esta es su historia

La orden del Temple, su refugio aragonés y la maldición que cobró vida

A pesar de haber sido torturados, quemados vivos y despojados de sus haberes, los Caballeros Templarios gozaron siempre en la corona de Aragón de una situación privilegiada

Foto: Foto: iStock.
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"Los amputados sienten dolores, calambres, cosquillas en la pierna que ya no tienen. Así se sentía ella sin él, sintiéndolo estar donde ya no estaba".

-Gabriel García Márquez, 'El amor en los tiempos del cólera'

Ocurre a veces que la gente se suele detener a mirarse en los espejos deformantes articulando una mueca irónica que certifique su natural escasez, deformada y reconstruida por montones de artificial cosmética cuando no de banal construcción de sí mismos, mas sin embargo es más frecuente que pase de largo ante los espejos comunes, porque ese retrato fiel es mucho más perturbador que la grotesca caricatura de sí mismos.

Es un poco lo que pasa con la historia, que solo admitimos de ella aquello que complace y certifica nuestro narcisismo u otros complejos que nos inhiben de una visión más conectada con el gran angular necesario para una percepción más objetiva, puesto que de forma generalizada –y más en este peculiar país–, proyectamos, traducidos en actitudes, comportamientos ya sean morbosos, descalificadores (que a su vez nos definen) o directamente patológicos, sin darnos cuenta que nos arrojan a los caballos de una realidad avasalladora que nunca se casa con nadie. Esa miope gangrena, esa ceguera de no querer ver lo evidente, esa negación de lo obvio, es la que nos condena una y otra vez como los ratones de laboratorio a vivir un formato de la historia circular y asfixiante en un abrazo que poco tiene de cariñoso y mucho de aniquilador, pues como un comportamiento neurótico nos arroja a un bucle sin salida.

Habituados a convivir con la mentira en abandonada resignación, acabamos siendo aquello que negamos, de tal forma que vivimos permanentemente en una construcción muy cercana a la ciencia ficción, pero más prosaica; o peor aún, instalados en la impotente indiferencia ante la sofisticada y sutil barbarie entreverada en la pulcra organización de las estructuras del estado que, obediente y sumiso ante el poder, acaba traicionando a aquellos que depositan su escasa fe residual en aras de una fútil esperanza.

Podríamos negar nuestra actitud u óptica, nuestra mira o ángulo ante hechos incontestables, pero resulta más cómodo instalarnos en la complacencia, porque negar la mayor puede suponer quedarse en fuera de juego o dejar de estar protegidos por la tribu, o incluso, ser señalados como raros y en consecuencia, dejar de interactuar con los demás puesto que el tribunal de la mayoría nos ha condenado al ostracismo, y eso cuando no nos ha hecho desaparecer del escenario del pensamiento único; algo que ocurre en situaciones extremas como es el caso de las dictaduras en su brutal omnipotencia, con lo cual, la mayoría de las veces, la cobardía y el miedo paralizante nos conducen a una forma de vida escasamente aeróbica y en la que las ventanas parece que están mejor tapiadas para así evitar ver la cruda aceptación de la brutal realidad.

Jacques de Molay maldijo con la muerte a Clemente V y Felipe IV: un año después se cumplió

Y este rollo viene al caso porque muy a pesar de la buena voluntad que habita en nuestras palabras para ser aceptados como no violentos, no sospechosos, garantes de una convivencia armónica y postrada ante una sumisión incontestable, la normalización de las atrocidades ha sido a lo largo de la historia una inquietante realidad inapelable porque nuestro temor a pronunciarnos hace que la hidra crezca a sus anchas hasta que se materializa en toda su extensión y crueldad, y cuando esto ocurre, por lo general, ya suele ser tarde para rasgarse las vestiduras.

Hace muchos años, siglos quizás, unos hombres honorables, autocríticos y críticos a la vez con el poder absoluto, fueron despojados de sus haberes, cuerpos y almas por la pantagruélica avaricia y afición de unos poderes antropófagos ávidos de lo ajeno. Torturados y quemados vivos, sus despojos fueron echados a los perros y a los voraces cerdos, verdaderas máquinas de reciclaje de los menús más increíbles e imaginativos. Aquellos dignos hombres, culpables por soñar unas ideas, fueron condenados a visitar la noche del infierno.

A por ellos

Esto ocurría hacia el año 1306 mientras unas grises nubes se cernían en el sur de Francia sobre una inaccesible fortaleza aparentemente inexpugnable. El gran maestre templario, Jacques de Molay, se negaba reiteradamente a aceptar la idea de una fusión de las órdenes militares bajo el cetro del rey francés del momento y la más que evidente coacción del papa Clemente V so pena de excomunión. Hacia el 6 de junio del mismo año fue llamado a capitulo a Poitiers para hacerle entrar en razón y de paso, ser digerido por la insaciable voracidad de Felipe IV de Francia. Su negativa sellaría el destino de una orden coherente con los más elementales principios cristianos. Esto generó una causa general contra los templarios. Aunque el famoso pergamino de Chinon apolillado y lleno de telarañas en los sótanos del Vaticano absuelve por parte de un dubitativo papa Clemente V a los Templarios, el mal, presidido por una meliflua cobardía, ya estaba hecho.

En el trasunto, una muy endeudada corona francesa como consecuencia del pago del rescate de otra de las testas coronadas caída en la séptima cruzada en manos de los musulmanes. Luis IX había hecho un roto en las arcas reales desde el que se podían ver las antípodas. Esta, y no otra, fue la razón de aquella salvaje persecución contra unos hombres fieles a un ideal cristiano de solidaridad y compasión, de lucha por los valores propuestos por el profeta con más predicamento de la historia en beneficio de la colectividad, y de lo que es clave, de la acumulación de una inmensa fortuna que no solo permitía a los templarios actuar como prestamistas, sino que también en la economía doméstica y local con pequeños microcréditos sin usura que permitían a muchísimos beneficiarios vivir una vida más digna en aquel calvario de sociedad medieval, no muy distante del desasosiego actual. Todo esto, obviamente, creaba recelos y envidias en un sistema que buscaba la más absoluta alienación de los siervos o súbditos.

Estos caballeros deberían haber sido procesados por el Derecho Canónico y no por la justicia que se llevó a cabo sin la autorización papal

Pero la épica templaría y su herencia de honradez no acabaron con el asalto al castillo fortaleza de Montsegur. Aragón sería por razones varias un refugio seguro para los exiliados de aquella monumental masacre. Hacia el año 1131, el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, solicita el ingreso en la orden; pero allá, cuando transcurría 1134, Alfonso I de Aragón cede el reino a los templarios por entender que eran gentes rectas y comedidas, honradas y compasivas; originando un rifi rafe de proporciones desintegradoras entre los nobles aragoneses disconformes con la orden.

¿El fin justifica los medios?

El tema se relajó cuando Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona, alcanza un acuerdo con ellos para cooperar en la Reconquista, firmando en la Concordia de Gerona en 1143 unas cesiones mutuas para calmar los crispados ánimos entre las partes. Como contrapartida, reciben varias fortalezas clave, entre ellas las de Monzón. Algunas donaciones de vastas tierras con irrigación natural cíclica muy productivas, sumadas al quinto del saqueo y capturas de patrimonio de los musulmanes, añadiendo a todo ello, el diezmo eclesiástico y las parias contributivas de los reinos taifas, hacen que aquel guirigay vuelva a la normalidad tras los buenos oficios del catalán.

La orden –como en el resto de Europa– se enriqueció con las numerosas donaciones recibidas desde todos los ángulos de intereses, tanto altruistas como directamente presididos de una filosofía mercantil, pues era notable el tráfico de influencias en la búsqueda de cargos eclesiásticos, posiciones de favor en la corte, y otras prebendas o fruslerías muy golosas. Se podría decir que los templarios arbitraban en la Champions por delegación del Vaticano al que escrupulosamente pagaban su parte correspondiente. ¿Justifica el fin los medios? ¿Ayuda al menesteroso a cambio de no censurar conductas cuando menos cuestionables por parte de los denominados delegados del altísimo? Sabe Dios, si sabe algo.

En torno al 1148, y tras su colaboración en las conquistas al sur de Aragón, los templarios reciben en compensación Miravet, fortaleza situada en una estratégica y privilegiada posición sobre el río Ebro. Tras el desastre de Muret –batalla producida en el sur de Francia–, que a priori para Aragón podría haber sido una situación de ventaja decisiva en el plano militar con todo el viento a favor, la accidental fatalidad de una certera flecha en el corazón del rey Pedro II supuso la pérdida del imperio transpirenaico. Los templarios oficiaron de custodios de Jaime I el Conquistador, heredero a la corona y rehén de Simón de Monfort, que tuvo que ceder a los primeros al joven príncipe –mientras se producía la cruzada albigense–, a instancias de Papa Inocencio III. En las campañas de Mallorca y Valencia, donde en ambos casos recibirían como compensación el tercio de cada ciudad, los Templarios se mantuvieron fieles a Pedro III de Aragón, solidarios ante la excomunión que sufrió a raíz de sus luchas en Italia contra los angevinos de la dinastía Plantagenet oriunda de Francia.

La orden del Temple

El imponente castillo de Miravet erigido sobre una colina dominante vigila los caprichosos meandros del Ebro en esa zona. Los templarios sin duda tras ser expulsados manu militari del territorio galo dejaron una profunda huella en aquel lugar hollado por su envidiable posición estratégica y con la autorización de los reyes de Aragón lo convirtieron en una de sus sedes en la península y refugio para todos aquellos que consiguieron escapar de la persecución implacable del fagocitador monarca francés.

Fortaleza íbera en su tiempo por su privilegiada posición, siglos más tarde sería tomada por los romanos que la reformaron hasta convertirla en un fortín inatacable. Otros tantos siglos después, bajo la férula andalusí, fue el muro de contención contra las Marcas de Carlomagno y por ende, de la presión de los condados catalanes. Mas un día de verano, cuando la canícula apretaba de lo lindo, y la entera guarnición se estaba pegando un chapuzón en las próximas riberas del Ebro, un tal Ramón Berenguer IV, agazapado en un pinar colindante, le echó el guante al lugar y expulsó a los del turbante a la otra orilla del rio. Más tarde se lo cedería a la Orden del Temple, que hacia el año 1280 culminaría la reforma que actualmente se mantiene respetando la idea propuesta originalmente.

Tras la expulsión de las tierras de Francia que les pertenecían por derecho, y tras instalarse en Aragón, Jaime II, en un acto de lucidez o de contrición, declaró la absolución de los templarios, otorgándoles una pensión vitalicia, tal vez porque era consciente de la enorme injusticia que el rey de Francia Felipe IV y su subordinado de facto, el Papa Clemente V, habían cometido con el Temple. Desafiantes, siguen en pie estas murallas retando la desmemoria y las lagunas amnésicamente caprichosas que recuerdan el sacrificio de aquellos hombres que se enfrentaron a la injusticia con dignidad.

Tras la monumental masacre, Aragón sería por razones varias un refugio seguro para los exiliados

En un procedimiento absolutamente corrompido, estos caballeros deberían de haber sido procesados por el Derecho Canónico y nunca jamás por la justicia ordinaria que se llevó a cabo sin la autorización papal. Es por esta razón que en los documentos de Chinon, el mismo Clemente V declaró el juicio nulo. No obstante, al haber confesado mediante tortura "sus crímenes", en posteriores procesos esta confesión sería determinante para "probar" las acusaciones.

Jusiticia poética

A pesar de que el Papa había creado una comisión dirigida por él mismo respecto a la decisión última sobre el futuro de la orden, esta llegó a la conclusión de que aquellos individuos eran culpables; mas no la orden en sí, al no poder demostrarse su condición herética. En el Concilio General de Vienne, en octubre de 1311, la inmensa mayoría de la curia fue favorable al mantenimiento de la orden. Mas, tal vez Clemente V, presionado o directamente amenazado por parte de Felipe IV para que finiquitara al Temple, optó una solución intermedia; la disolución en vez de la condenación de la orden, de tal manera que por un decreto apostólico, que no por una sentencia penal, con la bula Vox Clamantis, en marzo de 1312, aquella orden legendaria quedaba disuelta, y sus propiedades pasarían al poder civil.

Curiosamente, antes del Gran Viaje, Jacques de Molay, quemado vivo y arrojado a los perros sus restos, maldijo a Clemente V y al impresentable rey de Francia Felipe IV llamado "el Hermoso" (quizás por su apostura que no por su alma negra) con estas premonitorias palabras: "¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte y ambos estaréis muertos antes de un año!".

Y en efecto, así fue, la maldición cobró vida y se cumplió. Clemente V murió, y el infame e infumable Papa –uno de tantos en la larga lista de la corrupción vaticana–, el 20 de abril de 1314, expiraría falto del oxígeno liberatorio y vital. Un mes más tarde de la terrorífica muerte del Gran Maestre Jacques de Molay, Felipe IV se quedaría traspuesto y sin motricidad muscular con un rictus facial espantosamente ridículo y radical tras un derrame cerebral en una cacería en los bosques de Vincennes el 29 de noviembre del mismo año. ¿Carambola trágica? ¿Justicia poética? A saber. Quizás el altísimo, deficitario de las oraciones de aquellos devotos, decidiera reaccionar finalmente tras unos cuantos bostezos.

Alma, Corazón, Vida

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