El Condado de Barcelona: qué nos enseña esta brillante elaboración política
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UN HITO EN LA HISTORIA

El Condado de Barcelona: qué nos enseña esta brillante elaboración política

Este territorio fue gobernado de manera alternativa por los herederos de un gran rey franco y descendiente de godos, fieles vasallos de las llamadas marcas

Foto: Petronila y Ramón Berenguer IV, retratados por Filippo Ariosto.
Petronila y Ramón Berenguer IV, retratados por Filippo Ariosto.

Si el enemigo se equivoca, no lo distraigas.
–Napoleón

Hacia el 801 de nuestra era, un potente ejercito carolingio había cruzado el pirineo y, dirigido por el temerario hijo de Carlomagno y ojito derecho en sus apuestas militares, Ludovico, atacó a la ancestralmente fenicia Barcelona ocupada por los hijos del Islam, arrebatándosela a los musulmanes cómodamente instalados en una especie de dolce far niente al solaz del Mediterráneo, de tal manera que los mahometanos tuvieron que poner pies en polvorosa.

La tarea principal de los del turbante consistía en aligerar a los lugareños de sus propiedades mediante unos onerosos impuestos a los campesinos locales ya fuera en especies, lozanas doncellas o requisas a tutiplén. Así estaban las cosas cuando el Conde Bera, hijo de aquellos visigodos enterrados por su propia guerra civil noventa años antes, huidos hacia el norte en todas direcciones, fue puesto al frente del tinglado por el rey franco actuando así la antigua y mercantil Barcelona como un condado tapón para poder evitar las razias a las que tan aficionados eran los “malvados” invasores musulmanes.

Todo esto devino en que aquel embrión de quiero y no puedo tan ansiado antaño se independizara del oneroso vasallaje a los del otro lado de los Pirineos

Este pequeño condado de una entidad geográfica –en aquel momento– no superior a la de la actual provincia de Barcelona y poco más, fue gobernado de manera alternativa por los herederos de aquel gran rey franco y algunos descendiente de godos, fieles vasallos de lo que se dio posteriormente en llamar “Marcas”, que actuaban a modo de colchones profilácticos ante las agresiones de los sarracenos que se habían hecho a la idea de que todo el campo era orégano.

Es en la época del conde Wifredo I el Velloso (874-897) en la que cobra cierta importancia, ya que propietario de aquel notable excedente capilar contrastado por las crónicas, integró bajo su batuta los Condados de Urgell, Barcelona, Cerdaña, Gerona, Besalú y Osona. Cuando este hombre se fue del hábitat de los terrícolas para iniciar el gran viaje, la precaria unión hilvanada con alfileres y ambiguos tratados de frágil confección, se fue al carajo aunque permaneció una idea de la identidad común que en el futuro podría ser el alma máter de la Cataluña temprana o alto medieval.

Avatares de siglos

Años más tarde, cuando era conde Borrell II (947-992) la caída en desgracia en el escenario histórico por parte del imperio carolingio, fue decisiva para romper puentes con los reyes francos, en este caso, los débiles Capetos. Todo esto devino en que aquel embrión o amalgama de quiero y no puedo tan ansiado antaño, se independizara del oneroso vasallaje a los del otro lado de los Pirineos y poniéndose en pie comenzara sus balbuceos trastabillando sí, pero con una constancia y regularidad constatadas. Ya en el siglo XI en lo que sería el Condado de Barcelona actuaría como locomotora de la llamada Marca Hispánica, rodeado de una miríada de pequeños condados que actuaban como meros figurantes ante el poder indiscutible del primero.

Con el transcurso del tiempo (1076-1096), en tiempos del Conde Berenguer, se ocupó la comarca de Tarragona; la parte más norteña, lo que sería actualmente Reus, Valls y Vendrell. La parte sur, la más cercana al Ebro era un tabú secular; al otro lado, más abajo, aunque el Califato de Córdoba había desparecido como tal en el 1031, su potente musculo político y militar estaba intacto. Mejor no tentar la suerte.

