UN TODOPODEROSO DIOS MENOR

"Un traidor nato, reptil en estado puro, intrigante y amoral": la historia de Fouché

Era como la viva imagen del viento del terror, imperceptible y presente a la vez, y su apariencia de gesto retorcido y rictus varios le añadían un plus demoniaco

Foto: Joseph Fouché, un modelo de supervivencia y un enigma de altura.
Joseph Fouché, un modelo de supervivencia y un enigma de altura.

“El fondo está sembrado de buenas personas. Solo el aceite y los bastardos ascienden”.

–Harper

En una Francia convulsa, con un pueblo alzado en armas contra un viejo sistema “demodé”, un fin de época cuajado de privilegios para unos pocos y hambre lacerante para un resto abrumador, había dado paso a un tiempo de terror e incertidumbre en el que hasta los propios gestores de la Revolución Francesa no tenían asegurada en aquella melé pantagruélica su propia supervivencia. Navegando en la marea de la libertad recién conquistada, muchos perecerían en ella. Por encima del descomunal derramamiento de sangre que un pueblo enfurecido aplicaba a aquellos que lo habían humillado durante siglos, el olor rancio de fosilizadas instituciones seculares abonadas al parasitismo empezaba a deslizarse imperceptiblemente hacia la puerta de salida; entonces, de a poco, se fue instalando una verdad terrible. Había que superar todavía un tramo de realidad en el que las matanzas indiscriminadas eran el pan nuestro de cada día.

El rey había olvidado que los caros perfumes al uso entre la élite de Versalles no podían ocultar la pobreza en la que estaba sumido el pueblo

Esta histórica revolución transformadora y liberadora a la par que laboratorio de alternativas sociales nuevas acabaría consolidándose en la república vecina en lo que actualmente es, un país avanzado y de referencia por su modelo de gobierno y lugar en el mundo. Pero para llegar a ello, como contrapunto, en su acción intramuros se llevaría por delante millones de vidas en su insaciable voracidad desatada e incontrolada en primera instancia, y más tarde en su onda expansiva hacia la Europa periférica. La falta de previsión y el anquilosamiento de una estructura de estado apolillada, engreída y falta de visión, que había cambiado las formas del feudalismo por un maquillaje más actualizado pero que no disimulaba las viejas maneras, había olvidado que los caros perfumes al uso entre la élite de Versalles, no podían ocultar la pobreza en la que estaba sumido el pueblo de Francia.

La Revolución Francesa (1789 – 1799) fue un proceso social y político que eliminó los privilegios del clero, la nobleza y definió para los restos la separación Iglesia-Estado y la división de poderes. Mientras que moderados como Mirabeau apoyaban una monarquía constitucional y los llamados girondinos alentaban una digestión más tranquila en pos de la vertebración de la nación; los más radicales como los jacobinos liderados por Robespierre y Marat, que defendían la instauración de la república, el sufragio universal y la cabeza del frívolo monarca, querían cabalgar la venganza, y no al trote precisamente.

Cuando se proclama la república en 1793, Robespierre toma el mando de la Convención e impone la dictadura del Terror (1793 - 1794), a la que siguió la etapa del Directorio (1795 - 1799), dirigida por Talleyrand y Fouché. El primero, tenía visión y madera de estadista, el segundo, era un personaje insondable e impenetrable, inquietante y siniestro, intrigante y de ambición desmedida; en resumidas cuentas, alguien con quien nadie desearía tropezar nunca.

La viva imagen del terror

Frente a brillantes pensadores radicalizados en una atmosfera cada vez mas caníbal y opresora –era el caso de Robespierre, Danton, Marat, y otros de su talla intelectual– los había todavía más radicales y furibundos que solo pretendían nivelar hombros dejando el ámbito de reflexión del sujeto designado para tal efecto, condenado al espacio de un cesto de mimbre tras pasar por la última tecnología I+D que hacia furor en el país galo; la guillotina. Este invento con vocación terapéutica que ahorraba dolor al interfecto por su eficacia y rapidez, probablemente haya sido una de las maquinas mas amortizadas y letales de la historia.

Pero de entre todos ellos, hubo un animal político, un tenebroso observador con mirada de barrido periférico, que con una habilidad singular, no solo evitó una y otra vez este infernal artilugio, sino que envió a todos sus opositores a las antípodas de la realidad, deseándoles un “bon voyage” muy cortés como gentilhombre que era, descubriéndose con su negro sombrero de ala ancha, al tiempo que daba hacia atrás un ligero y formal retroceso, no exento de cinismo e ironía cada vez que enviaba a un opositor al cadalso.

