DURANTE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA

¿Eran los franceses unos chorizos? El expolio del patrimonio español

Este latrocinio incluía más de un centenar de cuadros de reputados maestros de la escuela sevillana, alonsocanos, murillos, zurbaranes y pinturas de otros grandes

Foto: El Mariscal Soult, retratado por Louis Henri de Rudder.
El Mariscal Soult, retratado por Louis Henri de Rudder.

"Solo somos humanos, y los dioses nos hicieron para el amor. Es nuestra mayor gloria y nuestra peor tragedia. El amor es veneno para el honor. Es la muerte del deber"

–De 'Juego de Tronos'


Tras la trágica muerte de Luis XVI y María Antonieta por el expeditivo método del igualamiento de hombros, el mapa político de Europa sufriría un cambio radical. Se hace necesario recordar que la Revolución Francesa, con una muchedumbre desmadrada, empoderada y amparada en la impunidad por ausencia de una legalidad digna de tal nombre, generó una escabechina memorable entre la aristocracia gala, pero el espejismo duraría poco.

Esta revolución, referencia histórica de primera magnitud en la que el pueblo consigue provisional y transitoriamente irrumpir en el control del poder de manera asamblearia, esto es, con un mayor dominio de sus destinos y sin tanto intermediario institucional ni advenedizos bolsillos que financiar, tras la caída fulgurante del llamado Ancien Régime, abre las puertas de la entrada a la Edad Moderna transitando por un espejismo para los alzados, digno de un capítulo cualquiera de Lewis Carroll, pues muy pronto la verdad que reside en la fuerza pondría las cosas otra vez en sus sitio y la quimera desaparecería como por ensalmo.

Enfervorizados por el subidón y con la ola decapitadora ya remitiendo, algo agotada de cercenar a tanto engolado, un pequeño general que se había distinguido por reprimir a sus propios congéneres o ciudadanos en algunas revueltas internas y tras un golpe de estado blando que entre otros logros establecía la meritocracia y abogaba por la libertad religiosa, da el salto al poder y decide invadir todo lo que se le pone a tiro en una imparable espiral expansionista.

Carlos IV estaba convencido que Napoleón era un Dios y su hijo Fernando VII pretendía vehementemente ser su hijo adoptivo

Hacia 1808, un mastodóntico ejército francés que en teoría se dirigía a ocupar Portugal –aliada y protegida de Gran Bretaña– para aplicarles un correctivo a nuestros hermanos lusos, sin venir a cuento, declara sus intenciones de ocupación de España en una sucesión de hechos consumados. Hay que recordar que nuestro país tenía la segunda marina más potente del mundo en aquel momento y el de Córcega pensaba en usarla ya sea para invadir Gran Bretaña o para aislarla, como ocurrió finalmente.

Por aquel entonces, España, alzada en armas contra el inesperado invasor, estaba privada de un gobierno merecedor de tal nombre y los dos reyes, padre e hijo, Carlos IV y Fernando VII jugaban al ping pong con su corona y la dignidad del pueblo español ante el inmisericorde arbitro Napoleón personado en Bayona para poner orden en aquel cutre gallinero real. Para colmo de males, en 1808 Carlos IV había cedido sus derechos a reinar por una módica suma de dinero y algunas fruslerías en Francia en las famosas Abdicaciones de Bayona. El rey estaba convencido que Napoleón era un Dios y su hijo Fernando VII pretendía vehementemente y de manera humillante, ser hijo adoptivo de Napoleón. El colmo.

Amoral prestidigitación

El caso es que Napoleón tenía un primo postizo de correrías que no era ni más ni menos que el Mariscal Soult, que dentro de su emperifollado uniforme 'bleu' lo que escondía en realidad era el espíritu de un enorme chorizo de Cantimpalos. Era un depredador de manual con carta blanca al que la palabra expolio le sonaba a música celestial.

