una bandera que creaba huérfanos

El desastre del Barranco del Lobo, uno de los más cruentos de la historia de España

Los poderosos habían decidido que esa carne de cañón en forma de soldados tenía que defender sus intereses en un lugar remoto de África –el Rif–, un lugar de evocación trágica

Foto: Tropas españolas de camino al Barranco del Lobo. (Wikipedia)
Tropas españolas de camino al Barranco del Lobo. (Wikipedia)

"Semihundido, yace un rostro hecho pedazos,

cuyo ceño y mueca en la boca, y desdén de frío dominio, cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones..."

–Fragmento de Ozymandias, de Percy Bysshe Shelley

La noche era plácida y tranquila, mas unas escandalosas cigarras con su inconfundible dominio de la tertulia incoherente estaban complacidas en su particular verbena vital bajo la noche estrellada haciendo las cosas alegres que se suelen hacer durante el cortejo, así, con mucho énfasis y pasión, inconscientes de la imperceptible presión de la grandeza que los rodeaba ante la pequeñez de su acto desnudamente animal. Mientras, el índigo azul del potente amanecer iba degradando su tono poco a poco hasta clarificar en toda su dramática extensión la oscura verdad de lo acontecido el día anterior.

Alrededor de aquellos insectos y su peculiar algarabía dicharachera, en torno a una quebrada muy angosta, más de medio millar de cadáveres de humanos yacían sin aliento expuestos al relente de la explosiva alba creadora; esa que expone la verdad y sus costuras y lo que oculta el trampantojo de la relativa realidad. Una hornada de barbilampiños soldados, ya vacíos de memoria, sueños y recuerdos, con sus almas viajando hacia algún lugar lejano y profundo, jóvenes raptados de sus vidas cotidianas, de perseguir faldas y amoríos, de juntar monedas para un pitillo en la cigarrera de la esquina, de hacer planes fantasiosos, habían dejado sus cuerpos en aquel lugar perdido y desamparado, para morir en aras de la inmoral ambición de los de arriba.

Los poderosos habían decidido que “su” carne de cañón tenía que defender sus intereses en un lugar remoto de África –el Rif–, un lugar de evocación trágica para España por los sucesos acontecidos y por acontecer. El Rif, la Yebala, Alhucemas, Arruit, Melilla, etc; manantiales de sangre donde la juventud española era sacrificada por la aristocracia política y económica en mor de perpetuar el viejo sueño colonial de la gran potencia indiscutible que fuimos. En ese entonces, 1909, solo éramos jugadores de segunda con alpargatas de esparto y sin un equipamiento digno. Poco más de diez años antes, una guerra, la de Cuba, que se pudo haber evitado varias veces si hubiera habido un mínimo de sensatez en las seseras de la clase política; muchos próceres que se cubrían sin rubor que llenaban su boca con flamígeras arengas y mucha testosterona estéril y vacía, se arropaban en la bandera de todos haciendo patrimonio excluyente de la misma. Ellos habían mostrado definitivamente que los sueños de grandeza son evanescentes, y que, como ciertos gases, los discursos no sentidos e impostados acababan convirtiéndose en energía térmica disipada –en este caso, dilapidada–, en el éter.

El Rif, Arruit, Melilla... manantiales de sangre donde la juventud española era sacrificada


Lo que había pasado en el Barranco del Lobo, era la consecuencia lógica de una autosuficiencia frívola por parte de sujetos desbordados de autocomplacencia y sin empatía hacia los hijos del pueblo, y que, a su vez, se creían amparados por una bandera que creaba muchos huérfanos, viudas y unos contados privilegiados; y así, de esta guisa, tenían engañado al personal.

Ya con la canícula veraniega encima –era un 26 de julio de 1909–, varios millares de obreros levantarían barricadas en las calles de Barcelona para impedir el reclutamiento forzoso decretado por el Gobierno de turno. En Marruecos, nuestro infernal chocolate del loro colonial, se había degradado la situación hasta un punto que o se echaba toda la leña en el asador, o había que retirarse. El Ejecutivo, en una terca huida hacia adelante, movilizó más tropas, no fuera que la imagen de la nación sufriera aún más deterioro.

Redención en metálico

En aquel tiempo, la juventud estaba obligada a acudir presta al llamado, pero la guerra solo excluía de su menú fagocitador e irónica taxonomía a aquellos que pagaran su exoneración tras apoquinar 6.000 reales del ala. La inmensa mayoría de los jóvenes y sus empobrecidas familias, las que germinaban la nueva Cataluña industrial de principios de siglo, no podían afrontar tamaño gasto, pero sí las más pudientes que escaqueaban a sus retoños para evitarles aquel trago amargo de partir al frente.

Ante tamaña injusticia, la población madrileña ocasionaría serios disturbios reprimidos a sangre y fuego, mientras que los barceloneses (en gran medida) y el conjunto de Cataluña, se rebelarían dando origen a la llamada Semana Trágica, semana de fuerte resistencia en la que los militares cercenarían con un durísimo castigo las sanas esperanzas de casi un centenar de obreros y estudiantes, de parados y mujeres que se habían unido al espontáneo movimiento reactivo de rechazo que encerraba aquella aventura colonial sin fundamento.

