Un grande en tiempos de crisis

Entre Maquiavelo y la razón de Estado: un grande de España en un país en ruinas

El dramaturgo Calderón de la Barca fue un coloso dentro de una época de extraordinaria brillantez en lo artístico, y de paulatina crisis y decadencia en lo económico y lo político

Foto: Un grabado de Pedro Calderón de la Barca de finales del XVIII.
Un grabado de Pedro Calderón de la Barca de finales del XVIII.

"El hombre en su orgullo creó a Dios a su imagen y semejanza".

Friedrich Nietzche.

El Siglo de Oro español fue un fertilizante de las letras y las artes en uno de los momentos más paradójicos de nuestra historia. El coloso se tambaleaba mientras una pléyade de adelantados generaba espléndidas crónicas sobre una verdad inapelable; tal que la gloria, es algo efímero. Y más que eso; todo un mundo de mendigos, sopa boba, Inquisición, Iglesia rancia, soldados cansados, poetas ilustres hablando claro y mirando de reojo a los censores, grandes hombres y mujeres de letras críticos con la situación inasumible de un país que se iba al carajo por la pésima gestión de una dirigencia que ocultaba enormes complejos patinados en la sustancia de una arrogancia engolada y perfumada. Este largo Siglo de Oro declina cuando comienza a morir la esperanza del imperio entre tanta batalla y tantos frentes abiertos, allá por 1681, con la ausencia definitiva de la lustrosa presencia de Pedro Calderón de la Barca.

Calderón de la Barca –como otros tantos ilustres literatos de la época-, dio lustre y esplendor a una España que se debatía como imperio entre las torsiones y contorsiones que le exigía su sobredimensionada sombra y la de la enorme pléyade de competidores y adversarios que merodeaban sus pagos. El extenso recorrido vital de este enorme y prolífico hombre de letras en el escenario histórico que le tocó vivir y por las innumerables teclas de su amplio registro como escritor, asombra por su explosiva y excepcional creación teatral.

La economía española de aquel tiempo era una máquina de crear desperdicios humanos sin nada productivo que hacer

Presenció tres reinados, ni uno más ni uno menos (el de Felipe III, el de Felipe IV y el de Carlos II). Le tocó padecer a la Europa de la Guerra de los Treinta Años, el lento declinar de una monarquía fagocitadora de recursos invertidos en estrambóticas empresas, y probablemente uno de los más complicados momentos de la historia de nuestro país. Sintetiza en definitiva, aquel contradictorio siglo XVII, en el que todavía seguíamos instalados en le creencia de que éramos los amos –que así era-, pero ya con canas y con muchos frentes que nos acercaban al naufragio anunciado de la nación. La economía española de aquel tiempo era, como dijo en un reciente ensayo Zygmunt Bauman, una máquina de crear desperdicios humanos sin nada productivo que hacer, ni opciones de futuro ante tanto vacío vital. Para la multitud de picaros que poblaban el predio nacional, lo de trabajar era una herejía o maldición bíblica que empobrecía a los que lo practicaban. Por lo demás, la lenta erosión del tiempo, poco a poco, haría su trabajo de zapa con los restos de nuestra antaño brillante gloria adquirida con valor y denuedo probados.

Aquella época única que comenzó con la Gramática de Nebrija allá por el 1492, alcanzó esplendor en la historia de la literatura universal, gracias a la novela picaresca, la sátira y una prolija comedia con más de 400 obras de un nivel incomparable, el teatro fue el motor por antonomasia del Siglo de Oro.

Sueños populares

Sin olvidar al ínclito, melancólico, depresivo y quirúrgico psicólogo Miguel de Cervantes o al alambicado culterano Luis de Góngora, al poeta místico San Juan de la Cruz y a su par femenino Santa Teresa de Jesús con aquellos versos tan apasionados que quizás fueran una forma de comunicación etérea del Tantra; Francisco de Quevedo, el cultísimo espía que casi “palma “en Venecia de no haberse disfrazado de 'homeless' rebozado en ñortas de vaca, nos queda de aquella enorme trinidad, cuarteto, quinteto u obra coral de la literatura hispano universal sobreexpandida, a Lope de Vega con sus cerca de tres mil sonetos y al inolvidable Calderón de la Barca, soldado, cura, poeta, dramaturgo, etc.

