UN MITO PARA LA ETERNIDAD

Cómo se puede llegar a ser inmortal: la victoria inapelable de Don Juan de Austria

Siempre jugaba con dos barajas: una forma de hacer la guerra fulminante y sin concesiones y una actitud honorable para con el vencido, producto de sus misiones diplomáticas

Foto: Don Juan de Austria, inmortalizado por Juan Pantoja de la Cruz.
Don Juan de Austria, inmortalizado por Juan Pantoja de la Cruz.

Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar.

-Bertrand Russell

Era un otoño frío, gris y ventoso, que parecía que iba a durar toda la vida. Más allá de la superficie feliz de las apariencias, el mar Mediterráneo se teñía de la sangre que manaba a borbotones de los más de ocho mil cristianos y los treinta mil hijos de Allah caídos en la que podría ser la batalla mas brutal y feroz de las libradas sobre esta vasta superficie líquida desde su existencia conocida. Este es el paisaje en el que se desarrolla esta historia bélica inspirada en el libro ‘Los Austrias, el imperio de los chiflados’ de César Cervera Moreno.

Con veinticuatro años, Juan de Austria, hijo bastardo de Carlos I de España y hermanastro de Felipe II, dirigía la escuadra formada por cerca de trescientas galeras y fragatas que se enfrentarían en la batalla más sangrienta del siglo XVI a una flota turca que más bien parecía una interminable, terrorífica y mortífera alfombra funeraria cubriendo la entrada del Golfo de Corinto.

El imperio oriental ejercía un asfixiante control de todas las poblaciones ribereñas y la esclavitud era el precio a pagar por resistir aquella marea de jenízaros

La reputación de líder que arrastraba este príncipe de príncipes garantizaba la confianza que en él habían depositado los cien mil hombres que estaban a su mando.

La situación de este hermoso mar antiguo, lleno de historias y empastado entre dos continentes, era, a la sazón, de franco desasosiego para la cristiandad. El imperio oriental, el turco, ejercía un asfixiante control de todas las poblaciones ribereñas y la esclavitud era el precio a pagar por resistir aquella marea humana de jenízaros. Algunos enclaves cristianos en el Mediterráneo sobrevivían heróicamente en inexpugnables fortalezas, aislados en islas perdidas y abandonadas a su suerte.

Chipre acababa de caer y miles de defensores habían sido cruelmente violados sin distinción de sexo, empalados y, los mas afortunados, degollados ‘in situ’.

Un icono bien acompañado

Tradicionalmente, las antemurale (fortalezas adelantadas) españolas y venecianas en el Mare Nostrum, tales como Chipre, Malta, las plazas fuertes norteafricanas, Sicilia y Calabria, actuaban como reclamo ante las razias turcas y se dejaban los dientes en aquellas latitudes abandonadas de la mano de Dios. La falta de auxilio desde Europa, la soledad absoluta frente a un peligro salvaje y constante, convertía en héroes condenados a los Caballeros de Malta o a cualquier guarnición lejana.

Francia, en su intento de supervivencia ante la asfixia territorial provocada por los Austrias, había franqueado las puertas mismas de Europa (y del sentido común) a los otomanos, cediéndoles el puerto-fortaleza de Tolón, y esto era más que demasiado.

La flota cristiana no solo estaba armada hasta los topes, sino que además contaba con los más grandes capitanes de la época

La batalla de Lepanto sería la consecuencia natural a la osadía e impunidad de los anatolios. Pero los turcos tenían un ángulo muerto en su visión de los recursos que manejaban los cristianos en aquel histórico siete de octubre del año del Señor de 1571. Ese ángulo muerto era la arrogancia.

La flota cristiana (la Santa Liga) era una armada en la que las galeras, cocas de transporte, pinazas, galeazas artilladas (con quinientos arcabuceros de dos tercios cada una) verdaderos acorazados del momento, brulotes incendiarios, etc, iban acompañados de novedosas fragatas artilladas hasta los límites tolerables para una navegación sana. Además, estaban los más grandes capitanes de la época: Luis de Requesens, Álvaro de Bazán, Alejandro Farnesio, Andrea Doria, Colonna, Barbarigo, Veniero... lo más granado de los estrategas militares de aquel entonces. El pequeño Austria, además de no estar solo, estaba bien acompañado.

