ENCUENTRO CON EL MAYOR EXPERTO DE LA IIGM

Antony Beevor y el futuro de la guerra: “Será terrible para la población civil”

En su último libro, 'La batalla por los puentes', el historiador británico detalla el desastre aliado de Arnhem, la última victoria nazi durante la segunda guerra mundial

Foto: El historiador militar, durante su paso por Madrid. (Foto: Silvia Varela)
El historiador militar, durante su paso por Madrid. (Foto: Silvia Varela)

Si usted aspiraba a ser oficial del ejército de los Países Bajos durante la segunda guerra mundial y, en el examen, proponía un avance directo desde Nimega hasta Arnhem, estaba inmediatamente suspenso. Eso fue precisamente lo que planteó el estado mayor británico al mando de la Operación Market Garden, llevada a cabo en septiembre de 1944 con el objetivo de que los aliados capturasen los puentes neerlandeses bajo la ocupación alemana. El resultado, uno de los mayores desastres aliados, que destrozó unidades enteras y dejó miles de bajas civiles. 20.000 neerlandeses murieron de inanición en los Países Bajos ocupados por el ejército alemán durante el invierno del hambre.

La operación es también el tema principal de 'La batalla por los puentes', la última obra del historiador británico Antony Beevor tras haber explorado 'Stalingrado', 'La guerra civil española' o 'El día D. La batalla de Normandía'. El inglés reconoce, bañado por el sol en la azotea de un hotel madrileño, que es probablemente su mejor trabajo gracias a la calidad del archivo. En los compases finales de la guerra, explica, la población y los soldados tenían conciencia de la importancia de dejar documentación para que las siguientes generaciones pudiesen comprender lo ocurrido. “La gente describía con un alto nivel de detalle cómo se sentían cuando recibían un disparo, por ejemplo”, explica el sir.

Los británicos, los estadounidenses, los suizos y los franceses se están preparando para la guerra urbana, porque es el futuro. Y da mucho miedo

Beevor ha decidido centrarse en este episodio, entre otras razones, para reivindicar la generosidad de los holandeses a pesar de la represión nazi, “uno de los legados más conmovedores de la segunda guerra mundial”. “Siempre me molestó la forma en la que los británicos, siempre tan fascinados por el fracaso heroico, se obsesionaron con ella”, lamenta el escritor. “Perdieron la vida más civiles que soldados, y me parece espantoso que se intente escribir de historia militar sin hablar del sufrimiento de la población”. Fue una de las batallas que más mitos generaron a su alrededor, quizá por la forma en que el 'establishment' británico la vendió, llegando a fingir que había sido un éxito cuando ni siquiera se alcanzó el principal objetivo de conquistar y defender el puente de Arnhem: “Querían que las familias que habían perdido a alguien en la batalla no pensasen que había sido en vano”.

Desde luego, concede el historiador, las guerras del futuro no se parecerán en nada a aquellas largas jornadas de lucha metro a metro, en la que todo un batallón podía quedar incomunicado por el limitado alcance de las radios. “El cambio fundamental es que, puesto que los ejércitos son mucho más pequeños, nadie puede formar una línea en el frente, como se ha visto en Mosul (Irak) o Raqqa (Siria), lo que significa que el futuro es la guerra urbana, que es espantosa”, desvela el que fuera oficial del ejército británico. “Los británicos, los estadounidenses y los franceses se están preparando para ella. Hasta el ejército suizo, porque es el futuro, y da muchísimo miedo cuando se piensa en lo que supone para la población civil”. Un escalofriante cierre del círculo cuando pensamos en lo que vivieron los habitantes de Arnhem y Oosterbeek, reducidas a cenizas.

La fórmula de la derrota

¿Cómo fue posible que los Aliados incurriesen en un error tan catastrófico en un momento en el que, tras el desembarco de Normandía, tenían el viento a su favor? Probablemente, explica Beevor, ese fuese uno de sus problemas. “Había algo que afectaba a todo el bando aliado, que era la euforia de la victoria”, resume. “A finales de agosto y principios en septiembre, después de la victoria en Normandía, todo el mundo pensaba que el ejército alemán estaba a punto de derrumbarse”. No era así, y se hizo la vista gorda ante la presencia de un mayor número de tanques del previsto en las maniobras de reconocimiento. “El plan tenía muy poco rigor intelectual. La mayor debilidad era que todo tenía que salir tal cual estaba planeado, y la guerra nunca es así”. Muchos oficiales, como el general Sosabowski, lo sabían, lo avisaron y aun así, fueron empujados a los cañones de la Wehrmacht.

Montgomery, en un momento Gila. (Cordon Press)
Montgomery, en un momento Gila. (Cordon Press)

Eso se tradujo, en definitiva, a que se daba por hecho que las divisiones aerotransportadas a las afueras de Arnhem recibirían pronto ayuda de la línea terrestre que iría tomando uno tras uno los distintos puentes hasta cruzar el Rin. No fue así, y divisiones como la 1ª Aerostransportada británica comandada por Roy Urquhart fueron diezmadas desde los 10.000 hombres hasta los apenas 2.200 que volvieron a casa. Muchos recordarán la historia gracias la película 'Un puente muy lejano' dirigida por Richard Attenborough en 1977, y en la que Sean Connery interpretaba a Urquhart. Un largometraje que Beevor, que es muy crítico con el cine bélico –destrozó 'Dunkerque'–, considera que a pesar de algunas invenciones históricas es relativamente fiel a lo ocurrido.

El historiador señala directamente al mariscal de campo Montgomery como el principal culpable de “un plan muy malo desde el principio y desde el alto mando”. El londinense, consciente del declive del rol británico en esos compases finales de la guerra, quería ser el primero en llegar a tierras alemanas para conseguir más recursos, por lo que se decantó en ir hacia el norte, cruzando el Rin en Arnhem. “Eso significaba que se enfrentaba a los ríos más grande de toda Europa y a los canales de Holanda”, desarrolla el historiador. “Tanto Patton como los generales alemanes lo encontraron ilógico, y lo más probable es que tuvieran razón”. Sin embargo, la obcecación de Montgomery hizo que se pasasen por alto detalles importantes durante la rápida preparación del plan. Algo letal para miles de soldados.

Montgomery salió de rositas, porque desde la campaña de África del Norte en 1942 se había convertido en un héroe británico

Tenía truco. Montgomery consideraba que había obtenido el visto bueno de Dwight Eisenhower, comandante supremo de los Aliados. Sin embargo, no era así, explica Beevor. “No le había contado los detalles en absoluto”, recuerda. “De forma deshonesta, creía que había aprobado el plan para Market Garden, pero no era verdad”. Sin embargo, las prisas hicieron que se montara en apenas una semana la mayor operación militar desde el día D, mientras los aliados se emborrachaban de victoria, pero también de vino belga. Una fórmula para el desastre, sorprendente dada la pertinaz prudencia del mariscal (a quien Patton le había acusado de haber perdido hombres por su conservadurismo) que terminaría culminando con la célebre aseveración del mariscal de campo de que la operación había sido un éxito en un 90%. Beevor se echa a reír con tristeza cuando se le recuerda la frase de Montgomery.

“Fue un patético intento de fingir que la operación no había sido un desastre”, aclara el historiador mientras sacude la cabeza. “Haber llegado a un 90% sin capturar el puente significaba que no había tenido ningún sentido. La zona que controlaron al norte de Nimega, tierra inundada entre el Waal y el Bajo Rin, era un territorio inútil. Las tropas se quedaron ahí casi hasta el final de la guerra”. La mejor opción, en su opinión, habría sido “elegir Wesel, que era el plan original de Market Garden”. Aun así, el británico no cree que la guerra habría podido terminar en 1944 de ninguna forma como pretendían los aliados, incluso aunque hubiese tenido éxito la operación, ya que dependía del Ejército Rojo en el Frente Oriental. Montgomery salió de rositas, porque desde la campaña de África del Norte en 1942 se había convertido en un héroe británico que se escapaba hasta al control del propio Winston Churchill. No de la historia: Beevor recuerda que historiadores como él han relativizado la supuesta genialidad de Monty.

La guerra como símbolo

Es probable que ninguna persona haya dedicado tanto tiempo y esfuerzo durante los últimos 20 años a entender los pormenores de la segunda guerra mundial como Beevor. ¿Le preocupa que el consenso que emergió después de la contienda para evitar que algo así se repitiese se esté desvaneciendo en un nuevo panorama geopolítico? “Hay que tener cuidado con los consensos”, matiza. “La gente pensaba después de la primera guerra mundial que tenía que existir uno. Pero los alemanes, sobre todo los nazis, sentían que tenían derecho a la revancha”. Para él, esta tentación se encuentra hoy en Putin. “No digo que quiera otra guerra, pero cree firmemente en que fueron humillados tras el colapso de la URSS, lo que definió como la mayor tragedia geopolítica del siglo XX”.

No obstante, el historiador concede que en los últimos 20 años el interés por la segunda guerra mundial ha aumentado por distintas razones. “Pero hay que recordar que las guerras nunca salen como uno espera”, matiza. “Es lo que ocurrió en Irak y en otros lugares. Es muy parecido a la ingeniería social: produce resultados muy distintos a lo que se esperaba al principio. Es una de las lecciones que no deberíamos olvidar”. Lo dice alguien muy reticente a comparar el pasado con el presente. Si algo se puede aprender de sus obras, de su atención por los pormenores y el máximo rigor a la hora de relatar los acontecimientos, es que, frente a la facilona noción de que la historia siempre se repite, en realidad esta raramente lo hace tal cual: cada tragedia es producto de una circunstancias muy concretas, a veces complejas y difíciles de entender, pero que no pueden caer en el olvido.

Alma, Corazón, Vida

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