Historia de España: Una matanza heroica: el sacrificio de castellanos y aragoneses en Constantinopla
EL INSTANTE FINAL

Una matanza heroica: el sacrificio de castellanos y aragoneses en Constantinopla

El 29 de mayo de 1453 se abrirían las fauces del infierno y tenía lugar una matanza antológica en la milenaria ciudad del Bósforo, que pasaría a llamarse Estambul

Foto: Cien mil combatientes turcos asaltaron la ciudad. (Wikimedia Commons)
Cien mil combatientes turcos asaltaron la ciudad. (Wikimedia Commons)

"Lo suyo no es razonar el por qué, lo nuestro es nada más que el hacer y el morir".

-Alfred Lord Tennyson

Eran las cuatro de la madrugada y al destacamento de jenízaros que estaba perfectamente camuflado y agazapado a no más de 50 metros de la famosa puerta de Kerkoporta en el tradicional y bullicioso barrio de las Blaquernas, le llamó poderosamente la atención, como una luminosa comitiva de vistosas luciérnagas de una explosiva luminiscencia verde, titilaba de una manera un tanto sospechosa. Entraban y salían alegremente por una de las ranuras de una sólida puerta de madera de las muchas que guarnecían la enorme tercera muralla de una de las ciudades más pobladas del Mediterráneo, y la que probablemente acumulaba más historia de todas ellas; la enorme Constantinopla.

El 29 de mayo del año 1453 se abrirían las fauces del Infierno y sus abisales fosas insaciables de sangre obtendrían un empacho antológico. Una de las matanzas más increíbles de la historia militar se produciría desde esa fecha y durante la semana siguiente en una orgía de sangre que ha pasado a los anales por lo indescriptible de los detalles. El horror en su máxima expresión se había colado dentro de la milenaria ciudad del Bósforo, con la colaboración inocente de unos tranquilos y disciplinados animalitos, ajenos a la barbarie humana por desatar.

El episodio más asombroso fue el de la ruptura del cerco por parte de unas tropas aragonesas para llevar provisiones a la cercada población

Nunca se sabrá el porqué de una negligencia de tamaño calado; el caso, es que cerca de cien mil combatientes turcos a las órdenes del bipolar Mehmet II un culto intelectual, poliglota, mecenas, astuto, receloso, ambicioso, y hombre de crueldad legendaria, pudieron entrar por una puerta falsa a la que alguien se había olvidado de echar el pestillo.

La desproporción entre los dos contendientes era impresionante, no solo en número de combatientes, sino también en recursos y tecnología armamentística. El factor humano, la población intramuros del momento, no ascendía a más de 50.000 almas. En el siglo X de la era cristiana, esta monumental ciudad había albergado a más de 500.000 habitantes. Pero la permanente erosión del ejército otomano había recortado paulatinamente los límites del imperio bizantino a parámetros liliputienses. Entonces, albergando la vacua esperanza de ser el faro religioso de millones de creyentes, Constantinopla rechazó la rendición incondicional.

Masacrar a la población sin contemplaciones

La tradición islámica sostenía una especie de “fair play” por el cual las poblaciones que se rendían sin oposición eran respetadas y una sencilla indemnización de guerra ponía las cosas en su sitio. Pero en caso contrario, cuando había resistencia, a los vencidos sólo les quedaba padecer el pillaje, la esclavitud y la masacre sin contemplaciones; un “Vae victis” inapelable. Por ello, lucharon hasta la muerte, con la vana esperanza de que acudieran en su auxilio naves aragonesas, venecianas o genovesas; cosa que jamás ocurrió, y cuando sucedió, seria de manera simbólica.

'La caída de Constantinopla', por Theophilos Hatzimihail. (Wikimedia Commons)
'La caída de Constantinopla', por Theophilos Hatzimihail. (Wikimedia Commons)

La Corona de Aragón, en aquel tiempo tenía una extensión geográfica más que importante. Era lo más parecido a un estado federal por la reciprocidad de la asistencia entre los pares que la componían. Desde los límites fronterizos con Castilla, pasando por Sicilia hasta Neopatria, cuatro mil millas hacia el este, el ancho azul del Mediterráneo tenía dos dueños de peso y algunos secundarios. Aragoneses y turcos tenían unas relaciones correctas, mientras los genoveses, pisanos y venecianos se dedicaban a las múltiples formas de comercio que procuraba el momento. Pero el peso pesado, el hegemón, era Aragón.

