LOS DE BILBAO HACEN LO QUE QUIEREN

Un error histórico: los vascos habrían podido invadir Inglaterra si hubiesen querido

Hay una leyenda en torno a Drake, una de las más vergonzosas verdades guardadas en las entretelas de la historia británica. Esto es lo que ocurrió aquel olvidado día

Foto: Alonso de Guzmán y Sotomayor, VII duque de Medina Sidonia, retratado en 1612 por Francesco Giannetti
Alonso de Guzmán y Sotomayor, VII duque de Medina Sidonia, retratado en 1612 por Francesco Giannetti

Si no te informas apasionadamente, jamás conseguirás votar por el bien común.

Zenk

Uno de los mochileros con más presencia en el mundo, docenas de países visitados a su espalda y una sabiduría que solo puede ser patrimonio de un buen observador, y probablemente una de las personas con más conocimientos empíricos sobre la humanidad actual, Iñaki Chozas Varona, un destacado ingeniero en robótica y entrañable amigo, hablando un día tranquilamente en torno a una partida de ajedrez y debatiendo un próximo viaje, me decía que los vascos podrían haber invadido Inglaterra si hubieran querido. Probablemente si todos midieran como él, dos metros, cabe la posibilidad de que unos cuantos 'morroskos', 'aizkolaris' y levanta piedras cabreados con buen combustible de 'txacoli' en el zurrón y ese malvado y tremebundo quesito ahumado de Idiazábal, trampa mortal para incautos que a nada te mete en michelines, lo hubieran conseguido.

Mi amigo Iñaki no da puntada sin hilo, tiene frases lapidarias. Un día, veníamos de abrir una escuela de ajedrez en un campamento de refugiados en Jordania y me soltó una frase así, tipo Thoreau, tal como que: "Una persona con sentido común tiene que ser culta por necesidad y por ende sabe que el mundo es una nación y que un ser humano es su ciudadano". Hablábamos de ese querido rincón en el noreste de España que se debate entre la pequeñez y la grandiosidad en una encrucijada histórica compartiendo el futuro de una gran nación o navegando en solitario con el riesgo de ser devorada por alevosos caníbales internacionales —léase Rusia, Norteamérica, China, etc.— que no reparan en medios a la hora de fagocitar a los despistados y concluimos con aquella lapidaria frase de Unamuno que decía que "el nacionalismo es la chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala historia".

Una partida de vascos adscrita a la Armada Invencible había tenido una movida del copón con el Duque de Medina Sidonia acusándole de pusilánime

Total, que le pregunto a Iñaki "el levanta piedras", hijo de esa tierra de brumas y lluvias, vástago del pueblo hoy por hoy más más ancestral e ignoto del mundo reconocido por la UNESCO (un lujo para esta España tan extraña que más parece un parvulario que una nación seria); Iñaki, el que se aprieta por docenas las txistorras de Albizu sin despeinarse y que bebe 'txacoli' en vez de agua; Iñaki Chozas Varona, “el filósofo”, conocedor de más de cien países y de sus costumbres, que profundice en el tema de por qué los vascos pudieron conquistar Inglaterra y no lo hicieron, y para rematar mi curiosidad y consolidar mi credibilidad en él —pues tenía algunas reservas— le pregunté que si era de Bilbao, que ya se sabe que tiene el don de la capitalidad ubicua y son más chulos que un ocho. Él me dijo que de Bilbao no, pero que sí, que en efecto, los vascos estuvieron muy predispuestos y a punto de darles un susto morrocotudo a los ingleses.

Yo que no salía de mi atónito escuchar cual asombrado oyente, intentaba averiguar si estaba bajo el efecto de alguna sustancia extraña y por ende, tomándome el pelo; pero el gigante seguía insistiendo en que estaba en sus cabales. Por lo tanto, me puse a investigar, y era cierto lo que este compinche del famoso Harrijasotzea Perurena —uno que llevaba una 'txapela' que parecía un helipuerto y se dedicaba a levantar pedruscos de 315 kg en sus ratos libres—, decía.

Un instante que cambió la historia

Para mi asombro, descubrí que una partida de vascos adscrita a la Armada Invencible había tenido una movida del copón con el Duque de Medina Sidonia acusándole de pusilánime. Puestos a profundizar, la historia en cuestión me empezó a devorar por el interés que me suscitó. Y dicho y hecho, me puse manos a la obra.

Descubrí que existía una leyenda en torno al miserable —y cobarde— de Drake, leyenda ampliamente desmontada en otros artículos publicados en esta misma sección (mito que hoy en día ya está demostrado por historiadores hispanistas ingleses de la nueva hornada como el dúo Spencer y Sullivan e incluso en alguna honrosa intervención de Beevor), y que esconde una de las más vergonzosas verdades celosamente guardadas en las entretelas de la historia inglesa, tal que es que los dos almirantes vascos, Oquendo y Recalde sorprenderían al grueso de la escuadra inglesa en una suerte de "Dolce far Niente" en el interior de la rada del puerto sureño de Plymouth.

Sir Francis Drake retratado por Marcus Gheeraerts el Joven
Sir Francis Drake retratado por Marcus Gheeraerts el Joven

Medina-Sidonia, a la sazón comandante español a regañadientes, pues estaba muy avejentado y enfermo y para mayor abundancia el cargo se lo había impuesto el propio monarca en contra del criterio del anciano general, decidió no atacar Plymouth en base a las órdenes dadas previamente. Quizás hizo lo correcto en base a la obediencia debida, pero el hecho de eludir una ventaja dinámica y de estar rodeado de excelentes pilotos vascos muy experimentados en la navegación de altura y de bregados marinos cántabros y gallegos muy implicados y curtidos entre vientos, sal y temporales, avezados en la lectura de las claves del océano hasta la médula y que además estaban personal y militarmente comprometidos a muerte con el ilustre Álvaro de Bazán (no hay que olvidar que este Gran Almirante no perdió ni una sola batalla en vida) se hace necesario recordar las complejas victorias de Lepanto, Isla Terceira, conquista de Lisboa, correctivos a franceses y piratas de Berbería, etc.), y con la experiencia acumulada por estos lobos de mar, podría estar en el germen del tremendo error que pudo cambiar la historia de estos dos imperios. Pero el genial Álvaro de Bazán, sin duda alguna, el marino más cualificado del siglo XVI, moriría de un tifus galopante con fiebres dantescas un día de febrero de 1588.

La vieja guardia de oficiales, al servicio del ilustre e invicto marino fallecido poco antes de la salida de la Felicísima Armada hacia aquella potente apuesta concluida en trágico desenlace, se había rebelado —que no insubordinado— abiertamente contra las órdenes emanadas del delegado para aquella impresionante expedición de castigo. Para muchos historiadores, la suerte de la que después fue bautizada, con intención burlesca, como la Armada Invencible, quedó condenada ese día tras aquella infausta decisión de Medina Sidonia y los militares de a pie, ignorantes de los secretos del mar. La confusión ha hecho su obra maestra, que diría Macbeth.

Hay que recordar que la mayoría de estos marinos opuestamente enfrentados a Medina Sidonia, habían aplicado severos correctivos durante su servicio con el tristemente fallecido Álvaro de Bazán, y eran los mejores marinos del mundo sin exagerar un ápice. Gallegos, cántabros y vascos, tenían tablas para abrumar y lamentablemente, el hecho de que Medina Sidonia y aquellos oficiales que le acompañaban, excelentes en su oficio de armas pero negados en los temas del mar, decidieran oponerse vehementemente a los marinos, fue el principio del final.

El 29 julio, a la salida del alba, Medina Sidonia convocó consejo de guerra en el San Martín, buque insignia de la expedición

No se le puede negar a Medina Sidonia su honradez y el hecho de que saliera de sus bolsillos una ingente fortuna para impulsar aquel mastodóntico proyecto contra Inglaterra. El impulso administrativo, la excelente gestión suya en Lisboa a la muerte de Bazán, y su clarividencia como general en tierra, le había llevado a la conclusión de que podía ser muy competente en muchas cosas, pero en lo concerniente al mar no.

Aunque el objetivo principal era trasladar a los tercios desde los Países Bajos a territorio inglés la ocasión de enfrentar a la flota inglesa en Plymouth la pintaban calva.

¿Qué no ocurrió en Plymouth?

Los planes de Felipe II eran harto conocidos por los ingleses. Isabel I había organizado un sofisticado sistema de vigilancia para prevenir los ataques de los españoles. La flota inglesa estaba amarrada borda contra borda en el puerto de Plymouth de manera abigarrada y presta literalmente para ser carne de cañón en caso de un ataque sorpresa, pero los ingleses estaban tranquilos, pues tras un intento de hacerse a la mar en días anteriores, habían fracasado por encontrarse una potente mar arbolada que había desbaratado su flota, justo pocos días antes de la aparición de Medina-Sidonia.

Felipe II
Felipe II

Los hombres de Drake se encontraban haciendo las correspondientes reparaciones a la vez que aprovisionaban sus barcos cuando llegó la terrible e inesperada noticia de que la flota española estaba a una milla exacta de la bocana del puerto. No cabe duda de que la falta de conocimientos marinos de Medina-Sidonia iba a ser la clave de la salvación de los ingleses.

El 29 julio, a la salida del alba, Medina Sidonia convocó consejo de guerra en el San Martín, buque insignia de la expedición. Miguel de Oquendo, Juan Martínez de Recalde y Pedro Valdés argumentaron que antes de que la pleamar llegara a su momento cenital y con los vientos a favor empujándolos a tierra para entrar en tromba se les podía dar a los anglos un golpe de gracia sin posible contestación pues lo barcos ingleses estaban abarloados amura contra amura con lo que la respuesta de su artillería era prácticamente nula. Al revés, los barcos españoles podían disparar a quemarropa a aquellos indefensos buques en un ejercicio de tiro al blanco casi en modo entrenamiento. La vieja guardia de Álvaro de Bazán planteó una acción fulgurante y sin contemplaciones contra un Drake arrinconado y sin respuestas.

Rekalde, Oquendo y otros marinos de la escuela de Bazán se subían por las paredes. No podían creerse lo que estaban presenciando

Pero para como trágico legado para rasgarnos las vestiduras los restos de los días de la historia, el Duque de Medina Sidonia, bajo la incompetente influencia de una de esas mentes grises y mediocres de las que desafortunadamente han poblado algunos episodios de la historia de nuestra nación, un tal Diego Flores de Valdés, con una enorme influencia sobre el anciano Medina Sidonia, decidió ceñirse a los planes previos de Felipe II y puso rumbo hacia Flandes sin mediar combate. Rekalde, Oquendo y los otros marinos de la escuela de Bazán se subían por las paredes y no se creían lo que estaban viendo y se arrancaban los pelos como si estuvieran en trance. Las reglas del viento y de las mareas tienen momentos de conjunción mágica que pocas veces se dan en una situación de combate proponiendo la casi gratuita sentencia del adversario con el mínimo coste propio.

Como el Réquiem de Verdi, lo demás es historia. Después, vendría el Leviatán…

Alma, Corazón, Vida

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