LA ÉPICA DE UNA NACIÓN QUE RESUCITA

Covadonga: la primera pedrada en la frente del huracán Omeya

Tras la invasión musulmana de la Península Ibérica, los locales, que estaban con el paso cambiado, sumaban derrota tras derrota. Pero pronto, la situación iba a cambiar para siempre

Foto: Estatua dedicada a don Pelayo en Covadonga. (CC/Tony Rotondas)
Estatua dedicada a don Pelayo en Covadonga. (CC/Tony Rotondas)

"La guerra es el arte de destruir hombres, la política es el arte de engañarlos"

D' Alembert

Si recordamos la obra póstuma de Vincent Van Gogh –Los cuervos comedores de trigo–, datada el año de su muerte en 1890, nos podríamos transportar a una plaga acontecida once siglos atrás en lo que hoy configura Castilla que asoló las cosechas a manos de estos pájaros de mal agüero en el imaginario popular. Mal augurio, mal pronóstico. No, no fue un buen año. Esto ocurría durante el desenlace del triste y breve reinado de Don Rodrigo, el último rey visigodo, también un año antes de su viaje definitivo en la batalla de La Janda . Este episodio trascendía el carácter de tragedia, calificativo benévolo para con lo ocurrido, pero daba paso al balbuceo de una nación.

Estaba Rodrigo combatiendo a los vascos una vez más en una trifulca sin mayor fundamento, y que se podía  haber resuelto con un apretón de manos sin necesidad de desplazarse al norte a exhibir musculo. Se cree también que fue deliberadamente mal informado por los partidarios de Witiza con el tradicional recurso del “pajarito”, para dejar expedito el camino de la invasión de los árabes y bereberes, que coincidiendo con las escaramuzas en el norte ya estaban hollando las playas de Tarifa.

El contingente que se encaminó al norte

Tras la invasión musulmana de la Península Ibérica, los locales, que estaban con el paso cambiado, sumaban derrota tras derrota. Once años más tarde y con el reino hispano-visigodo postrado y directamente en fuera de juego, despuntaba la primavera en el 722, cuando a un inspirado noble asturiano le interrumpió un mensajero llegado a uña de caballo su plácida ingesta de pastel de cabracho. Era avisado de que un fuerte contingente de exploración sarraceno se había colado hasta la cocina.

En principio, fueron acciones testimoniales localizadas en el área del Auseva y Onís, las que enfrentaron a los autóctonos contra los invasores. Pequeñas partidas de campesinos sin líderes conocidos en ocasiones y otras nobles liderando la espontanea contestación.

El infiel cristiano era un politeísta adorador de una incomprensible trilogía, lo cual, al parecer, era argumento para no dejar títere con cabeza

Al parecer según los cronistas, un destacamento de turbantes se había hecho fuerte en Gijón, pero eran incapaces de salir extramuros, pues la constante erosión de las emboscadas de los locales, los tenían contra las cuerdas. Pero desde el Emirato de Córdoba empezaron a sospechar de la falta de noticias de sus hermanos en Allah y prepararon una expedición para socorrerlos. Como un río que fluye hacia arriba, unos dos mil jinetes tomaron la dirección del norte.

Los seguidores de Mahoma llevaban cerca de un siglo arrasando a su paso desde las profundidades de las arenas del Rub al–Khali –el mayor arenal de Arabia–,  cualquier titubeo contra  los designios de su todopoderoso  Dios paralelo. Eso sí, cuando tropezaban con una montaña, la cosa se les complicaba seriamente. Y esto fue lo que pasó en Asturias, País Vasco, la zona norte de la impenetrable Galicia, y en general, en el conjunto de la cornisa cantábrica. La enorme masa de tupidos bosques y una orografía intensa sumada a unos combatientes, más que motivados, bastante cabreados, amortiguarían el ímpetu inicial de aquel imparable flujo conquistador .

Un vigoroso pueblo musulmán, un joven e imponente imperio con una explosiva expansión, había laminado a la decadente monarquía visigoda con una fuerza arrolladora en un momento de máxima fragilidad y guerras internas entre partidarios de Witiza y del rey Rodrigo. Algunas aceifas –escaramuzas de exploración–, llevaban el sello de la advertencia en el sur de la península. A duras penas, se conseguía rechazar estos conatos de invasión, cada vez más alarmantes.

Con una poderosa caballería y unos jinetes impregnados de una fe monoteísta a prueba de bombas, oleadas de sus creyentes cruzaron la entera piel de toro como una exhalación. Para ellos, el "infielcristiano, era un politeísta adorador de una incomprensible trilogía llamada Trinidad, lo cual al parecer, era argumento más que suficiente para no dejar  títere con cabeza .

Algunos arrasarían el sur de Francia mientras otros intentarían meter en cintura a los levantiscos astures. Entre Poitiers y Tours, los francos, con Carlos Martel a la cabeza, cien años después de la muerte del profeta Mahoma, un día 10 de octubre del año 732, tras una batalla muy indecisa en todo momento, casi al borde de la caída de la tarde, consiguieron detener el imparable avance sarraceno. La cristiandad podía respirar, aunque con ventilación asistida.

Una escabechina épica

Lo de Covadonga era otra cosa. En un terreno poco propicio para la eficiente caballería árabe, unos motivados lugareños hostigaban sin cesar desde imponentes montañas a los invasores. Descomunales piedras removidas a base de palanca caían sobra la horda de turbantes como si de un descomunal granizo celestial se tratara, causando estragos de pronóstico reservado entre los vociferantes mahometanos, mientras honderos de técnica impecable arreaban pedradas de precisión casi quirúrgica a aquellos osados que intentaban escalar los riscos donde se desarrollaban las primeras acciones de resistencia. Golpes de mano constantes y un grupo cada vez más nutrido de fugitivos que huían de la meseta, entre los que estaba la diáspora de la elite  visigoda y entre ellos el también noble Pelayo, infligirían a los confiados mahometanos, severas y  durísimas derrotas que invertirían la dinámica de un paseo militar.

Covadonga no tiene la calificación de una batalla colosal entre las partes en litigio, pero si la épica de una nación que resucita de forma milagrosa de sus estertores en una naturaleza geográfica que como única puerta de salida tenía al mar. No había elección.

Los seguidores de Mahoma llegaron a la conclusión para los restos de que Asturias no era una zona de interés turístico

La parte épica, la parte antológica, es la concerniente a la forma en que  se desarrolló la escaramuza. Pelayo y trescientos afectos, conscientes del destino que les esperaba, plantaron cara a la caballería sarracena en el desfiladero. La cueva era el último reducto en caso de una defensa a ultranza, pero afortunadamente para él y los suyos, no fue necesario su uso –más allá de la nutriente logística–, por mucho que se haya insistido en ello.

Aproximadamente a trescientos metros del lugar que indica la historia, es al parecer donde se produjo el enfrentamiento. Una lluvia de piedras, lanzas, flechas y rocas de buen tamaño, hicieron su trabajo. La escabechina fue monumental sin duda. Los seguidores de Mahoma llegaron a la conclusión para los restos de que Asturias no era una zona de interés turístico. En lo sucesivo, y aunque llegarían al mar por Gijón, abandonarían ante el hostigamiento sostenido,  todas las plazas fuertes que tan prematuramente habían instalado en lo que hasta entonces había sido una fácil invasión.

Aquellos asturianos de entonces, con sus persuasivos métodos de antaño y su proverbial “herramienta de convencer”, la pedrada, frenaron en una desigual batalla la inercia ganadora del huracán Omeya.

Empezaba la reconquista y un ejercicio de paciencia.

Alma, Corazón, Vida

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