Aquí cayó el imperio

El épico general Vara del Rey: Cuba y el problema del amigo americano

El militar y 500 de los suyos caerían ante aquella imparable avalancha de bayonetas estadounidenses en una de las batallas más descompensadas y heroicas de la historia

Foto: Soldados estadounidenses durante la batalla de Caney. (Wikimedia Commons)
Soldados estadounidenses durante la batalla de Caney. (Wikimedia Commons)

Camuflada por una prensa domesticada y adocenada (con escasas y honrosas excepciones, tal es el caso del New York Times, el Washington Post, etc.) la doctrina político - militar norteamericana ha demostrado a lo largo de su breve historia, que ha sido causa de innumerables guerras extremadamente injustas. Como botón de muestra, todavía ronda nuestra memoria colectiva, la iniciada tras la voladura del Maine.

Una contabilidad atroz que incluye la desaparición de millones de inocentes en aras de los intereses de un conglomerado de poder que desde la tramoya y por encima de la administración que se supone elegida por el pueblo, gobierna con impunidad y un oscurantismo inexpugnable sobre una miríada de fábricas de “juguetes” que ensayan sobre multitud de demonizados desgraciados con alpargatas, incapaces estos de dar respuestas simétricas a los experimentos tecnológicos que requieren la puesta a punto permanente de su sofisticado arsenal.

El gusto por la guerra de EEUU

Una nación catapultada al gobierno del mundo en un periodo histórico tan comprimido, una nación capaz de iniciativas espectaculares y con un pueblo detrás con un sentimiento de unidad envidiable; maneja como doctrina nacional, la tragedia de la guerra ya sea preventiva, reactiva, y me atrevería a decir incluso que recreativa.

Guerras de falsa bandera o auto provocadas, para someter a los pueblos de la tierra a un padecimiento que en algún momento acabará encontrando la horma de su zapato, máxime, cuando se tolera en la dirección de la primera potencia mundial la ocupación del sillón que tan dignamente prestigiaron presidentes como Abraham Lincoln y otros próceres de su talla, por sujetos que parecen salidos del mundo del esperpento pero con capacidades para reducir a cenizas la esperanza de supervivencia de una afligida humanidad, a cero patatero.

La Guerra de Cuba tiene que ver y mucho con esa filosofía de depredación inserta en el ADN de esta enorme nación

En menos de 242 años desde su fundación como estado, no hay parangón que se recuerde que haya embutido los elaborados principios de la diplomacia acumulados durante años de práctica, a un binomio tan elemental como el palo y tentetieso.

Monumento al general Vara del Rey en Madrid. (Wikimedia Commons)
Monumento al general Vara del Rey en Madrid. (Wikimedia Commons)

Esto, que puede parecer un alegato antiamericano, no está exento de admiración hacia un pueblo cuyas creaciones científicas han viajado al cosmos profundo, cuyos avances crean asombro, y con una vanguardia tecnológica que más parece de ciencia ficción que producto de la imaginación humana.

Pero desgraciadamente, lo que le ocurrió a España hace más de cien años en aquellas latitudes transatlánticas, tiene que ver y mucho con esta filosofía de depredación inserta en el ADN de esta enorme nación.

En parte por infravalorar las capacidades de ese gran país, en parte por desconocer la violencia subyacente que habita entre las cuatro paredes de la peculiar idiosincrasia norteamericana, conseguimos pasar por una trágica penalidad que con un poco de mano izquierda se podría haber evitado.

De todos es sabido que en Cuba en 1898 hubo testimonios de heroísmo por parte de un ejército enviado a la muerte por apoltronados incompetentes incapaces de despegar sus posaderas de sus cómodos sillones orejeros. Más o menos como lo ocurrido en Trafalgar en su momento, pues las similitudes son bastante escandalosas.

Un héroe de los pies a la cabeza

No hablemos ya del almirante Cervera martirizado a conciencia por aquellos que le enviaron al matadero y utilizado como chivo expiatorio de aquel desaguisado; tampoco de Weyler al que literalmente se le obligó a incendiar la isla cuando el orden estaba un poco desmadrado; esta vez se trata del enorme Vara de Rey, cuya muerte roza la épica de lo Homérico.

Decía José Saramago, el malvado comunista demonizado hasta la saciedad por la Iglesia católica de Roma, que: “Los problemas de Dios no me preocupan. Me preocupan los problemas de los hombres que inventaron un Dios que no hace más que darnos ratos malísimos. Quizás Dios exista - yo no lo creo-, pero no tiene sentido que nos matemos en nombre de Dios"

Aguantaron estoicamente en una de las batallas más descompensadas que se alcanza a recordar en los anales militares

Durante el asalto al blocao del Viso en la durísima Batalla de Caney, en las diez horas que duró la carnicería, los 550 hombres al mando de Vara de Rey, habían pasaportado a cerca de 1.500 rangers y marines dándoles el visado para la eternidad. En los últimos momentos, cuando se combatía cuerpo a cuerpo en el interior del recinto, tocado de muerte y con la sangre chorreando a borbotones, su hijo, ya capitán y algunos incondicionales lo llevaron en parihuelas, escabulléndose entre la hojarasca de una trocha desconocida para los yankees. Entre los campos de caña tan codiciados por los invasores y sus oscuros intereses económicos aquel cortejo de fugitivos tiraba por la senda adelante hasta que los guerrilleros locales, los mambises, los detuvieron con una descarga cerrada. Los que pudieron se echaron al monte y Vara de Rey se quedó allá esperando lo inevitable. Lo rematarían como a un perro.

Un testimonio de épica

Pero el general ya estaba enfermo de malaria y tenía diarreas constantes. La falta de hidratación, el hambre lacerante y la cruel sarna lo habían consumido hasta dejarlo apergaminado, y a pesar de todo había combatido hasta albergar once perforaciones procedentes de tres tipos de munición diferentes.

Un barco de EEUU durante la guerra hispano-estadounidense. (Wikimedia Commons)
Un barco de EEUU durante la guerra hispano-estadounidense. (Wikimedia Commons)

Vara de Rey y sus extenuados 550 hombres habrían dado un testimonio de épica inapelable tras un inmisericorde y monótono bombardeo de las piezas del 88. Aguantaron estoicamente aquella lluvia de metralla y después el asalto de los siete mil rangers, en una de las batallas más descompensadas que se alcanza a recordar en los anales militares. El general y 500 de los suyos caerían ante aquella imparable avalancha de bayonetas mientras se combatía entre escombros.

Mientras, en el Café Gijón y en el Ateneo, una espesa nube de humo procedente de los puros de importación de aquella isla maldita, eran consumidos con fruición por la creme del turnismo entre risotadas y rancias tertulias. Entretanto, en Cuba moría una entera generación, y con ella, el último rayo de sol del imperio que fuimos. España.

Carl Gustav Jung decía en su espléndida sabiduría, “No retengas a quien se aleja de ti, porque así no llegará quien desea acercarse".

Alma, Corazón, Vida

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