El condado de Barcelona en el contexto de la expansión peninsular de la Corona de Aragón.
El condado de Barcelona en el contexto de la expansión peninsular de la Corona de Aragón.

Cuando corría el siglo XII, otro Ramón Berenguer pero este con más números, el tercero de la saga, viendo la oportunidad propicia, se anexionó de forma definitiva a los díscolos Condados de Besalú y Cerdaña, con lo cual el Condado de Barcelona comenzaba a tener cierta entidad geográfica y política. Poco más tarde, el llamado Ramón Berenguer IV (1131-1162) pidió la mano de la hermosa Petronila según las crónicas mujer de muy bella factura, y heredera del Reino de Aragón. Esta unión, crearía unas sinergias extraordinarias fortaleciendo enormemente al Condado de Barcelona pues mientras este último aportaba una dinámica comercial muy experimentada forjada en su extensa proyección mediterránea, los aragoneses aportaban un potente ejército y tierras feraces de muy variada producción. Un negocio redondo para el señor conde. Al final, este rey, daría con la tecla y llegaría a las intocables riberas del Ebro, en un tiempo en el que tanto Castilla como Aragón, ambas crecidas por sus constantes victorias frente a los del turbante, estaban restando espacio a los moritos ante el empuje de sus huestes.

Unos años más tarde, cuando Alfonso II El Casto, un rey monacal, austero y silencioso, que parecía más bien un meditador tibetano en trance permanente, cuando ya finalizaba el siglo XII, acabaría incorporando un nuevo Condado, hoy perteneciente a Francia y motivo de muchas disputas y guerras en los tiempos venideros, llamado el Rosellón, allende los Pirineos.

Una gran presencia

Su máxima expansión, la del Condado de Barcelona, llegaría con la incorporación en los albores del siglo XV, con Fernando de Antequera (1412-1416), que metería en cintura a los trabucaires condes de aquellas tierras que tanto se habían resistido a la voracidad conquistadora de aquella ciudad mediterránea.

El caso, es que a la chita callando, desde la época en que el taimado Ramón Berenguer IV le había echado el ojo y el guante a la hermosa Petronila de Aragón, el Conde Barcelona era rey–consorte de facto de los extensos territorios al oeste de sus comprimidas tierras mediterráneas convirtiendo en una especie o remedo de confederación, en las que ya apuntaba maneras el pillín heredero de los fenicios en aquella alianza matrimonial. A partir de ese momento existe cierto protagonismo “catalán” en los asuntos de Aragón y por parte de este gran reino, una ampliación de expectativas y de perspectiva al marinarse a través del fluido mercantilismo del Condado de Barcelona y sus excelentes relaciones con las repúblicas marítimas, de Génova, Pisa y Venecia con las que mantenía fluidas transacciones.

La integración y la concentración de poder e inercia acabarían fagocitando al Condado de Barcelona

Con la llegada de la era moderna, las razones de Estado y las grandes fusiones transnacionales (véase el imperio español), se impondría la jerarquización de la nobleza. Por un lado, los hedónicos luises franceses en su particular Jardín de Epicuro tocados con sus llamativas pelucas de esas que provocan las arrogantes hernias egoicas y por otro, los felipes del soleado sur español con su riguroso look funerario, impusieron el modelo absolutista 'made in Maquiavelo' que convertía al Rey en la representación personificada del Estado con lo que los condes y otros estamentos de la aristocracia se quedarían para jugar a la petanca. La integración subsiguiente y la concentración de poder, inercia y fruto de los tiempos acabarían fagocitando al Condado de Barcelona, a la epigonía llamada Cataluña y a la potente Corona de Aragón disolviéndolas en el futuro de otras realidades nacionales y supranacionales con más entidad, proyección y posibilidades de conjunto, como resultado de las históricas e imparables ampliaciones territoriales que depararía el porvenir.

El Condado de Barcelona pudo ser la representación de lo que se puede conseguir con amplitud de miras, una gran presencia en la península a la par que un gran dominio del negocio marítimo. Sería deseable que los herederos de aquella brillante elaboración política no se limitaran a mear en el mar Mediterráneo.

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