Un gran imperio: cuando la frontera de Aragón comenzaba en Turquía
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un MUNDO hoy despoblado

Un gran imperio: cuando la frontera de Aragón comenzaba en Turquía

Ellos fueron los dueños del Mediterráneo, hasta el punto de que los mejores expertos en la materia pasaban por dificultades al contabilizar sus vastas propiedades

Foto: Almogávares, los últimos cruzados.
Almogávares, los últimos cruzados.

"Los tiranos perduran únicamente debido a la complicidad de los propios tiranizados".

–Tratado 'Sobre la servidumbre voluntaria', de La Boetie


Como si se tratara de 'La gran ola de Kanagawa', la célebre estampa de Hokusai, Aragón en aquellos tiempos (siglos XIV y XV) era como un poderoso tsunami que tocaba las puertas de los confines más alejados; se podría decir que era un imperio más que un reino prácticamente metido en todas las salsas. El mar era suyo.

Cuando asomaba el siglo XV, todos los reinos de la Península Ibérica, Castilla, Portugal y Aragón (con la salvedad del Nazarí que estaba en sus últimos estertores), se expandían por el mundo emulando antiguos y poderosos imperios enterrados por el viento de la historia. A los castellanos a esas alturas les había dado por repartir cera en el Canal de la Mancha, incendiar Londres, saquear las más importantes ciudades costeras del sur de Inglaterra, exportar lana, vino y aceite hasta Flandes e incluso, tener negocios con la tardía Liga Hanseática. Nuestros hermanos portugueses como siempre a su “bola”, habían instalado bajo la égida de Enrique el Navegante una docena de colonias por África y a la muerte de este gran rey portugués ya se dirigían hacia Asia yendo por la historia como es peculiar en ellos, con motor diésel. Esto es, tranquilitos.

La gran ola de Kanagawa.
La gran ola de Kanagawa.

En el caso de Aragón, aquel reino-imperio que hoy ha quedado reducido a una extensión paulatinamente despoblada y que otrora era un coloso derribando ciclópeas murallas, impresionaba por su poderío, hoy extrañamente olvidado en los libros de historia tan castigados por el atrevimiento de la osada ignorancia y de interesadas amnesias reivindicando protagonismos según criterio de conveniencia de los dictores de turno. Asi lo decía Aldous Huxley (algo muy frecuente en los entresijos de la historia) y así ocurrió; en esa comprimida e intensa historia de Aragón ante otros episodios más actuales –que son los que se suelen recordar por vigencia e inmediatez por su mejor difusión–, se fue filtrando discretamente por las rejillas de la historia formando ahora el abono de la nostalgia pero no de la historia de la humanidad con mayúsculas, que es donde deberían quedar registrados sus hechos y gestas.

El viento de la nada ha borrado de la memoria colectiva aquellas hazañas de los titanes almogávares repartiendo estopa en tierras turcas

Ellos fueron literalmente los dueños del Mediterráneo y aparte de sus reales peninsulares, sus vastas propiedades pasaban por dificultades al ser contabilizadas por los mejores expertos en la materia; ya fueran estos cartógrafos o meros escribas de los números del Reino de Aragón. Hoy el viento de la nada ha borrado de la memoria colectiva aquellas hazañas de los titanes almogávares repartiendo estopa en tierras turcas así, sin estresarse.

Casi la tercera parte del territorio peninsular, más las Baleares, Cerdeña, la mitad de la bota italiana y la entera Sicilia, los ducados de Neopatria (la enseña de la Corona de Aragón ondeó en lo alto de la Acrópolis durante un siglo entero, que se dice pronto) y una docena de fortalezas estratégicamente situadas en el Egeo, varias de ellas en territorio turco, garantizaban que las cosas fueran bien para las mercaderías que enriquecían la Corona de Aragón.

Un ejército implicado

Cuentan que un día unos nobles aduladores que venían a rendir pleitesía al rey de Aragón Martín el Humano le hablaron de su innegable talento y genialidad en la dirección de tan vastos territorios, y él les respondió. Esta era en esencia la grandeza de unos hombres y de un reino forjado en la voluntad de ocupar espacios mercantiles en alza, eso sí, con un ejército implicado con el pueblo y sus reyes hasta la médula.

Uno de los hechos destacables ocurridos a mediados del siglo XV y que nos da la medida del carácter aragonés es el ocurrido en los límites de las fronteras de Anatolia (actual Turquía).

Aragón Martín, el Humano
Aragón Martín, el Humano

Por aquel entonces, Alfonso V el Magnánimo (1396–1458), quizás el monarca de Aragón con más visión estratégica y comercial, realizó una agresiva política naval en el Mediterráneo concediendo abundantes patentes de corso a sus capacitados y bien entrenados marinos. Artilló las cocas y carracas al uso, embarcó probablemente los primeros arcabuceros y ballesteros (algo parecido a una infantería de marina) y envió aquellas fortalezas navales con sus feroces inquilinos a conquistar el Mare Nostrum con carta blanca. Aprovechando la caótica situación imperante en aquellos mares, pues los turcos tenían puesta toda la carne en el asador en su imparable y obsesivo avance hacia Constantinopla, y habían abandonado sus quehaceres en el Egeo y zonas circundantes, Vilamarí, el corsario de moda, la lio parda.