Hebra de la saga de una larga familia de burócratas macilentos de tanta vela inhalar, el enjuto Calderón puso su pluma a confesar los sueños y delirios de la clase popular zaherida de tanto despropósito y descalabro, de tanta hambre pasar. Relator fiel de la verdad cotidiana y andrajosa de una nación millonaria en recursos y hombres válidos y resueltos, vio cómo se dilapilaba tan inmenso capital en zarandajas y veleidades sin cuento. Era una sutil y discreta conciencia crítica solo inteligible para dispuestos a escuchar, o sea, nadie.

Una religión cerrada y sin ventilación que condicionaría su enorme creatividad era un lastre marcado a sangre y fuego

De intima extroversión, moderado en el silencio y la locuacidad, de saber estar impecable, humanista extraño fuera de todas las cuadriculas, fue la conciencia crítica de una época que evocaba el tañido de unas campanas con el badajo desgastado. Enciclopédico ilustrado, se reencarnó varias veces en su adorado Cervantes. Amigo y coetáneo de Velázquez se aferró al barroquismo como una rémora o lastre marcado a sangre y fuego por el credo que practicaba, una religión cerrada a las novedades y sin ventilación que condicionaría su enorme creatividad por respeto a unos principios asfixiantes. Fue un tiempo de grandes con mayúsculas; en esa orbita de creación literaria, artística y científica, coexistió en el espacio tiempo con el conspicuo Góngora, con el ubicuo y mordaz Quevedo, los enormes filósofos Hobbes, Descartes, Baruch Espinoza, Locke y otros iluminados tocados por la genialidad y un talento fuera de toda duda.

Calderón nacido en la laberíntica ciudad de los “gatos”, Madrid, en un invierno apoteósico por las nieves recurrentes y el frio cruel, amanece un día 17 de enero del año 1600. Convive con la distancia de rigor, con Felipe III y su espabilado Duque de Lerma. Su madre lo deja en este lugar extraño en el año del Señor de 1610 y un padre profundamente autoritario lo envía al Colegio Imperial de los Jesuitas (1608-1613) prescindiendo de una educación directa y una responsabilidad que no quiso asumir en la crianza de sus tres hijos. Las Universidades de Alcalá y de Salamanca, le dan un orden y un sentido que le ampara en sus dudas y lo reorientan hacia la primera celebridad que brota en él de forma natural. El teatro vive en él y la persuasión retórica suya es de una potencia incontestable y arrolladora, innata e incuestionable.

Fascinación por la comedia

Soldado en su juventud (formó parte en la campaña contra la rebelión de Cataluña en 1640), y clérigo en la vejez, en sus años mozos aparece envuelto en trifulcas varias -era un excelente espadachín-, y probablemente a raíz de un reto sortea a duras penas una acusación de homicidio y el allanamiento de un convento de monjas, no se sabe con qué intenciones.

La filosofía escolástica y su reconciliación con la filosofía antigua (El término ´Escolásticos´ procede del latín ´scholasticus´ y este a su vez , del griego ´scholastikos´ que significa dedicar tiempo libre al aprendizaje), su enorme afición por la historia profana –quizás la verdadera-, y la canónica -probablemente la de las verdades a medias-, su acercamiento al derecho natural y político fueron las herramientas con las que enfrentaría su vasta creación literaria sumadas a la fascinación que le generaba la comedia de Lope de Vega, su gran referente artístico, que por aquel entonces arrasaba en los corrales de la capital.

