UNA SÍNTESIS ENTRE DOS CONTRADICCIONES

La leyenda del Gran Capitán, el cordobés que cambió el arte de la guerra para siempre

Él, y solo él, cambió en el siglo XVI la forma de combatir creando formulas combinatorias de estrategia y táctica nunca vistas. Por eso merece la pena recordarle siglos después

Foto: Copia de Ricardo Bellver del busto del Gran Capitán encargado por su esposa a Diego de Siloé. (CC/Jabulon)
Copia de Ricardo Bellver del busto del Gran Capitán encargado por su esposa a Diego de Siloé. (CC/Jabulon)

"El cerebro de los necios transforma la filosofía en tontería, la ciencia en superstición y el arte en pedantería".

George Bernard Shaw

Era el momento de la entrada del año nuevo de 1500, cuando a la tienda de campaña del ilustre Gonzalo Fernández de Córdoba, situada en un lugar indeterminado en las inmediaciones de La Alpujarra, llegaba un mensajero del rey para convocarlo a palacio. Combatiendo a partidas de moritos sublevados que no se resignaban a perder lo que entendían había sido suyo durante siglos estaba, cuando el emisario, sudoroso por la premura del mandato, descabalgaba. Era de máxima urgencia proteger Sicilia de un ataque turco del cual se había recibido información contrastada.

Dese Málaga, una expedición de ilustres capitanes que estaban al servicio del rey, se incorporaban a la suerte que les había encomendado el monarca. Pizarro padre, García de Paredes y Don Diego López de Mendoza era el tridente que adelantaba el rey católico para implementar las medidas necesarias y para evitar la toma de la isla más sureña de Italia, en aquel entonces, parte de los inmensos territorios tanto continentales como Mediterráneos del Reino de Aragón.

Su estancia en Mesina fue una exhalación. La isla estaba recibiendo una fuerte presión por parte de los condestables franceses que, en su alianza con los Borgia, querían hacerse con la isla. Como esa no era la misión encomendada por su rey y tras preparar la logística necesaria, zarpó de inmediato para conjurar la amenaza turca haciendo lo que con el tiempo, sería marca de la casa: la profilaxis.

Las afrentas recibidas en las costas del levante ante las razias berberiscas quedaban vengadas ante tan osada operación a casi 3.000 km de distancia

Cuando despuntaba el otoño, hizo su aparición en Corfú, la isla más al noroeste de Grecia y tras un asedio de cuatro meses, puso en fuga a la guarnición turca que tomaría rumbo desde el Jónico al más seguro Egeo, a velocidad sostenida ante lo expeditivo de la acción del Gran Capitán. Lo mismo ocurrió con la cercana isla de Cefalonia capturando una ingente masa de prisioneros y abundantes valores. Así, de esta manera, las afrentas recibidas en las costas del levante ante las razias berberiscas quedaban vengadas ante tan osada operación a casi 3.000 km de distancia. La cristiandad se volvía a enganchar al optimismo.

Con mala mar, las naos cargadas con lo requisado y un oleaje espantoso llegaron a Sicilia de nuevo por orden del rey para crear una nueva arquitectura geopolítica en lo concerniente a los intereses de aquella España naciente.

Venecia, agradecida por aquel desconocido que le sacó las castañas del fuego –se suponía que el Adriático era el mar de La Serenísima–, envía emisarios para entregar una compensación económica a los españoles. Hombre generoso siempre, no escatimó para sus soldados la inesperada dádiva sobrevenida del agradecido Dux, que distribuyó entre la tropa sin escatimar.

El papa Alejandro VI.
El papa Alejandro VI.

El acuerdo de Granada de tintes ultrasecretos y la bula papal de Alejandro VI que certificó la división del Reino de Nápoles entre los Reyes Católicos y el rey de Francia, Luis XII cogió desprevenido al titular de facto hasta ese momento de los territorios en litigio antes del acuerdo en cuestión un tal Fadrique, amigo a la sazón de González de Córdoba, el Gran Capitán. Una vez enterado el coronado y al ver que le habían hecho la cama sin su aquiescencia, montó en cólera y le intentó implicar a este enorme militar en una sublevación contra los monarcas peninsulares. Pero el Gran Capitán, siempre fiel a su rey, no se sumó a la conjura y advirtió a su amigo de que aceptara el acuerdo de estado y la compensación que lo acompañaba sin crear disturbios ni zarandajas. Como así fue.

Pero había un problema sin resolver que podría parecer baladí o no, según se mirara. Muchas de las demarcaciones negociadas en el Pacto de Granada en lo referente a la divisoria de los territorios en cuestión no eran aceptadas por Francia y en consecuencia, eran reivindicadas por esta. Como es obvio, el sagaz Gonzalo de Córdoba siguiendo instrucciones de su rey, mareaba la perdiz con el Duque de Nemours, un militar de largo oficio y excelentes credenciales. Hasta que se encontró en su camino al Gran Capitán, claro…

El embrión de los Tercios

Tras una reunión mantenida en una ermita de la profunda y enigmática Calabria un verano del año 1502, el melón acabaría destripado. De las buenas formas y de la armonía, se pasó a la guerra abierta y en las primeras escaramuzas, los franceses recibieron serias advertencias y avisos premonitorios de lo que era capaz de hacer el español en el campo de batalla.

A pesar de su inferioridad numérica y de la eficacia de la creación de patrullas de alta movilidad diseñadas, lo cierto es que el Gran Capitán sabía que a la postre, la superioridad francesa acabaría imponiéndose. Replegado en la ciudad costera de Barletta en la adriática región de Apulia con lo que sería el embrión de los llamados más tarde Tercios de España, una tropa selecta y de alto nivel de entrenamiento echó un vistazo a sus cartas dándose cuenta de que para acabar con tan sustancial adversario hacía falta algo más que voluntad de combate; y desoyendo a sus consejeros, se blindó en la pequeña ciudad marítima a la espera de refuerzos.

Oficialmente, España y Francia no estaban en guerra y el rey español intentó por todos los medios – no hay que olvidar que según algunos historiadores fue la inspiración de 'El Príncipe' de Maquiavelo-, evitar un conflicto abierto y de grandes proporciones. Finalmente, a las puertas del otoño de 1502, la guerra es ya un hecho y así se lo hace saber a su incondicional Gonzalo de Córdoba. Mientras tanto, abundantes refuerzos, artillería de nuevo cuño, los mejores caballos peninsulares y material de guerra en abundancia, junto con una tropa muy bregada desde la conquista de Granada; viajan por mar en cantidades relevantes hacia lo que sería un terrible conflicto de magnitudes insospechadas.

Gonzalo de Córdoba aunaba la praxis de la guerra con la apuesta por las innovaciones vanguardistas

Mientras tanto, aparece en escena el heredero de transición en el interregno antes de que Carlos V haga su presencia en la historia de España. El llamado Felipe el Hermoso, un pieza donde los haya, habitual de la farra y los lingotazos, mujeriego hasta la saciedad, que deja preñada a la calumniada y denostada Juana la Loca, cuyo defecto era tan simple como que estaba letalmente enamorada de este crápula que se la cogía con papel de fumar.

Un siete de mayo en Toledo, los Reyes Católicos asisten al juramento en las Cortes castellanas de la pareja y poco más tarde, lo harían ante las aragonesas. Pero el subidón que le dio al marido de Juana cuando se vio adulado de tanto reconocimiento le hizo perder la cabeza. Por su cuenta y riesgo, atravesó Francia dejando a su mujer traspuesta tras argumentar que la vida en Castilla era muy sobria y que el necesitaba los aires del norte, que eran a su juicio más saludables. Lo cierto es que tenía una cohorte de amantes para aburrir a un contable, y un nivel de vida y dispendios que en la España de entonces nunca se había visto.

Cuando iba de regreso a Flandes, no se le ocurre otra cosa a este elemento que firmar un tratado de paz con el rey de Francia no autorizado por los monarcas españoles, por el que a través de un matrimonio de conveniencia entre sus respectivos hijos, criaturitas que todavía gateaban y no alcanzaban la condición de bípedos, se les adjudicaba el reino de Nápoles así, por las buenas. Aquello fue el acabose para la paciencia de los sorprendidos monarcas peninsulares.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando.
Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando.

Pero mientras, en el sur de lo que hoy es la actual Italia, lo que no se esperaba el subido Duque de Nemours, es que aquel extraño oponente encerrado en la ciudad fortificada de Barletta le arreara una contundente tunda que no por inesperada fue rotunda, sino que además, fue aplastante y humillante para el pabellón francés. El día 16 de mayó de 1503, tras atravesar unos campos de lavanda de una belleza avasalladora, entra en Nápoles en loor de multitudes aclamado por la entera población que sabía que era un justo entre los justos.