Tras la proclamación del Segundo Imperio francés, durante la almoneda post mórtem de la colección del susodicho, hecho de la misma pasta que el camaleónico Fouché (nada menos que ministro del interior en cinco gobiernos diferentes –leer a Stefan Zweig–) pero con la centésima parte de neuronas de este último, este saqueador que se había aprovechado de su cargo de jefe indiscutible del ejército francés invasor, había hecho su agosto particular en Sevilla para mayor regocijo de sus insaciables y voraces bolsillos.

'Abraham y los tres ángeles' de Murillo, uno de los cuadros expoliados.
'Abraham y los tres ángeles' de Murillo, uno de los cuadros expoliados.

Durante su estancia de casi dos años en la capital hispalense, formó la increíble colección Soult que al ser subastada tras su muerte multiplicó por cien la fortuna de sus herederos. Este decomiso, expolio, latrocinio, amoral prestidigitación, alzamiento de lo ajeno, etc., incluía más de un centenar de cuadros de reputados maestros de la escuela sevillana; alonsocanos, murillos, zurbaranes, y pinturas de otros grandes como Sebastiano del Piombo, Tiziano, Van Dyck, Ribera, y una larga retahíla de esculturas, custodias de oro, y cuadros de menor entidad, un agravio de una magnitud sin precedentes en la historia.

Lo curioso de todo esto es que poco más de dos siglos después, cuando los nazis les "levantaron" su enorme patrimonio artístico durante la II Guerra Mundial, pusieron el grito en el cielo, pero ya era tarde; estaba poblado de Stukas, Messerschmitt y Heinkel. Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón.

Pues bien, algo implícito a la guerra, el pillaje, durante las conquistas napoleónicas tomó carta de naturaleza traduciéndose en un saqueo sistemático de proporciones gigantescas. España fue el país de los invadidos por Bonaparte que padeció a través de Murat y Soult y en menor escala por Dupont y José Bonaparte “Pepe Botella” la mayor tragedia artística de la historia conocida si dejamos aparte los dos incendios de la biblioteca de Alejandría. "Saquear" tenía como verbo el mismo rango cualitativo que ordenar y obedecer en aquel ejercito donde la ilustración había devenido en simple barbarie.

Soult, que durante la Revolución Francesa era un sargento mondo y lirondo, se había forrado junto a sus compinches de uniforme

Se dan casos como el de la columna del capitán Lautrec de camino hacia Burgos cuyo destacamento (un centenar de hombres) fue íntegramente pasado a cuchillo sin contemplaciones cuando se disponían a salir del pueblo en el que “especialistas” enviados por Quilliet habían desmontado un entero retablo de la capilla de un convento habitado por desoladas monjitas. Quiso la fortuna, que el Señor por una vez estuviera atento, de buen rollito y considerado hacia la enorme pena que invadía a sus protegidas y enviara a una partida de cuatrocientos guerrilleros para cerrar el asunto como Dios manda.

Derrotado Napoleón, los vencedores obligarían a Francia a devolver lo expoliado. En el Louvre se inventariaron más de 5.000 obras de arte robadas (en toda Europa), de las cuales, el comisionado español para tal efecto, el general Álava, solo pudo recuperar poco más de cuatrocientas de ellas. Soult, que durante la Revolución Francesa era un sargento mondo y lirondo, se había forrado junto a sus compinches de uniforme y había escondido tras el trampantojo de una de las mansiones de su mujer cerca de Neuilly-sur-Seine una de las colecciones de arte más increíble que nadie haya tenido jamás.

Pero al pillaje o robo de generales como los antes mencionados, más Sully, Mathieu de Faviers, Lapereyre, D´Armagnac, etc, vino a sumarse el institucional del Estado francés y de José I. Con el pretexto de evitar los estragos del expolio, se montaron un chiringuito legal rebosante de imaginación.

'Fray Junípero y el pobre' de Murillo.
'Fray Junípero y el pobre' de Murillo.