Sus comedias poéticas y simbólicas de claro contenido ideológico en las que sus personajes adquieren su marchamo de símbolos universales

Calderón es básicamente un escritor de comedias. Para 1623 ya tiene un buen rodaje a sus espaldas y Felipe IV lo nombra dramaturgo oficial de la corte. Pero el esplendor le alcanza cuando abandona la milicia y pasa a formar parte de la pléyade de protegidos bajo el mecenazgo del Duque de Alba. Es el momento donde aflora su tremenda creatividad con potencia volcánica para dedicarse a la creación literaria.

Sus comedias tienen dos tendencias muy definidas: la que sigue de cerca el teatro autóctono y costumbrista de Lope, en la línea de las "comedias de capa y espada"; y la otra, diferente del estilo anterior y más suya y retadora, que incluye comedias poéticas y simbólicas de claro contenido ideológico, es aquí donde sus personajes adquieren su marchamo de símbolos universales.

Auge del reformismo

La famosa comedia filosófica representada en la 'Vida es Sueño', es probablemente la obra más universal de este ecléctico hombre de mundo. Ha sido escenificada en más de un centenar de países, y en Inglaterra es obra de culto. Y eso, por no hablar de la comedia histórica del 'Alcalde de Zalamea' que solo en España entre colegios privados e institutos, teatros de primera fila y micro teatros, en el año 2016 fue interpretada más de un millar de veces.

La llegada al trono de Felipe IV y de su valido Conde Duque de Olivares en 1621 es frente al pacifismo y buenas maneras del Duque de Lerma un bofetón a la diplomacia en mor de una política más agresiva que afirma a España como potencia hegemónica frente a un alterado avispero europeo que quería sacar tajada de lo que nuestro ya renqueante imperio monopolizaba. Este auge del reformismo interior y de la potenciación de la proyección española con más énfasis en la política internacional; convierte en la década de 1630-1640 a Calderón de la Barca en un clásico de su tiempo instalado en el 'Top Ten' internacional de la literatura. Es la década de los grandes dramas bíblicos y del honor ('Los cabellos de Absalón', 'El médico de su honra', etc.), también es el momento del debate entre el individuo y el poder omnímodo del estado y quizás, a mi modo de ver, cuando la virtud personal alcanza la perfección en la celebrada 'El alcalde de Zalamea'.

La obra cumbre de su dramaturgia es 'La vida es sueño', un increíble choque de trenes entre la libertad y las fronteras de la razón de estado

Hoy, ya perdidos en el marasmo de la civilización, aquel tiempo de luces y candelas nos parece un fondo de armario demasiado profundo para ser explorado o redescubierto. Solo filólogos, maestros de escuela, gentes del maravilloso mundo del teatro e historiadores, mantienen viva la obra de aquel Grande de España, de aquellos Grandes, que ya navegan en la estela de la memoria.

La obra cumbre de su dramaturgia es sin duda, 'La vida es sueño', un increíble choque de trenes entre la libertad del individuo y las fronteras de la razón de estado. Olivares que tenía mucho de tragaldabas y un ego de aquí te espero, permite a Calderón su entrada en palacio para dirigir las representaciones teatrales de sus veladas e irónicas obras cortesanas. En 1636 recibe el espaldarazo de Felipe IV con la concesión del hábito de Caballero de la Orden de Santiago no se sabe si para aplacar las iras del invernal frio madrileño o para protegerse de la espesa sustancia teológica imperante.

Llegada de la crisis

En este punto, yo diría que en el caso de Calderón de la Barca, se conjugan cuatro celebres dichos cervantinos; uno, que “siempre la melancolía fue de la muerte apariencia”; el segundo, “Donde una puerta se cierra, otra se abre”; el tercero o resucitador, que reza así, “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”; y el cuarto, que es el cierre ante el sufrimiento cotidiano, que dice tal cual: "El sueño es el alivio de las miserias para los que las sufren despiertos”. Mientras Calderón amanecía, Cervantes escribía.

Pero en el cénit de su plenitud creativa sobreviene la crisis. Felipe IV se viene abajo en su intento de mantener la cohesión de los reinos y virreinatos de España mientras la monarquía es incapaz de mantener la unidad ante las tensiones periféricas en mor de una difícil cohesión interior. A partir de 1640 la rebelión de Cataluña opera como un dolor de cabeza crónico, la romántica idea propuesta en 1580 de la Unión Ibérica salta por las aires; Portugal tras cerca de 60 años de una fraternidad que no pudo ser, empuja a nuestros hermanos del oeste a irse por donde el sol desaparece.