Al alba del siglo XX el gobierno aumentaría notablemente su presencia en la conflictiva zona norte de Marruecos, repleta de díscolas cabilas y harkas. Pero más allá de mejorar la castigada imagen del envejecido prestigio de la nación en el concierto internacional, pesó mucho el interés de las grandes empresas mineras cuyos accionistas (el Rey, Romanones y otros bien situados en la cúpula) tenían un especial interés en explotar las minas de esa zona controlada por dichas cabilas, minas ricas en hierro y plomo. Así que hacia 1907 Bu Hamara concedió a franceses y españoles su explotación, que, en el caso del gobierno de España, acabaría subrogando en la Compañía Española de Minas del Rif propiedad de la familia del ínclito conde de Romanones. Maura, jefe del gobierno a la sazón, comenzaba a sudar frio con tanta presión.

En aquella melé de intereses, el larguirucho y enjuto cacique rebelde, Bu Hamara (conocido en su pueblo como “el del burro”) controlaba las desoladas tierras del Rif por las que las empresas mineras españolas y francesas suspiraban. Desde Madrid se decidió apoyar al líder local a cambio de recibir jugosas concesiones. Aquel comilón de cordero y cuscús, caudillo de las feroces tribus que ya se la habían jugado a los franceses con anterioridad e incluso a los norteamericanos en un singular lance, infravaloró la reacción de sus compinches de sipsi y nargile. Los rifeños, tras acusarle de traición, le entregarían al sultán, que entró en un gozoso trance cuando le hizo un minucioso “pica pica” que dejó al interfecto como una brillante presentación de una hamburguesa bien publicitada. A partir de ahí, las cosas se pusieron bastantes feas y el deterioro de las relaciones con los españoles fue in crescendo.

La movida de los turbantes cabreados

Hacia el 9 de julio de ese 1909, los cabreados rifeños atacaron a los operarios españoles que construían el ferrocarril procedente de las minas y con destino a Melilla o viceversa. Al conocer la noticia, el Gobierno de Madrid decretaría la movilización general que cayó como cubo de agua fría entre la extenuada población objetivo del reclutamiento. El rechazo unánime de la juventud y la clase obrera, disconformes con una guerra que ni les iba ni les venía, acabaría destapando el tarro de las peores esencias. Si a esto le añadimos el tema de las exenciones para ir al frente para aquellos capaces de pagar para mantener intacto su amor por la patria, la cosa acabaría con un guirigay de mal pronóstico. Los ánimos enardecidos de la turbamulta estallarían en la sublevación popular de Barcelona el día 26 de julio.

Lejos de allí, a casi 2.000 kilómetros de distancia, en el germinal Marruecos actual, una columna bajo el mando del general Guillermo Pintos se adentró sin mayores precauciones en el conocido como Barranco del Lobo, hoy lugar de resonancias trágicas en nuestra historia de sube y baja. En un terreno muy complicado, agreste y escarpado, tras una emboscada salvaje y devastadora, aquel enorme destacamento –más de un millar de hombres con su general al frente– desaparecería como por ensalmo tras una avalancha de cabileños con hambre atrasada.

El rechazo por parte de la clase obrera y la juventud acabaría desencadenando el final

Cuando las malas nuevas llegaron a oídos del comandante general de Melilla, José Marina, puro en mano y con un coñac tibio en bandolera, mandó reforzar todos los puntos vulnerables de la ciudad por temor a un asalto de mayor envergadura. El Gobierno, a la vista de los acontecimientos, con la sublevación popular de Barcelona con el turbo puesto y Melilla amenazada por aquella horda cabreada, en vez de buscar fórmulas negociadas que no hicieran más sangre, eligió la peor solución: liarla parda y colocar las ametralladoras en puntos estratégicos de la Ciudad Condal. Con una mano dura desproporcionada, las aguas volvieron a su cauce y los corderos al frente.

La Semana Trágica acabaría con cerca de un centenar de muertos, mientras a Melilla llegaban apresuradamente cargueros de todo tipo hasta acabar sumando más de 40.000 soldados, cifra al parecer razonable para devolver a la región la calma tras la tragedia. La zona de influencia española, tras el tratado con Francia de 1904, sería un quebradero de cabeza permanente que se llevaría una pasta gansa de las arcas públicas en detrimento de otras inversiones más prácticas y necesarias. Y lo peor, una rentabilidad nula con unos costes elevadísimos en términos humanos.

Los problemas de la desmotivación

El episodio del Barranco del Lobo nos revela una enseñanza; y esta es que un ejército de levas imbuido de una aparente superioridad, pero escasamente motivado, demuestra la nula interacción de los mandos con la tropa, y por extensión con el pueblo, que es básicamente el nutriente básico de esa armonía necesaria para que todo funcione correctamente; si no se da esta comunión entre ese pueblo y sus uniformados, mal pronóstico para la nación. Siempre queda la posibilidad de aterrorizar a la tropa en vez de hacerse acreedores de su respeto por méritos propios.

A la vista de los acontecimientos, quizás, un reducido ejército altamente profesional y entrenado con un armamento de última generación –el actual modelo inglés es un ejemplo–, habría resuelto aquello evitando tamaña sangría. A lo largo de nuestra reciente historia, los mandos militares han vivido en unas placentarias –y placenteras–burbujas rodeados de prebendas y desconectados de la realidad social circundante apoyando opciones políticas que han sido verdaderas afrentas contra los ciudadanos. Hoy, por fin, parece haberse conseguido un 'fair play' entre ellos y la ciudadanía, sin resquemores y con reconocimiento. Ojalá que sigan así.

Alma, Corazón, Vida

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