estábamos en racha

La batalla entre España y Francia que tuvo un resultado atroz para nuestros vecinos

A Francia, tras años de derrotas en sus encontronazos con la Monarquía Hispana, le estaba resultando catastrófico el siglo XVI. En esta ocasión, no fue diferente

Foto: 'Sitio de Gravelinas', por Pieter Snayers.
'Sitio de Gravelinas', por Pieter Snayers.

"Sería una gran ironía golpearse la cabeza contra la biblioteca y perder el conocimiento ¿no?"

–Del poeta Sebastián Fiorilli

Pareciera que al honorable e impenitente romántico que vivía la vida entre paréntesis, a ratos vivo a ratos tentando la muerte por su proverbial temeridad, la reencarnación previa de algún heterónimo de Pessoa le hubiera visitado para darle el aliento necesario para conservar la compostura y de paso, las siete vidas de las que la naturaleza le había dotado.

Decía el ilustre poeta y hermano portugués, Fernando de Pessoa, que tenemos dos vidas. La primera, aquella inocente y pura, desnuda de maldad y llena de fantasías, que es la que soñamos en la infancia. La otra, la segunda, la que continuamos soñando de adultos en un sustrato conjugado y mal mezclado entre las nieblas de la incertidumbre existencial, es la falsa, la que vivimos en una simulación de adaptación para no ser expulsados por el miedo a las iras de un orden mayor y en la que acabamos finados en una caja de madera de mala manera. En la otra solo hay ilusiones de infancia; esa es la única opción que tenemos en este tiempo de gloria y pesadilla; de ser nosotros de forma más profunda, tarea ardua cuando el 'hackeo' permanente de nuestro libre albedrío es mediatizado por una nube de algoritmos que nos reduce a una jibarización permanente. El filósofo israelí Yuval Harari pone en blanco sobre negro este drama que la humanidad está padeciendo, en su lúcida obra.

Volviendo al Conde de Egmont, decir que era como un desatado viento negro de alta velocidad -así vestían sus afines-, un relámpago en el arte de la táctica, un zorro doctorado, en definitiva. Sus huestes, sus incondicionales, le seguían con un fervor casi religioso por su natural seducción y magnetismo. Sus seguidores no casaban con aquella máxima que también reflejó Goethe en 'Fausto', que rezaba así: “Cuando el hombre oye palabras, cree habitualmente que éstas ofrecen materia para pensar”, sus seguidores eran básica o exclusivamente viscerales y emocionales y de fe ciega -que no fanáticos- en su arte de hacer la guerra. Los modos de la tropa que este singular sujeto dirigía poco tenían que ver con el salvajismo explicito que está en la naturaleza del horror inherente a la guerra. Todos sus seguidores tenían instrucciones precisas de no humillar a sus adversarios una vez rendidos y no se les permitía el saqueo de sus propiedades personales.

Los seguidores del Conde de Egmont eran viscerales y emocionales pero no fanáticos en el arte de hacer la guerra

Durante mucho tiempo, el Conde de Egmont -del cual hemos hablado en alguna ocasión en estas páginas-, romántico general donde los haya y ojito derecho de Felipe II, ganó batalla tras batalla para su rey-emperador sin despeinarse, y con métodos más de otra época, y en ocasiones, inadaptados a las novedades introducidas en el campo militar. Era más de la teoría del hierro y las cargas de caballería que de los “beneficios” de la pólvora y sus consecuencias. Pero no le fue mal y era un táctico excepcional, veía opciones donde otros arrojaban la toalla.

A Francia, tras años de derrotas en sus encontronazos con la Monarquía Hispana, le estaba resultando catastrófico el siglo XVI; sus intereses cada vez estaban más mermados por la evidencia de que toda su periferia estaba rodeada por ese imperio que le había negado su proyección estratégica internacional y por la incapacidad de asumir un papel secundario. Para rematar, no era un pueblo muy marinero -salvo en el caso de los bretones-, e ingleses y españoles los rodeaban por tierra, mar y “aire”. Con rigor, se podría decir que estaban abocados a una autarquía que les provocaba un onanismo poco apasionado.

Para asimilar esto y situarlo en el contexto de una realidad concreta tal que era la de valorar sus alternativas objetivas enfrentadas a una realidad superior y desoladora, se hacía difícil de digerir lo evidente. Pero el tradicional (y a veces patológico) orgullo francés, daba la impresión de poseer un tracto intestinal interminable cuya voracidad atragantaban puntualmente los tercios y los lansquenetes a las órdenes de aquella solvente monarquía "federal" española, en aquel entonces, literalmente imparable.

