EL CALIFATO QUE CAMBIÓ EUROPA

Cuando Córdoba se convirtió en la ciudad más importante de Europa

Con una habilidad digna de encomio, Abderramán amalgama una heterogénea hueste de turbantes, a priori incompatibles. Los unos eran chiitas, los otros sunitas, los había también jariyies

Foto: La mezquita de Córdoba es la muestra más clara del esplendor omeya. (Corbis)
La mezquita de Córdoba es la muestra más clara del esplendor omeya. (Corbis)

Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.

–Jose Saramago

Era el año 750 de la Era Cristiana y el 128 desde la Hégira cuando un fugitivo exhausto cruzaba a nado el Éufrates en un acto desesperado de supervivencia. Meses antes, los príncipes Omeyas de Damasco eran masacrados a centenares hasta el último hombre vivo. Una nueva dinastía, la Abbasida, con plaza fuerte en Bagdad, trastocaba en un cruento golpe de fuerza la primera gran etapa del islam. Poco más de un siglo había durado la dinastía que firmara la conquista territorial más explosiva fulminante y rápida de la historia conocida.

Tras una huida incesante y angustiosa, ora disfrazado de pastor, ora de clérigo, ora de mulero, el escurridizo Abderraman I llegaría a Al Andalus, la Tierra Prometida de todos los prófugos del nuevo orden Abbasí. Atrás quedaban más de seis mil kilómetros de penalidades y una carnicería sin precedentes, siempre con la muerte en los talones. Instalado finalmente en Córdoba y tras amalgamar las tremendas incompatibilidades existentes entre las diferentes familias políticas autóctonas, abre para la historia, la brillante y fértil etapa del emirato y posterior califato cordobés.

Una época esplendorosa se abre paso y un potente imperio entre el Maghreb y el norte peninsular tutea a los francos y al Sacro Imperio Romano Germánico

Con una habilidad digna de encomio, este hábil estratega, amalgama una heterogénea hueste de turbantes, a priori incompatibles. Los unos eran chiitas, los otros sunitas, los había también jariyies; en fin, una melee antológica de corrientes religiosas producidas tras la escisión que nace en las batallas de Siffin y Kerbala, en aquella época la madre de todas las batallas, pues se calcula que intervinieron cerca de cien mil jinetes y arqueros, todos enfrentados y que lo único que tenían en común, a juzgar por el vocerío de fondo, era reclamar para cada bando la ayuda de Allah el todopoderoso .

Abderraman I, atento a las cuestiones de estado y a la administración de Al Andalus, se instala en una dictadura militar de nuevo cuño, en la que paradójicamente, se prioriza la cultura, pero eso sí, con mano dura. Una guardia pretoriana de cerca de tres mil mercenarios asegura la pervivencia de este superviviente. Pero este hombre clarividente y estadista donde los haya, como todo quisque, muere y va directo al paraíso por méritos propios. Como Allah manda, las huríes le esperan para darle una compensación tras su azarosa vida terrenal.

Un nuevo amanecer en Europa

Con el devenir del tiempo, se cree que hacia el año 929, otro Abderraman, el tercero de esta fértil dinastía peninsular, rompe definitivamente con el Califato de Bagdad fundando el no menos famoso Califato de Córdoba. Una época esplendorosa se abre paso y un potente imperio comprimido entre el Maghreb y el norte peninsular, tutea a los francos y al Sacro Imperio Romano Germánico. Una capital del mundo con más de 500.000 habitantes tiene una brillante existencia propia y es el lugar de peregrinación de los más grandes científicos, filósofos, astrónomos y matemáticos de la época.

Abderramán III, según un grabado del siglo XIX.
Abderramán III, según un grabado del siglo XIX.

Desde los albores del siglo X, el emirato cordobés estrena una centuria de esplendor que le convertiría en el reino más poderoso del occidente europeo. La singular convergencia de una figura como Abderraman III (912 – 961), un crecimiento económico sostenido y el fin del Imperio Carolingio como contrapeso al hegemon cordobés serán los responsables de esta metamorfosis.