Vilamarí hizo el corso con un ímpetu y un apasionamiento dignos de elogio. Asia Menor, Rodas, las Cícladas, el Dodecaneso y Chipre fueron visitadas, saqueadas y cómo no, expoliadas sin reparar en medios. Las omnipotentes repúblicas venecianas y genovesas tuvieron que aceptar pagar peaje por circular tranquilos por “sus mares” de siempre. Los egipcios y turcos no tenían tanta fortuna pues al aragonés no le gustaba que llamaran a los cristianos infieles y por ende, cuando prendía a uno con turbante, este se esmeraba mucho en hacer correctamente las debidas genuflexiones a la par que satisfacer una cantidad razonable en función de su supuesto estatus, valorado este a ojímetro.

Naves de guerra

Hacia el año del Señor de 1450 una flota de cocas, carracas y algunas naos enviadas por el rey Alfonso V de Aragón bajo el mando de Bernat de Vilamarí se apoderó de un aislado islote con agua y bosque llamado Kastelorizo o Castellroig en román paladino, islote griego a distancia de una pedrada de la costa turca. En ese momento, a los turcos les faltaba un suspiro para conquistar Constantinopla y arrasaban la Europa Oriental. El rey de Aragón había concedido patentes de corso para incordiar a los del turbante, y con esta maniobra de distracción, ayudar de paso a los agobiados Caballeros Hospitalarios de San Juan que las estaban pasando canutas en la isla de Rodas.

Desde Kastelorizo, Vilamarí se dedicó a arramplar con todas las mercaderías que circulaban desde el Delta del Nilo, Siria y Palestina, causando graves destrozos a la recaudación de impuestos del sultán Mehmet II, que no ganaba para analgésicos ante las tropelías de los aragoneses. Durante el tiempo de su estancia en la isla rehicieron la fortaleza antigua hasta convertirla en inexpugnable. Vilamarí, que estaba a otras mayores, dejó al mando al capitán Ribasaltas y por las mismas, se largó a darle un susto al Sultán de Egipto que años antes había osado atacar los intereses de Aragón en aquella zona.

Vilamarí se dedicó a arramplar con las mercaderías que circulaban, causando graves destrozos a la recaudación de impuestos del sultán Mehmet II

Dicho y hecho. Una noche se abarloaron las naves aragonesas con costa a la vista para así poder descansar mejor antes de atacar por la arteria principal del canal del Nilo, llamado Damieta. Dentro del puerto, incendió una docena de naves de guerra, salvándose únicamente las del vasallo del rey de Aragón, Galo Ripoll, que a la sazón estaba mercadeando genero con el sultán. Nobleza obliga.

Vilamarí le preguntó a Ripoll que por qué comerciaba con aquellos pecadores y sin inmutarse, el otro aragonés le dijo que el pecador era él, y que según sus cálculos sus pecados le alcanzaban para ir al infierno en todas las religiones. Esta célebre frase es con frecuencia atribuida a Nietzsche en uno de esos días prolijos de su primaveral mente cuando fecunda y creadora soñaba con paraísos oníricos. Luego, tenía aquella cosilla patológica que le hacía bascular hacia el infierno o hacia las alturas donde el Señor sestea.

Los ataques a las costas egipcias por parte de los aragoneses, pagos de los afamados y difamados mamelucos, eran el leít motiv o pretexto por la ayuda que el sultán local prestaba a Mehmet II, el más enconado adversario de la cristiandad 'in illo tempore'.

La expansión

Ya almirante, el aragonés se dedicó a destruir íntegramente la flota Genovesa dejando en pañales a los mayores mercaderes de aquel entonces. Venecia, siempre más inteligente y flexible, reconocía quien estaba en el puente de mando y se avenía a pactar tratados ventajosos con los peninsulares, además, los pactos con los turcos le salían por un ojo de la cara. Los genoveses, por lo visto, no habían reconocido bien quién era el que cortaba el bacalao. En el instante en que Aragón con su espléndido poderío iba a atacar la capital de la República, su bien amado rey tomó rumbo hacia la eternidad, de tal manera que hubo que suspender las operaciones en curso. El rey se había ido y tras sus pasos, en poco más de un año, su mejor almirante, el que mantuvo a los turcos a raya.

Hacia 1512 Kastelorizo –Castell Roig–, el Castillo Rojo, la daga en el corazón otomano, fue conquistado definitivamente por la horda de turbantes. Tres mil jenízaros –las fuerzas de élite del Gran Jefe anatolio Bayaceto II, hijo del famoso conquistador de Constantinopla–, lanzaron más de quinientos cadáveres de esclavos cristianos condenados a galeras acompañados de una lluvia flamígera de fuego griego. No se pudo capturar un solo hombre vivo en medio de aquella gigantesca hoguera. No hubo prisioneros ni testigos. El Castillo Rojo fue una pira funeraria solo a la altura de unos valientes.

Hacia 1512 Kastelorizo, el Castillo Rojo, la daga en el corazón otomano, fue conquistado definitivamente por la horda de turbantes

Aragón siguió expandiéndose y defendiendo en el Mediterráneo su bien cultivada reputación. Nada escapaba a su control pero bien era cierto que el turco estaba obsesionado en acabar con la cristiandad. Hubo que esperar a Lepanto para bajarles otra vez los humos.

Aragón dejó una marca indeleble de osadía y temeridad en latitudes lejanas y muy hostiles. Este juntaletras sigue pensando que España tiene un pésimo marketing para con sus héroes, algo en lo que influyen los obscenos recortes en educación.

Pero hoy, para tener una cultura general basta con saber quiénes son Ronaldo y Messi, Griezmann y Williams; y si te quieres doctorar lo haces con Nadal. Así nos va.

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