San Quintín y el ego francés

Así estaba la situación, cuando los franceses, tras una prolongada ingesta de bicarbonato tras la humillante derrota en San Quintín, les dio un repente y se alzaron en armas, tal vez por los efectos secundarios de aquella claustrofóbica situación que los tenia comprimidos territorialmente, o quizás por su peculiar forma de interpretar “la grandeur”, lo cual les provocaba ciertos problemas de estabilidad en su peculiar ego como nación.

Daba la impresión que la victoria de los españoles en San Quintín había colapsado y noqueado a Francia, mas en su empeño por buscar oxigenación a su triste situación de arrinconamiento tuvo todavía arrestos para crear un contraataque, escasamente cumplido el año tras la severa derrota, que de haber resultado pudo haber dado un giro inesperado al conflicto. Un nuevo ejército reclutado en las zonas limítrofes con Flandes, en la región de la Picardía, fue puesto en manos del Duque de Nevers. Para rematar la faena, recabó la ayuda naval de los otomanos (otro monarca francés, Francisco I, ya lo había hecho unos años antes también contra Carlos V), que a modo de desviación de recursos intentarían mantener ocupada a la armada española en el Mediterráneo, de manera que no pudieran transferir refuerzos hacia a Francia vía marítima. Pero la cosa no acababa ahí.

La valentía suicida del Conde

El ejército francés no delataba sus verdaderas intenciones. Thermes, un general demasiado conservador y excesivamente pusilánime -hay que resaltar que estaba muy enfermo en aquel decisivo momento-, apuntaría con un ejército de cerca de 12.000 infantes y 2.000 jinetes además de un potente tren de artillería, en lo que podría ser un plan B, al mismo corazón de Flandes. Para conjurar esta sorpresiva acción de desviación o disgregación de los recursos del Imperio español en la zona, el romántico y posteriormente finado Conde de Egmont, un excelente general con muchas tablas y excelente reputación, al que Felipe II había cubierto de honores para más tarde, ejecutar en una increíble y cuestionada decisión, discutida incluso por su verdugo, el propio Duque de Alba; intervino con una audacia rayana en la temeridad con soluciones inusuales y sorpresivas, decantando la batalla de Gravelinas, nuevamente a favor de las armas, de la Monarquía Española.

Este brillante subordinado de formas caballerescas casi anacrónicas para los tiempos que corrían venció una vez más a la tropa gala en Gravelinas usando tácticas que rozaban el parasuicidio. De espíritu audaz, sus soldados tenían una fe ciega en su magnética figura de héroe antiguo. Era el tipo de militar con cintura sobrada para tomar decisiones al vuelo en cualquier escenario. Era, por describirlo de alguna manera, un general a pie de obra, un general de sus soldados y así, le correspondía la tropa cuando él se lo exigía.

En Gravelinas, sorprendió a la lenta retaguardia francesa que iba al compás de su impedimenta, con un ataque de caballería fulminante en el que él mismo abandonaría su entero tren de aprovisionamiento. La importancia de esta acción tan sorprendente como inesperada por la aparente ausencia de lógica –renunciar a su integro abastecimiento– y la posterior y antológica carga contra los estupefactos galos, quedará para los anales de la historia militar como un ejemplo de aprovechamiento de ventaja dinámica.

Gravelinas fue el desenlace terminal de una larga y cruenta guerra


Cerca del estuario donde los mermados restos del ejercito de Francia se encerraron para plantar cara a los españoles, sorprendido estos por la rapidez de maniobra de las tropas imperiales, el ejército galo presentaría batalla con el río a sus espaldas, el inmenso océano estaba a su izquierda, y su derecha era una masa humana apelotonada en el meandro del estuario del río. Además, su propia columna de bagajes actuaba a la par de parapeto pero también limitaba su huida en caso de que las cosas se pusieran feas. Lo cierto es que les salió el tiro por la culata.

En aquella trágica batalla, las tropas de Francia tras la aguda sorpresa de la veloz dinámica española -en este caso de la caballería de Egmont- se dejarían la vida más de siete mil almas en un perímetro tan reducido que parecía más bien una caja de cerillas. Para colmo de males, una providencial flota salida unos días antes del puerto de Pasajes y artillada hasta la saturación, les disparó a quemarropa cuando ya no tenían escapatoria alguna y estaban literalmente copados. Fue una carnicería monumental.

Gravelinas, como sostienem algunos historiadores muy respetables e informados, no fue un apéndice de San Quintín, sino el desenlace terminal de una larga y cruenta guerra que había condenado a la postración a Francia.

España estaba en racha.

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