La rapiña oficial se concretó hacia el 20 de diciembre de 1809 en la que se publicó un Real Decreto fundacional para habilitar el nuevo Museo de Madrid, una burda excusa para expropiar a diestro y siniestro y recopilar ingentes cantidades de obras de arte y pinturas desperdigadas o escondidas a lo largo y ancho del país. En principio, se justificó que el museo Josefino tenía como objetivo salvar obras del saqueo, pero finalmente, aquella inocente maniobra se tradujo en un elemento para vehicular y drenar hacia la frontera francesa caravanas enteras ya protegidas por regimientos en su retirada tras las batallas de Bailén, San Sebastián, San Marcial, etc. Finalmente marchantes como Quilliet, Le Brun, Danant, y otros mequetrefes hicieron su agosto al amparo de las bayonetas propias, y el Louvre, crecía y crecía en su amoral desmesura.

El depredador Frederic Quilliet trató de localizar las obras de más interés en monasterios y palacios reales. Usaron como guía el 'Diccionario histórico de las Bellas Artes en España' de Ceán Bermudez, un coleccionista y crítico de arte de reconocida y sobrada reputación en aquel tiempo. Esta guía que orientó a los saqueadores, seria publicada en 1800 y vendría a ser la puntilla de aquel tamaño despropósito; pues aquel erudito sin pretenderlo, había puesto en manos de aquella gentuza las claves para finiquitar el más grande expolio de la historia hasta la II Guerra Mundial.

En Madrid se sobrepasó el millar y medio de incautaciones adicionales, y en Sevilla, en el Alcázar, se reunieron otro millar al menos decomisadas por toda Andalucía. El jefe de la ocupación militar que actuaba como una divinidad encarnada, cuando le ponía el ojo aun un cuadro de su gusto, hacía una oferta irrechazable a precio de ganga. La gente atemorizada por los expeditivos métodos de aquel uniformado no se negaba con tal de salvar el pellejo. De esta forma el jeta del mariscal más famoso de Francia blanqueaba su saqueo de forma legal con un contrato de compraventa.

Los siglos de arte que España atesoraba estaban de luto.

En manos de vainas

Quilliet, que no era manco, junto con el marchante inglés G. A. Wallis se pusieron las botas tras manipular el inventario, lo que hizo montar en cólera a Napoleón porque le estaban levantando lo suyo. Tan flagrante fue el desatino que el comisario pasó sus días finales de bibliotecario en un pueblo perdido de la zona bordelesa y encima, agradecido de que no le rebanaran el pescuezo. En el Congreso de Viena se dictaminó la devolución a España de su entero patrimonio, pero fue tan ingente la cantidad de obras de arte volatilizada o directamente fundida, que se hizo imposible el rastreo de las mismas.

En beneficio de algunos generales ingleses –el caso del honorable Wellingtones ejemplar –por muy discutido que sea el desmadre de sus tropas en San Sebastián, desmadre que intentó – y consiguió atajar finalmente. Teniendo en la casa de campo de su mujer en Oxfordshire más de 165 obras procedentes de España, quiso devolverlas en dos ocasiones, como al menos consta registralmente. Pero el vaina de Fernando VII, un impresentable donde los haya, le dijo que se los podía quedar como compensación por su ayuda en la Guerra de la Independencia. El duque no siguió insistiendo por su puesto, pero debió de pensar en su fuero interno que aquel mendaz elemento regio era cuando menos un “alfalfabeto”.

Hoy pueden verse muchas de nuestras mejores pinturas en una bellísima casa cerca de Hyde Park que rezuma una memoria difícil de digerir

Pintores del renombre de Claudio Coello, Velázquez, Murillo, Brueghel, Van Dyck, Tiziano, Rubens, Ribera, y otros tantos decoran hoy la impresionante colección que aquel caballero ingles quiso devolver a su país de origen. Hoy se pueden ver en el palacio de Apsley House en Piccadilly cerca de Hyde Park, en Londres, en una suntuosa residencia, para pasmo de propios y extraños, muchas de las mejores pinturas de la historia del arte de España climatizadas en una bellísima casa palaciega que rezuma buen gusto y una memoria difícil de digerir para nuestro pueblo.

España, el país donde Dios cuando se despierta viene a llorar.

Alma, Corazón, Vida

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