Gibraltar, el sádico inglés y la decisión militar más dura
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un anacronismo lacerante

Gibraltar, el sádico inglés y la decisión militar más dura

Durante la Guerra de Sucesión, España recibiría la puñalada de una Inglaterra siempre al acecho que se apropió indebidamente del peñón

Foto: Barco británico ante las costas de Gibraltar (Cuadro de Thomas Whitcombe).
Barco británico ante las costas de Gibraltar (Cuadro de Thomas Whitcombe).

"Inglaterra no tiene amigos ni enemigos permanentes, solo tiene intereses"
- Lord Palmerston

Es una herida antigua, hemofilia histórica, sangre discreta que mana sin parar, constante, a veces convertida en dolor agudo como recordatorio punzante, a veces olvido necesario ante los hechos consumados, pero siempre una mala pena sin cicatrizar.

La Guerra de Sucesión Española (1701-1714) dio para mucho; fue un choque de trenes, un cambio de guardia de dinastías, algunos cientos de miles de muertos, la introducción de una casa real de dudosa competencia en lo tocante a la gestión del estado y la sorpresiva puñalada de una Inglaterra siempre al acecho y haciendo dogma de la apropiación indebida.

Una filosofía de hielo y fuego, de intereses sobre principios, de una nación acostumbrada a la depredación permanente como doctrina de estado se fue instalando taimadamente en una de las esquinas de nuestra ya entonces decadente patria, la de aquellos (y de estos) políticos empachados de pronunciar su nombre como mantra de un extraño exorcismo de dudosa aplicación.

En agosto de 1704 una descomunal flota de más de sesenta naves y nueve mil hombres se había plantado en la bahía de Algeciras

Sí, después de trescientos años, no hemos tenido un prócer de talla respetable que hiciera algo decente por reivindicar con fundamento lo aviesamente enajenado. Hasta hubo uno de Sevilla (muy español él) que durante la transición, en vez de plantarse y reclamar como condición ‘sine qua non’ el reintegro de ese rincón tan andaluz expropiado de mala manera, nos endosó mesa y mantel con los alevosos, en un referéndum que en realidad no era otra cosa que un galimatías que clamaba a gritos una sobredosis de paracetamol aderezado con Biodramina. Y tragamos, siempre tragamos.

Historia de un territorio ocupado

Todo empezó al final. Carlos II sería el último de los Habsburgo españoles y moriría sin descendencia. Según su postrera voluntad, Felipe V (nieto del Rey Sol, Luis XIV de Francia), era el designado para ocupar el trono de España, pero los ingleses no estaban de acuerdo con esta transferencia porque veían instalarse en sus narices una ‘grosse koalition’ de borbones y hasta ahí podíamos llegar.

Puestos a rapiñar (especialidad de la casa), los ingleses someterían a Cádiz a un duro asedio que se saldó con miles de muertos. Era el año del Señor de 1702 y la cosa no había hecho más que empezar. Dos años más tarde intentarían un ataque a Barcelona con idénticos resultados. Pero los aviesos anglos ya habían puesto el ojo en su presa y allá se dirigieron.

El almirante Rooke no era un militar con escrúpulos. Asesinatos en masa y excesos incalificables eran su carta de presentación allá donde iba

Despuntaba agosto en el año 1704 y una descomunal flota de más de sesenta naves y nueve mil hombres se había plantado en la bahía de Algeciras. Desde la conquista del reino de Granada, todos los reyes de España se habían volcado y esmerado en fortificar de forma extraordinaria el peñón de Gibraltar. Estas fortificaciones levantadas por sucesivas generaciones de ingenieros convertían en inexpugnable ese promontorio o atalaya desde la cual se dominaba íntegramente el estrecho.

Quiso el destino que en aquel momento malhadado, la guarnición estuviera bajo mínimos; solo cien profesionales la defendían a las órdenes del competente sargento Diego Salinas, que se vería desbordado por los acontecimientos. Salinas tomó todas las medidas necesarias para establecer una larga defensa, pero se olvidó de un detalle. En la premura por blindar la fortaleza había dejado a la población civil bloqueada en un ‘cul de sac’ y con las salidas cortadas. La primera parte de aquel drama estaba servida.

Mientras Diego Salinas despachaba correos urgentes en solicitud de ayuda al capitán general de Andalucía, marqués de Villadarias, más de 15.000 proyectiles caían con una cadencia infernal como una lluvia mortífera sobre la fortaleza. Para aderezar un poco más aquel terrible escenario pirotécnico y multiplicar las ya de por sí tremendas dificultades de los defensores, la población civil, con una enorme carga de mujeres y niños, había quedado bloqueada al sur del peñón sin escapatoria posible.

La victoria de un sádico

El almirante Rooke (a la sazón al mando de la flota que asediaba Gibraltar) no era un militar con escrúpulos, sino al revés, era un espécimen extraordinariamente sanguinario para los baremos de la profesión. Dos años antes y durante el asedio de Cádiz y las incursiones derivadas en tierra firme había causado horror a espuertas entre la población civil. Asesinatos en masa, violaciones grupales, excesos incalificables alejados de los mínimos de honor que se le exige a un ejército que se precie, expolio, desolación, etc., eran su carta de presentación allá donde iba.

En el Santuario de Nuestra Señora de Europa, la entera población civil había quedado rehén de Rooke. Salinas, en atención a las tristes credenciales del uniformado inglés, se vio impelido a tomar la decisión más dura de su carrera militar, la rendición sin combatir, con la tragedia añadida de disponer de medios para una larga resistencia. Todo fue en vano. Tras unas breves negociaciones, el peñón, que a priori parecía motivo de litigio entre austracistas y borbones, fue tomado por el impresentable inglés para su reina, Ana de Inglaterra.

Todos los intentos llevados a cabo desde entonces para recuperarlo han sido infructuosos. En un mundo donde el “amigo americano” solo tiene amigos de conveniencia y a Inglaterra como socio principal, la vital y estratégica base de Gibraltar se atisba cada vez mas lejana.

Hoy, y a pesar del bajo coeficiente de los gobernantes patrios, el pueblo español es un pueblo sabio, y sabemos que más allá de las galletas Cadbury, Inglaterra no tiene nada que vender ni nosotros que comprarle.

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