Domingo Badía, el español que fue tan grande como Lawrence de Arabia
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Domingo Badía, el español que fue tan grande como Lawrence de Arabia

Si Badía hubiera nacido en Inglaterra o Francia y no en Barcelona, sería hoy tan famoso como Lawrence de Arabia o el inolvidable Marco Polo. Hoy rescatamos su historia

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Domingo Badía.

"El propósito de la educación es mostrar a la gente cómo aprender por sí mismos. El otro concepto de la educación es adoctrinamiento"

Noam Chomsky.

Con un ligero viento de levante, empujando por babor de forma sostenida el velamen y a velocidad constante, rielando las aguas del estrecho, un pequeño jabeque procedente de Cádiz arribaba al antiguo fuerte portugués de Asilah -a un tiro de piedra de Tánger-, un miércoles veintinueve de junio de 1803 en medio de una bruma sobrecogedora. Era también el año de la Hégira de 1218.

Godoy, a la sazón valido de Carlos IV, había aprobado un temerario y descabellado plan de espionaje en el sultanato de Marruecos, plan que sería llevado a cabo por el arrojado políglota, astrónomo, matemático y arabista Domingo Badía y Leblich.

En su largo periplo por oriente (visitaría La Meca, Jerusalén, el entero Imperio Turco, la eterna Siria y países intermedios) conseguiría transmitir desde su cuaderno de consigna conceptos asimilables para los occidentales, libres de la impenetrabilidad que alberga el mundo musulmán a cualquiera que no haya nacido a la sombra del Islam.

Godoy había aprobado un temerario plan de espionaje en el sultanato de Marruecos que sería llevado a cabo por Badía y Leblich

Su granado maletín con útiles para la astronomía no solo encerraba herramientas, cristales de aumento, instrumentos de medición, catalejos, etc; tenía un doble fondo más que considerable en el que albergaba elementos para elevar el espionaje a la categoría de arte. Toda una gama de tintas invisibles circulaban entre los dos países, impresas en minúsculos trozos de papel diseñado a tal efecto.

Pero Badía no era un espía al uso. Alí Bey, su alter ego, tenía una misión esencialmente política y científica sobre la que no se ha puesto el acento lo suficiente. El botánico, el antropólogo, el lingüista, funcionaban a pleno rendimiento. Sus cuadernos de campo fueron devorados por los intelectuales franceses con fruición haciendo las delicias de Napoleón, que lo resucitó de la amnesia a la que había sido condenado en su olvidadiza tierra natal, tierra en la que los poetas y literatos, los científicos y héroes anónimos, como mucho, tienen en alguna calle perdida un busto oxidado, mientras menos meritorios, o incompetentes de manual, van a caballo ocupando enormes espacios en plazas concurridas. España es así...

Esa amnesia que la rica e intensa historia de España tiene como punto ciego ha suprimido durante siglos a docenas de españoles que recorrieron los más remotos caminos de este orfanato ambulante llamado Tierra.

El libro 'Viajes de Alí Bey por África y Asia' es una obra de arte en el sentido mas amplio de la palabra por su documentado contenido

Se nos ha olvidado la epopeya del más alucinante de los exploradores, el jesuita Pedro Páez, por África e India descubriendo las fuentes del Nilo Azul antes que el prestigiado usurpador de méritos, el inglés Richard Burton. Ahí queda la expedición del diplomático González de Clavijo a Samarcanda a la búsqueda de Tamerlán para el establecimiento de relaciones diplomáticas, a Cabeza de Vaca haciendo historia con mayúsculas, al vasco Iradier, africanista, o a Adolfo Rivadeneyra en su trasiego por India e Irán, todos ellos enterrados en la ignorancia.

Si Domingo Badía hubiera nacido en Inglaterra o Francia, o un poco más al norte, y no en Barcelona, sería hoy tan famoso como Lawrence de Arabia o el inolvidable Marco Polo. Pero nació en la España que vapulea a los mejores...

Desde 1803 hasta 1805, nuestro buscador de estrellas pululó por Marruecos como Pedro por su casa; el coronel Amorós desde Tánger gestionaba la ingente información que Badía-Alí Bey le proporcionaba, que no era poca. El ególatra de Godoy pensaba que podría ejecutar con esos mimbres un golpe de estado contra el sultán, pero este era más avispado de lo que el adulador pelotilla esperaba y, al subestimarlo, quebró la rama sin pretenderlo.

Un día de diciembre de 1805 (el luctuoso año de Trafalgar), el sultán que ya estaba con la mosca tras la oreja comenzó a sospechar de él. Llevado a Larache bajo engaño, sería conducido junto con su séquito a un barco allá fondeado con dirección al Mediterráneo.

Ya expulsado de Marruecos, Alí Bey consideró que su viaje científico-antropológico estaba por encima de todo y por las mismas tomó la decisión de ir hasta La Meca. Godoy, entusiasmado con el proyecto de Badía, lo financiaba generosamente. Trípoli, Grecia, Alejandría y El Cairo serían sus siguientes destinos. Sería el europeo que, por primera vez en la historia, contemplaría la piedra negra oculta en la Kaaba, dentro del solemne santuario sagrado de La Meca.

La historia ha suprimido de su memoria durante siglos a docenas de españoles que recorrieron este orfanato ambulante llamado Tierra

A su vuelta a España, Godoy era ya un cadáver político; un resignado Carlos IV le dirigiría hacia Napoleón que cayó rendido a sus encantos y le nombró general de los ejércitos de Francia. Su última Utopía, cruzar África de Este a Oeste, desde el Cuerno abisinio hasta la desembocadura del Rio Níger, resultaría un fiasco; Napoleón acabaría en Santa Elena a la sombra de su grandeza y la financiación necesaria en agua de borrajas.

Su libro de viajes, en francés, con el título 'Viajes de Alí Bey por África y Asia' incluye más de un centenar de mapas y láminas. Es una obra de arte en el sentido más amplio de la palabra, no solamente por su elaborada confección, sino por su documentado e ingente contenido. Cientos de exploradores, ya sea profesionales o aficionados, han recorrido sus huellas y los trayectos que lo consagraron como el probablemente más implicado y comprometido de los exploradores de todos los tiempos. En España no lo conoce ni el Tato... o como mucho, cuatro.

Cuando ya peinaba canas, le dio por hacerse una nueva personalidad. Su tercer nombre de guerra en este mundo terrenal, Hajji Ali Abu Utman, que significa "el peregrino Alí", padre de Utmán (hijo que le fue arrebatado por el sultán antes de la expulsión de Marruecos) fue el que le jubiló. Contaba 50 años cuando en Damasco, una vez iniciado su viaje soñado, el sol que duerme en la noche, en su alba más temprana, un 31 de agosto de 1819 -y sin que se sepan a día de hoy las causas de su muerte-, le iluminó el camino hacia la eternidad. Domingo Badía - Alí Bey, un vuelo muy elevado, un viaje inabarcable.

Señor con maletín

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