La intolerancia moralista a partir de 1644 supone el cierre de los teatros públicos durante cinco años y Calderón se queda castigado

En 1643 el Conde Duque de Olivares es cesado por incompetencia supina. Algo más tarde, la paz de Westfalia en 1648 supone la extirpación de algo que nunca tuvo que ocurrir, la independencia de Flandes, una pesadilla política y económica diseñada por mentecatos, ruina de España y tumba de cientos de miles de hombres sumada al dolor de viudas y huérfanos sin cuento. El muelle principal de la historia empieza a rechazar al obsoleto transatlántico que más que navegar, comienza a embarcar agua a raudales.

Pero el oscurantismo secular instalado en la genética profunda de nuestro país acecha. La intolerancia moralista a partir de 1644 supone el cierre de los teatros públicos durante cinco años. Calderón se queda, castigado en un rincón contra la pared provisionalmente inhabilitado para el desarrollo del oficio que tanta fama le había dado. Acosado por el Santo Oficio (qué eufemismo), Calderón levanta la vista y cierra los párpados en un ejercicio de resignación.

Entremeses y mogigangas

Sus famosos autos sacramentales se convierten en bulliciosas danzas de gitanos, negrillos y el populacho está encantado de poder ser algo un día al año oculto siempre en el anonimato feroz de sus anodinas vidas. Son las señaladas fechas del Corpus. Multitud de viajeros, mendigos, espectadores casuales o adictos a las procesiones, abarrotan Madrid. La Tarasquilla, entre trompetas y timbales y un griterío infernal, era objeto de esputos, tomatazos y toda índole de agresiones toleradas para exorcizar el “mal” encarnado una vez más, en una mujer representada en un dragón de cartón piedra que cual demonio del Leviatán era vencido por un Cristo despojado de su mensaje iniciático, y más cercano a lo pagano que al canon sin oxigenación que imponían las “buenas costumbres”. La peña se desmadraba hasta la extenuación en ese crucial día.

Frente a la seriedad teológica de los autos sacramentales, Calderón escribiría sus entremeses y mojigangas (obras de teatro muy breves insertas en los entreactos de las comedias con objeto de provocar chanzas y chascarrillos) con su destacado aspecto carnavalesco irreverente y de despelote. Al final, todo acababa en la Plaza Mayor donde el desmadre era total y la fuerza pública se empleaba muchas veces a fondo contra aquella marabunta poseída por unas horas de libertad solapadas en la mutación y el espejismo de un momento de liberación imaginada o real, pero de desinhibición verdadera.

Su memoria reflejada en esta escultura emplazada en tan privilegiado y concurrido lugar no tiene la atención y mantenimiento que se merece

En la primavera de mayo de 1681, cuando se acercaba de nuevo el Corpus, Calderón va y se muere, quizás realizado en la plenitud de una extensa obra de un nivel espectacular, quizás hastiado por el tiempo que le había tocado vivir. Enterrado con todos los honores, uno de los más grandes hijos de España deja en herencia una monumental obra literaria materia de estudio en miles de universidades de todo el globo.

Este retratista de la vital angustia de los individuos tiene erigida en su honor, una estatua en el barrio de Las Letras, en la preciosa Plaza de Santa Ana frente al Teatro Español, que en su tiempo fue el lugar que ocuparía el antiguo Corral del Príncipe. Lamentablemente, su memoria reflejada en esta escultura emplazada en tan privilegiado y concurrido lugar no tiene la atención y mantenimiento que se merece. Las palomas que abundan en la zona, hacen de las suyas sobre esa inerte representación. El ayuntamiento (y no hago ninguna alusión política) debería de estar más atento ante el respeto que se merece este Grande de España.

Alma, Corazón, Vida

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
6 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios