Guerra del Asiento

La guerra del Asiento: el día que Inglaterra quiso desalojar a España del Caribe

La lección dada por el capitán Fandiño al pirata Jenkins sirvió de excusa a Inglaterra para poner en cuestión la supremacía española en esta parte del mundo

Foto: Gran Bretaña pretendía dominar los mares y para ello debía desalojar a España de América
Gran Bretaña pretendía dominar los mares y para ello debía desalojar a España de América

"Esa necesidad de olvidar su yo en la carne extraña es lo que el hombre llama noblemente necesidad de amar"

Charles Baudelaire

Era el tiempo de la guerra del Asiento, o la llamada por los ingleses la guerra de la Oreja de Jenkins.

Años antes, el Tratado de Utrecht, negociado alevosamente a espaldas de España por los ingleses y franceses, había cerrado en falso una bienvenida paz duradera. Se habían perdido Menorca y Gibraltar a cambio del asentamiento de los Borbones y de evitar una alianza entre dos potencias tales como eran España y Francia en perjuicio de Inglaterra; obviamente los ingleses no podían tolerar esto y se apresuraron a negociar con nuestros vecinos transpirenaicos sin contar con nosotros.

Desde la signatura del tratado de Utrecht, el Navío de Permiso, un buque de línea vaciado de casi toda su artillería para albergar la mayor carga posible (en principio 500 toneladas de mercaderías, tonelaje casi siempre doblado con arteras artimañas), crea un precedente para que el Caribe se llene de contrabandistas de toda laya que comerciarán fuera del paraguas fiscal español.

El Asiento era un acuerdo por el que se concedía el monopolio del comercio de un producto determinado o de una ruta comercial específica

Jamaica se convierte en una gran base de operaciones británica y docenas de contrabandistas se ponen las botas. Inglaterra es el máximo exponente en invalidar tratados a lo largo de la historia, y el del llamado Navío de Permiso sería una infracción más en ese largo historial de fallar a su propia palabra y compromisos.

Por otra parte, la razón del episodio que hoy planteamos, está relacionada con otra de las actividades en principio elevadas a la categoría de acuerdo, pero mas tarde subvertidas por la trapacería inglesa y que es la que origina la guerra provocada por la infracción en cuestión.

El Asiento era un acuerdo por el que se concedía el monopolio del comercio de un producto determinado o de una ruta comercial específica. El Asiento de Negros consistía en permitir la exclusividad sobre la caza de esclavos procedentes del África subsahariana así como su comercio en América, otorgando el derecho a Inglaterra a traficar 4.800 esclavos al año durante 30 años, esto es, 144.000 esclavos en ese periodo de tiempo. Este negocio, que daba grandes beneficios, estaba en manos de una compañía llamada South Sea Company, que era la que se llevaba la parte del león frente a sus competidores holandeses y franceses.

El mundo después de Utretch

Como hemos señalado anteriormente, España fue traicionada por Francia durante la negociación del Tratado de Utrecht, y los diez años que Inglaterra había solicitado para mercadear se convirtieron, por arte de magia, a través de la sesgada gestión de Luis XIV –abuelo del rey español– que tenía poderes concedidos por Felipe V, en 30 años; un claro abuso de representación, pues no tiene otra calificación.

El caso es que entre piratas, corsarios, filibusteros y contrabandistas, Inglaterra iba introduciendo de a poco su particular Caballo de Troya.

La situación española tras la guerra de Sucesión y con una Marina en ruinas, alentaba cierta esperanza tras la aparición de José Patiño, ministro que trabajaría con compromiso e intensidad para levantar una nueva fuerza naval digna de tal nombre.

Los ingleses no tuvieron ningún reparo en servirse tanto de medios legales como ilegales para apoderarse del comercio en los territorios americanos

Mientras España volcaba toda su energía en este ambicioso proyecto de regeneración, Inglaterra, al amparo de los privilegios adquiridos en Utrecht, iniciaría una política de acoso a las rutas comerciales coloniales que obligaría a extremar al máximo sus defensas, responsabilidad que caería en manos de la Armada.

Mientras, los políticos y comerciantes ingleses, viendo el crescendo de las fabulosas riquezas que obtenían, empezaron a considerar la opción de una guerra total contra España. Con tal objeto se comenzó a malear a la opinión pública.

El uso sin disimulo de medios legales (apelando a los tratados) como los ilegales (piratería a mansalva) con tal de apoderarse de comercio en los territorios americanos, hizo que España se viera obligada a reforzar sus flotas en El Caribe con naves de guerra extraídas de su escasa fuerza naval. Cuando la actuación de los guardacostas españoles se incrementó, el contrabando inglés empezó a declinar, y esto obviamente les hizo pupa. Estos guardacostas en general eran barcos veloces y muy maniobreros, a caballo entre la goleta y la fragata, y solían estar dirigidos por capitanes con experiencia en el enfrentamiento con la piratería, y en muchos de los casos eran sufragados los gastos por los cofrades de los gremios afectados por la inclemencia de la peste corsaria.

Como aviso a navegantes, y para aflojar la presión de los eficaces guardacostas, los ingleses decidieron enviar una flota para bloquear Portobelo y apropiarse de la Flota del Tesoro resguardada allá. El fracaso fue rotundo.

Piratas que desatan guerras

Corría el año 1737 cuando los vientos de guerra se cernían con su destructiva ambición sobre nuestra nación.

Inglaterra metía presión reclamando el intercambio de unas presas que habían hecho los guardacostas españoles, cuyo valor, según los ingleses, superaba los 570.000 pesos, cantidad que exigían se pagara al contado. Por otro lado, las cuentas pendientes respecto del Navío de Permiso y del Asiento de Negros seguían sin ser satisfechas por parte de los anglos. La tensión iba subiendo enteros.

Para 1738, Felipe V y el primer ministro inglés Robert Walpole intentaban calmar los ánimos en vano. Walpole era un ministro muy taimado y dado a la teatralidad. Mientras concedía centenares de licencias de corso para combatir a los guardacostas españoles y aligerar los navíos con nuestro pabellón, se flagelaba con una retórica alambicada ante los súbditos de su graciosa majestad en un contorsionismo de lo mas hipócrita.

En la Cámara de los Comunes se exigía una respuesta armada contundente contra los españoles

El detonante de aquella explosiva situación tenía la peculiaridad de actuar con carácter retroactivo y se daría en una colisión accidental en alta mar años antes entre un capitán español y un contrabandista inglés que medraba por aquellos pagos. Julio León Fandiño le echaría el guante a un tal Robert Jenkins, granuja experto en todas las variantes de la delincuencia náutica. Pero el dato a tener en cuenta es que este abordaje inverso había ocurrido siete años antes.

Fandiño, capitán del bergantín la Isabela que había pillado in fraganti a Jenkins, quiso escarmentar al inglés cortándole una oreja con tal tino y arte que se la seccionó limpiamente y a la primera; a lo cual añadió las famosas palabras: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. A continuación, como guardacostas que era, Fandiño requisó la mercancía y se hizo con la propiedad de la nave .

De vuelta a Inglaterra, Jenkins presentó una queja formal ante el rey Jorge II, que hizo caso omiso a las quejas del truhán. Pero siete años después de acaecido este acontecimiento, el lobby de la guerra lo convencería para que se personara ante los parlamentarios para explicar el episodio acontecido años ha; la teatral dramatización del tragaldabas convencería a los predispuestos jerifaltes, y el populacho enardecido estallaría en cólera ante la tragicomedia montada por el agraviado marino-chorizo de Cantimpalos. Ante los miembros del parlamento, el tal Jenkins abrió una caja en la que primorosamente envuelta había una oreja en estado apergaminado que no se sabe ni cómo ni por qué había obrado el milagro de la resurrección, pues no se entendía cómo podía haber durado tanto tiempo incólume .

Retrato de Robert Walpole
Retrato de Robert Walpole
En la Cámara de los Comunes se exigía una respuesta armada contundente contra los españoles. El partido opositor a Walpole, una de cuyas voces más exaltadas era Edward Vernon, almirante de pasillo al que el ilustre Blas de Lezo apalizaría contundentemente en su día, exageró mucho los daños que causaban los guardacostas españoles a una actividad que curiosamente era una flagrante infracción inglesa.

El gobierno inglés ante tanta presión, buscaría una solución diplomática y el 14 de enero de 1739 su embajador en Madrid, Benjamin Keene, firmó el Convenio de El Pardo, cuyos términos según criterio de los comerciantes y opinión pública inglesa eran muy laxos e indulgentes. El primer ministro del rey Jorge II, Robert Walpole -partidario de la paz con la boca pequeña-, presentaría a dicha Cámara el Convenio para ratificarlo, pero sería rechazado en medio de abultados desórdenes públicos.

La prensa británica se encargaría de deformar el incidente de la oreja de Jenkins exagerando la crueldad española y pidiendo una respuesta enérgica, mientras las calles londinenses aparecían empapeladas con panfletos, incitando a la guerra contra España.