Se realizan obras públicas que convierten a la ciudad en la más importante de Europa tanto por población como por ser el faro cultural y politico de referencia. Es la primera ciudad de la península que tuvo pavimentadas sus calles, alumbrado público nocturno y alcantarillado, algo extraordinario teniendo en cuenta la época.

En la mejor tradición tolerante del mundo islámico, en el zenit de su gobierno, Abderramán III desde su palacio en Medina Zahara concilia a los bereberes con los cristianos y judíos; hay sitio para todos. Las difíciles relaciones del centro con la periferia, se abordan con la división en veintiuna provincias que atienden su autogestión a través de preparados walis que concilian los intereses locales con la debida tributación a la que es una de la capitales europeas mas pobladas y extensas de su tiempo. Los reyes de León y Navarra, los condes de Castilla y Barcelona, pagan religiosamente a Córdoba un peaje por su existencia a modo de vasallaje. Solo Ramiro II le causa una derrota en Simancas allá por el año 939 sin mayores consecuencias, pero la tónica es de control absoluto en las zonas limítrofes donde las marcas fronterizas están reforzadas con bien remunerados ejércitos mercenarios.

La caída de un imperio

El Califato independiente de Cordoba se enaltece con artistas y poetas sin parangón y pregona un renacimiento cultural sin precedentes; pero no todo brilla como debiera. Cuando la muerte del emir se acerca sigilosa, el hambre y las plagas, hacia el 870, diezman la demografía de Al Andalus, reaparece el peligro normando que tras el ataque a Sevilla parecía conjurado, y los muladíes (cristianos conversos al islam) se alían con el belicoso rey del norte Ordoño I para rematar la faena. Un temblor de tierra acompaña el retorno del cuerpo del Califa Abderraman cuando vuelve a sus orígenes y a la madre primera.

Los alfaquíes, una ortodoxia del islam, señalan como pernicioso el debate erudito, el método científico y hasta la propia reflexión religiosa

Pero este singular político, admirador de la honradez en la gestión pública y mecenas de altura, deja en manos de su formado hijo Al Hakam II una herencia de un nivel inusual. Éste, lector empedernido y coleccionista de arte contumaz, dota a Córdoba de un valor añadido. Miles y miles de libros y obras de arte se incorporan a la capital del Califato desde Egipto y Bizancio hasta acumular en número de 400.000 volúmenes, la que probablemente sería en el momento de su apogeo, la biblioteca más extensa y surtida de occidente.

Pero de esta puerta giratoria que es la vida , Al-Hakam también se va y Córdoba comienza a quedarse huérfana. Malos vientos soplan a su muerte. Los recalcitrantes alfaquíes, una ortodoxia del islam representada por malévolos barbudos con una higiene más que discutible, señalan como pernicioso el debate erudito, el método científico y hasta la propia reflexión religiosa. Se llega a prender fuego a la biblioteca salvándose de la quema algo más de la mitad del saber acumulado tan fatigosamente por la encomiable labor de recolección cultural del anterior califa. Hasta el venerado asceta Muhammad Ibn Massarra, introductor del pensamiento griego en la península y partidario de una lectura alegórica del Corán que fomente la meditación personal, es zarandeado, llegando a peligrar su frágil integridad física si no es por la decidida intervención de unas mujeres que le llenaban su escudilla a diario y generosamente. La turbamulta de energúmenos se bate en retirada ante las pedradas e improperios de las desatadas féminas.

El califato de Córdoba en el año 1000. (CC/Té y kriptonita)
El califato de Córdoba en el año 1000. (CC/Té y kriptonita)

Finalmente el Califato de Córdoba cayó en una terrible y larga guerra civil en la que los cristianos aprovecharían el ríe revuelto para saquear los arrabales de la ciudad y destrozar Medina Azahara, el Alcázar y vastas zonas de la cuenca del Guadalquivir. La que otrora hiciera sombra a Damasco y Constantinopla, tras durísimos avatares, acabaría siendo un pequeño reino taifa de segunda división.

Los historiadores Fernando García de Cortázar y Jose Manuel González Vesga en su Breve historia de España, un trabajo excelentemente documentado y mejor escrito, hacen referencia al auge y caída de Cordoba con todo lujo de detalles. Un libro de lectura inapreciable.

Alma, Corazón, Vida

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
10 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios