UN MOMENTO GLORIOSO

Breda, una auténtica lección de estrategia militar española

Situada entre dos ríos, el Mark y el Aa, fue en los albores del siglo XVII el punto de colisión de una de las batallas más cruentas y largas de la Guerra de Flandes

Foto: 'La rendición de Breda' de Diego de Velázquez.
'La rendición de Breda' de Diego de Velázquez.

"Cuando el dogma entra en el cerebro, cesa toda actividad intelectual".

- Robert Anton Wilson

Breda es una hermosa ciudad situada en la campiña del Brabante septentrional, y hoy, una de las 13 provincias que configuran los Países Bajos u Holanda, cuya denominación original hace casi cinco siglos era la de las llamadas Provincias Unidas, un conjunto de pequeños condados y ducados que reclamaban a España más autonomía y respeto por su credo religioso.

Situada entre dos ríos de cierta entidad, el Mark y el Aa, y colindante con Bélgica, fue en los albores del siglo XVII el punto de colisión de una de las batallas más cruentas y largas de la Guerra de Flandes. Como casi todas las ciudades holandesas, son horizontales en su confección urbanística y rodeada de un verde intenso por los cuatro costados, pero en el momento de los acontecimientos que relatamos, la fortaleza que abarcaba la ciudad –un emporio comercial de primera categoría–, las murallas que rodeaban esta urbe eran gigantescas e imponían por su estudiada composición, líneas de fosos e imponentes defensas.

Justino de Nassau estaba seguro de que Breda era inconquistable. Por ello, se retiró ante el avance de aquel colosal ejército de 40.000 hombres de los tercios y tropas auxiliares a sabiendas de que poco o nada tenía que hacer en campo abierto contra aquella experimentada y contrastada máquina de guerra. Por lo tanto, especuló con la posibilidad de una resistencia a ultranza intramuros en una ciudad con una fortificación de diseño octogonal y dos líneas de defensa, a priori, debidamente abastecida para aguantar un sitio de larga duración.

Resistió el asedio español heroicamente a pesar de que las fuerzas atacantes evitarían los refuerzos, así como la entrada de víveres

Se hace necesario recordar que en 1590 Mauricio de Nassau-Orange, en aquel momento al frente de las rebeldes Provincias Unidas, tomaría Breda. Más tarde, con la Tregua de los Doce años que mantuvo el país en calma entre 1609 y 1621, la ciudad quedaría en posesión de los locales mientras se resolvía el impasse que determinaría el futuro de los llamados Países Bajos, pues ambos bandos estaban exhaustos. La tregua finalizó cuando reinaba Felipe IV, ya que las posturas eran irreconciliables. La primera intención del rey español era recuperar la plaza perdida. Aunque por el camino se darían algunas batallas previas, el enclave en cuestión era de vital importancia para otras conquistas posteriores.

Breda resistió el asedio español heroicamente a pesar de que las fuerzas atacantes evitarían cualquier tipo de refuerzo, así como la entrada de víveres practicando así una antiquísima filosofía de desgaste y desmoralización del adversario. Fue una auténtica lección de estrategia militar por parte del general–banquero Spínola, un militar con muchos matices pero ante todo, un caballero cuyo lema era la paciencia como arma fundamental en todas sus actuaciones. Finalmente, Nassau rendiría la plaza el cinco de junio del año 1625. Los españoles tratarían con el máximo respeto a sus oponentes holandeses permitiéndoles una capitulación honrosa en la que un escenario de arrogancia y humillación del vencido quedaría desterrado como así lo ilustra el genial Velázquez en su cuadro 'Las Lanzas'.

Justino de Nassau, retratado por el taller de Jan Antonisz van Ravesteyn.
Justino de Nassau, retratado por el taller de Jan Antonisz van Ravesteyn.

El sitio de Breda se desarrolló en el año 1625 en el marco de la Guerra de los Treinta Años, guerra esta que a su vez se solapaba sobre otra más prolongada, tal que era las Guerra de los Ochenta años o Guerra de Flandes, contienda que enfrentaría al Imperio Español y sus temidos tercios con los ejércitos de las Provincias Unidas de los Países Bajos. En principio. el plan original era el de aislar a las Provincias Unidas de su hinterland (zona de influencia comercial) y para ello la formidable fortaleza de Breda era la pieza clave en la ofensiva.

En agosto de 1624 la ciudad que estaba sólidamente fortificada era defendida por una guarnición de 14.000 soldados, suficientes para aguantar un largo asedio y aburrir a sus oponentes. Spínola, entre otras decisiones, rodeó la ciudad con pequeños blocaos, pozos de tirador en previsión de alguna desesperada salida, fosos, barricadas para las cuales fue necesario talar miles de árboles, y todo tipo de defensas de fortuna con lo que tuviera a mano. Entretanto, en paralelo cavó con sus zapadores túneles subterráneos con la intención de volar las consistentes murallas de la ciudad.

La erosión psicológica de la guarnición iba en aumento pues no solo no había llegado ningún convoy de aprovisionamiento en el último mes, sino que intuían que la cosa se estaba poniendo fea.

Un larguísimo asedio

En el duro invierno de febrero de 1625 (hacía ya cinco meses que había comenzado el sitio) cerca de 8.000 soldados ingleses y daneses, bajo la batuta de Ernesto de Mansfeld, intentaron liberar la ciudad infructuosamente siendo rechazados expeditivamente y sin muchas contemplaciones por las entrenadas fuerzas de los tercios. Breda se quedaba no solo sin oxigenación, sino que el intenso bombardeo, el racionamiento, y sobre todo, la falta de esperanza en la ruptura del sitio por parte de los aliados de los holandeses, era más que evidente.

No hay que olvidar que cincuenta años antes, un día uno de septiembre de 1575, se había producido la segunda quiebra de la Hacienda Real durante el reinado de Felipe II, y que como consecuencia de ello, fue imposible abonar las pagas que se debían a los soldados del ejército en Flandes, unidades que a causa de la penosa gestión de la administración de la Monarquía, llevaban cerca de dos años y medio sin cobrar, dependiendo del saqueo y del robo a los autóctonos. En el mes de julio de 1576 el tercio de Valdés se amotinó por esa razón e hizo estragos en el famoso Saco de Amberes rubricado en mayúsculas en la tristemente famosa Leyenda Negra, pizarra pública donde se maldecía a los españoles un día sí y otro también.

El escenario era dantesco. Ambrosio de Spínola lo sabía y sabía que era cuestión de tiempo una toma por asalto ante la debilitada guarnición

En previsión de que se reprodujera una matanza de aquella magnitud los sitiados en Breda comenzaron a valorar la posibilidad de rendición. Las cifras de muertos se contaban por miles, las piras de cremación levantaban columnas de humo observables a distancias considerables, y no había día en el que entre población y milicias no se quemaran a menos de doscientos individuos finados por el estrangulamiento de las líneas de abastecimiento de la castigada ciudad. El escenario era dantesco. Ambrosio de Spínola lo sabía y sabía que era cuestión de tiempo una toma por asalto ante la debilitada guarnición o una solicitud de rendición pactada. Él era partidario de lo segundo pues además de banquero y un militar excepcional, era extraordinariamente prudente con las vidas de sus subordinados.

Por informaciones proporcionadas por desertores hambrientos y de aspecto famélico, se supo que el agua estaba contaminada y los alimentos eran prácticamente inexistentes. Se comía solamente carne de las caballerías que se sacrificaban a tal efecto y se potabilizaba el agua a base hervirla y distribuirla racionada a la población .
Donde de la intensa actividad artillera, las minas en las profundas galerías convertidas en cenagales y la voluntad clara de resistir por parte de los holandeses( entendidos así por su denominación actual )no habían podido triunfar; el hambre, las enfermedades de comorbilidad sobrevenidas y la inmensa mortandad producida por los más de diez meses de asedio, habían triunfado.

Ambrosio Spínola, inmortalizado por Rubens.
Ambrosio Spínola, inmortalizado por Rubens.

Descartando Justin de Nassau la impensable posibilidad de socorro, rendiría Breda a principios del estío del año de 1625, poniendo fin al asedio más largo de la Guerra de Flandes, que dejaría según estimaciones cerca de 18.000 muertos, sin contar viudas, huérfanos y mutilados en ambos bandos .

El prestigio de los ejércitos españoles y sus mandos crecía exponencialmente. El ínclito Calderón de la Barca escribiría la lucida y terrible obra 'El Sitio de Breda', mientras que otro ilustre, el pintor de cámara de la Corte, Velázquez, crearía una de las obras pictóricas más famosas de la historia.

Es probable, por su similitud, que Velázquez conociera la obra de Veronés 'Jesús y el centurión' donde aparece una representación similar con lanzas incluidas. El cuadro de este artista, un grande de España, no por su linaje aristocrático sino por la envergadura y sabiduría de sus pinceles y paleta de colores, va más allá de la magia de su portentosa inspiración. Por la pulcritud de los trajes, el cuadro parece más bien una representación teatral. Es verdad que el pintor no mantiene el espíritu cortés de Ambrosio de Spínola en su actitud con el rendido y pone el foco en la actitud ordenada de los españoles y la apatía de los rendidos, que no es para menos después de diez largos meses de padecimientos.

Breda es un momento glorioso para nuestra armas, pero también se revela un principio de agotamiento en el imperio que se materializará unos años después.

Alma, Corazón, Vida

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