Antón de Alaminos, el increíble piloto de Hernán Cortés y su memorable persecución
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Antón de Alaminos, el increíble piloto de Hernán Cortés y su memorable persecución

Las vicisitudes de un casi desconocido marinero de Moguer que demostró desde muy joven una pericia, intuición y conocimientos extraordinarios

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Hernán Cortés, el mentor de Alaminos.

Alaminos era un chavalote de Palos de Moguer al que la historia de su tiempo arrastró a vivir aventuras sin cuento en un tiempo en que había mucho por descubrir, demasiado quizás. Hijo de un pescador local, conocía los secretos del mar desde su más tierna infancia; y ello hizo que su futuro estuviera prácticamente trazado de antemano entre redes y pesca de bajura con costa a la vista.

En 1498 y 1502, en el tercer y cuarto viaje de Cristóbal Colón a América, viajaría con el cargo de grumete, a sus catorce años, embarcado en un reto que abría una puerta enorme al comercio castellano a rebosar de expectativas. Extremadamente joven pero con una experiencia sobrada en la interpretación de las corrientes y los vientos, Juan Ponce de León -a la sazón gobernador de Puerto Rico-, le reclamó para una apuesta fuerte; había que ir hacia el norte en dirección a Florida pues habían oído rumores de que por ahí estaban las fuentes de la eterna juventud y atracciones varias. En la exploración en cuestión, atinada en los pronósticos, finalmente fue descubierta la península de Florida en 1513. Fue en este viaje el primer navegante que se percató -y usó por primera vez-, la corriente del Golfo de México para navegar desde el continente americano a Europa, prácticamente con vientos favorables; todo un logro para la navegación de la época. Hoy la corriente se conoce por el anglicismo de 'Gulf Stream', pero en puridad, tenía que haberse llamado la corriente de Alaminos. Cosas de la vida.

La mitad de la tripulación había fallecido ora por deshidratación aguda, ora por disentería. El resto se salvó de milagro

Superado este enorme reto a una edad en la que los chavales juegan a cazar lagartijas con tirachinas, convertido en piloto mayor de la expedición de Francisco Hernández de Córdoba, partiría el 8 de febrero de 1517 hacia las islas Bahamas sin poder anular la fuerza de la corriente imperante y un pertinaz viento de proa que les impedía navegar en correcta ceñida a la par que les obligaría a desembarcar en una costa absolutamente desconocida y fuera de las cartas al uso. Habían dado ni más ni menos con la península de Yucatán.

Cortos de agua dulce y hostigados por airados guerreros con pintas de venir de otra dimensión y cara de pocos amigos, la expedición tras tres durísimas semanas de singladura y al borde de la desesperación, llegaría a Isla Mujeres principiado marzo. La mitad de la tripulación, había fallecido ora por deshidratación aguda, ora por disentería. El agua del rocío en las barandas, el agua de sal filtrada por las camisas de la tripulación y la ingesta de los orines fríos, salvaron al resto de una muerte segura. Finalmente la expedición regresaría a Cuba cubriendo mucho más leguas que yendo en línea recta pero al ir a más velocidad por el empuje del viento y la corriente, llegarían mucho más rápido; este descubrimiento fue crucial para la navegación de la época. Cuando desembarcaron, solo eran unos espectros apergaminados que milagrosamente habían llegado sí, pero en cuadro y totalmente diezmados.

Una persecución memorable

Quiso la fortuna que a principios de 1519, Hernán Cortés se fijara en las inusuales dotes de este enorme piloto, intuitivo y sagaz, y lo captase para su proyecto secreto de ir al continente hacia el oeste. Llegando a Yucatán, Cortés la lio parda en el primer enfrentamiento con los indios Putunes que vivían en las zonas aledañas al rio Tabasco. Los Putunes eran una escisión de los mayas tardíos y le plantaron cara al extremeño en la batalla de Centla.