Lo del Gran Capitán era una síntesis entre dos contradicciones. El conocimiento es algo contrastado y seguro, es empírico, pero está sujeto a la certidumbre e impide la natural evolución de la innata curiosidad humana. Pero también puede ser desactivado por la creatividad lo que lo hace original en sí mismo. Gonzalo de Córdoba aunaba la praxis de la guerra con la apuesta por las innovaciones más vanguardistas; él y solo el, cambió en el siglo XVI el arte de la guerra creando formulas combinatorias de estrategia y táctica nunca vistas. Y si antes de él habían sido ejecutadas en algún momento de la historia, el testimonio de ello no existía; pero estaba en su peculiar idiosincrasia. A la postre, como decía Einstein, la imaginación es más importante que el conocimiento.

Como agradecimiento, los reyes católicos nombran virrey de Nápoles a Gonzalo de Córdoba. Pero el escenario se estaba descomponiendo a marchas forzadas y por el norte, se acercaba lentamente un enorme ejército francés de 36 000 hombres obsesionado con recuperar Nápoles.

Pero el ingenio está ahí, siempre latente.

Europa sorprendida

El Gran Capitán no tenía la masa crítica de soldados suficientes ni la seguridad de ser alimentado con refuerzos desde España. Su desventaja era abismal frente a un ejército aprovisionado por tierra sin dificultades frente al suyo, que debía de ser abastecido por mar con las consecuencias que esto conlleva. Lentitud, azar, recuperación lenta de la proporcionalidad, logística penalizada por las reducidas capacidades de las naos y cocas, etc. También había otro frente con Francia en el Rosellón que requería la atención del monarca hispano. El Gran Capitán tuvo que echar mano de todo el ingenio del que era capaz.

Su habilidad castrense en la guerra de estrategia le daría la victoria en las maniobras de desconcierto que le creó al ejército galo en el Liri y en Garellano. Este desconcierto, acabó finalmente con los recursos del ejército adversario, que mermado psicológicamente por marchas y contramarchas en una zona pantanosa, acabó quebrándose. Agotados y al borde de la inanición, empapados por una lluvia penetrante y canalla, en su retorno a una posición segura, la de Gaeta, se encuentran a las fuerzas de Gonzalo de Córdoba cortándoles el paso. Como consecuencia de la aniquilación de aquel ejército agotado y fantasmagórico, la victoria española cae como fruta madura. Es la segunda vez que un ejército francés es derrotado en un lapso de tiempo muy breve, Europa esta asombrada y los anales militares registran las maniobras de este genial especulador que cuatro siglos después consultaba con regularidad en uno de sus libros de cabecera , el genial mariscal de la Wehrmacht, Erwin Rommel, llamado “el zorro del desierto”.

Pide la sustitución inmediata, no puede penalizar a soldados que le han acompañado en todos los frentes de guerra sin rechistar

Milán y Génova están al alcance de las tropas de Gonzalo de Córdoba pero su rey tiene otros planes, lo cual se traduce en una cuestión frustrante para el militar disciplinado que es. Fernando solo pretende consolidar el dominio español en Nápoles. Entretanto, ocurre lo peor o el principio de lo peor. El Gran Capitán enferma seriamente.

A los 51 años de edad, abatido irónicamente por la paz tras triunfos militares sin cuento se tiene que enfrentar a un ejército que no cobra las pagas a su debido tiempo, a rebeliones internas y a sediciones imprevistas; esto, le rompe los esquemas. Pide la sustitución inmediata, no puede penalizar a soldados que le han acompañado en todos los frentes de guerra sin rechistar y ahora se ve impelido a castigarlos. Además, todo este panorama se ve exacerbado por el conflicto entre el embajador español en el Vaticano, Francisco de Rojas a cuenta del litigio con los Borgia y en particular con el condottieri Cesar, líder de una mesnada de mercenarios brutales.

Por otro lado, el 26 de noviembre muere Isabel la Católica y esta deja testamentado que el regente debería de ser su marido. La nobleza castellana no respeta esta última voluntad de la reina extinta y entronizan al crápula de Felipe el Hermoso. Fernando el Católico, un hábil rey que gobernó con mano dura y diplomacia elegante, es relegado y rehúye el conflicto para evitar males mayores; pero en apariencia- solo él sabrá el porqué de sus decisiones-, toma partido por el amor de Germana de Foix, sobrina de Luis XII al que tanto había combatido Gonzalo de Córdoba en los territorios del sur de la actual Italia. Además, se le acusa de intentar dar un golpe de estado en Nápoles para afirmarse como rey del mismo, calumnias del mal perdedor que ostentaba la embajada en el Vaticano; Francisco de Rojas. En Castilla solo tiene el apoyo del Duque de Alba que no es poco, incondicional amigo hasta su muerte.

