Historia: Al Andalus, el reino español que fue tan importante como Grecia o Roma
Apogeo del califato

Al Andalus, el reino español que fue tan importante como Grecia o Roma

Si los musulmanes quieren mirar a Al-Ándalus como algo a reivindicar, deben hacerlo por la brillantez de una época irrepetible, por su concordia religiosa, sus poetas y sabiduría

Foto: La mezquita de Córdoba. (iStock)
La mezquita de Córdoba. (iStock)

'Pensar es el trabajo más difícil que existe. Quizá sea ésta la razón por la que haya tan pocas personas que lo practiquen'.

-Henry Ford

Empujados por la yihad y por un fervor religioso ilimitado rayano en el paroxismo, miles de jinetes habían arrasado a su paso las fragmentadas culturas residuales del norte de África tras la defunción histórica de Roma en aquellas latitudes. Un viento sagrado impelido por un fanatismo mesiánico desbordaba a todos los ejércitos que se oponían y aquello no tenía visos de remitir. Cuando la horda de turbantes cruzó el estrecho de Gibraltar, los practicantes de aquella religión sin ídolos en la que el derecho de conquista se mezclaba con la coartada del escarmiento al infiel -mientras que el saqueo aportaba pingües beneficios a sus practicantes-empezaron a derramarse por la península como una imparable mancha de aceite. Entraron en tromba y acabaron con un enfrentado reino visigodo sin cohesión y con un liderazgo insolvente. La derrota estaba servida.

En el momento álgido de la conquista de la península ibérica, pasados unos treinta años después de la fatídica fecha del 711, Al-Ándalus tenía una geografía espectacular. Salvo Asturias, Cantabria y el País Vasco, la mancha verde de los estandartes del islam lo cubría todo desde Finisterre hasta Ampurias y desde el entero Portugal hasta el archipiélago balear. Es en este periodo de gobierno dependiente de Damasco gobernado por emires delegados en que Al-Ándalus se convierte por su extensión e indiscutible poder militar en la más poderosa estructura política de Europa, llegando a la pleamar bajo el control del primer Abd el Rahmán fugitivo de la gran represión abasí.

El califato de Córdoba sienta la máxima expansión cultural, con desarrollos difícilmente equiparables con ningún otro reino europeo

Pero es entre este periodo y los estertores del reino nazarí cuando el Califato Omeya de Córdoba, allá en su apogeo por el año del Señor de 929 (307 de la Hégira) sienta en la historia la máxima expansión cultural con desarrollos difícilmente equiparables por ningún otro reino europeo. Es la referencia mundial en obra civil, en todas las variantes del arte, con la medicina más avanzada y los filósofos y poetas más punteros; tal vez un modelo de convivencia entre las tres religiones monoteístas, que mal que nos pese, pocas veces en la historia ha concitado tanta brillantez.

Los musulmanes actuales, más allá del dolor y la barbarie que provoca la división y el frentismo al que están sometidos por el Imperio del Oeste y por su constreñida interpretación de la religión, ven como reconfortante encomendarse al mesianismo anestésico y adulterado, y a los cantos de sirena de lo que fue su paraíso terrenal al otro lado del estrecho, pero olvidan que estaba presidido por la concordia y por jefes cualificados no sometidos a manipulación alguna. Las legítimas aspiraciones a la utopía son válidas si están regadas con inspiración e imaginación, pero seguir cabalgando la violencia extrema es un empeño abocado al fracaso. Al-Ándalus fue un crisol de culturas, de entendimiento, un modelo de integración de referencia durante la época del califato de Córdoba. No fue decadencia, sino esplendor; no fue un reino perdido a manos cristianas, sino una herencia humana como lo fue la cultura de la Grecia clásica o la Roma de herencias universales.

Cultura vital, grandiosa e integradora

Si alguien quiere mirar Al-Ándalus como algo a reivindicar, que lo haga, sí, pero de la brillantez de una época irrepetible, de unos poetas que iban a la vanguardia de las banderas, de un arte incontestable, de jefes con sapiencia, de soldados formados, de intelectuales eclécticos, en suma: una referencia histórica inolvidable sepultada hoy por las reclamaciones de pensamientos sin ventilación. Un imperio que holló tres continentes es hoy una sopa de letras. La destrucción de iconos de otras culturas, las subdivisiones religiosas, las dictaduras consentidas o la aniquilación del adversario por diferir de los criterios de Alá interpretados estos por sirvientes descerebrados no honra la memoria de una cultura vital, grandiosa e integradora que nació y feneció como una nova en una explosión de brillantez inigualable.

Obviamente la Córdoba califal no era la Arcadia feliz ni el mítico Shangri-La, adolecía de una justicia circular en el sentido estricto de la palabra a pesar de sus inmensos logros. Las mujeres eran invisibles, al igual que los esclavos; las guerras eran el pan nuestro de cada día y había conspiraciones palaciegas; pero en medio de todo ello surgió la belleza porque en aquel momento existía una voluntad de llegar más lejos e ir más alto.

Todo ello configura nuestra grandeza como nación a través de un legado incontestable, siempre que no acabemos escribiendo en las paredes de Atapuerca

Es de esperar que algún día reivindiquemos para el esqueleto de nuestra historia común que fuimos tan árabes como castellanos; que en nuestro ADN patrio navegan a la par las gestas y cantares, como las jarchas y moaxacas, y que todo ello configura nuestra grandeza como nación a través de un legado incontestable, siempre y cuando, al paso que vamos, no acabemos escribiendo con tizas y lascas en las paredes de Atapuerca, reducción histórica bastante previsible con tanto recorte en educación y cultura.

De aquel esplendor perdido, nos quedan estos bellos fragmentos de ‘El Libro del Amor’, que rezan así:

"Cuando me enamoro

el reino de Dios cambia

el crepúsculo duerme en mi abrigo

y el sol despunta por el oeste.

¿Por qué? ¿Por qué desde que me amas

mi lámpara alumbras

y mis cuadernos han florecido?"

Alma, Corazón, Vida

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