roncal? Una incógnita aún hoy en día sin resolver.

Lo que está claro es que los agotes fueron un pueblo que tachado de maldito en la temprana y baja época medieval, a la vez que discriminados de forma brutal por la ignorancia y barbarie de sus vecinos, tildándolos de pueblo asocial y marginal por propia decisión, descendientes de leprosos, herejes, aliados de Satanás e incluso, detentadores de un rabo (no especifican si era el natural o uno con tridente) que se supone adicional y sin efectos secundarios. Su marginación llegó a ser tan espantosa que se les hacía sonar una campanilla o tablas llamadas cliquetas para avisar de su presencia.

No obstante, si observamos esta tragedia racista con cierta distancia, hay testimonios en su beneficio que hablan de ellos favorablemente en términos tales como que tenían alma de músicos y poetas (probablemente los primeros txistularis y bertsolaris en las tierras de Navarra). Carpinteros y canteros, pudieron ser los constructores de muchas fortalezas regidas por los templarios, pues la orden del Temple tenía cierta relación regular con ellos.

Desterrados socialmente

Pero los Vaqueiros y Agotes no fueron los únicos marginados por las consecuencias de la ignorancia y las calumnias propagadas en torno a ellos. Están por ahí dando vueltas en la desmemoria de la oscuridad del tiempo pasado los Chuetas o descendientes de judíos conversos, básicamente localizados en la zona balear mallorquina y más focalizada esta comunidad en la judería del Seguell y zonas aledañas.

Hoy, tras una durísima represión que los condenó a una endogamia irreversible y a padecimientos humillantes aunados a discriminaciones de las cuales hasta los propios nazis se sentirían sonrojados, han visto la luz a través de su perseverante proyección sobre el comercio artesano y su presencia en la salida natural del pueblo judío que casi de forma general cultivaba esmeradamente a los suyos para que pudieran sobrevivir en formaciones profesionales muy cualificadas como elemento de salvación y de “redención” ante el acoso social que los marginaba.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Hoy permanece en la comunidad judía isleña una suerte de sincretismo judeocristiano en su acepción simbiótica y adaptativa más abierta, que ha deconstruido la leyenda negra adjudicada a los Chuetas de antaño y que discretamente ha permitido de forma natural mimetizarse a este castigado colectivo entre la sociedad circundante.

Lo que más odia el rebaño es aquel que piensa de modo distinto. No es la opinión en sí, sino la osadía de querer pensar por sí mismo

A estas etnias o grupúsculos sociales menores (en el sentido cuantitativo, que no otro) podemos añadir el de la famosa maragatería también caracterizada por su extrema endogamia. Este grupo social ha sido tratado como un pueblo residual bereber en un entorno en apariencia imposible como hábitat para este pueblo sahariano, hasta el de judío converso, pasando por grupos de cartagineses deportados tras la caída de Cartago en la última guerra púnica. Eran altamente fiables por su alabada honradez, lo que les hizo famosos por la forma tan peculiar con la que sobreprotegían sus convoyes con recuas de mulas, y eran considerados como los transportistas más seguros a quienes se podía confiar cualquier tipo de mercancía y especialmente, aquellas de gran valor.

La custodia de efectos en los desplazamientos por sus áreas de influencia (Asturias, Galicia y zonas aledañas) estaba cubierta por certificados que aseguraban la conservación de la misma e iban incluso más allá, poniendo sus vidas por delante ante el bandolerismo si se diera tal circunstancia. Maragato siempre fue sinónimo de honradez, valor obviamente muy apreciado en el segmento del mercadeo de la época y hoy en desuso por la pérdida de valor de la palabra dada.

Quinquis y pasiegos

De menor entidad, pero también en el ámbito de la marginalidad, podemos incluir a los Quinquis, grupo social marginado, que se ganaban la vida por lo general como quincalleros ambulantes, aunque a veces se les denominaba despectivamente así por asociación con delitos menores o robos de poca monta, legado que es el que los ha definido en el acervo popular como personajes de hábitos delictuosos.

Quedan los Pasiegos (siempre siguiendo los estudios antropológicos de Baroja, Arizmendi o Jovellanos), gentes recias y acostumbradas a una supervivencia extrema en un hábitat humano de una belleza singular, pero también de una brutal agresión por parte del medio. Su economía, la de antaño, estaba basada en la ganadería trashumante. Estas gentes se asentarían en las laderas de los montes que circundaban el río Miera y el Pas principalmente.

Cuando los pastos eran buenos, allá por la primavera y el verano, bajaban desde sus casas “vividoras”, unas solidas cabañas de piedra de sillería, y se asentaban en los valles donde eran frecuentes los enfrentamientos con los lugareños por temas de lindes y pasos necesarios que generaban conflictos con los propietarios de la tierra. Una equívoca legislación daba lugar a muchos malentendidos. Durante el invierno recolectaban heno de sobra para la comida del ganado y bajaban a las aldeas y de a poco irían formando las villas pasiegas más señaladas, hoy nucleadas en torno a la Vega de Pas, San Roque de Riomiera y San Pedro del Romeral.

La impunidad nace del silencio de aquellos que permitieron atrocidades contra gentes que solo intentaban vivir su diferencia frente a la mayoría

Bajo el patronazgo monacal unas veces, o real otras, se movían sobre un extenso territorio alfombrado de montañas en las estribaciones de la Cordillera Cantábrica, con el privilegio real de estar libres tributariamente hablando y con derechos de acceso a los pastos eclesiales o feudales. Los pasiegos se trasladaban por aquel entonces (alta y baja Edad Media) en medio de una naturaleza altamente hostil y rodeados por osos y lobos por doquiera entre montes bravíos y agrestes.

Esta situación de libertad generó un sentido de hostilidad y aversión ante la presencia de privilegios y de un libre albedrío que en realidad era casi una condena por la dureza de las existencias que debían de llevar estas recias gentes. Aquellos vecinos con los que habían tenido conflictos por temas de uso de cañadas, aquellos que habían rechazado con su incomprensión hacia los pasiegos que llamaremos montañeses en este caso, eran ahora en su más cómodo hábitat fuertemente tasados, y en consecuencia, vieron un elemento de agravio de estatus distintivo y diferencial. El refranero diría que "donde las dan las toman".

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Los Pasiegos, hoy asentados en una forma de vida más acomodaticia, tuvieron un tránsito en el tiempo pasado, muy duro y fueron marginados igualmente por una sociedad que rechazaba a aquellos rudos ganaderos cuya culpabilidad residía en un mal arbitraje de derechos naturales inalienables, tales como acceso al pasto y al agua. Hoy no solo viven en un entorno espectacular sino que con sus quesos y sobaos atacan la línea de flotación de aquellos que queremos mantenernos en forma. ¿Venganza poética?

Queda un grupo étnico y/o social minoritario de procedencia indostánica, milenario e indomable, de naturaleza nómada, que abarcaría por sí mismo un estudio aparte y del cual hablaremos en artículo separado más adelante; el pueblo gitano, probablemente de ascendencia rajastaní, aposentado o emparedado según se mire, entre la Europa medieval y en el imperio otomano, que silenciosamente, se convirtió con el paso del tiempo en el pueblo romaní. Pero este es ya otro tema.

Articulo elaborado con la ayuda de Javier Rodriguez de Fonseca, escritor, guionista y antropólogo.

Alma, Corazón, Vida

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
6 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios