historia del reino nazarí

La dinastía nacida de la nada que creó una de las grandes maravillas de España

Una concepción idealizada en torno a la Alhambra es el eje sobre el que pivota el paréntesis abierto por el clan de los Nasr, que en el año 1238 se aúpa a la administración de estos territorios

Foto: El patio de los leones de la Alhambra. (Efe)
El patio de los leones de la Alhambra. (Efe)

Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.

Oscar Wilde.

Alguien que luchó contra los moriscos al lado de Felipe II, o más bien a sus órdenes, pues este rey-emperador pasaba la mayor parte de su tiempo ocupado en cuadrar la enorme cartografía de sus recientes adquisiciones en medio de su creciente asombro ante las inmensas conquistas de sus ejércitos, hablaba de la nobleza nazarí del Reino de Granada como de una elite en decadencia, pero conservando la elegancia del que tuvo y fue.

Ginés Pérez de Hita (Siglo XVI), un ilustre zapatero murciano metido a escritor, fue el muñidor de una obra excepcional, 'Historia de los Cegríes y Abencerrajes', en la que habla de los últimos musulmanes granadinos, en la que lo real y lo novelesco, van 'in crescendo' de la mano en una forma trepidante.

Tres siglos más tarde, cuando Washington Irving, considerado como el patriarca de las letras norteamericanas, escribe en las postrimerías del siglo XIX 'Cuentos de la Alhambra' (un género de novela fantástica de imprescindible lectura), no hace otra cosa que refrendar y certificar la visión del soldado imperial y de su perspectiva por esta corte en proceso de extinción, pero con el sabor agridulce del bagaje de lo vivido, ya flotante en el caldo de su fenecido esplendor.

Este embajador de los Estados Unidos en Madrid entre 1842-1845, en sus largas estancias en España llegó a conocer tan profundamente la historia y la literatura española que podría ser probablemente el primer gran hispanista en la historia de su país. Su 'Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón', y las 'Crónicas de la conquista de Granada', le dieron un más que merecido prestigio internacional.

Reino nazarí en 1482, antes del comienzo de la Guerra de Granada.
Reino nazarí en 1482, antes del comienzo de la Guerra de Granada.

La asfixia de una cultura avanzada

Fascinado por el exotismo de la civilización hispano-musulmana, Washington Irving recorre esa capilarizada arteria de comunicaciones asentada desde muchos siglos antes, cuando en la Baja Edad Media servía de vía comercial entre el reino nazarí de Granada y el sur cristiano.

Entre tregua y tregua, desde las campiñas sevillanas, los productos agrícolas, el ganado, las importaciones portuguesas, etc., se trocaban por especias, paños, sedas, abalorios, orfebrería y damasquinos. Entre evocaciones históricas y literarias y una incomparable riqueza paisajística y monumental, la Baja y la Alta Andalucía, el camino entre Sevilla y Granada cobra vida propia acercando el reino nazarí a los ojos de los que solo veían en blanco y negro. Pero el esplendor acomodaticio acaba asfixiando hasta las culturas más avanzadas.

La legitimidad dinástica de los sultanes nazaríes era algo discutible, habida cuenta de que no tenían ningún parentesco asociado, ni de lejos, con Mahoma

Poco se sabe de este emirato, último Estado islámico de la península. Una concepción romántica e idealizada en torno a la Alhambra es el eje sobre el que pivota el paréntesis abierto por el clan de los Nasr, que en el año 1238 se aúpa a la administración de estos territorios, hijos de un sol permanente. Son muchas las leyendas ligadas al periodo nazarí, rayanas con el mito.

La majestad regia de los soberanos nazaríes manejaba desde el Palacio de Comares, en el centro de la mágica fortaleza, y bajo la protección del potente fulgor del imponente estandarte rojo, probablemente una de las maravillas arquitectónicas con más belleza condensada por metro cuadrado que monumento alguno en cualquier latitud pueda albergar.

Pero había un problema. La legitimidad dinástica de los sultanes nazaríes era algo discutible, habida cuenta de que no tenían ningún parentesco asociado ni de lejos con el Gran Profeta Mahoma; cosa que en ciertos ambientes de rigorismo islámico no era una minucia baladí. A este pequeño dislate había que añadir que tampoco tenían ligazón o parentesco con los omeyas huidos de la purga inicial y que habían gobernado desde el 750 d.C., durante casi trescientos años. Esto generaba un ambiente de hostilidad hacia los gobernantes de turno que tenían que afianzar la poltrona con pegamento de última generación, para que esta no se deslizara de manera inquietante hacia algún oscuro lugar, en el que alguna cimitarra quisiera hacer justicia tras el elaborado encaje de alguna vigilante celosía.

La dinastía nacida de la nada que creó una de las grandes maravillas de España

Una estirpe sin pedigrí

Como los orígenes del fundador de aquella estirpe real sin rancio abolengo y con pocos nexos con linajes de alta alcurnia no tenían el pedigrí suficiente, había que tirar de vez en cuando de alfanje y ser expeditivo. Esto lo entendió así el fundador de la estirpe nazarí, un tal Muhammad ibn Yusuf, que tras trabajar el campo con el sudor de su frente y dadas sus habilidades portentosas para la conspiración y la muerte súbita de sus adversarios en celadas y emboscadas, se hizo con el control de Arjona para más tarde dar el salto a Granada gracias a la fortuna conseguida con sus trapacerías y sus indudables dotes militares innatas. Tras el ajetreado e intenso entrenamiento previo desde su fase como avezado aprendiz, más tarde se falsearía deliberadamente la heráldica de este perillán con turbante para darle más cache ante sus intrigantes adversarios y cortesanos.

Es probable que la inestabilidad política generada por la falta de un orden sucesorio claro pudiera haber contribuido al final del reino nazarí

A esto hay que añadir las costumbres relajadas y el hedonismo inherente a la corte en el que un sultán bien dispuesto podía procurar tranquilamente a través de dos docenas de concubinas ingredientes para una buena guerra civil entre sus innumerables vástagos; cosa nada infrecuente como ocurrió en las postrimerías del reinado nazarí, en la que se enzarzaron padre e hijo (Muley Hacen y Boabdil) por conseguir los favores de la exuberante y exótica cautiva cristiana Zoraya.

Es probable que la inestabilidad política generada por la falta de un orden sucesorio claro pudiera haber contribuido al final del reino nazarí. La delegación en los visires (especie de validos), y la efervescencia de los revoltosos príncipes y segundones que aspiraban a gobernar escudados en inextricables derechos sucesorios, hizo el resto.

La sangrienta represión del linaje de los Abencerrajes a manos de los secuaces de Boabdil por un lance amoroso resuelto a base de acero rubrica la descomposición del reino nazarí, ya tocado de muerte. Intrigas, agravios entre linajes, rivalidades, pasiones y mucha adrenalina alimentan la decadencia de esta dinastía nacida de la nada y capaz de crear una de las obras de arte que prestigia la arquitectura de todos los tiempos.

Vista de la Alhambra desde Granada. (Ed Menendez/CC)
Vista de la Alhambra desde Granada. (Ed Menendez/CC)

Más allá de Sierra Morena

Para colmo de males, la presión castellana, eficaz y continua, tenía en un sinvivir permanente a los cada vez más mermados territorios de lo que fue Al-Ándalus. Los reyes nazaríes habían organizado una defensa en profundidad a través de una cadena de fortalezas que desde la frontera oeste protegía su lado más vulnerable; el resto se fiaba a la relativamente permeable frontera de Sierra Morena.

En ocasiones, para contrarrestar las cada vez más agresivas incursiones de las mesnadas norteñas, se procedía a aligerar las arcas del reino en pos de una paz cada vez más precaria, la presión tenía un precio y este era el de aplacar la irritabilidad de los incomodos vecinos del norte con un impuesto o tributo –las parias–, que aseguraba un reinado más relajado.

Pero la constante erosión cristiana no declinaba, y al prestigio del triunfo que acompañaba a lo conseguido se sumaban las zonas de influencia mercantiles en auge para unos, en declive para otros. La inexpugnable fortaleza de Antequera, una obra militar que impresionaba por su grandeza y extensión, cayó a manos de Fernando de Trastámara, allá por 1410. Más tarde, en 1487, los castellanos asestarían un duro golpe tras seis meses de asedio a Málaga.

De a poco, mientras la huella de una de las más bellas obras arquitectónicas de la historia iba asentando sus raíces en el derecho al reconocimiento, y su presencia eterna admiraba a propios y extraños, acabado el tiempo de la recogida de la uva, los del norte ya habían rebasado las estribaciones de Sierra Morena…

Alma, Corazón, Vida

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