EL DUQUE DE MONTPENSIER

El casquivano e intrigante francés que quiso gobernar España

Las escaramuzas de espadachines de sangre azul vinieron a España cruzando de puntillas los Pirineos, ocasionando desaguisados y rotos de difícil compostura

Foto: Retrato de Antonio de Orleans, duque de Montpensier e infante de España (1824-1890). (CC/Lancastermerrin88)
Retrato de Antonio de Orleans, duque de Montpensier e infante de España (1824-1890). (CC/Lancastermerrin88)

"La justicia solo alcanza a las gentes que llevan alpargatas".

Zenk

Los franceses ya estaban hasta la coronilla de la regia familia que los gobernaba, y por segunda vez en menos de un siglo tomaron la decisión de deshacerse de esa troupe de intrigantes confesos que de a poco iban poblando tentacularmente los mas distinguidos sillones de las diferentes cortes europeas. En el año 1848 el pueblo de Francia, un pueblo sabio e instruido donde la educación siempre a tenido un espacio determinante, decidió abrumadoramente dar paso a la II República. La monarquía, que no había sido capaz de adaptarse a las demandas del respetable, pasaba a formar parte de las cenizas de la historia.

A lo largo del tiempo, los Orleans y los Borbones mantuvieron una rivalidad intensa y en ocasiones sangrienta, como se verá. La Casa de Orleans siempre estuvo muy arraigada en Francia y fueron el soporte natural de todos los reyes galos –cuando no los reyes en la sombra–, casi desde el alumbramiento de la nación vecina. Los borbones llegarían algo retrasados a la mesa política pero con intención de quedarse.

El duque de Montpensier había cogido una perra de buen calibre cuando los ingleses le prohibieron ceñirse la corona

Estas escaramuzas de espadachines de sangre azul vinieron a España cruzando de puntillas los Pirineos y en algún momento subido de tono, ocasionarían desaguisados y rotos de difícil compostura. El más intrigante y menos escrupuloso de estos vástagos de las conspiraciones palaciegas no era otro que un tal Antonio de Orleans, duque de Montpensier, que había cogido una perra de buen calibre cuando los ingleses –so pena de armar la marimorena-, le prohibieron ceñir una corona que estaba a punto de instalar tan ricamente en su ambiciosa testa.

Juego de camas

El padre de este pieza, Luis Felipe I de Orleans, era un Maquiavelo de tomo y lomo que seguiría una ambiciosa política de colocación de sus ocho retoños en diferentes cortes europeas, llevando su osadía a coronar como emperador de Brasil ni más ni menos a uno de ellos.

Para Montpensier, pensó su padre en la dicharachera corte de España. Fernando VII había tomado las de Villadiego en 1833, dejando huérfanas a un par de sonrosadas criaturitas en el mundo terrenal, llamadas Isabel y Luisa Fernanda. El caso de Isabel, heredera del trono, tenía un cariz bastante delicado, pues levantaba ampollas en las diferentes casas reales europeas, ya que ninguna queria ver en el trono español a representantes rivales. Esta acabaría casándose con su tarado primo, Francisco de Asís, un pusilánime espécimen que huía como alma que lleva el diablo de las deliciosas turgencias femeninas.

Luiis Felip I de Orleans, por Franz Xaver Winterhalter.
Luiis Felip I de Orleans, por Franz Xaver Winterhalter.

En lo tocante a Luisa Fernanda el tema no planteaba tantos problemas, por lo que el Rasputín francés Luis Felipe concertaría un buen bodorrio con su vástago el duque de Montpensier. Cuando el compromiso se hizo público, los ingleses que nunca están de acuerdo con nada, escenificaron un solemne pataleo cuyos ecos llegarían al continente. Era 1846 cuando se celebraron las bodas de las dos criaturitas. Las malas lenguas decían que Isabel II padecía una extraña enfermedad, si así se le puede llamar al incontinente furor uterino del que hacía gala sin reservas la descocada.

Cuando el flamante matrimonio se trasladó a Francia de luna de miel para practicar todas las travesuras habidas y por haber, la revolución de 1848 ya había destronado a su intrigante progenitor que no las había visto venir. En consecuencia, la familia real tuvo que poner pies en polvorosa y salir disfrazada con la servidumbre por la puerta de atrás de palacio. En la huida, el caballerete Montpensier se olvidó de su amada que oportunamente fue rescatada por un solícito diputado que dejo alto el pabellón masculino.

Montpensier, que no cejaba en sus intentos por coronarse, vio su oportunidad cuando el descontento popular acabó con Isabel II

Este personaje de opera bufa, cuando se enteró en 1857 de que la reina había tenido un varón, entró en depresión, pues los galenos la presumían infértil, hasta que con los datos en la mano -fue madre prolífica-, entraron en shock. Pero el crápula de Montpensier, que no cejaba en sus intentos por coronarse a cualquier precio, vio su oportunidad cuando el descontento popular acabó con la casquivana y efervescente Isabel II, que acabó destronada por su enorme curriculum de desatinos al producirse la revolución de 1868, llamada 'La Gloriosa', revolución que como se probaría, fue financiada en parte por este contumaz zascandil.

Todos los males de la patria

Una buena parte de la población veía con buenos ojos que este ínclito petimetre francés llevara la gobernanza del país, pero el general Prim, que estaba hasta las cejas de los Borbones, no favorecía los intereses del conspirador. Ademas, por aquellos días, el aspirante a cubrir la baja de la reina fuguista, se había enzarzado en un duelo que acabó pasaportando al infante Enrique de Borbon, hermano de Francisco de Asís, al que por una ofensa de carácter menor, haría un agujero de tamaño natural con una lustrosa pistola Ormaechea. Este percance en el que derramó sangre española, lo retiraría de las apuestas ipso facto.

Juan Prim, por Luis de Madrazo.
Juan Prim, por Luis de Madrazo.

El caso es que Prim, tras hacer una exhaustiva selección de candidatos, eligió a Amadeo de Saboya para ocupar el trono. El 16 de noviembre el parlamento español elegiría por primera vez en votación a su rey. Amadeo de Saboya arrolló en el corazón de sus señorías y el aspirante que cotizaba a la baja, obtendría 27 votos frente a los 191 de su contrincante. Aunque no se ha podido probar y tras sesudas investigaciones, que Montpensier no perdonara al general la afrenta infligida. Misteriosamente Prim caería semanas mas tarde sin que a día de hoy se haya podido establecer un vinculo irrefutable.

Finalmente y tras diversos avatares, Montpensier vería recompensados sus denodados esfuerzos al casar a su hija María Mercedes con Alfonso XII, convirtiéndola así en reina de España. Al final el perillan se salio con la suya.

No obstante y en beneficio de este intrigante impenitente hay que destacar las favorables palabras de Galdós, que rompería una lanza por él con esta sentencia...

....Todos los males de la patria provenían del matrimonio de la reina. Habría sido muy acertado casarla con Montpensier, que era gran príncipe, un político de talento y el hombre más ordenado y administrativo que teníamos en las Españas [...]

Al final, parece que había alguien que le quería ...

Alma, Corazón, Vida

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