Felipe el Hermoso, un 'pieza'.
Felipe el Hermoso, un 'pieza'.

Cisneros, confesor de la reina en vida, intenta guardar las formas y evitar conflictos mayores pero a la postre se debe a Castilla y Felipe el Hermoso. Fernando, en ese momento, está embarcando hacia Génova para dirigirse a Nápoles donde es recibido entre el entusiasmo popular. Fernández de Córdoba no da pábulo ni indicios de desacato en ningún momento. Pero el conflicto está latente.

Y este estalla por el tema de la contabilidad, episodio más que famoso en las crónicas de la época. El Gran Capitán, lamentablemente, todo hay que decirlo, era un pésimo contable. Hubo bronca de las que hacen historia y la regañina real quedó mitigada por el tremendo reconocimiento del pueblo de Nápoles hacia Gonzalo de Córdoba. Su presencia iba siempre acompañada de un baño de multitudes. En el tiempo de la despedida, de su salida del reino que había dirigido tan sabiamente durante doce años hubo que apelar por primera vez a la fuerza. Su cohorte de guardias personales tuvieron que desalojar la puerta de Ubrici para permitir la salida del Gran capitán, tal, era el colapso. La propia multitud impedía con vehemencia la salida de aquel increíble guerrero y humanista. En aquel momento tenía 53 años.

Un verano de 1507, en Savona, Fernando el Católico, ya cónyuge de la jovencísima Germana de Foix, es recibido por el rey de Francia con una pompa ostentosa. El rey francés quiere conocer a su Némesis, el Gran Capitán, y lo sienta a su lado. Para Gonzalo de Córdoba, más que un halago es una repetición de la humillación, pues es sabido que él no aprobaba ese matrimonio, no por la juventud de la criatura, sino por ser francesa y sobrina de su enemigo por el que sus soldados habían derramado tanta sangre. Aquellos a los que tanto había combatido eran parte de la mesa y mantel. Sus propios enemigos, quedaron admirados por la maestría del militar y comentarios y loas eran el pan nuestro de cada día durante su estancia; los agasajos lo abrumaban, era un hombre hermanado con la austeridad y alejado del oropel. Los honores y la admiración por el héroe eran sinceros, pero él no los digería, se sentía traicionado por su rey.

En Loja, Granada, donde comenzó su carrera militar y su rosario de éxitos, una malaria expeditiva le cerró las puertas de la vida

Gonzalo de Córdoba no volvería a salir de España, de hecho, el que decía ser su rey, rey que tenía una inmensa deuda de gratitud con él, no le permitiría salir del reino para los restos. Ninguna de sus promesas –las del monarca aragonés– fueron cumplidas en tiempo y forma.

Las enormes envidias que le generaron sus éxitos, le pasarían factura en un país en el que los triunfadores son aplaudidos con sordina tras haberles puesto docenas de zancadillas. Julio II, a la sazón Papa de Roma, a sabiendas de su infortunio, ofreció al Gran Capitán, organizar y dirigir el ejército de la santa Sede, oferta que este declinaría por su sentimiento de compromiso hacia su rey.

Un día de diciembre, hacia las dos de la madrugada, entró por la ventana de aquel Grande de España un viento frío con un mensaje de muerte y alivio para sus terribles fiebres. En Loja, Granada, donde comenzó su carrera militar y su rosario de éxitos, una malaria expeditiva, le cerró las puertas de la vida. Un año después, el inspirador de la obra magna de Maquiavelo moriría de un derrame cerebral por abuso de cantárida, un escarabajo de color verde muy chulo pero muy cabroncete, que debidamente pulverizado es un enorme vasodilatador pero con enormes efectos secundarios. Su intento de perpetuarse a través de un retoño le costaría su propia existencia.
Se dice que cuando murió el Gran Capitán, su rey se expresó hacia él con una metáfora despectiva, aunque diversas fuentes discuten la veracidad o autenticidad de estas palabras. De ser ciertas, rezarían así., “un árbol no muere porque pierda una hoja”

Dos grandes irreconciliables, uno humilde hasta el último aliento; el otro con un ego descomunal.

Alma, Corazón, Vida

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