Álvaro de Bazán.
Álvaro de Bazán.

Juan de Austria se había ganado a pulso su fama de militar duro a la par que compasivo. En el segundo alzamiento morisco (el de las Alpujarras), había hecho un planteamiento impecable para dejar sin oxígeno a los alzados. Tenazmente, a la par que sin pausa, había provocado severos escarmientos durante los días de batalla entre las poblaciones sublevadas. Mas, cuando cesaron los combates y los insurrectos se avinieron a razones, conjuntamente con su hermano Felipe II dieron una rendición honorable a los afectados por la Blitzkrieg ensayada en el antiguo reino nazarí. Siempre jugaba con dos barajas; una forma de hacer la guerra fulminante y sin concesiones, y una actitud honorable para con el vencido, producto de sus laboriosas misiones diplomáticas y de su coherente conciencia de creyente.

Su hermano Felipe II velaba a través de sus mentores y guardia de corps por su integridad en lo relativo a sus devaneos

Espadachín formidable en la disciplina de la daga y la espada al alimón, entrenado en el cuerpo a cuerpo por sus tutores alemanes, era un apuesto joven de pelo ensortijado y un Adonis patológico; su hermano Felipe II velaba a través de sus mentores y guardia de corps por su integridad en lo relativo a sus devaneos.

Toda esa preparación, una formidable cultura humanista, su haber de políglota y cosmopolita cortesano, su dominio de la etiqueta y un particular saber hacer que le prestigió durante toda su corta vida, además de sus innatas habilidades diplomáticas, dieron como resultado al dios menor que fue en vida ante la sombra de su poderoso hermano.

La tumba y su antesala

Muchos han querido ver un enfrentamiento soterrado entre él y su hermano Felipe II, pero mucho más allá del famoso asesinato de Escobedo, Juan de Austria tenía carta blanca para las decisiones militares y jamás se le recuerda una palabra más alta que otra ni discusión agria con su hermano de sangre.

Lo cierto es, que en aquel, trágico por un lado y afortunado por otro, día de octubre se dio en las bocas del Golfo de Lepanto uno de los más espantosos hechos de armas que la memoria colectiva recuerda.

Fue una batalla confusa, trabada, el griterío era terrible. Tiros, fuego y humo, lamentos, peticiones de piedad desoídas, el temor, la esperanza, el furor, el tesón, el coraje, la rabia, la furia, el lastimoso morir de los amigos, palabras de ánimo, cabezas rodando entre piernas trabadas, amputados, hombres miserables frente a hombres dignos, partes desmembradas sin ánima, espíritus emprendiendo su último viaje... La humanidad en su tragedia más exacerbada.

Antonio Pérez, secretario personal del Rey, tenía una inquina especial hacia el paladín de la cristiandad

Juan de Austria. Su nombre recorrería la entera Europa tras una victoria inapelable. Pero no todo eran genuflexiones y oropel. La muerte le seguía los pasos como lobo a su presa.

Flandes sería la antesala de su tumba.

Antonio Pérez, secretario personal del Rey, tenía una inquina especial hacia el paladín de la cristiandad (posiblemente pura envidia, propia de un intrigante de poca monta con escasas entendederas), e hizo todo lo que estuvo en su mano para generar diferencias entre ambos. No conseguiría cerrar el círculo de la infamia y maledicencia porque la medicina de la época se lo puso en bandeja.

Antonio Pérez.
Antonio Pérez.

Unas fiebres tifoideas le atacaron en la fortaleza de Namur cuando hacía parada y posta, y mientras se pensaba que algún enviado de Isabel Tudor o Guillermo de Orange le habían suministrado alguna dosis letal de veneno, la realidad se imponía. Un escalpelo con buenas intenciones y malos resultados le abría en canal por su parte menos noble y moría desangrado.

En una afrenta póstuma hacia su delicada integridad, sería descuartizado "preventivamente" para que su cuerpo no cayera en manos enemigas. Mientras, su afectado hermano, ya repuesto de las maniobras de tramoya de su impresentable secretario Antonio Pérez, le haría un espacio solemne en la cripta donde yacen los grandes y de paso, algunos impostores.

Juan de Austria o cómo se puede llegar a ser inmortal.

Alma, Corazón, Vida

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