La técnica de supervivencia política de Fouché consistía en la hipocresía, sus consumadas dotes de adulación y una peculiar movilidad ideológica

Era un raquítico funcionario de armas tomar, temido en toda Francia por su singular destreza y habilidad en aterrorizar al respetable. Su nombre, Joseph Fouché.

Era como la viva imagen del viento del terror, imperceptible y presente a la vez, y su apariencia de gesto retorcido y rictus varios le añadían un plus demoniaco. Este por tres veces ministro del crimen legal, administrador de la violencia legítima del estado, cargó sobre los desnudos e impotentes individuos llamados eufemísticamente ciudadanos, insoportables medidas de represión, sembrando un reinado de terror en el epicentro de la nueva Francia.

Joseph Fouché retratado por Claude-Marie Dubufe.
Joseph Fouché retratado por Claude-Marie Dubufe.

La técnica de adaptación y supervivencia política de Fouché sin duda consistía en la hipocresía, sus consumadas dotes de adulación y una peculiar movilidad ideológica mutante y camaleónica, sea quizás la contradicción que encierra las claves de su longevidad y resistencia. A los ojos simples de un análisis superficial podría pasar por un villano o antihéroe, pero amaba a su mujer con fidelidad y detalles de incuestionable humanidad al igual que a su hija hemipléjica a la que colmaba de atenciones todos y cada uno de los días de su vida. Una conducta tan antípoda, la podríamos definir tal vez como la Paradoja de Fouché.

Está marcada dualidad de apariencia esquizoide podría estar sujeta a exigencias en las que la “carta blanca“ era ley, y los callejones de Paris estaban infestados de asesinos a sueldo. Enfrentado a un destino titánico en un tiempo de huracanes, donde la ética estaba permanentemente fuera de la ecuación o confundida en aquel inmenso embarrado humano, un hombre con poderes absolutos y más de diez mil confidentes a sueldo o chantajeados, es probable que no tuviera fronteras propias y su visión de halcón lo convirtiera en un todopoderoso Dios menor.

Un traidor nato

El filósofo irlandés Edmund Burke, al igual que el emperador Marco Aurelio en su momento, alegaban que lo único que capacita a una persona para gobernar es la virtud y la sabiduría frente al político comprometido únicamente con el poder, como fue el caso del hombre de las mil caras llamado Fouché, que detentó cargos relevantes de manera consecutiva durante cinco gobiernos diferentes, dándose la indescifrable e indescriptible paradoja de que su voto de calidad en la convención determinó con su inequívoco pulgar hacia abajo el fin del atildado Luis XVI y la etérea y banal María Antonieta, para que pasada una veintena de años aproximadamente acabara al servicio de otro rey puesto 'ad hoc' (Luis XVIII) por los directivos del taller de chapa y pintura, que no eran otros que los vencedores de Napoleón. Al Ancien Régime le quedaban todavía unos asaltos.

Quizás la discreción era el gran secreto de este famélico y apergaminado funcionario que nunca estaba en primera línea

Este traidor nato, reptil en estado puro, intrigante y tránsfuga profesional, amoral hasta la médula, dejaría en la estacada a todos. Primero, a los girondinos cuando él estaba de observador en la barrera durante los movimientos preliminares de la Revolución, luego a los partidarios del Terror, a los Jacobinos, a Robespierre, al hombre que le salvó la vida, Barras, al Directorio, a la República, al Consulado, a Napoleón, a Luis XVIII… ¿Cómo pudo engañarlos a todos durante tanto tiempo...?

Sus tête à tête con los tres hombres más poderosos de Francia en su época, Robespierre, Napoleón y Luis XVIII, son los episodios más excitantes de la Historia de la Revolución. A punto estuvo de perder la vida a manos de cualquiera de ellos, pero de natural tranquilo y con una frialdad pasmosa, se zafó de sus iras. Quizás, la discreción era el gran secreto de este famélico y apergaminado funcionario que nunca estaba en primera línea, lo suyo era la tramoya.

Tras ser ministro con Napoleón, repite con el hermano del anterior rey guillotinado, el borbón Luis XVIII, y cuando está elaborando su particular lista de desafectos al entronizado monarca, no se da cuenta de que un decreto de alta traición a Francia se está redactando en la habitación de al lado.

El otrora Duque de Otranto, salamandra escurridiza en la soleada y a veces lúgubre pared de la política, con cientos de nichos y oquedades en donde refugiarse, es ahora desterrado de por vida de Francia. El no haber servido nunca a una idea, a una pasión moral, a la fidelidad y el compromiso, sino siempre al favor perecedero del oportunismo y de los hombres, lo condenará al ostracismo en tierras mediterráneas. Trieste, en ese momento Imperio Austrohúngaro, firmara su certificado de defunción vital, que no histórico.

Joseph Fouché, un modelo de supervivencia y un enigma de altura.

Alma, Corazón, Vida

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