UN VALIENTE NAVARRO AL FRENTE

El rey francés descabalgado por un vasco: el momento de gloria de Juan de Urbieta

Los dos ejércitos más poderosos de aquel tiempo dirimieron la hegemonía del continente europeo en un campo de batalla que no era otra cosa que un lodazal

Foto: La batalla, según un tapiz de la época.
La batalla, según un tapiz de la época.

“A los ganadores las perdidas los alientan, mientras que a los perdedores las derrotas los aniquilan.”

–Robert T. Kiyosaki

Era el año 1525 en el norte de lo que hoy es la actual Italia, en la llamada zona del Milanesado. Los franceses se habían metido en un avispero y habían cosechado una serie de onerosas derrotas frente a los tercios españoles, una máquina de guerra con un diseño y eficacia que asombraría al mundo futuro. En esos años, la máquina de guerra diseñada por el Gran Capitán se había impuesto meridianamente en todos los enfrentamientos hasta la fecha.

A la cabeza de un impresionante ejército, con más de seis mil caballeros (sin sumar una ingente infantería no profesional), el rey francés Francisco I no había sido capaz de digerir las derrotas infligidas por los españoles durante los cinco años anteriores. La ciudad fortificada de Pavía, al mando del navarro Antonio Leyva, amigo del Gran Capitán, ofrecería una resistencia más allá de lo razonable. Como consecuencia de ello, devino en que en menos de tres meses de asedio, cerca de veinte mil hombres de armas con un entrenamiento impecable, una ágil cadena de mando y novedosas adaptaciones sobre el terreno, cercaran al sobrado ejército galo que asediaba Pavía.

Se calcula que más 10.000 soldados franceses quedaron expuestos a la intemperie durante días

Los arcabuceros castellanos, con formaciones de tiro de tres en fondo e intermitencias de cuerpo a tierra para facilitar los disparos de sus compañeros, causarían una masacre antológica frente a la subida caballería gala, columna vertebral de las esperanzas francas. Esta solemne derrota estremecería a la entera Europa. Se calcula por diferentes conteos verificados por historiadores tanto galos como españoles, que más de 10.000 soldados franceses quedaron expuestos a la intemperie durante varios días, hasta que compañías mixtas de autóctonos y foráneos pudieron darles tierra digna a aquellos cuerpos inanimados.

Choque de trenes

Los dos ejércitos más poderosos de aquel tiempo estaban dirimiendo la hegemonía del continente europeo en un campo de batalla que no era otra cosa que un lodazal desesperante donde el barro parecía querer devorar a los contendientes en medio de aquel Armagedón bíblico. Lo cierto es que era muy difícil encontrar sobre aquel irregular terreno una horizontalidad uniforme para organizar una fuerza con visos de eficacia. En aquella melé llegó a haber momentos en los que se combatía cuerpo a cuerpo en medio de un griterío infernal, sin visibilidad, con una niebla que no acababa de levantar y en un escenario fantasmagórico. Dos masas humanas, dos ejércitos poderosos, acababan de colisionar de forma más que sobrecogedora.

Juan de Urbieta.
Juan de Urbieta.

En un momento dado, en medio de una lluvia pertinaz y avasalladora; algo que se sumaba a aquel drama de forma natural, una lluvia que más parecía un diluvio de saturación que otra cosa, que convertía aquella magna desolación en algo irreal; un soldado guipuzcoano, para más señas, de Hernani; dio en tierra con un enjaezado caballo cuyo jinete parecía cabalgar a lomos de la gloria rodeado de un aura de poder irrefutable. Era un caballero francés de alta alcurnia y con pose de sobrada suficiencia, era a todas luces un peso pesado de la élite, aristocracia pura. ¿Quién podía ser aquel caballero de armadura plateada?

Según varios testigos de la batalla, entre ellos uno de los pajes del Marqués del Vasto, Juan de Oznayo, el rey de los franceses, Francisco I, en un alarde de valor que le honra, se había metido de lleno en la batalla dejando atrás de manera imprudente a sus espaldas, a la guardia real. Un arcabucero, Juan de Urbieta, había matado en una imprecisión de tiro al caballo del monarca que fue a caer de tal manera que lo habría dejado irremisiblemente atrapado bajo el desgraciado equino. Sin pérdida de tiempo, el vasco se abalanzó sobre el primer estandarte de Francia y le puso el estoque tras la escotadura del arnés, conminándole en euskera, en un francés parco pero inequívocamente imperativo y un castellano perfectamente inteligible, a que depusiera armas.