Cuando la ciudad fue asaltada, los catalanes implicados en la defensa del sector oriental de las murallas, aquellos que estaban a cargo del antiguo palacio imperial, el medio millar aproximado que sumaban, murieron hasta el último hombre en el voraz cuerpo a cuerpo del día 29 de mayo. Lo mismo le ocurriría al cónsul catalánoaragonés Pere Julià y al centenar de arqueros adscritos a su compañía que serían devorados literalmente por la turba de jenízaros que envió Mehmet II con órdenes precisas de masacrar a la población sin contemplaciones.

Todavía no se sabe cómo cerca de cien mil turcos pudieron entrar por una puerta falsa a la que alguien se había olvidado de echar el pestillo

Desde siempre, se ha puesto el acento en la aportación genovesa y veneciana antes de que llegara el último momento de esta hermosa ciudad cargada de historia. Giovanni Giustiniani Longo, por parte de los primeros, financió de su propio bolsillo una fuerza de 700 hombres perfectamente equipados como ballesteros. Notable asimismo fue la aportación del veneciano Girolamo Minotto, que aportaría a su vez un millar de mercenarios -cristianos eso si-, dispuestos a inmolarse.

Esperaban un milagro

Pero si hay un episodio realmente asombroso fue el de la ruptura del cerco por parte de unas cocas aragonesas que en algún momento de un alba de abril del año 1453 lograrían forzar el sitio y llevar provisiones a la cercada población, al tiempo que aportaban una compañía de 250 veteranos.

Tanto el historiador y especialista en el sitio y caída de la estratégica ciudad, Steven Runciman -'La caída de Constantinopla'-, como el inefable Stefan Zweig en su no menos famoso libro 'Momentos Estelares de la Humanidad', hacen un relato claramente descriptivo del drama de aquella población condenada a muerte a la par que abandonada a sus suerte por occidente.

Los grandes cañones fueron clave en la conquista de la ciudad. (Wikimedia Commons)
Los grandes cañones fueron clave en la conquista de la ciudad. (Wikimedia Commons)

Las 111 iglesias intramuros de la ciudad estaban llenas de creyentes que todavía esperaban un milagro; la llegada de refuerzos desde occidente. El rumor de las plegarias rasgaba la recogida atmósfera de la ciudad maldita, arropadas por el lúgubre tañer de unas campanas centenarias mientras el premonitorio silencio de los sitiados contrastaba con el infernal griterío de los asaltantes; la muerte se hacía cada vez más patente en forma de escalofrío.

Se sabe, que la última carga, ya dentro del anillo interior del intramuros, donde el Basileo Constantino, postrer emperador del imperio bizantino cayó, lo hizo acompañado del noble castellano Francisco de Toledo, un armario de casi dos metros y más de cien kilos, combatiendo con dos espadas de doble filo; murieron a lo grande. De Toledo, heredero de la saga Commena , eslabón previo a la secuencia de la dinastía Paleóloga, tuvo la oportunidad de salir de la ciudad maldita junto con otros nobles genoveses y venecianos, pero rechazó la oferta. Fiel a su amistad y a su cita con el destino, jugó sus cartas con honor.

Lucharon hasta la muerte, con la vana esperanza de que acudieran en su auxilio naves aragonesas, venecianas o genovesas, cosa que jamás ocurrió

Cuando Constantinopla se desploma, el paradigma del asalto de los bárbaros a la sofisticada y exquisita cosmogonía occidental pone en cuestión la seguridad de los valores supremos del eje donde pivotan las cosas. Toda la tierra tiembla. El colosal derrumbe de las murallas de la milenaria ciudad, encrucijada del Bósforo, arbitro mercantil entre Asia y Europa, se rinde ante el brutal empuje de la artillería de Urban, el orfebre de la muerte, el hacedor de los más grandes cañones diseñados hasta la aparición del Gran Berta de Krupp; Urban y los jenízaros, fueron los muñidores de la victoria de Mehmet II, hijo de Murad, nieto de Bayaceto; una tradición de victorias arrolladoras encadenadas en un lapso de solamente un siglo.

El origen de Estambul

En aquella gran tragedia colectiva, la demolición por la furia del asalto más feroz jamás ejecutado por ejercito alguno, los griegos volverían a luchar en solitario de nuevo. Condenados sin remisión al holocausto, fueron capaces de afrontar su terrible destino con la épica de una narrativa homérica

Constantinopla, había dejado de existir para la historia y Estambul, la reemplazaba en la innumerable cuenta de emplazamientos que sumaron y sumarian su alma inmortal en un lugar, espectador privilegiado de los acontecimientos que fluían por el Bósforo en su enorme transitar desde todas las latitudes existentes. Mehmet II, el nuevos dios del terror, el sultán y amo de todos los turcos, desde entonces, se llamaría Hunkar, o lo que es lo mismo, "el bebedor de sangre".

Alma, Corazón, Vida

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