"El mar de las Indias libre para Inglaterra o la guerra", exclamaría finalmente Walpole

Los comerciantes ingleses utilizaron la rivalidad política interna, entre los partidarios de Vernon y Walpole exagerando artificialmente la cuestión para crear una reacción patriótica inducida a presión con la intención de precipitar la guerra, consecuencia de una singularidad que hoy en día se ve como habitual, tal que es la intervención decisiva de los medios; la guerra de 1739 es un claro resultado de esta precuela de manipulación de la opinión pública. Curiosamente, Walpole en sus memorias escribiría: "Al tal Jenkins a su muerte le encontraron perfectamente las dos orejas". Para mear y no echar gota.

"El mar de las Indias libre para Inglaterra o la guerra", exclamaría finalmente Walpole arrojando la toalla. Era un 31 de agosto de 1739 y se ve que le habían soplado en la oreja, y de verdad.

Gran Bretaña pretendía dominar los mares -cosa que ya hacía-, y para ello debía desalojar a España de América. La presencia de Gran Bretaña en aguas americanas era un hecho consumado desde hacia tiempo: Belice, Trinidad y Tobago, Jamaica, las Caimán, etc… La máquina de hacer viudas y huérfanos ya estaba en marcha.

Una derrota para Inglaterra

Las proporciones, en cuanto a buques de diferentes puentes al iniciarse la guerra, oscilarían de cinco a uno con saldo desfavorable para España; estaríamos hablando de 256 navíos contra algo menos de sesenta. La suerte estaba echada.

Pero algo fallaba en la contabilidad inglesa, algo que había que maquillar para evitar mayores escándalos, pues rabisalsear se les daba bien, pero de números, cero patatero.

Mientras que los británicos no podían acabar con el tráfico mercante español asfixiando sus ingresos, los españoles durante la guerra del Asiento les causamos un enorme número de pérdidas. Las capturas conseguidas por el corso inglés eran de escaso valor, frente a las confiscaciones que solían hacer los españoles. En la guerra de propaganda, el gobierno inglés evitó que las presas realizadas por el corso español se convirtieran en un serio escándalo público. Para ello, en multitud de ocasiones, se contabilizaban hasta tres veces el mismo navío español apresado.

Para los ingleses aquella costosa campaña quedaría en el inconsciente colectivo como una retirada táctica

Al terminar la guerra del Asiento, en 1748 se retornó al statu quo anterior a la confrontación. La integridad territorial española permaneció como antaño. En 1750 Gran Bretaña renunciaría al Navío de Permiso y al Derecho de Asiento a cambio de 100.000 libras. El Tratado de Aquisgrán cerraría una etapa en la que Inglaterra acabaría un fin de ciclo sin poder conseguir sus objetivos mas allá de un acercamiento al mercado norteamericano mientras que España tendría oxígeno para otros sesenta años.

Para los ingleses aquella costosísima campaña quedaría en el inconsciente colectivo como una "retirada táctica". Nunca asumirán sus derrotas, su historia es así.

Hacia 1741, el corso español había realizado cerca de 200 presas, mientras que el inglés no se acercaba ni remotamente a ellas con una superioridad aplastante en navíos. La guerra del Asiento fue una época dorada del corso español, probablemente la mejor. Los ingleses no ganaban para dolores de cabeza. Si a eso le añadimos la paliza procurada por Blas de Lezo al vicealmirante Vernon en el Caribe, la contabilidad sería de números rojos de grueso trazo en función de la inversión previa.

A pesar de las carencias de la Real Armada, los británicos no consiguieron doblegar a los españoles en América, que es donde su golpe más beneficios les podía proporcionar. Tampoco pudieron controlar todo el comercio americano, como era su pretensión, ni acabar con el imperio español, como era su deseo añejo. Fracasaron completamente allá donde se presumía una victoria rápida y sin despeinarse. A pesar del potencial desplegado, los resultados fueron magros, por no decir nulos, y los costes de la aventura rozaron el despilfarro a tenor de los resultados.

Los servicios de inteligencia españoles funcionaron con gran eficacia. Tanto en Londres como en Jamaica, base de operaciones de la escuadra inglesa en el Caribe, los planes ingleses fueron descubiertos y transmitidos en tiempo y forma de manera eficaz, lo que en todo momento dio al ejercito y la marina española la posibilidad de organizarse con eficacia.

La historia de Inglaterra es de un surrealismo impredecible, esto es, abierta al azar de la interpretación.

Alma, Corazón, Vida

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