lOS inmorales BORGIA

La abominable saga que marcó un antes y un después en la historia de la Iglesia

Una amoral, cruel e ilimitada ambición fue la base de una dinastía repugnante. De orígenes aragoneses, el Papa Alejandro VI fue lo peor para la iglesia católica

Foto: lucrezia borgia, de donizetti, será la primera ópera emitida en 3d
"lucrezia borgia", de donizetti, será la primera ópera emitida en 3d

Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad.

Confucio

Una amoral, cruel e ilimitada ambición fue la base de la estrategia que la familia española de los Borgia (adaptación italianizada de la grafía Borja), manejó de manera profusa y discrecional para tomar por asalto y controlar la antiquísima institución vaticana; papado que estuvo salpicado de una de las más obscenas y escandalosas gestiones que a lo largo de su historia hayan presenciado los herméticos muros que albergan el lado más oscuro del cristianismo.

Hace ya más de veinte siglos que un extraordinario referente espiritual asomaría en tierras palestinas para alumbrar con un sencillo y grandioso mensaje, desde la austeridad y la compasión, desde la generosidad y el desapego, y con una altura de miras pocas veces vista por estos pagos, un ideario que podría haber facilitado la convivencia de la humanidad en su devenir, si no hubiera sido por la torticera y oportunista usurpación y posterior manipulación de aquellas palabras hasta convertirlas en vagos, ininteligibles y crípticos discursos despojados de toda su esencia original.

Bajo la férula de una saga aborrecida

El último día de carnaval de 1497, en Florencia se montó una hoguera de proporciones colosales que en esta ocasión no iba a ser alimentada con el combustible de contumaces herejes descarriados. Elaboradas máscaras y disfraces, pelucas, deliciosos libros de Bocaccio calificados de obscenos por los pederastas y puteros prebostes de la curia romana, cuadros de hermosas mujeres desnudas en su generosa belleza, elaboradas pinturas de Boticelli, amuletos varios, etc., fueron pasto de la voracidad de las llamas, y lo que es peor, de la intransigencia de perversas mentes que usurpaban el pensamiento legado a la humanidad por uno de los más grandes profetas y filósofos que hayan hollado este orfanato ambulante llamado tierra. Esto sucedía bajo la férula de una de las más aborrecidas sagas que memoria alguna pueda recordar.

Convirtieron la corrupción en una alambicada orfebrería financiera con más extensiones que la mitológica Hidra

Dinastía odiada, los Borgia marcarían un antes y un después en la historia de la Iglesia. Su leyenda, forjada en el caldo de la corrupción más absoluta y los crímenes más horrendos que concebirse pudieran, se basaba en la asidua práctica del horror como mecanismo sistemático de eliminación de los adversarios, mientras  la impunidad rampante amparaba los crímenes más horrendos. Durante años el banderín de enganche de esta incalificable familia estuvo basado en una especie de temprana “omertá” y de una incondicional cohorte de parásitos que practicaban una asfixia controlada de una asustada feligresía que asistía impotente y resignada a tanto despropósito.

El fúnebre tañido de Campidoglio

Era Rodrigo Borgia probablemente el cardenal más rico de entre sus pares. Como obispo de Oporto, detentaba el monopolio del comercio del vino urbi et orbi. En su feudo español  de Valencia, 16 obispados, una docena de abadías y varias concesiones mercantiles nutrían de liquidez a su bien engrasada maquinaria de compraventa de favores y prebendas convirtiendo la corrupción, más que en un ejercicio artístico, en una alambicada orfebrería financiera con más extensiones que la mitológica Hidra. Originarios de Borja (Aragón), llevaban instalados antes de saltar a la bota itálica no menos de tres generaciones en Játiva.

César Borgia. (Corbis)
César Borgia. (Corbis)

Por aquel entonces, al fúnebre tañido de las campanas de Campidoglio anunciando la muerte de Inocencio VIII, predecesor del Papa Borgia, le seguiría una brutal y silenciosa trifulca de canjes de favores. Rodrigo Borgia era un hábil esgrimista que se movía por los salones de San Pedro, ora de puntillas para pasar desapercibido, ora con paso potente y firme para hacer notar su inmenso poder a conveniencia.

Crímenes en las oscuras calles de Roma

Más de doscientos mil ducados afluyeron desde Francia de las mismísimas arcas del monarca galo para evitar la candidatura del español, pero todo fue en vano. El intrigante cardenal, amante de Vanozza Catanei y de Julia Farnesio Orsini al alimón, con cuatro hijos legales y una docena de bastardos cobijados tras el silencio comprado con generosas dádivas o amenazas indisimuladas, estaba a punto de asaltar el deslumbrante templo donde se fraguaban las intrigas más sofisticadas de Occidente.