El vasco, ante tal situación, se levantó el freno del casco y le enseño su famosa y mellada dentadura al monarca para que le recordara

Mientras esto ocurría, a unos pocos metros de estos hechos, al alférez que comandaba la compañía de Urbieta le estaban intentando arrebatar el pendón varios adversarios en desigual pelea. El vasco ante tal situación se levantó el freno del casco y le enseño su famosa y mellada dentadura al monarca para que le recordara cuando la rendición se hiciera formal. Al parecer, el de Hernani le conminó a pedirle la merced del reconocimiento y a continuación se alzó la visera. Acto seguido, se metió en harina sacudiendo con la culata del arcabuz unos cuantos mandobles que liberarían ipso facto a su mando de tan incómodos agresores.

El asalto final

Aunque a día de hoy está probado que Juan de Urbieta fue el artífice de la captura del rey de Francia, hecho aceptado por la propia Corona cuando le otorgó el grado de capitán además del reconocimiento del propio rey de Francia, hubo cronistas que se hicieron eco de las demandas formuladas por Juan de Aldama, Pedro de Candía, Alonso Pita y Diego Dávila que asimismo reclamaron la captura del monarca. Pero éste había dado su palabra al vasco y en cuanto se identificó ante los oficiales españoles concluida la batalla, dio la aceptación refrendando al guipuzcoano. Habían llegado un poco más tarde a su cita con la gloria.

Pocos días antes de esta terrible derrota, los maestres de campo Fernando de Ávalos y Carlos de Lannoy habían cortado las comunicaciones del ejército francés entre Milán y Pavía colapsando cualquier esperanza de aprovisionamiento. El 24 de febrero, dos compañías de encamisados (los cuerpos de operaciones especiales de los tercios) habían abierto tres brechas en las murallas del Parque de Mirabello, frente a Milán, donde estaba acantonado el ejército galo. En la madrugada se produce el asalto final. Los mejores generales de Francia –Francisco de Lorena, La Tremoille, Palice, etc–-, caen sin remisión uno tras otro. Gouffier de Bonnivet, el estratega de aquella trágica campaña, se suicida heroicamente en una carga de caballería condenada al fracaso.

La torre de los Lujanes en la Plaza de la Villa. (CC/Luis García)
La torre de los Lujanes en la Plaza de la Villa. (CC/Luis García)

Toda “la grandeur” gala se viene abajo como un castillo de naipes y Francisco I es llevado a Madrid a disfrutar de un formato de hospitalidad solo para ilustres, pero sin comilonas, festicholas ni episodios de faldas; todo muy moderado. En la Torre de los Lujanes cerca de la actual Plaza Mayor pasa a ser el huésped de honor del emperador.

Es probable que tras la larga estancia con la que fue agasajado por el rey español – cerca de un año-, hasta que fue negociado su rescate y las condiciones del tratado de paz, pudieran haberle causado una depresión que no supo manejar con la juventud de su corta edad. Sin embargo, nada demuestra que el trato recibido durante su forzado retiro fuera inadecuado, pues se le dispensó la máxima cortesía adecuada a la ocasión. Quizás el tren de vida del monarca galo no se adaptara a la austeridad del Austria pero lo que si es cierto, es que en cuanto se vio libre y en cruzando los Pirineos, la depresión desapareció como por arte de ensalmo y la más radical amnesia sobre lo acordado, se instaló en su fuero profundo.

La victoria de Pavía fue un triunfo inapelable de las armas imperiales frente a Francia. Desde entonces, Carlos I dejó de hablar el francés borgoñón

Francisco I, rey de Francia en aquel convulso tiempo, fue una digna copia de 'El Príncipe' de Maquiavelo. Mecenas consumado, valedor de artistas -Leonardo Da Vinci murió en sus brazos-, intrigante de manual, era un hombre para el que la palabra dada no tenía valor, contraviniendo así los acuerdos firmados con la Corona española en Madrid; al fin y a la postre, no era otra cosa que un político, y ya se sabe, para esta especie, mentir o hablar es lo mismo.

La victoria de Pavía fue un triunfo inapelable de las armas imperiales frente a la orgullosa Francia. Dicen, que desde entonces, Carlos I dejó de hablar el francés borgoñón en homenaje a su fiel y valiente infantería.

En la primavera de 1547, el viento de la historia borraría las huellas del rey de Francia de la misma manera que en su momento lo hicieron los tercios en Pavía.

Alma, Corazón, Vida

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