Como las relaciones con Diego de Velázquez eran nulas tras la faena que Cortés le había hecho al salir de Cuba precipitadamente este solicitó al emperador Carlos I de España, en sobre lacrado, material de guerra y más soldados. Como había quemado las naves para que a nadie se le ocurriera retroceder, solo quedaba la de Alaminos que había ido a explorar costa arriba. En esta única nave y tras una travesía bastante azarosa, llegarían las solicitudes a Sevilla de forma milagrosa y tras una persecución digna de recordar.

Dio esquinazo a sus perseguidores, pilotos que estaban a años luz de los conocimientos de Alaminos, el favorito de Cortés

El 16 de julio zarpó de Veracruz con todas las velas henchidas al viento y buen pronóstico meteorológico la nao de unas 100 toneladas de desplazamiento. Alaminos iba a la rueda y era uno de los capitanes de Cortés, Francisco de Montejo, el que estaba al mando de aquella temeraria apuesta. El caso es que a este capitán le pareció que iban cortos de agua para el viaje hasta la península y decidió hacer aguada en Marien donde tenía una estancia, ni más ni menos; o lo que es lo mismo, meterse en la boca del lobo aun habiendo sido apercibido por activa y por pasiva de que esa parada estaba prohibida so pena de caer en manos de Diego Velázquez con las consecuencias que ello conllevaba.

Montejo se bajó, embarcó el agua necesaria, dos toneles de vino y media docena de quesos curados, y por las mismas, como un suspiro, se subió de nuevo a la nave. Alaminos estaba sobre aviso de que Velázquez ya estaba enterado y había soltado los cabos de amarre desconectados a tierra por si acaso. De no ser por esta añagaza, habrían estado “aviaos”. Velázquez ya había enviado orden de captura a los de justicia cuando la nave salía por la bocana del puerto. Rápidamente y por las mismas, el gobernador dio la orden a dos carabelas sitas en la rada y con un aparejo casi de fortuna e improvisado, ordenó que persiguieran a los osados. Pero el talentoso Alaminos previendo esta reacción, iba por delante. Conocedor de las corrientes locales, puso rumbo al Gran Canal de las Bahamas y por las mismas y a velocidad de crucero, dio esquinazo a sus perseguidores, pilotos que estaban a años luz de los conocimientos del favorito de Cortés.

Refuerzos a Carlos I

En arribando a la península y a uña de caballo desde la bulliciosa Sanlúcar de Barrameda, se pusieron en Madrid en tres días –para entregar al emperador la carta sellada. Allá mismo, se le nombraría Capitán General de los nuevos territorios y alejado administrativamente de las iras del gobernador de Cuba. Se le había aparecido la virgen varias veces a Cortés.

En otra versión más que dudosa – o menos contrastada e investigada-, se cuenta que solo Montejo llegaría a la corte pues al parecer Benito Martín, el capellán de Diego Velázquez a la sazón en Sevilla, al ser informado de la llegada de los procuradores de Cortés, dio órdenes de que la Casa de Contratación los apresara y confiscara los presentes que enviaba Cortés a Carlos I de España y a su padre don Martín. Hay una nebulosa en torno a lo acontecido en aquellas fechas, pero el caso es que el extremeño se salió con la suya.

Alaminos es considerado el primer navegante en descubrir y usar la corriente del Golfo, lo que agilizaba un retorno más rápido a la península

Velázquez agarró una depresión severa tras la decisión del emperador siendo él el que había financiado la expedición de Hernán Cortés a tierra firme. Tras pedir su dimisión a Carlos I, abandonó la vida pública y casi sin recursos viviría como un eremita hasta el fin de sus días.

Sobre la muerte de Antón de Alaminos no hay información contrastada; de hecho, no se sabe a ciencia cierta en qué año nació, ni en qué año murió, ni donde yace. Antón de Alaminos es considerado el primer navegante en descubrir y usar la corriente del Golfo, corriente que agilizaba enormemente a las embarcaciones de vela un retorno más rápido y seguro desde América a la península. Años después, Urdaneta haría algo similar con el famoso Tornaviaje en el océano Pacífico.

Antón de Alaminos, un grande a la sombra de los claroscuros de la historia.

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