Una mañana del año del señor de 1492, Rodrigo Borgia, contumaz bisexual y pederasta confeso, se convirtió en Alejandro VI

Sinónimo de crueldad y de una inmoralidad escandalosa, el Papa y su hijo César se acostarían sin ningún pudor con Lucrecia, hija y hermana respectivamente, eliminarían sin escrúpulos a sus rivales, ya fuera a base de arsénico, cantarela o mortíferas sobredosis de hongos alucinógenos; enfrentarían a Fernando el Católico y al contrahecho y tarado rey de Francia Carlos VIII, y cometerían centenares de crímenes en las oscuras calles de Roma, cultivando con esmero la voracidad de un Tíber ávido de cadáveres.

La conspiración y la perfidia como bellas artes

Finalmente, una plúmbea mañana del año del señor de 1492, Rodrigo Borgia, contumaz  bisexual y pederasta confeso, amante de docenas de féminas descarriadas  y padre de más de un centenar de hijos según los cálculos del gran Savonarola, se convertiría en Alejandro VI.

Mientras los Médicis aportarían a Italia el Renacimiento temprano, los Borgia, envueltos en el lujo asiático, la lujuria desmedida y el crimen como carta de presentación, convertirían la conspiración y la perfidia en una de las bellas artes. Roma era entonces un burdel que poco tenía de ciudad santa. El evangelio del placer y la satisfacción de todas las bajas pasiones  campaban a sus anchas. No hay duda de que el Papa Borgia contribuyó  con su laxo ejemplo a la reacción de la reforma protestante.
Alejandro VI conoció a esta culta y exuberante mujer tras un arrebato pasional: hubo una frenética persecución por los aposentos del palacio de Mantua

Mientras tanto, su retoño César, apuesto y atlético con su peculiar rictus de rencor, mutaba con habilidad pasmosa de asaltacamas a asesino pertinaz. Los Médicis, Orsini y Colonna ya se habían acostumbrado a llevar potentes escoltas ante la ubicua e intangible amenaza de este clan de cultos forajidos.

Lucrecia Borgia, la compasiva

Blasco Ibáñez, en su obra Los pies de Venus, rescata de las cloacas de la historia el vapuleado nombre de Lucrecia Borgia, a la que tacha de algo casquivana pero compasiva con los desheredados. Concluye el escritor que de los desatinos que se le atribuyen, la mayoría parecen infundados. Lucrecia nació de la relación entre Vanozza Cattanei y Rodrigo Borgia. Por la vida de Vanozza discurrieron  tres matrimonios de artificio, pero sólo tuvo un amante. Rodrigo Borgia–Alejandro VI conoció a esta culta y exuberante mujer tras un arrebato pasional y posterior y  frenética persecución  por los aposentos del palacio de Mantua donde por aquel entonces se celebraba el concilio del mismo nombre. Este peculiar pastor de almas, para salvar las apariencias, le buscó una señorial casa y ancianos maridos que darían cierto aire de normalidad a la relación cuando no estaba inmerso en alguna francachela.

El 18 de agosto de 1503, este renegado de los principios cristianos, fue dado de baja en esta vida

Cuando el tarado rey de Francia decide marchar sobre Roma para dar un escarmiento al osado y disoluto Papa, por un “quítame estas pajas “ (y de paso erosionar un poco el inmenso territorio de ultramar del reino de Aragón, a la par que disputarle a Castilla el reino de Nápoles –tiro que le saldría por la culata-) el portador de la tiara se estaba pegando un revolcón a dos bandas con su hija Lucrecia y con su nuera, la mujer de su hijo Jofre. Ciertamente, no perdía el tiempo y lo de amaos los unos a los otros lo llevaba a rajatabla.

El desmoronamiento de la saga

Quiso la providencia que el 18 de agosto de 1503 este renegado de los principios cristianos  se diera de baja (o lo dieran de baja). Los romanos desfilaron no se sabe si conturbados o aliviados ante el catafalco de Alejandro VI. El cadáver putrefacto y horriblemente hinchado  abonaría la teoría del envenenamiento. Es probable que las almas bienaventuradas respiraran por fin al concluir una de las usurpaciones más aviesas de la silla de Pedro. La crueldad, la simonía, la lujuria y la depravación quedarían huérfanas de tan comprometido abonado; años después, un buen hombre, el jesuita Francisco de Borja, nacido en Gandía en 1510, y biznieto de este incalificable Papa, sería canonizado en Roma en 1671, quizás para redimir tanto desatino.

El desmoronamiento de la saga  fue vertiginoso. Tantos eran los enemigos que se habían granjeado que la situación a la muerte del pontífice se tornó en imposible. Lucrecia se retiraría a Ferrara, donde actuaría como mecenas (Juan ya había muerto asesinado por su ínclito hermano), y el maldecido César Borgia, capturado en un lance por el Gran Capitán, en busca y captura en varios reinos de la bota itálica y de la península ibérica, pasaría a mejor vida, eso sí,  heroicamente, en las profundidades de un frondoso bosque navarro en las proximidades de Viana combatiendo pie a tierra contra una veintena de mercenarios dirigidos por el Conde de Lerín. Quizás a nadie haga más justicia aquel dicho de que quien a hierro mata a hierro muere.

Que Dios se apiade de los creyentes.

Alma, Corazón, Vida
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